miércoles, 25 de abril de 2012

LA SESIÓN CORTA Y LA CUESTIÓN DE LA TÉCNICA EN LACAN



 Entre varias definiciones posibles del analista, quisiera retener una: el analista es aquel que, a instancias de Freud o de Lacan, ha sabido pasar el psicoanálisis a la vida. Hace prueba de ese deseo particular que es el "deseo del analista". Lo cual supone que "persevera" y que sabe en el momento oportuno "no ceder en su deseo".

Ese fue el caso de Lacan que no cedió a las presiones que apuntaban a conducirlo a la ortodoxia supuesta de la IPA, es decir a una práctica profesional del consenso. Se sabe que esto condujo a su expulsión, que él ha nombrado "excomunicación" haciendo eco a la de Spinoza.
En cuanto a la sesión corta, fue para Lacan una "Piedra de repulsa" [piedra en el zapato] como lo indica en la nota de 1966 y que comenta una página de "Función y campo de la palabra y del lenguaje". Es también para él "piedra angular", palabra aquí cuidadosamente elegida por Lacan, que pone en primer plano el valor del aspecto central de la cuestión de las sesiones cortas en un debate donde la cuestión jamás ha sido el objeto oficial de una desautorización: "Piedra de repulsa o piedra angular nuestro fuerte es el de no haber cedido sobre este punto", declara Lacan.
La página del discurso de Roma de la que se trata, es aquella donde desarrolla una crítica de la "técnica analítica" estándar. Lacan enuncia su punto de vista que, como siempre, consiste en sustituir los formalismos de las "reglas técnicas", por una formalización teórica de los principios.
Describe en este pasaje al analista como "Maestro de verdad". También esta presente como amanuense y depositario, pero al mismo tiempo juzga el precio del discurso tenido por el analizante en cuya puntuación fija el sentido. Desde entonces, todo corte de su parte no puede dejar de ser interpretado por el analizante como una "puntuación de su progreso". De allí [la recomendación] de evitar el corte estándar (Sesión de duración fija) que "da pretexto para un truco retorsivo" del analizante.
De otra parte, la "neutralidad bienaventurada" del estándar "puede tomar un valor obsesivo" en el analista y "mantener la connivencia del sujeto", es decir a evitar el bien decir.

Es en ese contexto que figura bajo la pluma de Lacan la expresión: "lo que se llama nuestras sesiones cortas". Se trata según él de promover por este medio "el sentido dialéctico preciso de la escansión en su aplicación técnica" es decir, de aprehender el resorte de la cura y no de dictar reglas de la interpretación. En esto Lacan se muestra absolutamente freudiano.

Las reglas del estándar aplicadas en la IPA provienen en su forma canónica de 5 textos de Freud. Ralph Greenson los cita en la introducción de su obra de 1967: "Técnica práctica del psicoanálisis". Se trata de artículos titulados: "Consejos al médico", "El inicio del tratamiento", "La dinámica de la transferencia", "El amor de transferencia", "Recuerdo, repetición y rememoración", todos escritos en el periodo 1912-1915.
Pero cuando se relee "El inicio del tratamiento", por ejemplo, percibimos que los textos donde Freud había consignado las modalidades técnicas de su acto (sin duda en el fulgor de la querella con Jung), en principio no son textos de técnica pura, sino textos que subordinan la cuestión técnica al tratamiento de un problema teórico, y que, de otra parte, el estilo de Freud es mucho más el del consejo que el de la prescripción, que cada "regla" sale de un comentario que la modaliza.

Tomemos por ejemplo la regla del número y sobre todo de la duración de las sesiones, es la que ha sido tan pasionalmente discutida por el uso que de ella ha hecho Lacan. Durante muchos años ha sido la marca del lacanismo, aquella que los psicoanalistas de la IPA han combatido con mayor aspereza.

Es notable que el tratado de Greenson de 1967 no mencione por ningún lado esa regla, y el de Etchegoyen tampoco. En Francia, luego de André Green los psicoanalistas de la IPA estuvieron tentados de dar una teoría llamada del "Marco" que insiste en el valor del ritualismo para el análisis y que intenta justificarla, pero nadie osa proponer una duración idónea de las sesiones, por la sencilla razón de que todos habían acortado la duración...

Para Etchegoyen en su tratado titulado "Los fundamentos de la técnica analítica", la práctica analítica concerniente al número y la duración de las sesiones es abordada en la óptica del "contrato". Él distingue además según los analistas (y sin duda también según las numerosas tendencias de la IPA) las maneras más conservadoras y las autoritarias de las modalidades más democráticas y mas "liberales" en el sentido que dan los americanos a ese vocablo, al formular los términos de dicho contrato. Vemos que, en esa óptica, se trata de empujar el "marco" como si hiciera aún parte de la realidad exterior a lo que sería el espacio-tiempo en el cual se desarrolla el análisis: el espacio y el tiempo de la sesión misma. La fijación del marco es entonces a concebir como un elemento deontológico o de moral social, se mide en términos de respeto del otro, de compromisos recíprocos y de eventuales rupturas del contrato.

Opondremos a esas concepciones el rigor de las formulaciones de Lacan en la Dirección de la cura: "La dirección de la cura...consiste en primer lugar en hacer aplicar por el sujeto la regla analítica, o sea las directivas cuya presencia no podría desconocerse en el principio lo que se llama 'la situación analítica', bajo el pretexto de que el sujeto las aplicaría en el mejor de los casos sin pensar en ellas. Estas directivas están en una comunicación inicial planteadas bajo la forma de consignas de las cuales, por poco que el analista las comente, puede sostenerse que hasta en las inflexiones de su enunciado, servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista en el punto de consecuencia a que han llegado para él." (Escritos 2, p. 566).

Notemos el contraste entre la posición blanda de la IPA (el contrato) y la rigidez que la acompaña en la aplicación de las reglas concernientes a la sesión, y el rigor austero de Lacan cuando enuncia los principios que van, además con una toma en cuenta del caso por caso en la práctica, hecha enteramente de flexibilidad y de atención particular.

Freud, en los textos en que expone las reglas, era, como lo hemos dicho moderado (salvo para el enunciado de la regla fundamental de la asociación libre) y él da la razón: "cuando las sesiones son demasiado espaciadas se corre el riesgo de no marchar al mismo paso que las incidencias reales de la vida del paciente y de ver el análisis perder su contacto con la realidad y tomar las vías laterales".

Es claro que a la inversa de la demanda de los analistas de la IPA Freud se rehúsa a separar el análisis, la vida de los pacientes y las manifestaciones de su deseo concreto de hacer un análisis, mientras que (según Greenson) el marco es hecho para favorecer la regresión y dar un sentimiento de seguridad al paciente en el marco de la "alianza de trabajo". Podemos aprehender la preocupación de Freud cuando indica, por ejemplo, que el analista tomará preferentemente los pacientes dispuestos a invertir el tiempo y el dinero necesario para su tratamiento.

Lacan capta el espíritu del recorrido freudiano mientras que los postfreudianos han intentado aplicarlo a la letra. Para Lacan, como para Freud, lejos de separar la sesión de la vida del paciente, se tratará de obtener que el psicoanálisis pase a la vida. Esto quiere decir entre otras cosas que nada en la vida del paciente puede ser dejado por fuera. El psicoanalista está en una relación con el conjunto del sistema significante en el cual el analizante se desplaza. Lacan lo recuerda en el texto de 1967. "Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad" cuando señala: "[...] la interpretación de la cual se opera la mutación psicoanalítica conduce a donde lo decimos: sobre lo que, esta realidad la escande al inscribirse bajo las especies del significante".

La sesión, en esta perspectiva, no es un espacio reservado al psicoanálisis y que se inscribiría en un empleo del tiempo cotidiano como una actividad intelectual o recreativa, al contrario, es un elemento de la serie significante a partir de la cual el paciente se inscribe en la realidad. La mutación esperada se produce cuando el significante librado en la sesión está con los otros en una relación gödeliana, cuando deviene "éxtimo".

La sesión lacaniana no es un espacio destinado a la regresión, a la inversa, es la ocasión de una Tyché, de un encuentro. Hay en la sesión, tal y como la describe Lacan una paradoja: entra en efecto en una serie con "una regularidad casi-burocrática" (Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad), pero es radicalmente Tyché, es decir, interpretación, sorpresa.

El corazón de la subversión lacaniana de la duración de la sesión encuentra su razón en el hecho que exige del analista que pague con sus palabras, con su persona y con "lo que hay de más esencial en su juicio íntimo", como lo indica Lacan en la "Dirección de la cura" (Escritos 2,p. 567). Por tanto, la "regularidad cuasi-burocrática" no es más que el fondo sobre el cual la sesión en sí misma se vuelve una herramienta de la interpretación del analista que, eventualmente y caso por caso, hará variar el número y la duración e incluso el precio.
El único principio que el analista debe respetar es el de no responder a la demanda, no encontrarse con el paciente en una posición de connivencia.

El análisis en la IPA se ha desarrollado al cabo de los años según un modelo donde el acto de referencia es el del médico, del terapeuta. Nosotros oponemos a esto el acto analítico, del cual Lacan ha hecho el principio de la acción del analista y de su concepción de la sesión. La apuesta exigida, tanto del lado del paciente como del lado del analista, va más allá de la terapéutica y de los aspectos del cuidado que reposan siempre sobre algo del lado de la caridad. Si hay un principio de caridad en el análisis será en el sentido en el que el lógico Davidson entiende de ese término, a saber que el analizante y el analista están ambos situados del mismo lado del Otro, aquel mismo del cual se trata para el paciente de captar cuál ha sido la lógica operante en el Otro que ha dirigido su vida. En ese sentido el análisis y entonces la sesión analítica, hace parte de su vida al mismo tiempo que es la palanca en que se apoya para transformarla.

Lacan ha triunfado allí donde los postfreudianos han fracasado: él ha hecho pasar el marco al cuadro, operación topológica que hace que la sesión lacaniana no es, y jamás será, una sesión ipeista recortada, sino otra cosa, un objeto nuevo e inventivo, relacionado con las finalidades del discurso psicoanalítico en el mundo


Pierre-Gilles Guéguen

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