viernes, 5 de octubre de 2012

UN USO DEL PLACER



George-Henri Melenotte
Yo! Yo, que me he dicho mago o ángel, absuelto de toda moral, soy devuelto al suelo en busca de un deber, para abrazar la áspera realidad.

Arthur Rimbaud

Traducción del francés por: Joëlle Rorive y Ricardo Vinós
El terreno de estudio de la toxicomanía permanece sin certidumbres. Las definiciones que lo recubren son inestables y están en evolución constante. Las discusiones que las rodean están sujetas a esa inestabilidad. ¿Quién podría, hoy en día, llegar a un consenso sobre la definición del término "toxicómano"? Se trata de una pregunta demasiado enorme para no ser planteada, ya que estamos viendo aparecer toda una serie de conceptos nuevos, que no nos parecen más sólidos que los antiguos (por ejemplo, ¿cuál es la prevención en esta área hoy en día?, ¿Qué es lo que se trata de prevenir?)
En estas líneas se reflexionará en torno a la parte excluida del discurso vigente sobre las bases de la toxicomanía, y se propondrá un cierto número de términos, no para saturar un campo ya bien cargado, sino para intentar articular dos preguntas: ¿qué está pasando con el placer y el uso del placer, según los últimos avances?, y ¿cuál acepción del sujeto ha sido puesta en cuestión?
Procederemos a plantear una serie de preguntas que nos llevará a abordar la toxicomanía como uso particular del placer, y entonces pasaremos a definir dos entidades, que son la enfermedad del placer y la enfermedad del riesgo. Por último, haremos un análisis de la reducción de riesgos y sus insuficiencias.

¿Cómo se usa el placer?
A primera vista, se puede responder que de varias maneras. Es decir: no existe un solo uso del placer, sino varios. Existen los usos del placer1. La pluralidad corresponde al uso, cuando se trata del placer. Nos será posible declinar su gama, estableceremos una clasificación y examinaremos el repertorio de practicantes.
Por poco que infiramos de esos usos, nuestro sujeto será universal. Esa universalidad se finca en que nadie escapa al uso del placer. Todo el mundo busca y encuentra, en la multiplicidad de usos, el retazo que le conviene. Calificaremos a tal sujeto como sujeto del placer.
El toxicómano es aquel que ha encontrado su retazo en una substancia. Su respuesta se formula así: yo no uso del placer sino por medio de la substancia que lo produce. El "no ... sino" subraya la exclusividad acordada a la substancia, o sea, la imposibilidad de encontrar ninguna otra fuente de placer comparable. El gesto producido es un gesto de exclusión. Queda excluido todo lo que no es la substancia y, por este hecho, queda desclasificado. Sólo importa su insigne efecto de placer. 2 Aquí ya no existe la jerarquía de los placeres, sino la edificación de uno de ellos con exclusión de todos los demás. El único placer válido es aquel que la substancia procura.

Adoptar esa posición propone toda una serie de preguntas. ¿Sería posible que un placer desclasifique el placer sexual? ¿Existe un placer aún más fuerte que el orgasmo? ¿Podemos suponer que existe otro placer que el buscado por un compañero sexual, en la cima de la escala de los placeres? Los toxicómanos contestan que sí a esas preguntas y describen ese placer como el efecto procurado por la substancia en sus cuerpos. ¿Será que existe un placer no sexual, infinitamente superior al coito?
La repuesta dada por el toxicómano a la pregunta sobre el uso del placer es una respuesta entre otras. Pertenece a la paleta de las respuestas posibles a la pregunta sobre los usos del placer. Mantiene al sujeto que la da, en su acepción universal de sujeto del placer.

Ahora bien, actualmente encontramos una tesis dominante entre los agentes del cuidado a la salud en el ámbito de la toxicomanía, que viene a poner en duda esa posición: sostiene que existe una categoría específica de la población, caracterizada por la respuesta unívoca que da a la pregunta sobre los usos del placer. Y nombra "toxicómanos" a aquellos que dan esa respuesta como axioma 3. Diremos que esta tesis hace de los "toxicómanos" una clase definida por el conjunto de aquellos que se refieren a este axioma.
De ello se deduce un sujeto. Se le define así: es sujeto de esa clase todo aquel que toma como predicado el axioma de la clase. Así que el sujeto "toxicómano" es aquel que hace uso del placer solamente por medio de la substancia. Tal sujeto no es universal (éste es nuestro desacuerdo con la definición hecha por la tesis dominante: tener un uso exclusivo del placer no implica que el sujeto implicado quede limitado a ese uso; sigue siendo sujeto de placer), sino que ha sido reducido, al ejercer ese uso, a la clase a que pertenece. El sujeto "toxicómano"es sujeto de un grupo, de una colectividad, de un comportamiento particular en el ejercicio del placer. No se le define por identificar la especie caracterizada por la multiplicidad de sus prácticas con respecto al placer.
Dicha identificación del sujeto "toxicómano" como sujeto de una clase, en las tesis dominantes, tendrá una consecuencia notable. Reside en tapar la problemática del placer con otras, que la ocultarán. Puede pasar por paradoja.
El sujeto "toxicómano" será presentado, en efecto, tras una serie de rostros identificables. Reconoceremos el rostro del enfermo potencial (forma médica reintroducida por la reducción de riesgos), del enfermo real (forma médica prescrita por la neurobiología), del enfermo mental (forma psiquíatrica que argumenta a favor del sujeto de riesgo), de un comportamiento patológico (forma psicológica made in USA), de una complexión desviada de la norma (forma sociológica señalada entre otras, por ende no exhaustiva), de un excluido (forma política de la segregación moderna del capitalismo). Esa multiplicidad de rostros enumerados devolverá la unidad al sujeto, quedando regulado en su relación a una axiomática del placer. Pero dicha subsunción de rostros por un sujeto jugará un rol de máscara. El sujeto "toxicómano" que se identifica así, recubre, cada vez que lo hace, al sujeto del placer con un velo de decencia.
Cada uno de los rostros apareados con atributos de la ciencia (medicina, biología, sociología, psicología, psicoanálisis, psiquiatría) enmascara un uso particular del placer. La proliferación de los estudios actuales sobre la toxicomanía da fe del estado de abandono en el cual ha caído la problemática del placer. El yermo del placer contrasta con el esplendor de los estudios científicos sobre el toxicómano. Nos encontramos con un acto de segregación en el lugar del placer.
Se podría creer que el sujeto de un uso particular del placer se manifiesta tras esos rostros identificables y cuantificables que lo reinvindican, y que así se ofrecería al estudio, pero indirectamente . Ese es un aspecto engañador. Y hay razón, ya que el placer como tal no admite ninguna medida, ninguna cuantificación susceptible de prestarse para la constitución de su ciencia.
Esos rostros, a los que se otorga tantas formas como se conozcan, no se estudian sino que crean la ilusión de haberlo hecho. Lo que se da como fachada observable del sujeto del placer, o sea del sujeto " toxicómano", no es más que una ilusión de óptica. Esos estudios enmascaran aquello que se resiste a toda anexión científica, a la vez que lo delimitan: el placer. La química de una preparación de opio no rinde cuentas a la alquimia del placer, aunque lo haya reducido al término miserable de euforia. 4

¿Se puede enfermar de placer?
Procuraremos aquí no dar al término "enfermo" un significado estrictamente médico, o sea, el de una patología. El punto de enfoque es una falla. 5 Para hacerlo así, nos apoyaremos sobre dos consideraciones prácticas en relación a la heroína 6
1. La heroína es causa de placer.
2. Su efecto es corporal 7
Si quisiéramos precisar la relación entre la heroína y el placer, diríamos que la heroína es un pedazo de materia 8 que produce un efecto de placer en el cuerpo.
Decir que no habría cuestión de placer sin solicitar del cuerpo puede pasar por una perogrullada. Ya no lo es si admitimos que el cuerpo puede llegar a fallar en su función: la de recipiente de un efecto. El cuerpo, entonces, sólo sirve para deletrear la gama de dicho efecto. Mientras que el cuerpo esté sano, es decir, mientras que cumpla con esa función, no está enfermo. Cuando la heroína ya no da el efecto esperado, o sea, el placer, cae enfermo. Así, la enfermedad es una pérdida, para el cuerpo, de su capacidad de experimentar el placer. Nos enfermamos de placer cuando el cuerpo deja de producirlo como efecto de una substancia. Lo que eso indica no es la existencia de un agente patógeno como causa de la enfermedad, sino la falla de calidad del cuerpo cuando ha dejado de prestarse a ser recipiente de placer. Con las causas de tal falla puede formarse un repertorio, muchas veces ligado al producto mismo 9
Si la enfermedad es una falta de placer, y no su uso exclusivo, lo que el sujeto sufre es una pérdida de placer ahí donde la substancia le daba provecho. El sujeto del placer está amenazado por una pérdida de conciencia cuando se declara un déficit en su uso. Y cuando el placer desaparece, el sujeto se suprime: de eso es testigo aquel que se enferma de placer.
El practicante de heroína cae enfermo al perder afecto hacia su cuerpo como sitio de la sensación de placer. Esa enfermedad del placer, como vemos, es completamente subjetiva y no plantea nada al médico, que no sabe qué hacer con ese déficit. No entra en la acepción que la medicina da al cuerpo, la de reconocer esa función en el lugar del placer.

Cuando el placer desaparece bajo sus pies, el practicante de heroína -identificado con el sujeto "toxicómano"- ya no permanece como sujeto de una clase, sino que accede a la universalidad que confiere a todos y cada uno la falla del placer esperado. Accede a la universalidad del desconcierto engendrado por la pérdida del placer. A ese estado lo llamaremos desencanto.10 Esta declaración no está de acuerdo con el discurso dominante que se mantiene sobre la toxicomanía. Pues que, para este discurso, no existe la enfermedad del placer. Que el sujeto del placer se suprima por la falla del cuerpo como recipiente del placer, le es en sí indiferente. La toxicomanía está en otro lugar. La buscan "globalmente", pero no allí donde el placer esté implicado por un uso.

Ahora bien, es cuando se ha destituido al sujeto del placer que vemos nacer al "toxicómano" en la literatura especializada. Si señalamos que la dependencia de un producto indica la ausencia de placer al mismo tiempo que su necesidad, bajo pena de conocer su carencia -física o psicológica-, uno se da cuenta que dicho sujeto "toxicómano" no solamente aparece con atraso, sino que ya no lo es, en vista de su definición como sujeto de una clase de usuario exclusivo de una substancia como fuente de placer.
Existe, pues, una distinción que debe hacerse entre sujeto "toxicómano" como sujeto -lo cual es discutible- de una clase, pero referida al placer, y el "toxicómano"como sujeto no erotizado, tal y como hoy en día aparece en el discurso de los especialistas. Así que las enfermedades, sean reales, potenciales o de otra clase, no son solamente rostros que enmascaran al sujeto del placer. Son las formas del "toxicómano" desafectado de eros.En efecto, constatamos que los estudios actuales sobre el "toxicómano" son el deletreo del vocabulario del desencanto que afecta al sujeto cuando pierde el uso de su placer, mucho más que estudios sobre el sujeto del placer.
El concepto de toxicomanía ha resbalado, pues, en su acepción soberana, referida al placer, y de tal manera que sus usuarios caen en otra, deserotizada y degradada.
Eso nos lleva a detenernos un momento sobre lo que llamaremos la enfermedad del riesgo, tan común en la corte hoy en día. Su función será la de cubrir con un velo el campo de ejercicio del sujeto del placer.
¿Existe una enfermedad del riesgo?
Por más que la justifiquen las epidemias causadas por los virus del SIDA y los de la hepatitis B y C, la política de reducir riesgos ha desempeñado el rol de recubrir el uso del placer implicado en la toxicomanía. Promueve la enfermedad del riesgo. Eso no tiene nada que ver con el placer.
Si queremos mostrar cómo la enfermedad del riesgo le hace pantalla al uso del placer, conviene detenernos primero en algunas declaraciones fundamentales.
Recordemos aquí la frase de Bernard Kouchner: " Los usuarios de drogas son enfermos". 11 Esa afirmación vale para franquear un paso. Pero no exactamente como se suele entender, o sea, hacerse cargo de un comportamiento "patológico", calificando el cuerpo médico a la persona . Observemos más bien, que si relacionamos el uso de la droga con una práctica del placer, esta última se encuentra colocada bajo jurisdicción médica, y de hecho, descalificada. La operación de recubrimiento está hecha: conserva el término de uso, pero excluye el de placer, sustituyéndolo por el de droga. El uso de placer cede su lugar al uso de droga. 12 Por una simple sustitución de términos, el placer se relega al olvido y aparece el uso de droga, ofrendado al apetito de la investigación. La operación producida es fundamental, ya que califica al usuario de droga de enfermo. En el mismo movimiento, calla la exclusión decisiva que efectúa. Una vez que la enfermedad ha llegado al mundo, no queda otra que dotarse de todo equipo adecuado para producir las normas del recién llegado. ¡Ha nacido una enfermedad, saludémosla! Como no tiene nombre, la llamaremos enfermedad del riesgo. Y el placer se quedará discretamente sobre la mesa de operaciones.
Nos apoyaremos en otra de esas fórmulas de choque que decoran las publicaciones contemporáneas: "Las epidemias de droga, como las civilaciones, son mortales".13 Aquí, el hecho de la enfermedad se ha confirmado. Se ha vuelto histórico, ya que la metáfora se remonta a la noche de los tiempos y da a entender que las epidemias de drogas son tan antiguas como las civilizaciones. Se ha dado carta de nobleza a la novísima enfermedad del riesgo, que así se encuentra dotada de un pasado. La precisión de la fórmula no importa tanto como la fabricación de una enfermedad, que requiere sus cartas de recomendación.
Las dos fórmulas que acabamos de ver indican claramente los términos de la política de reducción de riesgo. Intentemos precisar cuál es esa enfermedad del riesgo.
Se trata de trasladar el concepto de toxicomanía de la nosología psiquiátrica ("manía" indica que se trata de una locura del tóxico) al campo general de la política de cuidado a la salud. 14 Dicho movimiento se hace a costa de la cuestión del placer, de la substancia tomada como su causa material y del cuerpo como su sitio de efectuación.
Es así como leemos que la toxicomanía es una "conducta determinada por una historia", algo que se ha "escogido", una "diátesis" o una "enfermedad" 15 justificando la analogía con el asma o la diabetes. 16 Esos términos, más o menos pertinentes, no deben llamar a engaño. La nueva entidad morbosa se construye bien y bonito con la reducción de riesgo, y hasta podemos poner en evidencia sus parámetros particulares: su causa es no un agente, sino el riesgo infeccioso; su cliníca es no una sintomatología, sino un comportamiento; su tratamiento no es curativo, sino preventivo. Su característica es el aspecto potencial y no real de su agente causal: el toxicómano porta potencialmente el VIH o el virus de la hepatitis B o C. La conducta terapéutica se deduce de ahí. Así aparece un nuevo espacio médico, abierto por el carácter potencial de su agente causal, determinando prácticas sociales marcadas por preocupaciones sanitarias en torno a la prevención.
La enfermedad del riesgo es virtual, es decir, sin lesiones. Requiere un dispositivo terapéutico, más que un tratamiento. 17 Pone la mira en la modificación del comportamiento de riesgo. 18¿Será la metadona tan excelente medicamento 19porque desarma las conductas de riesgos al permitir a muchos hacer un alto duradero de sus consumiciones por vía inyectable, 20 así como emanciparse de toda dependencia?21 Señalamos que la calidad intrínseca del producto importa menos que su uso razonado.
Es así como cobra existencia una enfermedad del riesgo. Pero no existe sino potencialmente y, sobre todo, ya no tiene, por sí sola, la menor relación con lo que venía constituyendo su factor determinante, o sea, el placer. La morbilidad argumenta a favor de los buenos fundamentos del dispositivo terapéutico metido en el cuadro de la reducción de riesgos. Eso no impide que la enfermedad del riesgo, por más virtual que sea, no exista en realidad, ya que al llegar la infección desaparece.
Esa enfermedad toma el lugar de un uso del placer. Enmascara ese uso, e impele a quien le preste interés tras una pista falsa. Es tentador tomar esa mala dirección, que por sí sola es atractiva: está sembrada de trampas, el trayecto terapéutico obliga a los agentes de salud a inventar nuevas prácticas. De esto último, brota una fuente incomparable de estímulos y resultados.
¿Qué efecto produce la enfermedad del riesgo?
La distinción que hemos introducido entre enfermedad del placer y enfermedad del riesgo no mantiene la diferencia necesaria entre el discurso del usuario de placer y el de los agentes de salud en el campo de la toxicomanía. Esa distinción es resultado del evento político de la reducción de riesgos.
Si decidimos presentar ambas formas discursivas, podremos aclarar ciertos aspectos propios de cada enfermedad. Así, la enfermedad del riesgo, a diferencia de la precedente, ya está presente en el sujeto (o en el sujeto del placer, según el punto de vista que se adopte). Se puede decir incluso que en mayor proporción que el sujeto "toxicómano" en que no se preocupa nada -o poco- del riesgo incurrido al considerar una práctica que requiere, por ejemplo, inyecciones reiteradas y diarias de producto.
La política de reducción de riesgos, en esas modalidades discursivas, postula la correspondencia entre la clase del sujeto "toxicómano" y la de la enfermedad del riesgo. A cada sujeto "toxicómano" le corresponde una enfermedad de riesgo (se habla, además, de conducta de riesgo). La clase de tal sujeto es la de la enfermedad. La enfermedad del riesgo es, consecuentemente, anterior a la enfermedad del placer. Alcanza al sujeto "toxicómano" afectado de placer. A los ojos del partidario de la política de reducción de riesgos, sólo ella importa. Como venimos diciendo, la enfermedad del riesgo recubre de hecho la práctica de placer que le es correlativa. Al volverse tema único de interés para los servicios de salud, enmascara el uso exclusivo del placer derivado del producto.
Un primer efecto reconocible de la introducción de esa enfermedad del riesgo es, en efecto, que emerge el sujeto del riesgo. Esa aparición se ejerce a expensas del sujeto "toxicómano" (en tanto que hay un uso exclusivo del placer) que se queda enmascarado. El objeto exclusivo de atención es un sujeto así. Es a él a quien afectan los gastos del estado. Es para él que se abren centros de salud, de albergue y de orientación, y se crean redes de atención médica, y se introducen tratamientos de sustitución. Se cura previniendo el riesgo. El tratamiento consiste en informar al "usuario de droga", en cualquier nivel de su práctica. No se le habla del placer procurado por la substancia. Se le informa del riesgo incurrido por su comportamiento y de las modificaciones que debe hacer en sus conductas para evitarlo. Se le educa para corregir su comportamiento de riesgo.
Sin embargo, al desconocer el sujeto de placer al que se dirige, se desconocen, a la vez, los efectos producidos sobre él por ese gesto educativo.22 Porque corregir un comportamiento de riesgo, al informar, por ejemplo, vuelve a dar miedo al sujeto en su uso del placer. Ese miedo es prohibitivo. No permite la búsqueda del uso bajo pena de muerte. Condena el uso. Pone en peligro al sujeto por relación con su opción exclusiva. Amenaza la raíz misma de su ser. Además, la condena de un uso de placer no puede ser sino moral. Proscribir la substancia en virtud del bien vital de la persona es condenar moralmente una práctica que lo eleva en su soberanía. La política sanitaria de reducción de riesgo, a su vez, sienta las bases de la reprobación moral que golpea al uso del placer.
También se ve como el Estado, en nombre de una política sanitaria legitimizada por la catástrofe de las epidemias del SIDA y de las hepatitis B y C que han devastado a los toxicómanos, interviene para reglamentar nuestros usos del placer, ejerciendo una presión disuasiva sobre uno de ellos con el fin de exterminarlo. Lo hace bajo el disfraz del tratamiento de otra enfermedad, que es la enfermedad del riesgo.
Otro efecto: si la enfermedad del placer justifica un tratamiento que restituye al cuerpo su capacidad de placer, la enfermedad del riesgo justifica un tratamiento que suprime el riesgo por la prevención. En tanto que la enfermedad del placer implica una carencia por desafecto del cuerpo, la del riesgo implica otra, su carencia real. En un caso como en otro, se ve que el lugar central de acción de cada enfermedad es, como debe ser, el cuerpo.
Sin embargo, eso no significa que sea lo mismo en cada caso. Porque ese cuerpo es un cuerpo para la infección en un caso, y un cuerpo para el placer en el otro. El cuerpo biológico no es el cuerpo como sitio de placer. Es un cuerpo sin placer, reducido puramente a su funcionalidad. El cuerpo del placer es otro, aunque se disfrace de las mismas aparencias que el primero. Goza exclusivamente de su función de placer. 23 Y el ataque viral le tiene sin cuidado.
Captamos, pues, al hacer ese recorrido, la enorme disparidad que afecta a esas dos acepciones del cuerpo.
¿Cómo podemos reconocer los efectos de dicho análisis?
Los elementos que acabamos de presentar son, en efecto, reconocibles por el rastro que deja la aparición de esa enfermedad del riesgo. Algunos comentarios de carácter histórico ilustran esta declaración.
En Francia, en relación con la experiencia de la promulgación de la ley de 1970, la introducción de esa nueva enfermedad ha producido tres modificaciones decisivas en torno al cuerpo, la profesión médica y el análisis del síntoma mórbido.
A propósito del cuerpo, la extrema importancia atribuida durante muchos años al significante tenía que ver con una versión psicoanalítica de la toxicomanía vista como síntoma. No hace falta remontarnos al hecho de que Lacan ha consagrado muy poco de su enseñanza -dos frases- a la cuestión, para preguntarnos si dicha aplicación del psicoanalisis a la toxicomanía está justificada. El hecho es que la ley de 1970, agitando la zanahoria de la terapia con el bastón de la ley (amenazando, por lo tanto), curiosamente ha abierto el campo a una práctica de "escuchar analíticamente" al toxicómano, a quien hoy en día se mide únicamente por su boleta de calificaciones. Recordemos que el cuerpo ha sido excluido 24. La enfermedad del riesgo ha devuelto cuerpo al cuerpo, ahí donde un cierto tratamiento psicoanalítico lo reducía a porción congruente.
La atención preventiva le ganó el paso a la curación por la palabra. La profesión médica retomó sus prerrogativas en un abordaje multicéntrico a la toxicomanía, en proporción con la primacía otorgada por los médicos a la prescripción de productos de sustitución. La medicalización puede tomarse como una revancha de los médicos sobre los trabajadores sociales, los psicólogos y los sociólogos. El cuidado preventivo que trata la enfermedad colocó al servicio médico en el corazón del dispositivo. Y aun si los médicos pusieron al mal tiempo buena cara desde que tuvieron que compartir sus prerrogativas con otros agentes de salud en las redes de atención médica, permanece lo esencial: se han vuelto actores inamovibles del dispositivo, lo cual no había sucedido hasta entonces. Pero dicha práctica preventiva no es una curación de un cuerpo enfermo de placer. Si fuera prevención de la devastación causada por el placer, no sería rehabilitación del cuerpo en sus prerrogativas de sitio de placer. El tratamiento tiene por objetivo preservar el cuerpo contra la infección y su correlativo, la muerte. 25
La cuestión de la analicidad del síntoma morboso dio un paso gigantesco. Lo que se trataba de un síntoma inconsciente o psicológico o, dicho de otra manera, irreductible a la particularidad del caso, se volvió comportamiento. Ahora bien, todo comportamiento se ofrece al estudio por su medida y su comparación. Por tanto, puede ser referido a una media. Y se puede juzgar su evolución en función de los parámetros que se sienten determinantes. Se impusieron las bases de una terapia médica centrada en la evaluación de sus resultados. El éxito de esa metodología fue fulminante, porque daba lugar a pensar que el " toxicómano" iba por fin a revelarnos sus secretos. El placer es, por supuesto, lo que tan bello entusiasmo deja de lado. Pero ¡qué importa eso ante el avance del conocimiento! El placer, de todas maneras, padece el incurable defecto de no dejarse medir. Así, la no-analizabilidad del síntoma morboso ha dejado su sitio al análisis de síntomas de enfermedad en términos de comportamiento, junto con el de su evolución.
Estos breves comentarios de carácter histórico permiten entender la impresión de progreso que acompaña el desarrollo del estudio de la enfermedad del riesgo.
Entre otros efectos, notemos que la instalación de la nueva enfermedad en sus penates no se hizo sin algo de confusión. La más evidente hoy en día es la de asimilarla a la toxicomanía. 26 La toxicomanía sería la enfermedad de riesgo que convendría tratar mediante la reducción. De ahí se pasa a la idea fachendosa de que se pone en tratamiento a la toxicomanía al reducir el riesgo.
El placer está afectado hoy por un riesgo vital: así se hace el juego, hoy en día. 27 Algunos aprovechan la ocasión para ver ahí el dedo de Dios apuntando a los pecadores. Otros, que confían más en la fuerza de la razón, se alzan para responder el nuevo desafío hecho a la ciencia. Sin embargo, todos dan incesantes redobles sobre el riesgo, guardando de común acuerdo un silencio piadoso sobre el placer. Ciertamente, un comportamiento favorece -o no- el riesgo infeccioso. Pero el placer, también, puede hacer grandes estragos. Además, tal es el riesgo. Y al disuadirse o al intentar disuadir a otros, para no limitarse nada más a una acción sobre la conducta, se puede dejar en el olvido esa verdad tan vieja como el tiempo: se puede morir de placer. El placer puede perseguirse hasta la muerte, con pleno conocimiento de causa. Falta reconocer que todo discurso sobre la prevención del riesgo no dejará de ser tomado como la buena nueva traída por gente de fe, y será rechazado. Será una gran lástima, y todo acto militante quedará desnudo ante tal constatación.
Constatamos, en la conclusión del presente texto, que nos hemos expuesto a que se nos critique por contribuir a la proliferación de significados utilizados en torno al sujeto. 28 Si nos atenemos a la multiplicidad de las acepciones que sostenemos aquí (sujeto del placer, "toxicómano"o de riesgo), habremos acordado tres usos diferentes del término. Pero, cada vez, el sujeto deberá tomarse con el doble significado de ser una suposición (lo que se supone que significan placer, riesgo, "toxicómano") y una sujeción (sujeto sometido al placer, etc.)29
Se ha tomado al sujeto de placer en sus alcances universales. El sujeto "toxicómano" y el sujeto de riesgo se ejercen en un campo parcial, limitado en cuanto a sus prerrogativas. Al mismo tiempo, cada uno se encuentra dotado de consistencia propia. El sujeto "toxicómano" se identifica por su adscripción minoritaria. El sujeto de riesgo se verifica en evaluaciones epidemiológicas actuales que nos presentan, apoyados por curvas y diagramas, sus parámetros. La forma científica que su presentación le otorga no engaña a nadie. Solamente riza el efecto de la máscara cuyo escaparate hemos desmantelado, que intenta cerrar definitivamente el capítulo del placer en las movidas aguas de la toxicomanía.
Si el sujeto de una substancia de placer y el sujeto de riesgo son formas particulares y reducidas de un sujeto consistente, ¿qué pasa con el sujeto del placer al introducir el placer erótico -o incluso al sujeto del desencanto- en sus atribuciones? En cuanto a eros, la consistencia de dicho sujeto no solamente está cuestionada, sino que procede de la del sujeto cortado del que trata Lacan. 30
El sujeto del placer, en su alcance universal, ya se encontraba parcelado y restringido por el sujeto "toxicómano". Esa reducción se ha visto acentuada al emerger el sujeto de riesgo, pues el riesgo no tiene el alcance universal del placer. Está restingido, referido a una práctica limitada que reduce su campo acción a una fracción de la población.
Se ve, entonces, cómo opera un doble movimiento que apunta a retirarle al sujeto su calificación universal, al tiempo que lo dota de consistencia.
Así, el campo de la toxicomanía se ha vuelto hoy apuesta en una cuestión más grande: la de la situación legal del sujeto en cuestión de dicha práctica. 31 Las formas contemporáneas de entendimiento dejan ver una operación de reducción de su dominio y atribución de calidades. De algo inconsistente y universal, se ha trastocado al sujeto en sus prerrogativas, en benefício de su restricción y densificación. Se vuelve compacto. 32
La apuesta no es solamente teórica. Es real. Porque al producir un sujeto comunitario, lo inscribimos en un registro particular, léase peligroso: el de la segregación. Al distinguir un sujeto de otro por su uso o por su riesgo, favorecemos su discriminación. Mientras que al referir el sujeto al placer, levantamos la segregación que lo estigmatiza en beneficio de lo universal, y excluimos la exclusión cuyo principio habíamos intentado postular.

Notas
1 Nos inscribimos en la línea de Michel Foucault cuando escribe, en su Historia de la sexualidad, esta frase programática: "convenía investigar cuáles son las formas y modalidades en relación consigo mismas por las cuales el individuo se constituye y se reconoce como sujeto" (Michel Foucault, "el uso de los placeres", enHistoire de la Sexualité, 2, París, Gallimard, 1984, p.12).
2 Iba a escribir "especia". Pero es cierto que no estamos en Dune, ese maravilloso libro de Frank Herbert sobre lo que aquí llamamos "la substancia".
3 Hablamos de axioma en la medida que dicha proposición se propone de antemano como verdadera, en vista de que se ha excluido que el toxicómano experimente toda la gama de placeres para verificar si existe uno superior al que le procura la substancia.
4 Citemos este breve pasaje consagrado al efecto de la morfina: "La morfina tiene otros efectos aparte de la analgesia. Si el producto es administrado a un sujeto sin antecedentes, provoca a menudo una disforia, asociada a veces con náuseas, y a veces una euforia acompañada de somnolencia o hiperactividad". (Aimé Charles-Nicolas,"Toxicomanies", en Encyclopedie Médico-Chírurgicale, Psychiatrie, 37-396-A-10, París, Elsevier, 1998, p.11.)
5 No excluye que se entienda "enfermo" en el sentido de la pasión, como cuando se dice: "Estoy enfermo de amor".
6 Esa elección no ha sido hecha al azar. Hubiéramos podido usar la cocaína, por la nitidez con que su uso exclusivo produce placer.
7 Estos comentarios siguen la lectura del trabajo de Jean-Claude Milner, "Le triple du plaisir", París, Verdier, 1977.
8 Ídem, p.12
9 Sí; la determinación de esas causas es útil, su clasificación, su lazo con la molécula, permiten hacer adelantos indispensables en nuestros conocimientos sobre la cuestión.
10 No se trata aquí de hacer una historia política de las religiones, aunque nos referimos a Marcel Gauchet, en su trabajo: "Le désenchantement du monde", París, Gallimard, 1985.
11 Bernard Kouchner, "Non assistance á personnes en danger", en Les Temps Modernes, # 567, París, octubre de 1993, p. 5.
12 Recordemos a propósito de esto el comentario de Jacques Derrida: " Ya hace falta concluir que el concepto de la droga es un concepto no científico, establecido a partir de evaluaciones morales o políticas: lleva consigo la norma de lo prohibido" ("Entretien avec Jacques Derrida: Rhétorique de la drogue", L’esprit de drogues, en Autrement, París, Editions Autrement, 1993, p. 253).
13 Anne Coppel, "Épidémies de drogue et lutte contre la toxicomanie. Approche historique", en Toxicomanie Hépatites SIDA, París, Les empecheurs de penser en rond, 1994.
14 Es notable que en este lugar, alguien tan enterado como Claude Olievenstein persevere en usar la acepción "toxicómano" sin tomar en cuenta el despliegue de definiciones actuales. El toxicómano no está "domesticado" , sino redefinido por un resbalón que erradica el placer. Hay mucho que decir sobre su inepta guerra en contra de la metadona. Cf. Su artículo "Dans le piege du controle social, Le toxicomane domestiqué" , en Le Monde Diplomatique, #524, noviembre de 1997, p. 22.
15 Atestiguando esa insatisfacción, R.G. Newman escribe: "Es imperativo que consideremos a esa enfermedad como cualquier otra, y la metadona como cualquier medicamento [ ... ] Ese es el precio (¿cuál?) de ayudar más a los toxicómanos y a toda la comunidad."(R.G. Newman, "La maladie de la toxicomanie: un défi por la clinique et la santé publique", en Les traitements de sustitutions pour les usagers de drogue, París, 1997, Arnette, coll. Pharmascopie, trabajo realizado con la colaboración de los laboratorios Mayoly Spindler, p. 243) . Tal insistencia da fe de un forzamiento del cual uno se puede preguntar ¿por qué razón? Pues si la toxicomanía se da de manera evidente como enfermedad, ¿por qué insistir en hacerla entrar en esta categoría?
16 D. Touzeau, C. Jacquot, "Les traitements de substitution pour les usuagers de drogue", en Les traitements..., op. cit. Prefacio, p. XI.
17 Abunda la literatura sobre este tema. Vamos de una toma de responsabilidad "global", a un tratamiento médico-psico-social, cuando no se agrega que debe de ser político, económico o planetario. En breve, este conjunto tiene en lamira la modificación de un comportamiento peligroso. Cf. sobre este tema el artículo de Annie Mino, "Evolution de la politique de soins en matiere de toxicomanie: la reductión des risques", en T.H.S., op. cit., p.131. La autora estudia la evolución de las estrategias en materia de atención médica de tal manera que demuestra la existencia de un dispositivo terapéutico, en vez de un tratamiento puesto en marcha sobre la base de un producto de substitución.
18 Convendría decir corrección más que modificación. Corregir el comportamiento en riesgo para eliminar el riesgo: tal es el objetivo de la atención médica. El tratamiento regresa a poner en su sitio la efectividad de dicha corrección
19 R.G. Newman, "La maladie de la toxicomanie: un défi pour la clinique de la santé publique", in Les Traitements...op. cit., p.237.
20 La referencia es: United States General Accounting Office. Methadone maintenance, 1990 Publ No GAO/HRD-90-104. El estudio indica que en los 24 programas de metadona elegidos en los Estados Unidos, un promedio del 85% de los pacientes había dejado de consumir heroína, después de un seguimiento regular de sies meses. En Nueva York, en particular, sobre la base de 4 programas estudiados, un 95% de los pacientes era abstinentes después de un corto tiempo. Citado por R.G. Newman.
21 Que esté incluída la metadona entre ellas está de sobra. No es raro que al buscar emanciparse de la metadona se susciten la más grandes reservas. Así, B. Lagarde ("La intervention du personnel enfermier: un charnier des dispositifs de soins", en Les Traitements...,op.cit., p.190) escribe, en un capítulo titulado "El mantenimiento, continuidad del tratamiento": "En cuanto la estabilización es efectiva, el paciente pasa por un periodo de vulnerabilidad personal, de hecho porque se siente generalmente "fuera de lugar". Tanto así que a menudo repite su incredulidad de "mantener" su tratamiento: "estoy curado, quiero bajar, paren la meta!", dice. Sin embargo, no es realmente buen momento, porque...". ¿Por qué decidir que no ha llegado el momento de disminuir las dosis? ¿Por qué debe el mantenimiento dar respuesta a dicho requisito?
22 Un índice de este desconocimiento está, por ejemplo, en la constitución de un sujeto toxicómano repartidor de los déficits de su yo. El sujeto tiene una finalidad conservadora. La meta de su acción es la rehabilitación de su yo en toda su integridad, no el acceso al placer: "Desde un ángulo psicopatológico, el uso de drogas constituye una tentativa que el sujeto hace por reparar los déficits del yo, intentando regular su disfunción. (Didier Touzeau, " Psychiatrie et toxicomanie", en Actualités Médicales Internationales - Psychiatrie, No. 203 supl. octubre de 1997, documento coordinado por el doctor D. Touzeau y Y. Edel, realizado gracias al apoyo de Schering Plough, p. 5); P. Jeammet vuelve a tomar casi los mismos términos cuando define el objetivo terapéutico para aquellos pacientes que son toxicómanos: "Devolver al aparato psíquico su función de elaboración de conflictos, de manejo y de mediatización de constricciones internas y externas, y de proyección del sujeto" (P. Jeammet, "Psychanalyse et substitution: un faux antagonisme", Les traitement ..., op. cit., p. 267).
23 Jaques Lacan es sensible a esta distinción, que desarrolla en una corta intervención dirigida a los médicos, titulada "Psychanalyse et médicine" (Petits écrits et conférences, S.I), con fecha de 1966. Habla de "cuerpo-para-el-goce", indicando por "para" una función inamovible del cuerpo. El goce aquí no puede ser tomado por placer.
24 Ha sido excluido en la estricta medida en que el Psicoanálisis practicado entonces estaba marcado por la primacía otorgada al significante en toda una porción de sus enseñanzas. La palabra se hallaba dotada de poderes exhorbitantes. El cuerpo se abordaba al bies por medio de su imagen en el espejo. Lacan había de corregir los efectos de este período mediante la introducción del nudo borromeo. Este punto, que reviste gran importancia, se trata en las publicaciones de la revista L’ Unebévue, de ediciones EPEL, Paris.
25 Nótese que un cuerpo muerto ya no puede ser recipiente de placer.
26 Esta confusión ha tenido lugar al ponerse en equivalencia las toxicomanías, el SIDA y las hepatitis como objetos de estudio. Hay que concluir que los tratamientos propuestos concernerían a cada una de las afecciones.
27 No es tan nuevo, ya que las enfermedades venéreas preceden al SIDA ¡y por mucho!
28 Jean-Luc Nancy, "¿Un sujet?" en Homme et sujet, La subjectivité en question dans les sciences humaines, Éditions L’Harmattan, Collection Logiques Sociales, París, 1992, p. 53.
29 Ídem, p. 56.
30 Por sí solo, este punto pide ser desarrollado más allá del alcance del presente artículo. Nos contentaremos aquí con ofrecerlo a título de opinión. Cf. Jacques Lacan, "La science et la vérité", en Ecrits, París, Seuil, 1975, p. 855. Freud nos indica que hay un más allá del principio del placer, una intervención decisiva a partir de la que Lacan construirá su teor/ía del significante. (Cf. Sigmund Freud, "Au dela du principe de plaisir", en Essais de Psychanalyse, petite bibliotheque payot, París, 1981, pp. 41-115).
31 Reconocemos aquí la importancia del debate sobre la cuestión de la co-morbidez psiquiátrica de las toxicomanías. Si nos ponemos a favor, de ahí se desprende la confirmación de un sujeto con alto riesgo psicopatológico que justifica reducir su acción a una clase. Sin embargo, nada en la actualidad autoriza ese sentido (Cf. Bouchez A. Charles-Nicolas, "Pathologies psychiatriques et toxicomanies"; en particular: J. Boucher, Ph Carriere, "Place du psychiatre dans le soins aux toxicomanes", en Actualités Medicales Internationales, op. Cit., pp. 6-12).
32 Con lo cual se cuestionan las adquisiciones de la modernidad.

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