viernes, 28 de septiembre de 2012

La Filosofía Gestalt y la muerte



Publicado por admin en Universidad Gestalt
Por:  Dr. Carlos Ricardo Esteve Gutiérrez
Publicado el 12/04/10 a 19:23:40 GMT-06:00

La muerte corresponde al estado de la no vida, más no al de la no existencia. Algo muerto necesariamente ha estado vivo en algún momento. Entonces aquello que ha dejado de existir no necesariamente implicó una vida. Una piedra, por ejemplo, no puede morir, por que nunca ha estado viva, sin embargo, es posible que deje de existir mutando su composición hacia otra forma, después de todo la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Al organismo vivo le interesa la vida más que ninguna otra cosa, de hecho parecería que todo lo que hace y deja de hacer tiene estrecha relación a conservar su condición de vivo. En cualquier organismo existe un conjunto de fenómenos que se emplean cotidianamente para conservar esta condición: el hambre, el dolor, el miedo y todos trabajan para conservar la homeostasis. La muerte sería entonces la incapacidad orgánica para mantener el equilibrio. Y es que toda la vida de un organismo consiste en el surgimiento de una necesidad y una acción para lograr nuevamente el equilibrio.

Pero parece ser que para el ser humano, la relación vida y muerte trasciende los límites de cualquier organismo, es decir, para el ser humano conservar la vida no tiene sentido por sí misma, sino por lo que ésta le representa. La homeostasis supera el nivel orgánico y se centra en el plano de lo psicológico, lo cual a su vez implica creencias, sentimientos y emociones. Sabemos por experiencia que el ser humano es un ser finito, y que todo lo que nace debe morir, no obstante, para el ser humano parecería que este paso natural está cargado de juicios, prejuicios, de valores entre otros, y evidentemente todo esto posee una importante carga afectiva. La vida implica expectativas, y la mayoría de los seres humanos no conciben a la muerte como el final de sus días, sino como una mutación a otro tipo de vida, es decir, existe la expectativa de no morir realmente, algunos ejemplos podrían ser la reencarnación, ir al “cielo”, hacerse uno con la naturaleza. Aunque también existen creencias que al respecto consideran que la muerte implica necesariamente dejar de existir, lo cual significaría el aniquilamiento total del individuo. Quizá la razón del por qué esta última sea la costumbre menos difundida tendría que ver con el hecho de que justamente lo más temido por el ser humano (y en realidad por todos los organismos) es el aniquilamiento.

Probablemente sin importar mucho la creencia del individuo con respecto a su muerte y a lo que pase después de ésta, es la fantasía de aniquilamiento lo que produce en casi todos los seres humanos una angustia importante frente al hecho irremediable del futuro catastrófico: la muerte.

Sin importar esto, por ahora, para todos lo esencial es trascender, ya sea a través de sus obras (edificios, libros, música, pensamientos.), a través de la transmisión de sus genes, valores, creencias, expectativas, teniendo hijos. Incluso trascender a través de morir, pues por paradójico que resulte un motivo por el cual morir y dar la vida implica necesariamente un sentido a la existencia del individuo, o quizá a través de ir a acompañar a Dios. La meta sería entonces trascender y dejar algo en el mundo que hable del individuo después del individuo, es decir, el objetivo es no morir del todo, porque la aniquilación total, la muerte es la peor afrenta al narcisismo del individuo. Y es que tememos aquello que no podemos controlar. A pesar de sus posibles semejanzas en lo relativo al estado pasivo e inconsciente entre el sueño y la muerte, del sueño no tememos, porque sabemos que regresamos, pero de la muerte no se sabe nada.

En el mundo existen diversas corrientes ideológicas que derivan en patrones culturales de pensamiento sobre determinados fenómenos y sin duda es la muerte uno de aquellos de los cuales siempre se delimitan socialmente un perfil de comportamiento ante éste. Así, todo lo que pensamos sobre la muerte, en realidad refiere necesariamente a nuestra concepción de la vida, en primer lugar porque no sabemos nada de la muerte y en segundo lugar porque todo lo que podemos ver sobre la muerte, lo vemos desde la vida.
“Murallas y puertas componen una casa, pero sólo en el vacío entre ellas encontramos su condición de habitación.”

En el mundo occidental, desde Aristóteles e incluso antes, se ha concebido al ser humano como un ente de calidad superior frente al resto de los organismos vivientes, de tal suerte que los vegetales y los animales tenían un alma de naturaleza inferior y por lo tanto la muerte de un ser humano se ha de lamentar.
Por tanto morir es algo funesto y triste. El dolor por la muerte es una herencia ontogenética, no sólo por lo que implica perder al objeto amoroso, sino porque reitera que exactamente eso ocurrirá con todos. Todos hemos de morir y estamos educados para sufrir, mientras tanto, la muerte de los demás.
Posiblemente la única forma de no sufrir la pérdida de seres queridos (y por lo tanto parte de nosotros) sería eliminar los vínculos sociales y afectivos que nos unen a todos, pero escindir refiere directamente a un estado de ciencia ficción o a un estado absolutamente psicótico.
Evidentemente la mejor opción, lo más sano, es integrar la vida y la muerte como parte de una misma entidad, ya que la escisión de estos fenómenos antagónicos entre sí pero subsecuentes también, genera un hueco existencial en el mejor de los casos.

El vació existencial es el centro mismo y el corazón del cambio, por lo que hay que conocer esos espacios en blanco, contactar con ellos y aprender a entrar y salir de los mismos. Esto puede ser comprometedor, ya que representan, como se ha visto, “lo desconocido, la amenaza sin nombre, la fuente de la angustia y del miedo a la desintegración. Son la nada, el no-ser, la muerte” (Fritz, 1978, p. 103) o simplemente un caos lleno de posibilidades.

Todo es un ciclo, una Gestalt, todo lo que nace tiene que morir, es la ley eterna de la vida; diariamente miles de nuestras células mueren, por lo cual, la muerte no es algo que esté fuera de nosotros mismos, es un estado que nos pertenece ya que empezamos a morir desde el momento en el que nacemos y al no aceptar esto, estamos luchando contra nuestro origen y destino los cuales no hay manera de poder evitar. Entonces si la muerte no llega al final de la vida, sino que es parte de cada uno de nosotros, debemos aprender y prepararnos para morir, en vez de luchar contra el destino.

Para integrar nuestro ciclo vital y mortal es necesario aprender a conocernos, aprender a responsabilizarse de todos nuestros actos, enfrentar nuestra vida aquí y ahora. La vida es el instante conformado por el aquí y el ahora, un momento entre dos nadas; el origen y el fin. La muerte es nuestro destino el instante entre lo que sabemos y lo que no sabemos, no obstante, asumirlo con paz, significa que no tenemos cuentas pendientes y que cada momento y cada lugar tuvo su tiempo y su espacio y que ahora que el camino llegó a su fin estamos listos para dejar de ser, dejar de estar, dejar de existir…
…Ser o no ser, estar o no estar, esta no debería ser la cuestión, sino, ser y luego dejar de ser, estar y luego dejar de estar… dejar de existir…

Bibliografía

Apuntes, Análisis, Discusiones y Exposiciones de las clases del Doctorado en Filosofía Gestalt de la Universidad Gestalt de América.
Perls, F. (1978). Esto es Gestalt. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.

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