miércoles, 4 de abril de 2012

El Dia Que Nietzsche Lloro de Yalom Irvin D



este Müller citando su propio libro. No es una artimaña inteligente: ¿cómo podías ganar? Si falla la trampa, él gana. Si funciona, se enfada tanto que no coopera.

Breuer permaneció callado, acariciando las piezas de ajedrez mientras reflexionaba sobre las palabras de Max.
–Tal vez tengas razón. ¿Sabes?, yo mismo he pensado que no debería haber citado sus libros. Tendría que haber escuchado a Sig. He tenido el presentimiento de que no era un procedimiento inteligente, pero no hacía más que eludir mis estocadas y llevarme a una relación de competencia. Es curioso; durante toda la consulta he pensado que estaba jugando al ajedrez. Le hacía caer en una trampa; él salía y me tendía una trampa a mí. Puede que la culpa haya sido mía. Tú dices que yo era así en la universidad. Pero hace años que no procedo así con un paciente. Creo que hay algo en él: hace que la gente proceda así y luego dice que se debe a la naturaleza humana. Eso es lo que él cree. ¡Y ahí es donde su filosofía se equivoca!
–¿Lo ves, Josef? (Lo sigues haciendo: tratas de agujerear su filosofía. Dices que es un genio. ¡Quizá deberías aprender de él en lugar de intentar vencerlo!
–¡Muy bien, Max, eso está muy bien! No me gusta, pero suena bien. Me ayuda. –Breuer tragó aire con fuerza y lanzó un sonoro suspiro–. Ahora sí, juguemos. He estado pensando en una nueva respuesta al gambito de reina.
Max movió una pieza y Breuer le contestó con un atrevido movimiento en el centro del tablero que, al cabo de ocho movimientos, le puso en serias dificultades. Max atacó al mismo tiempo un alfil y un caballo con un peón y, sin levantar los ojos del tablero, dijo:
–Josef, ya que hemos entablado este tipo de conversación esta noche, déjame hablar a mí también. Tal vez no sea asunto mío, pero no puedo taparme los oídos para no oír. Mathilde ha confiado a Rachel que hace meses que no la tocas.
Breuer estudió el tablero unos minutos y, después de darse cuenta de que no podía escapar del doble ataque, cogió el peón de Max antes de contestarle.
–Sí, está mal. Muy mal. Pero Max, ¿cómo quieres que te hable de ese asunto? Mejor sería que hablara directamente con Mathilde, porque sé que tú hablas con tu mujer y que ella, a su vez, habla con su hermana.
–No, créeme, sé guardar secretos ante Rachel. Te confiaré uno: si Rachel supiera lo que sucede con mi nueva enfermera, Fräulein Wittner, ¡me daría una patada en el trasero! Es como lo tuyo con Eva Berger; liarse con las enfermeras debe de venir de familia.
Breuer estudió el tablero. El comentario de Max le había molestado. ¡De modo que era así como los demás veían su relación con Eva! Pese a que la acusación era falsa, por un instante se sintió igualmente culpable de tentación sexual. Meses antes, en una importante conversación, Eva le había dicho que temía que él estuviera al borde de una relación perjudicial con Bertha y se había ofrecido a "hacer lo que fuese" por ayudarle a que se liberara de su obsesión por su joven paciente. ¿Acaso no se le había ofrecido Eva sexualmente? Breuer estaba seguro de ello. Pero el demoníaco "pero" había intervenido y en aquel asunto, como en tantas otras cosas, no había podido hacer nada. Sin embargo, muchas veces pensaba en el ofrecimiento de Eva y lamentaba la oportunidad perdida.
Ahora Eva se había ido. Y él nunca había podido aclarar las cosas con ella. Después de despedirla, ella no había vuelto a hablar con él y había hecho caso omiso de sus ofertas de dinero o de ayuda para conseguir un nuevo empleo. Si bien no podía reparar el error de no haberla defendido ante Mathilde, decidió que en aquella ocasión, por lo menos, la defendería de la acusación de Max.
–No, Max, estás equivocado. No soy un ángel, pero te juro que nunca toqué a Eva. Era una amiga, nada más que una buena amiga.
–Lo siento, Josef, pensaba que había conseguido ponerme en tu lugar y había imaginado que tú y esa Eva...
–Comprendo que hayas llegado a pensarlo. Teníamos una amistad poco común. Era una confidente y hablábamos de todo. Y después de tantos años de trabajar para mí, tuvo una recompensa terrible. Nunca tendría que haber cedido ante el enojo de Mathilde. Tendría que haberla defendido.
–¿Es ésa la razón por la que tú y Mathilde estáis distanciados?
–Es posible que tenga eso contra Mathilde, pero no es el verdadero problema de nuestro matrimonio. Es mucho más que eso, Max. Pero no sé lo que es. Mathilde es una buena esposa. Ah, me molestó su reacción ante lo de Bertha y Eva. Pero en cierto sentido tenía razón: prestaba más atención a ellas. Pero lo que sucede ahora es extraño Cuando la miro, pienso que es muy hermosa.
–¿Y?
–Y no puedo tocarla. Me aparto. No quiero que acerque a mí.
–A lo mejor no es algo tan extraño. Rachel no es Mathilde, pero está de buen ver y, sin embargo, tengo interés por Fräulein Wittner, que, debo reconocerlo, parece una rana. Algunos días, cuando voy por la Kirsrenstrasse y veo a veinte o treinta rameras en fila, me viene la tentación. Ninguna es más bonita que Rachel; muchas tienen gonorrea o sífilis, pero, aun así, me tienta la idea. Si supiera con seguridad que nadie me reconocería, ¿quién sabe? ¡Tal vez fuera con alguna! Todos nos cansamos de la misma comida. ¿Sabes, Josef? Por cada mujer hermosa que existe siempre hay un pobre hombre cansado de jodérsela.
A Breuer no le gustaba alentar a Max cuando se ponía vulgar, pero no pudo dejar de sonreír ante el aforismo, que, pese a resultar grosero, contenía una verdad.
–No, Max, no se trata de aburrimiento. Ese no es mi problema.
–Quizá deberías someterte a una revisión. Varios urólogos están escribiendo sobre la función sexual. ¿Has leído el trabajo de Kirsch acerca de que la diabetes causa impotencia? Ahora que ha desaparecido el tabú sobre el tema, es obvio que la impotencia es mucho más común de lo que creíamos.
–No soy impotente –replicó Breuer–. Aunque me haya abstenido del sexo, sigo teniendo apetencias y deseos carnales. Esa muchacha rusa, por ejemplo. Y he tenido las mismas ideas que tú acerca de las prostitutas de la Kirsrenstrasse. De hecho, parte del problema es que tengo tantos pensamientos en torno a otras mujeres que, si toco a Mathilde, me siento culpable. –Breuer advirtió que habían sido las revelaciones de Max acerca de sí mismo las que ahora hacían que le resultara más fácil hablar de sus propias intimidades. Quizá Max, con su manera de ser tan poco refinada, habría manejado a Nietzsche mejor que él–. pero tampoco es eso lo principal –continuó––. ¡Se trata de otra cosa! Hay algo más diabólico en mi interior. ¿Sabes?, pienso que podría desaparecer. En realidad, nunca lo haría, pero no puedo evitar el pensar, cada vez más a menudo, que podría irme y abandonar a Mathilde, a los niños, Viena. Es un pensamiento disparatado lo sé, no es preciso que me lo digas, Max. Sé que es una locura pensar que todos mis problemas se resolverían si pudiera encontrar la manera de apartarme de Mathilde.
Max sacudió la cabeza, suspiró, se comió el alfil de Breuer e inició un ataque contra la reina. Breuer se arrellanó en su asiento. ¿Cómo podría soportar otros diez, veinte, treinta años, perdiendo siempre ante la defensa francesa y el infernal gambito de reina de Max?

ONCE

Aquella noche, en la cama, Breuer seguía pensando en el gambito de reina y en el comentario de Max acerca de las mujeres hermosas y los hombres cansados de ellas. Sus perturbadores sentimientos en torno a Nietzsche habían disminuido. De alguna manera, su charla con Max había contribuido a ello. Quizá, durante todos aquellos años, había subestimado a Max. En ese momento, Mathilde, después de ver a los niños, regresó a la cama, se acercó a él y le susurró:
–Buenas noches, Josef.
Él fingió estar dormido.
¡Pam, pam, pam! Llamaban a la puerta. Breuer miró el reloj. Las cuatro y cuarenta y cinco. Se despabiló de inmediato –nunca dormía profundamente–, se puso la bata y recorrió el pasillo. Louis salió de su habitación, pero él le indicó que se quedara. Ya que estaba despierto, él acudiría a abrir.
El Portier, tras disculparse por haberlo despertado, dijo que fuera había un hombre que preguntaba por él y aseguraba que era una emergencia. Breuer encontró a un anciano en el vestíbulo. No llevaba sombrero y era obvio que había recorrido un largo trecho: respiraba con dificultad, tenía el pelo cubierto de nieve y el moco que le colgaba de la nariz había convertido el bigote en una escoba congelada.
–¿El doctor Breuer? –preguntó con una voz que temblaba de agitación.
Ante el asentimiento de Breuer, se presentó como Herr Schlegel. Inclinó la cabeza y se llevó la mano derecha a la frente: un recuerdo de lo que, en tiempos mejores, había sido el saludo de rigor.
–Un paciente suyo está enfermo, muy enfermo, lo tengo en mi Gasthaus –dijo–. No puede hablar, pero he encontrado esta tarjeta en su bolsillo.
Al examinar la tarjeta, Breuer vio su propio nombre y dirección escritos en uno de los lados. En el reverso leyó:

PROFESOR FRIEDRICH NJETZSCHE
Profesor de Filología
Universidad de Basilea
Su decisión fue instantánea. Dio a Herr Schlegel instrucciones explícitas para localizar a Fischmann y el simón.
–Cuando usted vuelva, ya estaré vestido. Me contará qué le ocurre a mí paciente durante el trayecto hacia el Gasthaus.
Veinte minutos después, Herr Schlegel y Breuer, envueltos en mantas, viajaban en el coche a través de las frías calles cubiertas de nieve. El posadero le explicó que el profesor Nietzsche se alojaba en el Gasthaus desde el inicio de aquella semana.
–Es un huésped excelente. Nunca causa problemas.
–Hábleme de su enfermedad.
–Se pasa la mayor parte del día encerrado en su habitación. No sé qué hace allí. Cuando le sirvo el té por la mañana, lo encuentro sentado a la mesa, escribiendo. Eso me intriga porque, ¿sabe?, he descubierto que ve muy mal. Hace dos o tres días, llegó una carta para él con matasellos de Basilea. Se la llevé y, unos minutos después, bajó la escalera parpadeando y bizqueando. Dijo que le fallaba la vista y me pidió que le leyera la carta. Comentó que era de su hermana. Empecé a leerla pero, al cabo de unas cuantas líneas (no sé qué acerca de un escándalo ruso), pareció turbado y me rogó que se la devolviera. Traté de leer el resto, pero sólo descifré las palabras "deportar" y "policía". Aunque mi mujer se ofreció a cocinar para él, come fuera. No sé dónde, pues no me pidió que le aconsejara sobre este tema. Apenas habla, aunque una noche dijo que iba a un concierto gratis. No es tímido. Esa no es la razón de su reserva. En cuanto a su silencio, he observado varias cosas...
El posadero, que había trabajado diez años para el contraespionaje militar, ahora echaba de menos su antiguo oficio, por lo que se divertía viendo a sus huéspedes como misterios y tratando de construir su perfil personal a partir de pequeños detalles domésticos. Durante su larga caminata hasta la casa de Breuer, había reunido todas las pistas referentes al profesor Nietzsche y había ensayado la forma en que se las presentaría al médico. Para aquel anciano se trataba de una rara oportunidad: por lo general, no tenía el público adecuado, pues su mujer y los demás huéspedes del Gasthaus eran demasiado torpes para apreciar sus dotes inductivas.
Sin embargo, el médico lo interrumpió.
–¿Puede hablarme de la enfermedad del profesor Nietzsche, Herr Schlegel?
–Sí, sí, doctor. –Y tragándose la decepción, Herr Schlegel le informó de que ese viernes por la mañana, alrededor de las nueve, Nietzsche había pagado la cuenta y había salido, no sin antes comunicarle que se iba de Viena aquella misma tarde y que volvería a pasar antes del mediodía para recoger el equipaje–. Ha debido de volver en algún momento en que yo no estaba en recepción porque no me he enterado de su regreso. Anda sin hacer ruido, ¿sabe?, como si no quisiera que le siguieran. Y no lleva paraguas, de modo que, por el paragüero, tampoco puedo saber si ha salido o no. Creo que no quiere que se sepa dónde está, cuándo está, o cuándo sale. Se las arregla muy bien (sospechosamente bien) para entrar y salir sin llamar la atención.
–¿Y su enfermedad?
–Sí, sí, doctor. Es que pensaba que algunos de estos detalles podían ser importantes para su diagnóstico. Bien, alrededor de las tres de la tarde, mi mujer, como siempre, ha ido a limpiar su habitación y allí estaba: ¡no había cogido el tren! Estaba acostado en la cama, gimiendo, con la mano en la cabeza. Mi mujer me ha llamado y entonces yo le he dicho que ocupara mi lugar en recepción, pues nunca dejo el puesto de vigilancia. Como ya le he dicho antes, por eso me ha sorprendido que mi huésped volviese a su habitación sin que yo lo viera.
–¿Y luego? –Breuer estaba impaciente. Había llegado a la conclusión de que Herr Schlegel había leído demasiadas novelas policíacas. Todavía le quedaba tiempo de sobra para contarle cuanto sabía. El Gasthaus estaba en el tercer distrito, o de la Landstrasse, de modo que aún les quedaba más de un kilómetro de camino. Además, a causa de la nevada, la visibilidad era tan mala que Fischmann había tenido que bajar del pescante para coger las riendas y, poco a poco, dirigir a pie al caballo a través de las calles cubiertas de nieve.
–He entrado en su habitación y le he preguntado si estaba enfermo. Me ha respondido que no se encontraba bien, que tenía una leve jaqueca, que pagaría un día más y se iría mañana. Me ha dicho que tiene dolores de cabeza con frecuencia y que lo que le va mejor es no moverse ni hablar. Ha dicho también que lo único que se podía hacer era esperar. Me ha hablado con más frialdad que de costumbre. No cabía duda: quería que lo dejáramos en paz.
–¿Y después? –Breuer sufrió un escalofrío. Sentía el frío hasta en los huesos. Por más irritante que le resultara Herr Schlegel, le gustó enterarse de que había otros que también consideraban difícil a Nietzsche.
–Me he ofrecido para ir en busca de un médico, pero cuando se lo he dicho se ha puesto muy nervioso. Tendría que haberlo visto. "¡No! ¡No! ¡Nada de médicos! ¡Sólo sirven para empeorar las cosas! ¡Nada de médicos!" No se ha mostrado grosero (nunca lo es, ¿sabe?) Siempre se comporta con mucha educación. Se nota que es de buena familia. Apuesto a que fue a un buen colegio privado. Se mueve en los mejores círculos. Al principio, yo no entendía por qué no se alojaba en un hotel de más categoría. Observé que su ropa (uno se entera de muchas cosas por la ropa) procedía de buenas tiendas, que estaba muy bien confeccionada y que la tela era de calidad, al igual que sus zapatos (italianos, de primera clase). Sin embargo, todo, incluso la ropa interior, estaba muy usado (eso si, muy bien usado): había remiendos en algunas prendas y hace por lo menos diez años que las chaquetas no se llevan tan largas. Ayer le dije a mi esposa que es un aristócrata pobre que no sabe cómo desenvolverse en el mundo de hoy. A principios de semana me tomé la libertad de preguntarle acerca del origen del apellido Nietzsche y murmuró no sé qué sobre la nobleza polaca.
–¿Qué ha sucedido después de que se negara a que un médico le viera?
–Ha seguido insistiendo en que mejoraría si lo dejábamos solo. Con los buenos modales que le caracterizan, me ha dicho que me ocupe de mis propios asuntos. Es de los que sufren en silencio o tiene algo que esconder. ¡Y obstinado! Si no hubiera sido tan testarudo, le habría llamado a usted hace ya muchas horas, antes de que empezara a nevar, y no le habría obligado a levantarse de madrugada.
–¿Qué más ha notado?
Herr Schlegel se animó al oír la pregunta.
–Bien, para empezar, se ha negado a darme una dirección futura y la anterior era sospechosa: Lista de Correos, Rapallo, Italia. Nunca he oído hablar de Rapallo y cuando le he preguntado dónde quedaba, sólo ha respondido que "en la costa". Desde luego, por su actitud misteriosa, por su forma de salir subrepticiamente y sin paraguas, por su falta de dirección y por esa carta (los problemas con Rusia, la deportación, la policía), creo que hay que avisar a la policía. Por supuesto, he buscado la carta al limpiar la habitación, pero no la he encontrado. Debe de haberla quemado u ocultado.
–¿No habrá usted llamado a la policía? –preguntó Breuer.
–Todavía no. Es mejor esperar a que amanezca. Sería malo para el negocio. No conviene que la policía moleste a mis huéspedes a altas horas de la madrugada. ¡Y luego, por si fuera poco, su repentina enfermedad! ¿Sabe lo que creo? ¡Que es veneno!
–¡No, hombre, no! –exclamó Breuer–. Estoy seguro de que no. Por favor, Herr Schlegel, olvide a la policía.
Le aseguro que no hay razón para preocuparse. Conozco a este hombre. Me hago responsable de él. No es un espía. Es exactamente lo que dice su tarjeta, un profesor de universidad. Y padece estas jaquecas a menudo. Por eso fue a verme. Por favor, olvide sus sospechas. –A la luz mortecina del farol del carruaje, Breuer vio que Herr Schlegel no estaba dispuesto a olvidar nada–. No obstante –añadió–, comprendo que un observador agudo pueda llegar a semejante conclusión. Pero confíe en mi. La responsabilidad será mía. –Trató de que el posadero volviera a hablar de la enfermedad de Nietzsche–. Dígame, después de verlo por la tarde, ¿qué más ha sucedido?
–He vuelto a su habitación otras dos veces por sí necesitaba algo, un té o algo de comer. En ambas ocasiones me lo ha agradecido y me ha dicho que no, sin volver la cabeza siquiera. Parecía débil y estaba pálido. –Herr Schlegel hizo una pausa. Luego, incapaz de omitir un comentario, añadió–: Ninguna gratitud hacia mi esposa, que lo ha cuidado. No es persona amable, ¿sabe? Incluso parecía que le fastidiaran nuestras atenciones. ¡Lo ayudamos y le molesta! Eso a mi esposa no le ha gustado. Ella también se ha enfadado y ya no quiere saber nada de él. Quiere que se vaya mañana mismo.
Breuer hizo caso omiso de la queja.
–¿Qué ha ocurrido después? –preguntó.
–Cuando he vuelto a verlo eran las tres de la mañana. Herr Spitz, que ocupa el cuarto contiguo, se ha despertado. Ha oído que alguien movía muebles y luego gemidos e incluso gritos. Entonces ha llamado a la puerta de Herr Nietzsche y, al no obtener respuesta y comprobar que la puerta estaba con el pestillo echado, me ha despertado. Herr Spitz es un alma tímida y no dejaba de disculparse por haberme despertado. Pero ha hecho bien. Se lo he dicho enseguida.
"El profesor se había encerrado por dentro. He tenido que romper la cerradura”. Tendrá que pagar una nueva. Al entrar, lo he hallado inconsciente. Estaba acostado, en ropa interior, sobre el colchón desnudo, y se quejaba. Se había quitado el traje y había deshecho la cama. Supongo que ha tirado la ropa al suelo sin moverse de la cama, ya que estaba toda esparcida cerca del lecho. Una actitud que no coincide con su carácter, doctor. Por lo general, es hombre ordenado y cuidadoso. Mi mujer se ha escandalizado al ver el espectáculo: había vómitos por todas partes. Pasará una semana hasta que podamos volver a alquilar la habitación, a causa del olor. Él debería pagarnos esa semana. Tenemos derecho a exigírselo. Y también había manchas de sangre en las sábanas. He inspeccionado el cuerpo del profesor, pero no he visto heridas. La sangre debe de haber salido con el vómito. –Herr Schlegel meneó la cabeza–. Ha sido entonces cuando he buscado en sus bolsillos, he encontrado su dirección y he ido a su casa, doctor. Mi esposa me ha dicho que esperara hasta el amanecer, pero he temido que para entonces Herr Nietzsche estuviera ya muerto. Y puede imaginar lo que eso significaría: funeraria, encuesta oficial, la policía husmeando todo el día. Lo sé muy bien. Los demás huéspedes se irían en veinticuatro horas. En el Gasthaus de mí cuñado, en Schwarzland, murieron dos huéspedes en una semana. ¿Sabe que, diez años después, la gente todavía se niega a ocupar las habitaciones donde fallecieron? Y eso a pesar de que han sido redecoradas por completo: cortinas, pintura, papel en las paredes. Pero la gente las evita. Las cosas se saben, los aldeanos hablan y nadie olvida.
Herr Schlegel sacó la cabeza por la ventanilla, miró a su alrededor y gritó a Fischmann:
–¡En la próxima manzana, a la derecha! –Se volvió hacia Breuer–. Ya llegamos. ¡Es la próxima casa, doctor!
Breuer ordenó a Fischmann que aguardara y siguió a Herr Schlegel. Entraron en el Gasthaus y subieron cuatro tramos de estrechas escaleras. El aspecto desolado de las escaleras atestiguaba el hecho de que a Nietzsche sólo le preocupaba la mera subsistencia: mostraban una limpieza espartana, eseaban cubiertas por una alfombra raída cuyo desvaído dibujo cambiaba en cada tramo y carecían de barandillas. No había muebles en ninguno de los rellanos. Ni cuadros ni adornos que suavizaran las paredes, recientemente blanqueadas: ni siquiera había un certificado oficial de inspección.
Respirando con dificultad a causa de la subida, Breuer siguió a Herr Schlegel hasta la habitación de Nietzsche. Necesitó un momento para acostumbrarse al olor acre y dulzón del vómito y luego inspeccionó a toda prisa la escena. Era tal y como la había descrito Herr Schlegel. El posadero no sólo era un excelente observador, sino que no había tocado nada para no alterar alguna preciosa pista.
Nietzsche yacía en una cama pequeña, en un rincón del cuarto. Llevaba puesta la ropa interior y estaba profundamente dormido, tal vez en coma. De hecho, no se movió ni mostró reacción alguna ante los ruidos que hicieron al entrar. Breuer pidió a Herr Schlegel que recogiera la ropa de Nietzsche y las sábanas manchadas de vómito y sangre.
Una vez quedó despejado, el aposento mostró su brutal desnudez. A Breuer le pareció que no era muy diferente de la celda de una cárcel: arrimada a una pared, había una endeble mesa de madera sobre la que descansaban una lámpara y una jarra de agua medio vacía. Frente a la mesa, una silla de madera de respaldo recto y debajo la maleta y el maletín de Nietzsche, cada uno envuelto en una delgada cadena con su respectivo candado. Sobre la cama, un ventanuco de cristales mugrientos con patéticas cortinitas amarillas constituía la única concesión de la estancia a la estética.
Breuer dijo al posadero que le dejara a solas con su paciente. Herr Schlegel, cuya curiosidad era superior a su fatiga, protestó, pero accedió cuando Breuer le recordó sus obligaciones con respecto a los demás huéspedes: para atenderlos bien, tenía que dormir un poco.
Una vez solo, Breuer aumentó la intensidad de la luz de gas e inspeccionó la escena con más atención. La palangana esmaltada, en el suelo junto a la cama, estaba llena de un vómito sanguinolento, de un tono verde pálido. También el colchón, el rostro y el pecho de Nietzsche estaban cubiertos de una fina capa de vómito seco. Sin duda, se había sentido demasiado enfermo, o había caído en un estupor, de tal modo que no había podido llegar hasta la palangana. Junto a ésta, había un vaso de agua y una botellita que contenía grandes tabletas ovaladas: sólo faltaba una cuarta parte de su contenido. Breuer inspeccionó las tabletas y, a continuación, probó una. Hidrato de cloral, posiblemente, lo que explicaría el estupor, aunque no podía estar seguro, pues no sabia cuándo había ingerido Nietzsche las tabletas. ¿Habría transcurrido el tiempo suficiente que fueran absorbidas por la sangre antes de que Nietzsche vomitara todo el contenido de su estómago? Al calcular la cantidad de tabletas que faltaba, Breuer llegó a la conclusión de que, aunque Nietzsche hubiera tomado las tabletas esa misma noche y su estómago hubiera absorbido todo el cloral, lo más probable era que hubiese consumido una dosis peligrosa, pero no letal. Sí, de todos modos, había tomado una dosis superior, Breuer sabía que ahora poco era lo que podía hacer: un lavado de estómago no tenía sentido, pues el estómago de Nietzsche ya estaba vacio. Por otra parte, el estupor y las náuseas le impedirían ingerir cualquier estimulante que pudiera suministrarle. –Nietzsche parecía moribundo: el semblante grisáceo, los ojos hundidos, el cuerpo frío, pálido, con piel de gallina. Respiraba con dificultad, tenía el pulso débil, con ciento cincuenta y seis pulsaciones por minuto. Ahora temblaba, pero cuando Breuer trató de cubrirlo con una de las frazadas que había dejado Frau Schlegel, se quejó y se destapó. "Es probable que se trate de una hiperestesia extrema", pensó Breuer. "Todo le resulta doloroso, hasta el leve roce de una sábana."
–Profesor Nietzsche, profesor Nietzsche –exclamó. No hubo reacción. Tampoco se movió cuando lo llamó "Friedrich". Cuando dijo "Fritz", Nietzsche dio un respingo y volvió a agitarse cuando Breuer trató de levantarle un párpado. "Hiperestesia incluso al sonido y a la luz", observó Breuer, y se levantó para bajar la intensidad de la luz y subir el gas de la estufa.
Una inspección más minuciosa confirmó el diagnóstico de migraña bilateral espasmódica: la cara de Nietzsche, sobre todo la frente y las orejas, estaba fría y pálida; tenía las pupilas dilatadas y las dos arterias temporales tan comprimidas que al tacto parecían dos cordeles congelados.
La preocupación primordial de Breuer, no obstante, no era la migraña, sino la taquicardia, que ponía en peligro su vida. Así pues, procedió a ejercer con el pulgar una firme presión sobre la arteria carótida derecha de Nietzsche. En menos de un minuto, las pulsaciones bajaron a ochenta. Después de vigilar el estado cardíaco del enfermo durante quince minutos, Breuer se mostró satisfecho y pasó a concentrar su atención en la migraña.
Buscó en su maletín unas cápsulas de nitroglicerina y pidió a Nietzsche que abriera la boca, pero no obtuvo respuesta. Cuando intentó abrírsela por la fuerza, Nietzsche apretó los dientes y Breuer cejó en su empeño. "Tal vez lo consiga con nitrato de amilo", pensó Breuer. Vertió cuatro gotas en un paño y lo sostuvo debajo de la nariz de Nietzsche. Éste aspiró, dio un respingo y giró la cara. "Resiste hasta el final incluso cuando está inconsciente", se dijo Breuer.
Colocó las dos manos sobre las sienes de Nietzsche y empezó a hacerle un masaje, primero con suavidad; luego, de manera gradual, fue aumentando la presión. Extendió el masaje a toda la cabeza y el cuello. En especial, se concentró en las áreas que, por la reacción del enfermo, parecían ser las más afectadas. A medida que procedía, Nietzsche gritaba y sacudía la cabeza. Pero Breuer persistió y mantuvo su posición con calma, mientras le susurraba con delicadeza al oído:
–Soporte el dolor, Fritz, soporte el dolor.
Nietzsche se debatió menos, pero siguió gimiendo. Era un "no" profundo, gutural, que brotaba de su garganta.
Pasaron diez, quince minutos. Breuer seguía aplicándole el masaje. Al cabo de veinte minutos, los gemidos disminuyeron hasta casi desaparecer, pero los labios de Nietzsche se movían, musitando algo inaudible. Breuer acercó el oído a los labios de su paciente, pero no pudo entender lo que decía. Quizá decía "déjeme", o tal vez "váyase". No podía asegurarlo.
Pasaron treinta, treinta y cinco minutos. Breuer continuó con el masaje. Notó que la cara de Nietzsche estaba más tibia y que empezaba a recuperar el color. Quizá el espasmo estaba desapareciendo. Aunque todavía estaba sumido en el estupor, parecía descansar mejor. Seguía mascullando, en voz un poco más alta, un poco más clara. Otra vez, Breuer acercó el oído a los labios de Nietzsche. Ahora logró entender sus palabras, aunque al principio no pudo dar crédito a sus oídos. Nietzsche estaba diciendo:
–¡Ayúdeme, ayúdeme, ayúdeme!
Una ola de compasión inundó a Breuer. ""¡Ayúdeme!" De modo que eso es lo que me ha estado pidiendo todo el tiempo." Lou Salomé estaba equivocada: su amigo era capaz de pedir ayuda, si bien se trataba de otro Nietzsche, de alguien a quien Breuer acababa de conocer.
Durante unos minutos, Breuer se paseó por la pequeña celda de Nietzsche. Luego mojó una toalla con el agua fría de la jarra, colocó la compresa sobre la frente del durmiente y le susurró:
–Si, le ayudaré, Fritz. Cuente conmigo.
Nietzsche hizo una mueca. Quizá todavía le causaba dolor que lo tocaran, pensó Breuer, pero dejó la compresa en el mismo lugar. Nietzsche abrió apenas los ojos, miró a Breuer y se llevó la mano a la frente. Tal vez sólo intentaba quitarse la compresa, pero su mano se acercó a la de Breuer y por un momento, por un breve momento, sus manos se rozaron.
Pasó otra hora. Estaba amaneciendo: eran casi las siete y media. El estado de Nietzsche parecía estable. Había muy poco más que hacer, se dijo Breuer. Ahora era mejor ocuparse de sus otros pacientes y volver más tarde, cuando a Nietzsche se le hubieran pasado los efectos del cloral. Después de cubrir a su paciente con una manta ligera, Breuer escribió una nota en que decía que regresaría antes del mediodía, colocó junto a la cama una silla y dejó la nota en ella, de manera que se viera bien. Después de descender las escaleras, dijo a Herr Schlegel –que se hallaba en su puesto, en el mostrador de la entrada– que fuera a ver a Nietzsche cada treinta minutos. Breuer despertó a Fischmann, que dormitaba en un banco del vestíbulo, y juntos salieron a la nevada mañana para iniciar la ronda de visitas matinales.
Cuando regresó, cuatro horas más tarde, Herr Schlegel, sentado en su puesto, le saludó. No, no había pasado nada más: Nietzsche había dormido todo el tiempo. Sí, parecía más cómodo y se portaba mejor: algún quejido ocasional, pero ni gritos, ni sacudidas, ni vómitos.
Nietzsche parpadeó cuando Breuer entró en su habitación, pero siguió durmiendo profundamente, incluso cuando Breuer se dirigió a él.
–Profesor Nietzsche,¿me oye? –No hubo respuesta–. Fritz. –Sabía que este tratamiento informal estaba justificado, pues con frecuencia los pacientes sumidos en estupor reaccionaban al oír el nombre con que se les llamaba de jóvenes; aun así, se sentía culpable porque sabía que estaba utilizando el diminutivo porque disfrutaba llamando a Nietzsche por el nombre de pila–. Fritz. ¡Fritz! Soy Breuer. ¿Puede oírme? ¿Puede abrir los ojos?
Casi de inmediato, los ojos de Nietzsche se abrieron. ¿Contenían una expresión de reproche? Breuer volvió a la formalidad.
–Profesor Nietzsche. Me complace ver que vuelve a estar entre los vivos .¿Cómo se siente?
–A mí no me complace –Nietzsche hablaba con voz suave y pronunciaba con dificultad– estar vivo. En absoluto. No temo a la oscuridad. Mal, me siento muy mal.
Breuer puso la mano sobre la frente de su paciente, en parte para sentir su temperatura, pero también para ofrecerle consuelo. Nietzsche se echó atrás, retirando la cabeza unos cuantos centímetros. "Tal vez todavía tenga hiperestesia", pensó Breuer. Pero luego, cuando hizo una compresa fría y la puso sobre la frente de Nietzsche, éste, con voz débil y cansina, dijo:
–Puedo hacerlo yo. –Tomando la compresa de la mano de Breuer, la sostuvo sobre su frente.
El resto del examen de Breuer fue alentador: el pulso de su paciente ahora era de setenta y seis, su semblante estaba menos pálido y las arterias temporales no presentaban indicios de espasmo.
–Tengo el cráneo destrozado –dijo Nietzsche–. El dolor es distinto: ya no es agudo, sino que es como si fuera el resultado de una profunda y dolorosa magulladura cerebral.
Aunque todavía tenía náuseas, ahora pudo tolerar la cápsula de nitroglicerina que Breuer le puso debajo de la lengua.
Durante la hora siguiente, Breuer permaneció sentado, conversando con su paciente, que poco a poco fue respondiendo mejor.
–He estado preocupado por usted. Podría haber muerto. Tanto cloral es más un veneno que un remedio. Necesita una droga que ataque la jaqueca en su origen o que atenúe el dolor. El cloral no hace ni lo uno ni lo otro; es un sedante y para perder la conciencia y soportar tanto dolor se requiere una dosis que podría ser fatal. Casi lo ha sido, ¿sabe? Y tenía el pulso muy irregular, lo que es peligroso.
Nietzsche sacudió la cabeza.
–No comparto su preocupación.
–¿Qué quiere decir?
–Con respecto al resultado –susurró Nietzsche.
–¿Con respecto a que podría ser fatal?
–No, con respecto a nada, a nada.
La voz de Nietzsche era casi quejumbrosa. Breuer también suavizó su tono de voz.
–¿Tenía la esperanza de morir?
–¿Estoy vivo? ¿Me estoy muriendo? ¿A quién le importa? No hay una abertura. No hay una abertura.
–¿Qué quiere decir? –le preguntó Breuer–. ¿Que no hay una abertura para usted? ¿Que nadie le echaría de menos? ¿Que a nadie le importaría?
Largo silencio. Los dos hombres permanecieron callados y pronto Nietzsche empezó a tener una respiración profunda: se había vuelto a dormir. Breuer lo observó durante unos minutos más y luego dejó una nota en la silla diciendo que volvería por la tarde. De nuevo indicó a Herr Schlegel que inspeccionara al paciente a menudo, pero que no se molestara en ofrecerle comida. Tal vez agua caliente, pues el profesor no podría soportar nada sólido durante otro día.
Cuando Breuer volvió, a las siete de la tarde, sintió un escalofrío al entrar en el cuarto de Nietzsche. La luz lastimera de una sola vela proyectaba sombras temblorosas en las paredes y revelaba a su paciente acostado en la oscuridad, los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho, totalmente vestido con su traje negro y sus pesados zapatos negros. ¿Seria la premonición del velatorio de Nietzsche, solo, sin deudos?
Pero no estaba muerto ni dormido. Se reanimó al oír la voz de Breuer y, con esfuerzo y dolor patentes, se incorporó con la cabeza entre las manos y las piernas colgando sobre un costado de la cama. Indicó a Breuer que se sentara.
–¿Cómo se siente ahora?
–Todavía siento la cabeza en un torno de acero. Mi estómago tiene la esperanza de no volver a recibir comida jamás. Tengo el cuello y la espalda... aquí –Nietzsche se tocó la nuca y la parte superior de los omóplatos– doloridos. Aparte de esto, me siento espantosamente mal. –Breuer tardó en sonreír. Captó la ironía de Nietzsche un minuto después, al ver la sonrisa de su paciente–. Pero, por lo menos, estoy nadando en aguas conocidas. Es un dolor que he tenido muchas veces.
–Entonces, ¿ha sido un ataque típico?
–¿Típico? ¿Típico? Déjeme pensar. En cuanto a la intensidad, yo diría que ha sido un ataque fuerte. De los últimos cien ataques, quizá sólo quince o veinte han sido más fuertes. Aun así, los ha habido peores.
–¿En qué sentido?
–Han durado más. Dos días. Sé que es raro, pues me lo han dicho otros médicos.
–¿Cómo explica que éste haya sido más breve? –Breuer trataba de averiguar cuánto recordaba Nietzsche de las últimas dieciséis horas.
–Los dos sabemos la respuesta, doctor Breuer. Le estoy agradecido. Sé que, de no ser por usted, seguiría retorciéndome de dolor. Ojalá hubiera alguna manera de pagárselo. De lo contrario, deberemos recurrir a la moneda de curso legal. No ha cambiado lo que pienso con respecto a las deudas y a los pagos y espero una cuenta proporcionada al tiempo que me ha dedicado. Según cálculos de Herr Schlegel, la cuenta debería ser considerable.
Aunque se sintió consternado al ver que Nietzsche volvía a adoptar el tono formal y distante, Breuer dijo que daría instrucciones a Frau Becker para que preparara la cuenta el lunes.
Pero Nietzsche negó con la cabeza.
–Había olvidado que mañana es domingo, pero mañana cogeré el tren para Basilea. ¿No podríamos arreglar la cuenta ahora?
–¿Se va a Basilea? ¿Mañana? Ni hablar, profesor Nietzsche, no hasta que pase esta crisis. A pesar de nuestro desacuerdo esta última semana, permítame proceder como médico. Hace tan sólo unas horas, usted estaba en coma con una peligrosa arritmia cardiaca. Es más que desaconsejable que viaje mañana: es peligroso. Y hay otro factor: las migrañas pueden volver a producirse de inmediato si no descansa el tiempo necesario. Seguro que usted ya lo observado.
Nietzsche guardó silencio por un momento, mientras meditaba las palabras de Breuer. Luego asintió.
–Seguiré su consejo. Estoy de acuerdo en quedarme..... un día más y partir el lunes. ¿Puedo verle el lunes por la mañana?
Breuer asintió.
–¿Lo dice por la cuenta?
–Por la cuenta, sí, y también le agradeceré un informe sobre la consulta y una descripción de las medidas clínicas que ha tomado para tratar este ataque. Sus métodos serán útiles para sus sucesores, sobre todo para los médicos italianos, ya que pasaré los próximos meses en el sur. Está claro que la intensidad de este ataque proscribe otro invierno en Europa central.
–No es hora de discutir, sino de que descanse y esté tranquilo, profesor Nietzsche. Pero, por favor, permítame hacerle dos o tres observaciones para que las medite hasta el lunes.
–Después de lo que ha hecho hoy por mí, estoy obligado a escuchar con atención.
Breuer midió sus palabras. Sabía que se trataba de su última oportunidad. Si fracasaba ahora, Nietzsche cogería el tren de Basilea el lunes por la tarde. Se prometió no repetir los errores que ya había cometido con Nietzsche. "No pierdas la calma", se dijo. "No trates de superarlo en ingenio: es demasiado inteligente. No discutas: perderás y, aunque ganes, perderás de todos modos. Y ese otro Nietzsche, el que quiere morir pero suplica que lo ayuden, aquel a quien prometiste ayudar, no está aquí ahora. No trates de hablar con él."
–Profesor Nietzsche, permítame empezar subrayando que el ataque de anoche fue crítico. El corazón le latía con peligrosa irregularidad y podría haber fallado en cualquier momento. No sé cuál es la causa; necesito tiempo para evaluarla. Pero no se debía a la migraña, ni tampoco creo que fuera debido a la sobredosis de cloral. Nunca he visto que el cloral produzca ese efecto. La segunda observación se refiere al cloral. La cantidad que tomó pudo haber sido fatal. Es posible que el vómito causado por la migraña le salvara la vida. En cuanto médico, me preocupa su comportamiento autodestructivo.
–Doctor Breuer, perdóneme. –Nietzsche tenía la cabeza entre las manos y los ojos cerrados–. Había resuelto escucharle hasta el final, sin interrumpirle, pero temo que mi mente no tiene fuerzas para retener los pensamientos. Es mejor que hable mientras tenga las ideas claras. No fui prudente con el cloral; debería haberlo sabido, por experiencias similares. Mi intención era tomar una sola tableta (pues adormece el dolor) y guardar el frasco en la maleta. Lo que, sin duda, sucedió anoche fue que tomé una tableta y luego me olvidé de guardar el frasco. Después, cuando el cloral empezó a surtir efecto, debí de olvidar que ya había tomado una tableta y tomé otra. Ya ha ocurrido antes. Fue un comportamiento estúpido, pero no suicida, si es eso lo que implican sus palabras.
Breuer pensó que era una hipótesis plausible. A muchos de sus pacientes ancianos y olvidadizos les había pasado lo mismo. Siempre había recomendado a sus hijos que les administraran las medicinas. Sin embargo, no creía que la razón aducida por Nietzsche explicara de manera suficiente su conducta. Para empezar, ¿por qué, aun a pesar del dolor, se había olvidado de guardar el frasco en la maleta? ¿Acaso no tenemos responsabilidad incluso con respecto a lo que olvidamos? “No, la conducta de este paciente consiste en una autodestrucción más maligna de lo que admite”
De hecho, había una prueba: la voz suave que preguntaba a quién le importaba si vivía o moría. Pero era una prueba que no podía usar. Debía aceptar el comentario de Nietzsche.
–Aun así, profesor Nietzsche, aunque fuera ésa la explicación, no disminuye el riesgo. Usted tiene que conocer bien la posología. Pero permítame una observación más, referida al origen de su ataque. Usted lo atribuye al tiempo. Sin duda, el tiempo ha tenido algo que ver: usted ha sido un agudo observador de la influencia de las condiciones atmosféricas en sus migrañas. Ahora bien, es probable que el inicio de un ataque se deba a la actuación simultánea de varios factores y, con respecto al que acaba de sufrir, creo que tengo cierta responsabilidad: el ataque se produjo poco después de que yo le tratara de manera grosera y agresiva.
–Una vez más, doctor Breuer, debo interrumpirle. Usted no dijo nada que no debiera haber dicho un buen médico, no dijo nada que otros médicos, con menos tacto que usted, no hubieran dicho antes. No tiene la culpa de este ataque. Intuí que iba a sufrirlo mucho antes de nuestra última conversación. De hecho, tuve una premonición mientras viajaba hacia Viena.
Breuer aborrecía tener que ceder en este punto. Pero no era el momento de discutir.
–No quiero seguir poniendo a prueba su paciencia, profesor Nietzsche. Sólo permítame decirle que, teniendo en cuenta su estado de salud general, ahora creo con más firmeza todavía que antes que necesita someterse a un extenso periodo de observación minuciosa y que el tratamiento es imprescindible. Aunque llegué horas después del inicio del ataque, logré atajarlo. De haber estado usted en observación en una clínica, estoy convencido de que me habría sido posible desarrollar un tratamiento para eliminar sus ataques por completo. Le insto a que acepte mí recomendación de ingresar en la clínica Lauzon.
Breuer se detuvo. Había dicho todo lo posible. Se había mostrado moderado, lúcido, clínico. No podía hacer nada más. Se produjo un largo silencio. Aguardó, escuchando los sonidos de la diminuta estancia: la respiración de Nietzsche, la suya, el ulular del viento, pasos y una tabla que crujía en la planta superior.
Nietzsche respondió con voz dulce, casi incitadora.
–Nunca he conocido a un médico como usted, a ninguno que estuviera tan capacitado ni tan preocupado por sus pacientes. Nunca he conocido a ninguno que entablara una relación tan personal con ellos. Usted quizá podría enseñarme mucho. En lo que se refiere a la convivencia con los demás, creo que debo empezar desde el principio. Estoy en deuda con usted y, créame, sé hasta qué punto. –Nietzsche hizo una pausa. Estoy cansado y debo acostarme. –Se recostó, cruzó las manos sobre el pecho y clavó la mirada en el techo–. Pese a lo mucho que le debo, siento de veras contradecir su recomendación. Sin embargo, las razones que le di ayer... ¿fue ayer? Tengo la sensación de que hemos estado hablando durante meses. Esas razones no eran frívolas, ni me las inventé en aquel momento para no aceptar. Si decide leer más a fondo mis libros, verá que mis razones están arraigadas en el terreno mismo de mi pensamiento y, por lo tanto, de mi ser. Esas razones parecen más fuertes ahora, más fuertes hoy que ayer. No sé por qué. No puedo entender mucho acerca de mi mismo hoy. Es indudable que usted está en lo cierto. El cloral no es bueno para mí; tiene razón, no es un tónico. Todavía no puedo pensar con claridad. Pero las razones que aduje son más fuertes ahora, cien veces más fuertes. –Nietzsche volvió la cabeza para mirar a Breuer–. Le insto, doctor, a que cese de preocuparse tanto por mi bienestar. Rehusar su consejo y su ofrecimiento una y otra vez sólo aumenta mi humillación por el hecho de deberle tanto. –Nietzsche desvió la mirada–. Por favor, creo que ahora lo mejor es que yo descanse y que usted regrese a su casa. Una vez dijo que tenía familia. No quiero que su mujer y sus hijos me guarden rencor, y no les falta razón. Sé que hoy ha pasado más tiempo conmigo que con ellos. Hasta el lunes, doctor Breuer
–Nietzsche cerró los ojos.
Antes de partir, Breuer dijo que, si lo necesitaba, acudiría en menos de una hora, aunque fuera domingo. Nietzsche se lo agradeció, pero no abrió los ojos.
Mientras Breuer bajaba la escalera del Gasthaus, se asombró del control y resistencia de Nietzsche. Aun enfermo y en cama, en una habitación que todavía apestaba a vómito, en un momento en que casi todos los que padecían migraña tendrían que dar las gracias por poder respirar, Nietzsche pensaba y funcionaba a la perfección: escondía su desesperación, hacía planes para su partida, defendía sus principios, instaba a su médico a que regresase junto a su familia y requería el informe sobre la consulta y una factura justa para el especialista.
Cuando llegó al simón Breuer decidió que pasear una hora hasta su casa le despejaría. Así que despidió a Fischmann, dándole un florín de oro para que comiera caliente (esperar en medio del frío era muy molesto) y echó a andar por las calles cubiertas de nieve.
Sabía que Nietzsche partiría el lunes para Basilea. ¿Por qué importaba eso tanto? Cuanto más pensaba en aquella pregunta, más difícil le resultaba hallar la respuesta. Sólo sabía que Nietzsche le importaba, que se sentía atraído por él de una manera excepcional. "Quizá", se dijo, "veo algo de mí mismo en Nietzsche. Pero ¿qué? Diferimos en todos los aspectos fundamentales: historia familiar, cultura, estilo de vida. ¿Envidio su vida? ¿Qué hay que envidiar en esa fría y solitaria existencia? En realidad, mis sentimientos hacia Nietzsche no tienen nada que ver con la culpa. Como médico, he hecho todo lo que exige el deber. En ese sentido, no he cometido ninguna falta. Frau Becker y Max tenían razón: ¿qué otro médico habría soportado tanto a un paciente tan arrogante, cáustico y exasperante?"
¡Y vanidoso! ¡Con cuánta naturalidad había dicho, en passant, y no con vacía jactancia sino con plena convicción, que era el mejor profesor de la historia de la Universidad de Basilea y que tal vez la gente tuviera el valor de leer su obra en el año 2000! Pero a Breuer no le ofendía esto. Quizá Nietzsche tuviera razón. Tanto su manera de hablar como su forma de escribir poseían una gran fuerza, y su pensamiento era iluminador y potente. Incluso cuando estaba equivocado.
Por la razón que fuera, Breuer no negaba que Nietzsche le importara tanto. Comparada con sus fantasías sobre Bertha, tan devastadoras, su preocupación por Nietzsche le parecía benigna hasta benévola. De hecho, Breuer tenía la premonición de que su encuentro con el extraño caballero podía conducirle a una redención personal.
Breuer siguió caminando. Ese otro hombre alojado y oculto dentro de Nietzsche, ese hombre que suplicaba ayuda: ¿dónde se encontraba ahora? "Ese hombre que me tocó la mano", se decía Breuer, "¿cómo puedo llegar a él? ¡Debe de haber una forma! Pero está decidido a irse de Viena el lunes. ¿Hay alguna manera de detenerlo? ¡Tiene que haberla!".
Se dio por vencido. Dejó de pensar. Sus piernas siguieron caminando hacia la casa cálida y bien iluminada, hacia sus hijos y su amante y no amada esposa Mathilde. Se concentró sólo en aspirar el aire frío, entibiarlo en los pulmones y luego expulsarlo en forma de nubes de vapor. Oyó el viento, sus pasos, el crujido de la frágil capa de hielo y nieve bajo sus pies. Y de repente se le ocurrió una manera: ¡la única manera!
Apretó el paso. Durante el resto del camino hizo crujir la nieve y, con cada paso, cantaba para sí: "¡Conozco la manera! ¡Conozco la manera!".

DOCE

El lunes por la mañana, Nietzsche acudió al consultorio de Breuer para finalizar el asunto que los unía. Tras estudiar con detenimiento la detallada cuenta de Breuer para asegurarse de que no se hubiera omitido nada, Nietzsche rellenó una orden de pago y se la entregó a Breuer. A continuación, Breuer le dio el informe clínico y le sugirió que lo leyera allí mismo, por si tenía alguna duda. Después de leerlo con atención, Nietzsche abrió el maletín y lo guardó en la carpeta de informes médicos.
–Un excelente informe, doctor Breuer, completo y comprensible. Y a diferencia de muchos otros, no contiene jerga profesional: ésta, si bien ofrece la ilusión del saber, en realidad es el lenguaje de la ignorancia. Y ahora, a Basilea. Ya le he robado demasiado tiempo. –Nietzsche cerró el maletín con llave–. Le dejo, doctor, sintiéndome más en deuda con usted que con ningún otro hombre en toda mi vida. Las despedidas, por lo general, están acompañadas por la resistencia a prolongar el hecho. La gente dice auf Wiedersehen: hasta la vista. Las personas planean con rapidez nuevos encuentros y luego, con mayor rapidez, olvidan sus propósitos. Yo no soy de ésos. Prefiero la verdad, o sea: casi con toda seguridad, no volveremos a vernos. Es probable que jamás regrese a Viena y dudo que usted sienta la necesidad de seguir el rastro de un paciente como yo en Italia.
Nietzsche cogió el maletín y fue a ponerse en pie. El momento que Breuer esperaba.
–Profesor Nietzsche, por favor, todavía no. Hay otro asunto que quiero discutir con usted. –Nietzsche se puso tenso. "Sin duda esperaba que volviera a pedirle que ingresara en la clínica Lauzon y temía que llegara el momento", pensó Breuer–. No, profesor Nietzsche, no es lo que usted piensa en absoluto. Relájese, por favor. Se trata de algo distinto. He estado demorando este tema, por razones que pronto serán evidentes. –Breuer hizo una pausa y tomó aliento con fuerza–. Tengo una propuesta que hacerle. Una propuesta extraña, que tal vez nunca haya sido hecha a un paciente por su médico. Como ve, titubeo. Resulta difícil decirlo. Por lo general, no me faltan las palabras. Pero lo mejor es decirlo: le propongo un intercambio profesional. Es decir, le propongo que, durante el próximo mes, me permita actuar como médico de su cuerpo. Me concentraré sólo en sus síntomas físicos y en su medicación. Y usted, a cambio, será el médico de mi mente, de mi espíritu.
Nietzsche, todavía aferrado a su maletín, pareció intrigado, luego cauto.
–¿Qué quiere decir con su mente, su espíritu? ¿Cómo puedo yo ser médico? ¿No es ésta otra variante de la charla de la semana pasada, que usted me trate y yo le enseñe filosofía?
–No, esta petición es del todo diferente. Yo no le pido que me enseñe, sino que me cure.
–¿Puedo preguntarle de qué?
–Una pregunta difícil. Y sin embargo, se la hago a mis pacientes todo el tiempo. Se la formulé a usted, y ahora me toca a mí responder. Le pido que cure mi desesperación.
–¿Que cure su desesperación? –Nietzsche dejó de apretar el maletín y se inclinó hacia delante–. ¿Qué clase de desesperación? Yo no la veo.
–No está en la superficie, donde parece que llevo una vida satisfactoria. Pero, debajo de la superficie, reina la desesperación. Me pregunta usted qué clase de desesperación. Digamos que mi mente no me pertenece, que me asaltan pensamientos ajenos y sórdidos. El resultado es que siento desprecio por mi mismo y dudo de mi integridad. ¡Aunque quiero a mi mujer y a mis hijos, no los amo! De hecho, les guardo rencor por ser prisionero suyo. Carezco de valor: de valor para cambiar mi vida o para seguir viviéndola. Ya no sé por qué vivo, no sé cuál es el sentido de mi vida. Me preocupa envejecer. Aunque cada día me acerco más a la muerte, la muerte me aterroriza. Aun así, a veces pienso en el suicidio.
Breuer había ensayado aquel discurso el domingo. Pero hoy, de un modo extraño, considerando la duplicidad subyacente del plan, había sido sincero. Breuer sabia que era un mal embustero. Si bien había ocultado la gran mentira –que su propuesta era un ardid para inducir a Nietzsche al tratamiento–, había resuelto decir la verdad en todo lo demás. Por eso, en su discurso, había presentado la verdad acerca de si mismo, de una forma levemente exagerada. Había tratado, también, de encontrar hechos que, de alguna manera, pudieran parecerse a los de Nietzsche.
Por una vez, Nietzsche parecía atónito. Meneó la cabeza: era obvio que no quería ser participe de aquella propuesta. Sin embargo, le resultaba difícil formular una objeción racional.
–No, no, doctor Breuer, eso es imposible. No puedo hacerlo, no estoy preparado. Considere los riesgos: todo podría empeorar.
–Pero, profesor, no hay preparación posible. ¿Quién está preparado para ello? ¿A quién puedo recurrir? ¿A un médico? Esa forma de curación no forma parte de la disciplina médica. ¿A un director espiritual? ¿Debo dar el salto y refugiarme en cuentos de hadas religiosos? Como usted, yo también he perdido la facultad de hacerlo. Usted, un filósofo vital, se pasa la vida contemplando las cuestiones que confunden la mía. ¿A quién puedo recurrir sino a usted?
–¡Dudas con respecto a usted mismo, a su mujer, a sus hijos! ¿Qué sé yo de todo eso?
Breuer respondió de inmediato.
__Y con respecto al hecho de envejecer, a la muerte, a la libertad, al suicidio, a la búsqueda de un objetivo. ¿Acaso no son éstas las preocupaciones precisas de su filosofía?
¿No son sus libros verdaderos tratados sobre la desesperación?
–Yo no puedo curar la desesperación, doctor Breuer. La estudio. La desesperación es el precio que uno paga cuando toma conciencia de las cosas. Si dirige una mirada profunda a la vida, siempre encontrará la desesperación.
–Eso lo sé, profesor Nietzsche, y no espero curación, sólo alivio. Quiero que me aconseje. Quiero que me enseñe a tolerar una vida de desesperación.
–Pero yo no sé hacerlo. Y no tengo consejos para los individuos. Escribo para la raza humana, para la humanidad.
–Pero, profesor Nietzsche, usted cree en el método científico. Si una raza, una aldea, un rebaño padecen un mal, el científico procede a aislarlos y a estudiar un espécimen prototípico para obtener una generalización aplicable al todo. Yo me pasé diez años examinando con detenimiento una estructura diminuta en el oído de la paloma con el fin de descubrir cómo mantienen las palomas el equilibrio. No podía trabajar con toda la especie. Tuve que trabajar con palomas individuales. Sólo más tarde fui capaz de generalizar mis descubrimientos y de aplicarlos a todas las palomas, y luego a las aves y mamíferos, y también a los seres humanos. Esa es la forma de hacerlo. No es posible llevar a cabo un experimento con toda la raza humana. –Breuer hizo una pausa, esperando la refutación de Nietzsche. Pero ésta no llegó. Nietzsche estaba absorto en sus pensamientos. Breuer siguió hablando–. El otro día sostuvo que el fantasma del nihilismo recorría Europa. Dijo que Darwin había vuelto anticuado a Dios; que, del mismo modo que una vez creamos a Dios, ahora lo hemos matado. Y que ya no sabemos vivir sin nuestras mitologías religiosas. Además, si bien no lo dijo directamente (corríjame si me equivoco), creo que usted piensa que su misión consiste en demostrar que a partir del escepticismo es posible crear un código de conducta para el hombre, una nueva moralidad, un nuevo saber que reemplace el saber surgido de la superstición y el anhelo por lo sobrenatural. –Breuer hizo una pausa. Asintiendo con la cabeza, Nietzsche le indicó que continuara–.
Creo, aunque usted tal vez no esté de acuerdo con las palabras que escojo, que su misión es salvar a la humanidad tanto del nihilismo como de la ilusión. –Nietzsche volvió a asentir con una leve inclinación de cabeza–. ¡Bien, entonces sálveme a mí! ¡Lleve a cabo su experimento conmigo! Yo soy el sujeto perfecto. He matado a Dios. No tengo creencias sobrenaturales y me estoy ahogando en el nihilismo. ¡No sé por qué vivir! ¡No sé cómo vivir! –Nietzsche seguía sin responder–. Si usted aspira a desarrollar un plan para toda la humanidad, o incluso a seleccionar a unos pocos, pruebe conmigo. Practique conmigo. Vea qué funciona y qué es lo que no funciona. Eso agudizaría su pensamiento.
–¿Se está usted ofreciendo como conejillo de Indias? –replicó Nietzsche–. ¿Esa seria la manera de saldar mí deuda con usted?
–No me preocupa el riesgo. Creo en el poder curativo de la conversación. Pasar revista a mi vida con una mente informada como la suya: eso es todo cuanto quiero.
Nietzsche sacudió la cabeza, atónito.
–¿Ha pensado en algún procedimiento concreto?
–Sólo ésto. Como le propuse, usted ingresa en mi clínica con nombre supuesto y yo observo y trato sus ataques de migraña. Cuando haga mi ronda de visitas, primero le veré a usted. Analizaré su estado físico y prescribiré la medicación adecuada. Durante el resto de la visita, usted pasará a ser el médico y me ayudará a hablar de las preocupaciones de mi vida. Sólo le pido que me escuche y formule los comentarios que desee. Eso es todo. Después, no sé. Tendremos que inventar un procedimiento a medida que avancemos.
–No –Nietzsche negó con la cabeza–. Es imposible, doctor Breuer. Reconozco que su plan es fascinante, pero está condenado desde el principio. Yo escribo, no hablo. Y escribo para unos pocos, no para la mayoría.
–Pero sus libros no son para unos pocos –respondió Breuer–. De hecho, usted desprecia a los filósofos que sólo escriben para otros filósofos, a los filósofos cuya obra está alejada de la vida y que no viven su filosofía.
–Yo no escribo para otros filósofos. Pero si escribo para los pocos que representan el futuro. No estoy destinado a mezclarme, a vivir entre la gente. La habilidad para el trato social, la confianza, la preocupación por los demás, si alguna vez gocé de tales aptitudes, hace mucho tiempo que se me atrofiaron. Siempre he estado solo. Siempre estaré solo. Acepto este destino.
–Pero, profesor Nietzsche, usted quiere más. Vi tristeza en sus ojos cuando dijo que pocos leerían sus libros antes del año 2000. Usted quiere ser leído. Creo que una parte de usted todavía ansia estar con otras personas. –Nietzsche permaneció inmóvil, rígido en la silla–. ¿Recuerda la anécdota que me contó sobre Hegel en el lecho de muerte? –continuó Breuer–. ¿Que el único estudiante que entendió lo que decía lo interpretó mal? Y usted terminó diciendo que, en su propio lecho de muerte, usted ni siquiera aspiraría a tener un alumno. Bien, ¿para qué esperar al año 2000? ¡Yo estoy aquí! Aquí tiene al alumno, delante de usted. ¡Y soy un alumno que le escuchará porque mi vida depende del hecho de entenderle! –Breuer hizo una pausa para recuperar el aliento. Estaba satisfecho. El día anterior, mientras se preparaba, había previsto acertadamente cada una de las objeciones de Nietzsche y contraatacado en cada caso. Era una trampa elegante. Estaba deseoso de contárselo a Sig. Sabía que debía detenerse en ese momento: después de todo, el objetivo inmediato era asegurarse de que Nietzsche no cogiera el tren de Basilea. Sin embargo, no pudo por menos de añadir un argumento–. Recuerde que usted dijo el otro día que nada le molestaba tanto como estar en deuda con una persona sin la posibilidad de satisfacerla.
La respuesta de Nietzsche fue rápida y cortante.
–¿Quiere decir que hace todo esto por mí?
–No, de eso precisamente se trata. Aunque mi plan, de alguna manera, le ayude, ésa no es mi intención. Mi empeño es por entero egoísta. ¡Necesito ayuda! ¿Es usted lo bastante fuerte para ayudarme?
Nietzsche se puso en pie. Breuer contuvo la respiración. Nietzsche dio un paso hacia Breuer y extendió la mano.
–Acepto su plan –dijo.
Friedrich Nietzsche y Josef Breuer habían hecho un trato.

CARTA DE FRIEDRICH NIETZSCHE A PETER GAST
4 de diciembre de 188
Mi querido Peter:
Un cambio de planes. Otra vez. Me quedaré en Viena todo el mes y, por ende –lo siento–, he de posponer el viaje a Rapallo. Te escribiré cuando conozca mis planes con mayor precisión. Han sucedido muchas cosas, casi todas interesantes. Estoy sufriendo un ataque leve (que habría sido algo monstruoso, de dos semanas de duración, de no ser por tu doctor Breuer) y ahora me encuentro demasiado débil para hacer otra cosa que un resumen de lo que ha sucedido. Luego habrá más.
Gracias por recomendarme al doctor Breuer. Es una gran curiosidad: un médico pensante y científico. ¿No es increíble? Está dispuesto a decirme lo que sabe acerca de mi enfermedad y –lo que es más sorprendente aún– ¡lo que no sabe!
Es un hombre deseoso de arriesgarse y creo que, en gran medida, le atrae que yo me atreva a arriesgarme. Se ha atrevido a proponerme algo completamente inusual y he aceptado. Me ha propuesto hospitalizarme este mes en la clínica Lauzon, donde estudiará y tratará mi mal. (¡ Y él correrá con todos los gastos! Eso significa, amigo mío, que no tienes que preocuparte por mi subsistencia este invierno.)
¿Y yo? ¿Qué debo ofrecerle a cambio? Yo, a pesar de que nadie creía que volviera a ser empleado con provecho, seré el filósofo personal del doctor Breuer durante un mes y deberé proporcionarle asesoramiento filosófico personal. Su vida es un tormento, ha pensado en suicidarse y me ha pedido que le ayude a salir del bosque de la desesperación.
¡Qué irónico, debes de pensar, que tu amigo sea llamado para acallar el canto de sirena de la muerte, ese mismo amigo que te escribió por última vez diciéndote que el cañón de un arma no le parecía espectáculo desagradable!

Querido amigo, te cuento mi convenio con el doctor Breuer con total reserva. No debe enterarse nadie, ni siquiera Overbeck. Tú eres el único a quien lo confío. Me debo por entero a la confianza de este buen médico.
Nuestro extraño arreglo adoptó la forma presente de una manera compleja. Primero me ofreció aconsejarme él a mí como parte del tratamiento médico. ¡Qué subterfugio más torpe! Fingió estar interesado sólo por mi bienestar; su único deseo, su única recompensa, era lograr mi total restablecimiento. Pero ya conocemos a esos curanderos sacerdotales que proyectan su debilidad en los demás y luego los atienden con el único propósito de incrementar su propia fuerza. ¡Conocemos muy bien la "caridad cristiana"! Como es lógico, comprendí sus intenciones y lo llamé por su propio nombre. Durante un tiempo, se atragantó con la verdad: me llamó ciego y ruin. Juró tener motivos elevados, manifestó falsas simpatías y habló de cómicos altruismos, pero, por fin, debo reconocer que encontró fuerzas para buscar la fuerza de modo abierto y sincero.
¡Tu amigo Nietzsche en el mercado! ¿No te asombras? ¡Imagina mi Humano, demasiado humano, o El gay saber, enjaulados, domesticados, educados! ¡Imagina mis aforismos ordenados alfabéticamente en un curso práctico de sermones sobre la vida y el trabajo cotidianos! Al principio, yo también me quedé atónito. Pero no por mucho tiempo. El proyecto me intriga: un foro para mis ideas, un recipiente que llenar cuando me sienta lleno y rebosante, una oportunidad, de hecho un laboratorio, para probar las ideas antes de enunciarlas para la especie (tal fue la idea del doctor Breuer).
Tu doctor Breuer, dicho sea de paso, parece un espécimen superior, con capacidad perceptiva y deseo de superarse. Sí, posee ese deseo. E inteligencia. Pero ¿tiene ojos y corazón– para ver? ¡Ya lo comprobaremos!
Así pues, estoy convaleciente y pienso en la aplicación: una nueva empresa. Quizá estuviera equivocado al creer que mi única misión era buscar la verdad. Durante este mes, veré si mi sabiduría permitirá que otro logre sobrevivir a la desesperación. ¿Por qué acude a mí? Dice que, después de probar mi conversación y leer una parte de Humano, demasiado humano, se ha despertado en él cierto apetito por mi filosofía. Quizá, dada la carga de mi mal físico, haya pensado que soy un experto en supervivencia. Por supuesto, no conoce ni la mitad de mi carga. Mi amiga, la demoníaca ramera rusa, esa mona de senos postizos, sigue en el camino de la traición. Elisabeth, que me dice que Lou está viviendo con Rée, está llevando a cabo una campaña para conseguir que la deporten por inmoralidad Elisabeth me dice también que Lou ha ampliado su campaña de odio y mentiras extendiéndola por Basilea, donde se propone anular mi pensión. Maldito sea aquel día, en Roma, en que la vi por primera vez. Te he dicho muchas veces que toda forma de adversidad –incluso el toparme con la maldad pura– me fortalece. Pero si puedo trocar en oro esta mierda, entonces yo... Ya veremos. No tengo energía suficiente para hacer una copia de esta carta. Mi querido amigo, devuélvemela, por favor. Tuyo,                                                   FIN

TRECE

Aquel mismo lunes, durante el viaje a la clínica, Breuer sacó a colación el tema de la reserva total y sugirió que Nietzsche se sentiría más tranquilo si se le admitía con un seudónimo, Eckart Müller, el mismo que había mencionado ante Freud.
–Eckart Müller, Eckkkkkkart Müüüller, Eckart Müüüüüüüller. ––Nietzsche, a todas luces de buen humor, canturreó el nombre despacio, en un susurro, como para discernir su melodía–. Es un nombre tan bueno como cualquier otro, supongo. ¿Tiene alguna significación especial? ¿Es, quizá –especuló–––, el nombre de algún paciente famoso por su obstinación?
–Sólo es mnemotécnico –respondió Breuer–. Mi método consiste en sustituir las iniciales del nombre del paciente por las letras del alfabeto que las preceden. En su caso, el resultado fue las iniciales E.M. Y Eckart Müller fue el primer E.M. que se me ocurrió, nada más.
–Tal vez algún día un historiador de la medicina escriba un libro sobre los médicos famosos de Viena y se pregunte por qué el distinguido doctor Josef Breuer visitaba con tanta frecuencia a un tal Eckart Müller, un hombre misterioso sin pasado ni futuro.
Era la primera vez que Breuer veía a Nietzsche tan alegre. Era un buen presagio, por lo que Breuer adoptó la misma actitud.
–Y figúrese a los pobres biógrafos de los filósofos del futuro cuando intenten rastrear el paradero del profesor Friedrich Nietzsche durante el mes de diciembre de 1882.
Pocos minutos después, cuando tuvo más tiempo para pensar en el asunto, Breuer empezó a lamentar lo del seudónimo. Tener que dirigirse a Nietzsche por un nombre falso en presencia del personal de la clínica imponía un subterfugio innecesario en una situación que en sí misma ya se caracterizaba por la duplicidad. ¿Por qué había incrementado la carga? Después de todo, Nietzsche no necesitaba la protección de un seudónimo para el tratamiento de la hemicránea, que era una dolencia frecuente. En cualquier caso, el presente arreglo exigía que él, Breuer, corriera con los riesgos y, por consiguiente, era él, y no Nietzsche, quien necesitaba el santuario de la reserva.
El simón entró en el octavo distrito, conocido como Joseftadt, y se detuvo ante la puerta de la clínica Lauzon. El portero, al reconocer a Fischmann, discretamente evitó mirar dentro del coche y corrió a abrir la oscilante verja de hierro. El coche recorrió traqueteando los cien metros de camino adoquinado hasta llegar al pórtico de columnas blancas del edificio central. La clínica Lauzon, una elegante estructura de cuatro plantas, de piedra blanca, alojaba a cuarenta pacientes con problemas neurológicos y psiquiátricos. Había sido construida trescientos años antes como residencia del barón Friedrich Lauzon; por aquel entonces, quedaba inmediatamente fuera de las murallas de Viena, estaba rodeada por sus propios muros y tenía cuadras y cochera propias, así como viviendas para los sirvientes y diez hectáreas de huertos y jardines. Generaciones enteras de jóvenes Lauzon habían nacido y crecido allí, y cazado jabalíes. Al morir el último barón Lauzon y su familia durante la epidemia de fiebres tifoideas de 1858, el patrimonio había pasado al barón Wertheim, un primo lejano, un despilfarrador que raras veces abandonaba su finca de Baviera.
Cuando sus asesores le informaron de que podía librarse de la propiedad transformándola en institución pública, el barón Wertheim había decretado que el edificio sería una clínica de reposo, con la única condición de que su familia recibiera a perpetuidad atención médica gratuita. Se fundó un fideicomiso benéfico y se creó un singular consejo de administración que incluía no sólo a importantes familias vienesas católicas, sino también a dos filantrópicas familias judías, los Gomperz y los Altmann. Si bien el hospital inaugurado en 1860, atendía en especial a los ricos, seis de sus cuarenta camas debían destinarse, según lo especificado a pacientes pobres pero limpios.
Breuer, que representaba a la familia Altmann en el consejo de administración del hospital, destinó una de esas seis camas a Nietzsche. La influencia de Breuer en Lauzon iba más allá de su participación en cuanto miembro del consejo; era, además, el médico personal del director del hospital y de otros miembros de la administración.
Cuando Breuer y su nuevo paciente llegaron a la clínica, fueron recibidos con gran deferencia. Se omitieron los trámites de ingreso e inscripción y el director y la enfermera jefe en persona acompañaron al médico y al paciente por las habitaciones disponibles.
–Demasiado oscuro –dijo Breuer del primer cuarto–. Herr Müller necesita luz para leer y escribir cartas. Busquemos en el lado sur.
La segunda habitación era pequeña, pero luminosa y Nietzsche comentó:
–Ésta está bien. La luz es mucho mejor.
No obstante, Breuer la rechazó con firmeza.
–Demasiado pequeña, nada de aire. ¿Qué más hay?
A Nietzsche también le gustó la tercera habitación.
–Si, ésta es muy agradable.
Pero Breuer tampoco estaba satisfecho.
–Demasiado pública. Muy ruidosa. ¿No hay ninguna lejos del mostrador de las enfermeras?
Al entrar en la habitación siguiente, Nietzsche no aguardó el comentario de Breuer. De inmediato, puso su maletín en el armario, se quitó los zapatos y se acostó en la cama. No hubo discusión, pues Breuer también aprobó aquella estancia luminosa y amplia, situada en una esquina del segundo piso, provista de una gran chimenea y con una vista excelente a los jardines. Los dos hombres admiraron la gran alfombra oriental, de color azul y salmón, un tanto raída pero aún señorial, sin duda un vestigio de días venturosos y saludables en la heredad de los Lauzon. Nietzsche asintió cuando Breuer solicitó un escritorio, lámpara de mesa y una silla cómoda.
En cuanto estuvieron solos, Nietzsche reconoció se había levantado demasiado pronto después del ataque; se sentía fatigado y le estaba volviendo el dolor de cabeza. Sin protestar, accedió a permanecer acostado las veinticuatro horas siguientes. Breuer fue hasta el mostrador de enfermeras del vestíbulo para disponer la medicación paciente: colchicina para el dolor, hidrato de cloral para dormir. Nietzsche se había vuelto tan adicto al cloral que quitárselo requeriría varias semanas.
Cuando Breuer se asomó a la habitación de Nietzsche para despedirse, Nietzsche levantó la cabeza de la almohada y, alzando el vaso de agua que había junto a la cama, propuso un brindis:
–¡Hasta el inicio oficial de nuestro proyecto! Después de un breve descanso, pienso pasar el resto del día ideando una estrategia para el asesoramiento filosófico. Auf Wiedersehen, doctor Breuer.
"¡Una estrategia! Es hora de que yo también piense una estrategia", se dijo Breuer en el coche, de regreso a su casa. Había estado tan concentrado en su objetivo de atrapar a Nietzsche que no se había parado a pensar, ni por un momento, en cómo domesticaría a su presa, ahora alojada en la habitación número 13 de la clínica Lauzon. Mientras el simón traqueteaba, Breuer trataba de concentrarse en su propia estrategia. Todo parecía un lío: no tenía nada que pudiera guiarle, no había precedentes. Tendría que idear un procedimiento nuevo por completo para ese tratamiento. Lo mejor era discutirlo con Sig: era la clase de desafío que encantaría a su joven amigo. Breuer ordenó a Fischmann que se detuviera en el hospital y localizara al doctor Freud.
El Allgemeine Krankenhaus, Hospital General de Viena, donde Freud se preparaba para el ejercicio independiente de la medicina, era una pequeña ciudad. Alojaba a dos mil pacientes y consistía en una docena de edificios cuadrangulares, cada uno de los cuales constituía un departamento separado; contaba con su propio patio y sus muros y se conectaba con los demás a través de un laberinto de túneles subterráneos. Un muro de piedra, de cuatro metros, separaba a toda aquella comunidad del mundo exterior.
Fischmann, familiarizado desde hacía mucho tiempo con los secretos del laberinto, fue en busca de Freud. Unos minutos después, volvió solo.
–El doctor Freud no está. El doctor Hauser ha dicho que se ha ido a su Stammlokal hace una hora.
El café de Freud, el café Landtmann, se hallaba en Franzens–Ring, a unas manzanas del hospital. Allí lo encontró Breuer; su amigo estaba sentado solo a una mesa, tomando café y leyendo una revista literaria francesa. Médicos residentes y estudiantes de medicina frecuentaban aquel café. Aunque menos elegante que el café Griensteidl, al que iba Breuer, estaba suscrito a más de ochenta publicaciones, quizá más que ningún otro café de Viena.
–Sig, vayamos a Demel a tomar un pastel. Tengo cosas interesantes que contarte sobre el profesor que padece migrana.
Freud se puso el abrigo de inmediato. Si bien era un enamorado de la mejor pastelería de Viena, no podía acudir a ella a menos que le invitaran. Diez minutos después, estaban sentados a una tranquila mesa situada en un rincón. Breuer pidió dos cafés, una porción de pastel de chocolate para él y otra de pastel de limón mit Schlag para su amigo. Freud se comió su ración con tanta rapidez que Breuer lo convenció de que cogiera otra del carrito de tres pisos. Cuando Freud hubo devorado una pasta rellena de chocolate y el segundo café, los dos encendieron sendos cigarros. Entonces Breuer le refirió con todo lujo de detalles lo sucedido con Herr Müller desde su última charla: la negativa del profesor a iniciar un tratamiento psicológico, su airada partida, la migraña en mitad de la noche, la extraña visita a la pensión, su sobredosis y peculiar estado inconsciente, la débil y quejumbrosa voz pidiendo ayuda y, por último, el sorprendente trato que había hecho aquella mañana con él en su consultorio.
Mientras Breuer narraba su historia, Freud le escuchaba dirigiéndole una mirada muy intensa y que él ya conocía: Freud no sólo atendía a todo cuanto le estaba contando, sino que lo estaba registrando. Seis meses después, podría reproducir la conversación con total exactitud. Sin embargo, la postura de Freud cambió de forma brusca cuando Breuer describió su propuesta final.
–Josef, ¿que tú le ofreciste QUE? ¿Vas a tratar la migraña de este señor Müller y él, a su vez, tratará tu desesperación? ¡No hablas en serio! ¿Qué significa esto?
–Sig, créeme, era la única manera. Si hubiera intentado cualquier otra cosa, ya se habría marchado a Basilea. ¿Recuerdas la excelente estrategia que planeamos? ¿Persuadirlo de que investigara y redujera la tensión? La demolió en cuestión de minutos, elogiando el poder de la tensión. Entonó rapsodias en torno a ella. Dice que lo que no le mata, le hace más fuerte. Pero yo, cuanto más escuchaba y pensaba en sus libros, más convencido estaba de que se considera un médico, no de una persona en particular, sino de toda nuestra cultura.
–De modo que lo atrapaste sugiriéndole que empezara por curar a la civilización occidental a partir de un espécimen individual, a saber, tú, ¿no es así?
–Así es, Sig. ¡Pero primero él me atrapó a mi! O ese homúnculo que, según dices, está activo en cada uno de nosotros, me atrapó con su lastimera súplica de ayuda. Casi bastó para hacerme creer en tus ideas sobre la parte inconsciente de la mente.
Freud sonrió mientras tragaba el humo del cigarro.
–Y ahora que lo has atrapado, ¿cuál es el siguiente paso?
–Lo primero que tenemos que hacer, Sig, es librarnos de la palabra "atrapar". La idea de atrapar a Eckart Müller es incongruente: es como capturar un gorila de quinientos kilos con una red para mariposas.
Freud dedicó a su amigo una amplia sonrisa.
–Si, no hablemos de "atrapar" y tan sólo digamos que lo has llevado a la clínica y que lo verás cada día. ¿Cuál es tu estrategia? Sin duda, él debe de estar ideando una estrategia para ayudarte con tu desesperación, a partir de mañana.
–Si, eso es lo que me dijo. Es probable que en este preciso instante esté trabajando en ello. Así que ya es hora de que yo también trace mi plan, y espero que me puedas ayudar. No lo he meditado, pero la estrategia está clara. Debo persuadirlo de que me ayude, mientras yo, de manera imperceptible, cambio los papeles hasta que vuelva a ser el paciente y yo vuelva a ser el médico.
–Muy bien –convino Freud. Es lo que debe hacerse. –Breuer se maravilló de la habilidad de Freud para mostrarse siempre tan seguro de sí, incluso en situaciones en que no había certeza alguna–. Nuestro hombre espera –prosiguió Freud– ser el médico de tu desesperación. Y esa expectativa debe ser satisfecha. Hagamos nuestros planes, paso a paso. La primera fase, por supuesto, consistirá en convencerlo de tu desesperación. Planeemos esta fase. ¿De qué hablarás?
–No tengo ninguna duda en ese sentido, Sig. Puedo imaginar muchos temas sobre los que discutir.
–Pero, Josef, ¿cómo te las ingeniarás para que resulten creíbles?
Breuer vaciló, preguntándose cuánto podía revelar acerca de sí mismo.
–Es fácil, Sig –contestó sin vacilar–. ¡Lo único que debo hacer es decir la verdad!
Freud lo miró atónito.
–¿La verdad? ¿Qué quieres decir? Tú no estás desesperado. Lo tienes todo. Eres la envidia de todos los médicos de Viena. Toda Europa busca tus servicios. Muchos estudiantes excelentes, como el joven y prometedor doctor Freud, atesoran cada palabra que pronuncias. Tu investigación es importante, tu mujer la más bella y sensible de todo el imperio. ¿Desesperación? ¡Si estás en la cúspide de la vida!
Breuer puso la mano sobre la de Freud.
–¡En la cúspide de la vida! Lo has expresado bien, Sig. ¡La cúspide, la cima del ascenso de la vida! Pero el problema de las cúspides radica en que conducen abajo. Desde la cúspide puedo ver el resto de mis años ante mí. Y el paisaje no me complace. Sólo veo envejecimiento, disminución, me veo como padre, luego como abuelo.
–Pero Josef –la alarma en los ojos de Freud era casi palpable–, ¿cómo puedes decir esas cosas? ¡Yo veo el éxito, no el descenso! ¡Veo seguridad, aclamación, tu nombre relacionado para siempre con dos descubrimientos fisiológicos fundamentales!
Breuer hizo una mueca. ¿Cómo podía reconocer que había apostado su vida entera para acabar descubriendo que la recompensa final no era de su agrado? No, eso era algo que debía guardarse para sí mismo. "Hay cosas que no deben decirse a los jóvenes."
–Permíteme expresarlo de esta manera, Sig. A los cuarenta se sienten cosas sobre la vida que a los veinticinco no se pueden saber.
–Veintiséis. Y casi a punto de cumplir veintisiete.
Breuer se echó a reír.
–Lo siento, Sig, no quería parecer condescendiente. Pero créeme cuando te digo que hay muchas cosas privadas que puedo discutir con Müller. Por ejemplo, hay problemas en mi matrimonio, problemas que prefiero no discutir contigo para que no tengas nada que ocultar a Mathilde y estropear la relación de intimidad que mantienes con ella. Créeme: hay muchas cosas que puedo decirle a Herr Müller y puedo resultar convincente sin necesidad de apartarme de la verdad. ¡Lo que me preocupa es el paso siguiente!
–¿Te refieres a lo que sucederá cuando él se vuelva hacia ti en busca de ayuda para su desesperación? ¿A lo que puedes hacer para disminuir su carga?
Breuer asintió.
–Dime, Josef. Imagina que pudieras idear la fase siguiente a tu antojo. ¿Qué querrías que ocurriera? ¿Qué es lo que una persona puede ofrecer a la otra?
–¡Bien! ¡Bien! ¡Eres magnifico para esto, Sig! –Breuer reflexionó durante unos minutos–. Aun cuando sé que mi paciente es hombre y que, por supuesto, no es un histérico, creo que me gustaría que él hiciera lo mismo que hizo Bertha.
–¿Que haga de deshollinador?
–Sí, que me lo revele todo. Estoy convencido de que el desahogo tiene un efecto terapéutico. Fíjate en los católicos. Hace siglos que los sacerdotes ofrecen alivio mediante la confesión.
–Me pregunto –dijo Freud– si el alivio se debe a la descarga o a la creencia en la absolución divina.
–Tengo como pacientes a católicos agnósticos que se han beneficiado de la práctica de la confesión. Y en un par de ocasiones, en mi propia vida, hace años, experimenté alivio al confesárselo todo a un amigo. ¿Y tú, Sig? ¿Nunca has sentido alivio al hacer una confesión? ¿Nunca te has desahogado con nadie?
–Desde luego, con mi prometida. Escribo a Martha todos los días.
–Vamos, Sig. –Breuer sonrió y posó la mano sobre el hombro de su amigo–. Sabes que hay cosas que nunca contarías a Martha, sobre todo a Martha.
–No, Josef. Se lo cuento todo. ¿Qué es lo que no podría decirle?
–Cuando estás enamorado de una mujer, quieres que ella piense bien de tí en todos los sentidos. Es natural que le escondas cosas acerca de tí..., cosas que podrían presentarte bajo una luz desfavorable. Tus deseos sexuales, por ejemplo.
Breuer notó que Freud se sonrojaba. Él y Freud nunca habían mantenido una conversación de ese estilo.
–Pero mis deseos sexuales sólo se relacionan con Martha. Ninguna otra mujer me atrae.
–Bien, pues hablemos de tus deseos antes de Martha.
–No ha habido un "antes de Martha". Ella es la única mujer a quien he deseado.
–Pero debe de haber habido otras. Todo estudiante de Viena tiene una Süssmädchen. El joven Schnitzler parece que tiene una cada semana.
–Esa es exactamente la parte del mundo de la que quiero proteger a Martha. Schnitzler es un libertino, como todo el mundo sabe. A mí no me gustan las frivolidades. No tengo tiempo. Ni dinero. Y necesito hasta el último florín para comprar libros.
“Mejor será cambiar de tema cuanto antes, Josef. De todos modos, has aprendido algo importante: ahora dónde está el límite de lo que puedes compartir con Freud.”
–Sig, me he apartado del tema. Volvamos a él. has preguntado qué me gustaría que ocurriera. Digo que espero que Herr Müller hable de su desesperación. Espero que me utilice como padre confesor. Tal vez eso, en sí mismo, sea una cura; tal vez lo devuelva al rebaño humano. Es una de las criaturas más solitarias que conozco. Dudo se haya sincerado ante nadie.
–Pero me has dicho que le han traicionado. Sin duda, confió en esas personas y se sinceró con ellas. De contrario, no podría haber existido la traición.
–Sí, tienes razón. La traición es algo fundamental para él. De hecho, creo que ése debería ser un principio fundamental para mi procedimiento: primum non nocere. No hagas daño, ni nada que él pudiera interpretar traición. –Breuer pensó en sus propias palabras un instante–. ¿Sabes, Sig? dijo luego–, yo trato a todos mis pacientes de este modo, así que esto no debería representar –una dificultad en mi trabajo futuro con Herr Müller. Pero está mi pasada insinceridad con él y que Herr Müller podría considerar una traición. No consigo borrarla. Ojalá pudiera purificarme y compartirlo todo con él: mi encuentro con Fräulein Salomé, la conspiración de sus amigos para impulsarle a venir a Viena, y, sobre todo, el engaño de que soy yo, y no él, el paciente.
Freud sacudió la cabeza con fuerza.
–¡De ninguna manera! Esta purificación, esta confesión, te beneficiaría a ti, no a él. No, creo que, si de verdad quieres ayudar a tu paciente, deberás vivir con la mentira.
Breuer asintió. Sabía que Freud estaba en lo cierto.
–Muy bien, repasemos la situación. ¿Qué tenemos hasta ahora?
Freud respondió de inmediato. Le gustaban aquellos ejercicios intelectuales.
–Tenemos varios pasos. Primero, granjearse su confianza revelando tu intimidad. Segundo, invertir los papeles. Tercero, ayudarle a que se sincere del todo. Y tenemos un principio fundamental: conservar su confianza evitando todo lo que parezca una traición. Ahora, ¿cuál es el paso siguiente? Suponiendo que él confiese su desesperación, ¿qué pasará entonces?
–A lo mejor –replicó Breuer– no se necesita un nuevo paso. Puede que el hecho de que se revele a sí mismo constituya un logro tan importante, un cambio tal en su manera de ser, que resulte suficiente en sí mismo.
–La mera confesión no es tan poderosa, Josef. Si lo fuera, no habría católicos neuróticos.
–Sí, estoy seguro de que tienes razón. Pero tal vez –Breuer consultó su reloj– esto es todo cuanto podemos planear por ahora.
Breuer pidió la cuenta al camarero.
–Josef, he disfrutado con esta consulta. Y valoro la forma en que conversamos. Es un honor para mí que tomes en serio mis sugerencias.
–En realidad, Sig, eres muy bueno para esto. Juntos formamos un buen equipo. Sin embargo, no puedo imaginar que haya necesidad de nuestros nuevos procedimientos. ¿Con cuánta frecuencia aparecen pacientes que requieran semejante plan de tratamiento? De hecho, hoy he tenido la sensación de que, más que programar un tratamiento médico, lo que estábamos haciendo era planear una conspiración. ¿Sabes a quién preferiría como paciente? A ese otro..., al que me pidió ayuda.
–¿Te refieres a ese inconsciente que está atrapado dentro de tu paciente?
–Sí ––respondió Breuer, entregando al camarero un florín sin fijarse en la cuenta: nunca lo hacía–. Sí, entonces resultaría mucho más fácil trabajar con él. ¿Sabes, Sig? Quizá ése debería ser el objetivo del tratamiento: liberar esa conciencia escondida, permitirle pedir ayuda a la luz del día.
–Si, eso está muy bien, Josef. Pero ¿"liberar" es la palabra apropiada? Después de todo, no tiene una existencia separada: es la parte inconsciente de Müller. ¿No es la integración lo que buscamos? –Freud parecía impresionado ante su propia idea y repitió, mientras con el puño daba un golpe suave sobre la mesa de mármol–: La integración del inconsciente.
–¡Ay, Sig, eso es! –La idea excitó a Breuer–. ¡Es fundamental! –Dejando unas cuantas monedas de cobre para el camarero, él y Freud salieron a Michaelerplatz–. Sí, que mi paciente pudiera incorporar esa otra parte de su ser sería un verdadero triunfo. ¡Si pudiera comprender lo natural que es buscar el consuelo de otra persona! Seguro que eso sería suficiente.
Bajaron por Kohlmarkt hasta llegar a la avenida de Graben, donde se separaron. Freud se fue por Naglergasse en dirección al hospital y Breuer siguió andando por Stephansplatz en dirección al número 7 de la Bäckerstrasse, que se encontraba después de las torres románicas de la iglesia de San Esteban. La conversación con Sig le había infundido más confianza para la reunión que a la mañana siguiente tenía que mantener con Nietzsche. Pero, a pesar de todo, Breuer tenía el inquietante presentimiento de que toda aquella complicada preparación podía acabar siendo tan sólo una ilusión y de que sería la preparación de Nietzsche, y no la suya, la que dominaría el encuentro.

CATORCE

Nietzsche se había preparado de verdad. A la mañana siguiente, no bien Breuer hubo completado la revisión física, Nietzsche asumió el control.
–Como ve –dijo a Breuer, abriendo un cuaderno en blanco–, me he organizado bien. Herr Kaufmann, uno de los ordenanzas, fue muy amable y ayer me compró este cuaderno.
Se levantó de la cama.
–También pedí otra silla. ¿Por qué no nos sentamos y empezamos a trabajar? –Breuer, divertido por la gravedad con que su paciente asumía la autoridad, siguió su sugerencia y se sentó junto a él. Las dos sillas miraban al hogar, en el que chisporroteaba un fuego anaranjado. Después de entrar en calor, Breuer giró su silla para poder ver mejor a Nietzsche e invitó a éste a hacer lo mismo–. Empecemos –prosiguió Nietzsche– estableciendo las categorías principales para el análisis. He confeccionado una lista de los temas que usted mencionó ayer, al requerir mí ayuda. –Abriendo el cuaderno, Nietzsche le mostró que en hojas separadas había escrito cada uno de los temas mencionados por Breuer. Acto seguido, los leyó en voz alta–: Uno, la infelicidad general. Dos, el asalto de pensamientos extraños. Tres, el odio hacia usted mismo. Cuatro, el temor a envejecer. Cinco, el temor a la muerte. Seis, la tentación del suicidio. ¿Es completa la lista?
Sorprendido por el tono formal de Nietzsche, a Breuer no le gustó oír sus preocupaciones más íntimas condensadas en una lista y descritas de manera tan clínica.
–No del todo. Tengo serios problemas para comunicarme con mi mujer. No sé por qué, pero me siento distanciado de ella, como si estuviera atrapado en un matrimonio y en una vida que no he elegido.
–¿Considera que se trata de un problema adicional? ¿O de dos?
–Depende de su definición de unidad.
–Sí, eso es un problema, al igual que el hecho de que los puntos no se encuentren en el mismo nivel lógico. Algunos pueden ser el resultado, o la causa, de otros. –Nietzsche hojeó el cuaderno–. Por ejemplo, "infelicidad" puede ser el resultado de "pensamientos extraños". O "la tentación del suicidio" puede ser el resultado o la causa del temor a la muerte.
El desasosiego de Breuer creció. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la situación.
–¿Para qué necesitamos una lista? La idea de una lista, en cierto modo, me incomoda.
Nietzsche pareció preocupado. Era obvio que su aire de seguridad era del mismo espesor del papel. Una observación de Breuer, y toda su actitud cambiaba. Respondió con un tono más conciliador.
–Pensaba que podríamos proceder de forma más sistemática si establecíamos un orden de prioridades. En cualquier caso, para serle franco, no tengo muy claro si debemos empezar por el problema más fundamental (de momento, llamémosle temor a la muerte), o por el menos fundamental, o de mayor derivación (al que, de forma arbitraria, podemos llamar invasión de pensamientos extraños). ¿O deberíamos empezar por el que es clínicamente más urgente, o que amenaza la vida (es decir, la tentación del suicidio)? ¿O con el que presenta mayores dificultades, el que más perturba su vida (o sea, el odio hacia usted mismo)?
El desasosiego de Breuer iba en aumento.
–No estoy seguro de que éste sea un buen enfoque.
–Pero lo he basado en su propio método clínico –replicó Nietzsche–. Si no recuerdo mal, usted me pidió que hablara de mi estado en general. Confeccionó una lista de mis problemas y luego procedió de manera sistemática (muy sistemática, por lo que recuerdo) a explorarlos uno a uno. ¿No es cierto?
–Sí, es el modo en que procedo en un examen médico.
–¿Por qué, entonces, doctor Breuer, se resiste tanto a ese enfoque ahora? ¿Puede sugerir una alternativa?
Breuer negó con la cabeza.
–Si lo expresa así, me siento inclinado a estar de acuerdo con el procedimiento que sugiere. Sólo que me parece forzado o artificial hablar de los problemas de mi vida más íntima en categorías tan ordenadas. En mi mente, todos estos problemas están inextricablemente entrelazados. Además, su lista me parece muy fría. Se trata de asuntos delicados, frágiles. No es tan sencillo hablar de ellos como del dolor de espalda o de una urticaria.
–No confunda la torpeza con la insensibilidad, doctor Breuer. Recuerde que soy una persona solitaria, ya se lo advertí. No estoy acostumbrado al intercambio social fácil y afectuoso. –Cerrando el cuaderno, Nietzsche miró un instante por la ventana–. Permítame que adopte otro enfoque. Recuerdo que usted dijo ayer que debíamos inventar el procedimiento juntos. Dígame, doctor Breuer, ¿tiene práctica en otra experiencia similar en la que podamos inspirarnos?
–¿Una experiencia similar? Mmm..., en la práctica médica no existen precedentes de lo que usted y yo estamos haciendo. Ni siquiera sé cómo llamarlo, quizá terapia de la desesperación o terapéutica filosófica, o algún otro nombre que todavía no se ha inventado. Es verdad que los médicos debemos tratar ciertos tipos de trastornos psicológicos: por ejemplo, los que tienen una base física, como el delirio de la fiebre cerebral, la paranoia de la sífilis cerebral o la psicosis por saturnismo. También somos responsables de pacientes cuyo estado psicológico perjudica su salud o amenaza su vida, como, por ejemplo, en el caso de una melancolía o manía involutiva severa.
–¿Amenaza la vida? ¿Cómo?
–Los melancólicos mueren de inanición o pueden suicidarse. Los maniáticos se agotan hasta morir. –Nietzsche no respondió. Se quedó en silencio, mirando fijamente el fuego–. Pero es obvio –siguió diciendo Breuer– que se trata de personas cuya situación es muy diferente de mi situación personal y que el tratamiento para cada una esas condiciones no es filosófico o psicológico, sino que consiste en un enfoque físico, como estimulación eléctrica, baños, medicación, descanso forzado y cosas por el estilo. En ocasiones, cuando se trata de pacientes que tienen temores irracionales, debemos idear algún método psicológico para tranquilizarlos. Hace poco visité a una anciana a quien le aterrorizaba el hecho de salir: llevaba meses sin salir de su habitación. Lo que hice fue hablarle en tono bondadoso hasta que me gané su confianza. Luego, cada vez: que la veía, le cogía la mano para aumentar su sentido de seguridad y la acompañaba fuera de su alcoba y hacía que cada vez se alejara un poco más de ella. Pero se trata de una improvisación basada en el sentido común, como cuando se enseña a un niño. Es un tipo de trabajo para el que no se necesita a un médico.
–Todo esto parece muy alejado de nuestra tarea –dijo Nietzsche–. ¿No hay nada más apropiado?
–Bueno, en los últimos tiempos numerosos pacientes están acudiendo a médicos a causa de síntomas físicos (parálisis, defectos en el habla, o alguna forma de ceguera o sordera) cuya causa se debe a conflictos psicológicos. A este estado lo llamamos "histeria", término que deriva de la palabra griega hysterus, que significa útero. –Nietzsche asintió de inmediato, como para indicar que no era necesario que le tradujera el griego. Recordando que su interlocutor había sido profesor de filología, Breuer prosiguió–. Pensábamos que estos síntomas eran causados por un útero delirante, una idea que, por supuesto, no tiene sentido desde el punto de vista anatómico.
–¿Cómo se explica esta enfermedad en los hombres?
–Por razones que aún se desconocen, es una enfermedad femenina; todavía no se han documentado casos de histeria en varones. Siempre he pensado que la histeria es una enfermedad que debería tener un interés especial para los filósofos. Tal vez sean ellos, y no los médicos, quienes puedan explicar por qué los síntomas de la histeria no se adecuan a razones anatómicas.
–¿Qué quiere decir?
Breuer se sentía más relajado. Explicar cuestiones médicas a un estudiante atento era un papel más cómodo y familiar para él.
–Bien, se lo explicaré mediante un ejemplo: he visto pacientes cuyas manos están anestesiadas de tal manera que la causa no podría ser un desorden de los nervios. Tienen anestesia "de guantes", sin sensación alguna por debajo la muñeca, como si se les hubiera atado una cinta anestesiante alrededor de la muñeca.
–¿Y eso no se debe al sistema nervioso? –preguntó Nietzsche.
–No. La conducción nerviosa no funciona de esa manera: la mano es alimentada por tres nervios diferentes (radial, cubital y mediano) y cada uno de ellos tiene un origen distinto en el cerebro. De hecho, un solo nervio abastece la mitad de algunos dedos y otro abastece la otra mitad. Pero el paciente no sabe esto. Es como si el paciente imaginara que toda la mano fuera abastecida por un solo nervio, "el nervio de la mano", y entonces desarrollara un desorden en la imaginación.
–¡Fascinante! –Nietzsche abrió el cuaderno y escribió–. Suponga que hubiera una mujer que fuera experta en anatomía humana y que tuviera histeria. En ese caso, ¿tendría una enfermedad anatómicamente correcta?
–Estoy seguro de que sí. La histeria es un desorden mental, no anatómico. Hay evidencia de que no produzca un daño anatómico real en los nervios. De hecho, algunos pacientes pueden ser hipnotizados y los síntomas desaparecen en cuestión de minutos.
–¿De modo que el magnetismo animal es el tratamiento corriente?
–¡No! Es una pena, pero el magnetismo animal no es popular en medicina, por lo menos, no en Viena. Tiene mala reputación, sobre todo, supongo, porque muchos de los primeros magnetizadores eran charlatanes sin formación médica. Además, la cura por magnetismo es siempre transitoria. Pero el hecho de que funcione, aunque sea durante poco tiempo, ofrece una prueba sobre la causa psíquica del mal.
–¿Ha tratado usted a pacientes de ese tipo?
–A unos cuantos. Hay una paciente cuyo caso, que trabajé a fondo, debería describirle. No porque le recomiende que use este método conmigo, sino porque nos permitirá empezar a trabajar con su lista: con su punto número dos, creo.
Nietzsche abrió el cuaderno y leyó en voz alta.
–¿"Asalto de pensamientos extraños"? No comprendo ¿Por qué extraños? ¿Y qué relación tienen con la histeria?
–Permítame aclarárselo. En primer lugar, digo que estos pensamientos son extraños porque parecen invadirme desde fuera. Yo no quiero tenerlos, pero cuando los ahuyento y se van, es sólo por un momento, pues enseguida, de manera insidiosa, vuelven a infiltrarse en mi mente. ¿Y qué tipo de pensamientos son? Bien, son pensamientos en torno a una mujer hermosa, la paciente histérica a quien traté. ¿Quiere que empiece por el principio y le cuente toda la historia?
Lejos de mostrar curiosidad, Nietzsche pareció incomodarse ante la pregunta de Breuer.
–Como regla general, le sugiero que sólo revele lo imprescindible para que yo pueda comprender la cuestión. Lo insto a no humillarse: nada bueno puede salir de eso.
Nietzsche era hombre reservado. Breuer lo sabia. Pero no había previsto que también quisiera que lo fuera él. Breuer se dio cuenta de que debía adoptar una actitud clara con respecto a aquel asunto: debía manifestarse, sincerarse tanto como le fuera posible. "Sólo entonces Nietzsche aprenderá que no hay nada horrible en la sinceridad entre la gente."
–Puede que esté usted en lo cierto, pero me parece que cuanto más pueda confesar acerca de mis sentimientos más íntimos, mayor alivio obtendré. –Nietzsche se puso tenso, pero le indicó con un gesto que prosiguiera–. La historia empezó hace dos años, cuando una de mis pacientes me pidió que me encargara del tratamiento de su hija, a quien me referiré como Anna O., con el fin de no revelar su verdadera identidad.
–Pero usted ya me ha dicho el método que usa para los seudónimos, de modo que sus iniciales tienen que ser B.P
Breuer sonrió. "Este hombre es como Sig, no se olvida de nada", pensó. Pasó a describir los detalles de la enfermedad de Bertha.
–También es importante que sepa que Anna O. tenía veintiún años, poseía una inteligencia extraordinaria, estaba muy bien educada y era muy bella. ¡Un soplo (no, un huracán) de aire fresco para un hombre de cuarenta años que envejecía con rapidez! ¿Conoce a la clase de mujer que le describo?
Nietzsche no hizo caso de la pregunta.
–¿Y usted se convirtió en su médico?
–Sí. Acepté ser su médico y nunca he traicionado su confianza. Todas las transgresiones que estoy a punto de revelarle consisten en pensamientos y fantasías, no en hechos. Primero, permítame referirme al tratamiento psicológico. Durante nuestras sesiones diarias, ella entraba, de manera automática, en un estado de trance ligero en el que discutía (o, según decía ella, "descargaba") todos los hechos y pensamientos que la habían turbado a lo largo de las últimas veinticuatro horas. Este proceso, que ella denominaba "deshollinación", resultó útil para que se sintiera mejor durante las veinticuatro horas siguientes, pero no causaba ningún efecto sobre los síntomas histéricos. Luego, un día, tropecé con un tratamiento eficaz.
Y Breuer procedió a describir que había suprimido no sólo cada uno de los síntomas de Bertha remontándose a la causa original, sino, por último, todos los aspectos de su enfermedad, al ayudarla a descubrir y revivir la causa fundamental: el horror de la muerte del padre.
Nietzsche había estado tomando notas mientras Breuer hablaba. De pronto, exclamó:
–¡Su tratamiento me parece extraordinario! Es posible que haya hecho un descubrimiento trascendental en la terapia psicológica. Quizá también sea de utilidad para sus propios problemas. Me gusta la posibilidad de que su propio descubrimiento le pueda ayudar. Porque no es posible, en realidad, que otros le ayuden a uno: uno tiene que encontrar la fuerza necesaria para ayudarse a si mismo. Quizá usted, al igual que Anna O., tenga que descubrir la causa original de cada uno de sus problemas psicológicos. Pero ha dicho que no recomienda este tratamiento para usted mismo. ¿Por qué no?
–Por varias razones –respondió Breuer con la seguridad de la autoridad médica–. Mi estado y situación son muy distintos de los de Anna. Para empezar, no soy sensible al magnetismo: nunca he experimentado estados inusitados de conciencia. Éso es importante, porque creo que la histeria es causada por una experiencia traumática que ocurre mientras la persona está en un estado de conciencia anómalo. Debido a que el recuerdo traumático y la excitación cortical existen en una conciencia alterna, no pueden, por consiguiente, ser "manejados" ni integrados ni borrados durante la experiencia cotidiana. –Breuer se puso de pie sin interrumpirse. Atizó el fuego y echó otro tronco–. Además, y ésto quizá sea más importante, mis síntomas no son histéricos: no afectan a mi sistema nervioso ni a ninguna parte de mi cuerpo. Recuerde, la histeria es una enfermedad femenina. Yo creo que mi estado se aproxima, cualitativamente hablando, a la angustia, al sufrimiento humano normal. ¡Cuantitativamente, por supuesto, está magnificado de manera considerable! Y debo añadir algo más: mis síntomas no son agudos, sino que se han ido desarrollando poco a poco, año tras año. Mire su lista. No puedo identificar un comienzo preciso de ninguno de esos problemas. Pero existe otra razón por la que la terapia que empleé con mi paciente puede no resultar útil en mi caso. Y se trata de una razón más bien turbadora. Cuando los síntomas de Bertha...
–¿Bertha? Así que estaba en lo cierto al pensar que la inicial de su nombre era B.
Breuer cerró los ojos, afligido.
–Temo que he cometido un terrible error. Es muy importante para mi no violar el derecho de mi paciente a la intimidad. Sobre todo el de esta paciente. Su familia es muy conocida en la comunidad, y también es muy conocido el hecho de que yo era su médico. Por ello, he procurado hablar poco con otros médicos de mi tratamiento con ella. Sin embargo, me resulta incómodo usar un nombre falso aquí, con usted.
–¿Quiere decir que le resulta difícil hablar con libertad y desahogarse, y al mismo tiempo estar en guardia para no usar el nombre falso?
–Así es. –Breuer suspiró–. Ahora no tengo más remedio que seguir llamándola por su nombre verdadero, Bertha, pero usted tiene que jurarme que no se lo revelará a nadie. –Ante el inmediato "desde luego" de Nietzsche, Breuer extrajo una cigarrera del bolsillo de su chaqueta y cogió un puro. Ofreció otro a su compañero, que lo rehusó, y Breuer encendió el suyo–. ¿Dónde estaba? –preguntó.
–Me estaba explicando por qué su nuevo método podría no resultar adecuado para tratar sus propios problemas. Ha mencionado algo acerca de una razón "turbadora".
–Sí, una razón turbadora. –Breuer lanzó una larga bocanada de humo azul antes de seguir hablando–. Al presentar el caso ante unos cuantos colegas y estudiantes de medicina, cometí la estupidez de jactarme de haber hecho un descubrimiento importante. Sin embargo, unas semanas después, cuando dejé a la paciente al cuidado de otro médico, me enteré de que casi todos los síntomas habían vuelto a manifestarse .¿Ve lo embarazosa que es mi posición?
–¿Embarazosa –replicó Nietzsche– porque ha anunciado una cura que puede no ser verdadera?
–A menudo imagino que me encuentro con esas personas que asistieron a mi conferencia y que todas me dicen que mis conclusiones estaban equivocadas. Se trata de una preocupación que no me resulta extraña: la manera en que percibo las críticas de mis colegas es obsesiva. Aunque tengo evidencias del respeto que inspiro en ellos, sigo sintiéndome como un farsante y ésa es otra cuestión que me atormenta. Añádala a su lista. –Obediente, Nietzsche abrió el cuaderno y escribió durante unos instantes–. Pero, volviendo al caso de Bertha, no entiendo la causa de su recaída. Puede que, al igual que con la cura con magnetismo, el tratamiento sólo sea efectivo de forma temporal. Pero también existe la posibilidad de que el tratamiento fuera efectivo, pero se viera perjudicado por su catastrófico final.
Nietzsche volvió a empuñar el lápiz.
–¿Qué quiere decir con "catastrófico final"?
–Para que usted lo entienda, primero tengo que explicarle lo que sucedió entre Bertha y yo. No tiene sentido ser delicado con respecto a este tema. Permítame ser franco: este viejo necio se enamoró de ella. Se convirtió en una obsesión. No podía quitármela de la cabeza. –Breuer se sorprendió al comprobar lo fácil (lo estimulante, en realidad) que era revelar tanto–. Mis días se dividían en dos partes: cuando estaba con Bertha y cuando quería volver a estar con ella. Me reunía con ella durante una hora los siete días de la semana y después empecé a visitarla dos veces al día. Cada vez que la veía, sentía una gran pasión. Que me tocara, me excitaba sexualmente.
–¿Por qué le tocaba ella?
–Tenía dificultad para andar y me cogía del brazo cada vez que dábamos un paseo. Repentinas contracturas exigían con frecuencia que le masajeara los músculos de los muslos. A veces lloraba de una manera tan desconsolada que me veía obligado a abrazarla. En ocasiones, cuando estaba sentado a su lado, entraba de pronto en trance, apoyaba la cabeza en mi hombro y "deshollinaba" durante una hora. O ponía la cabeza sobre mi regazo y dormía como una niña. Durante mucho tiempo ésa fue la única forma de contener mis deseos sexuales.
–Puede –dijo Nietzsche– que sólo por ser hombre libere el hombre a la mujer que hay en la mujer.
Breuer dio un respingo.
–Creo que no le he entendido bien. Usted sabe que toda actividad sexual con un paciente está mal: es una violación del juramento hipocrático.
–¿Y la mujer? ¿Cuál es la responsabilidad de la mujer?
–¡Pero no se trata de una mujer, sino de una paciente! Creo que no entiendo su punto de vista.
–Volveremos a tratar este punto después –replicó con calma Nietzsche–. Todavía no me he enterado del final catastrófico.
–Bien, me pareció que Bertha mejoraba, que sus síntomas iban desapareciendo, uno por uno. Pero a su médico no le iba tan bien. A mi mujer, Mathilde, que siempre ha sido comprensiva y ecuánime, empezó a molestarle, primero que yo pasara tanto tiempo con Bertha, y luego, cada vez más, que hablara de ella. Por suerte, no fui tan necio como para explicar a Mathilde la naturaleza de mis sentimientos, aunque creo que lo sospechaba. Un día se puso furiosa y me prohibió que volviera a mencionar a Bertha. Mi mujer empezó a molestarme e incluso se me ocurrió la idea irracional de que se interponía en mí camino: que, de no ser por ella, yo podría iniciar una nueva vida con Bertha.
Breuer se detuvo al notar que Nietzsche había cerrado los ojos.
–¿Se siente bien? ¿Es suficiente por hoy?
–Estoy escuchando. A veces veo mejor con los ojos cerrados.
–Bien, hubo otro factor que contribuyó a complicar más las cosas. Yo tenía una enfermera, Eva Berger (la antecesora de Frau Becker), que, a lo largo de los diez años que trabajamos juntos, llegó a convertirse en una amiga y confidente. Eva empezó a preocuparse por mí. Pensaba que aquel enamoramiento podía llevarme a la ruina, que yo podía ser incapaz de resistirme a mis impulsos y hacer una tontería. De hecho, en aras de nuestra amistad, se me ofreció como sacrificio.
Nietzsche abrió los ojos de repente.
–¿Qué significa "sacrificio"?
–Me dijo que haría cualquier cosa por evitar que yo me perjudicara. Eva sabía que Mathilde y yo no teníamos prácticamente ningún contacto sexual y pensaba que ésa era la razón por la que me aferraba a Bertha. Creo que se ofreció a aliviar mi tensión sexual.
–¿Y cree que lo hizo por usted?
–Estoy convencido. Eva es una mujer muy atractiva y podía tener a cualquier hombre. Le aseguro que no me hizo el ofrecimiento por mi atractivo físico: fíjese en mi incipiente calvicie, en esta barba raída e irregular y en estas "asas" –se tocó las grandes orejas salientes–, como las llamaban mis compañeros. Además, me confesó que, años antes, había tenido una desastrosa relación íntima con un hombre para el que trabajaba y que, al final, el asunto había acabado costándole el empleo, por lo que había jurado no reincidir.
–¿Y el sacrificio de Eva le ayudó?
Sin hacer caso del escepticismo (o desprecio) con que Nietzsche había pronunciado la palabra "sacrificio", Breuer respondió con normalidad:
–Nunca acepté su oferta. Era tan necio que pensaba que acostarme con Eva era traicionar a Bertha. A veces lo lamento de veras.
–No lo entiendo. –Los ojos de Nietzsche, aunque seguían abiertos por el interés, mostraban cansancio, como si Nietzsche ya hubiera visto y oído demasiado–. ¿Qué es lo que lamenta?
–No haber aceptado la oferta de Eva. Pienso muy a menudo en esa oportunidad perdida. Es otro de esos pensamientos que me atormentan. –Breuer señaló el cuaderno de Nietzsche–. Añádalo a la lista.
Nietzsche volvió a coger el lápiz y, concentrándose en la creciente lista de problemas de Breuer, preguntó:
–Todavía no comprendo su lamentación. Si hubiera aceptado a Eva, ¿en qué sentido sería diferente hoy?
–¿Diferente? ¿Qué tiene que ver ser diferente con esto? Era una oportunidad única y no se volverá a presentar.
–¡También fue una oportunidad única decir que no! Decir un bendito "no" a una depredadora. Y usted aprovechó esa oportunidad.
El comentario de Nietzsche dejó atónito a Breuer. Era obvio que Nietzsche no sabía nada de la intensidad del deseo sexual. Pero, de momento, no tenía sentido discutir ese punto. O quizá no había dicho con claridad que Eva habría podido ser suya con sólo pedírselo. ¿Acaso Nietzsche no entendía que hay que aprovechar las oportunidades cuando se presentan? Sin embargo, había algo intrigante en aquel comentario referido al "bendito" no. "Este hombre es una mezcla curiosa de ceguera y originalidad." Breuer se preguntó de nuevo si aquel hombre extraño tendría algo valioso que ofrecerle.
–¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí, en el desastre final! Yo pensaba que mi relación sexual con Bertha era totalmente autista, es decir, que sólo ocurría en mi mente, y que a ella se la había ocultado por completo. ¡Imagínese mi conmoción cuando su madre me dijo que Bertha le había dicho que estaba esperando un niño del doctor Breuer!
Breuer describió lo agraviada que se había sentido Mathilde al enterarse del falso embarazo, así como la airada exigencia de que pusiera a Bertha en manos de otro médico y de que, además, despidiera a Eva.
–¿Qué hizo usted?
–¿Qué podía hacer? Toda mí carrera, mi familia, mi vida entera estaba en peligro. Fue el peor día de mi vida. Tuve que decirle a Eva que se marchara. Desde luego, le ofrecí que siguiera trabajando para mí hasta que yo le consiguiera otro empleo. Aunque dijo que lo comprendía, al día siguiente no acudió al consultorio y desde entonces no la he vuelto a ver. Le he escrito varias cartas, pero no me ha contestado. En lo que se refiere a Bertha, todavía fue peor. Cuando la visité al día siguiente, ya se le había pasado el delirio y con el delirio, también la fantasía de que yo la había dejado embarazada. De hecho, tenía una amnesia total con respecto al episodio y reaccionó de manera catastrófica cuando le comuniqué que dejaría de ser su médico. Lloró, me suplicó que cambiara de parecer, me rogó que le dijera si había hecho algo malo. Y, claro está, ella no había hecho nada malo. Su estallido acerca del "niño del doctor Breuer" era parte de su histeria. Ésas no eran sus palabras, sino el producto de su delirio.
–¿Y de quién era ese delirio?
–Se trataba del delirio de Bertha, pero no de su responsabilidad, del mismo modo que no somos responsables de los sucesos extraños y fortuitos de un sueño. La gente dice cosas incoherentes en estados así.
–Sus palabras no me parecen incoherentes ni fortuitas. Usted sugirió, doctor Breuer, que yo debía interponer cualquier comentario que se me ocurriera. Permítame hacer una observación: encuentro sorprendente que usted sea responsable de todos sus pensamientos y de todos sus actos y que, en cambio, ella... –Nietzsche, que hablaba en tono serio, sacudió el dedo ante el rostro de Breuer–, ella, en virtud de su enfermedad, quede exonerada de todo.
–Pero, profesor Nietzsche, como usted mismo dice, lo importante es el poder. Yo tenía el poder en virtud de mi posición. Ella buscaba ayuda en mí. Yo era consciente de su vulnerabilidad, de que quería mucho a su padre, quizá demasiado, y de que lo que había precipitado su enfermedad había sido la muerte de su progenitor. También sabía que Bertha había trasladado a mi persona el amor que sentía por él, y yo me aproveché de ello. Yo quería que me amara. ¿Sabe cuáles fueron las últimas palabras que me dirigió? Después de decirle que dejaba el caso en manos de otro médico, me levanté para irme y ella dijo en voz alta: "Usted siempre será el único hombre de mi vida, ¡jamás habrá otro!". ¡Palabras terribles! Evidencia del daño que le hice. Pero hay algo todavía peor: ¡me complació escuchar tales palabras! ¡Me complació que reconociera mi poder sobre ella! Como ve, la dejé debilitada. Lisiada. ¡Fue como si la hubiera atado y le hubiera cortado los pies!
–¿Y cuál ha sido la suerte de esta lisiada desde la última vez que la vio? –preguntó Nietzsche.
–Fue admitida en otro sanatorio, en Kreuzlingen. Muchos de sus síntomas originales han reaparecido: fluctuaciones anímicas, olvido de la lengua materna todas las mañanas y dolor que sólo puede mitigar con morfina, a la que es adicta. Un detalle de interés: el médico del sanatorio se enamoró de ella, se retiró del caso ¡y le ha propuesto matrimonio!
–Ah, ¿no se da cuenta? El modelo se repite con el médico siguiente.
–Sólo me doy cuenta de que me siento desolado al imaginar a Bertha con otro hombre. Por favor, añada "celos" a la lista: es uno de mis mayores problemas. No dejo de tener fantasías con los dos hablando, tocándose, incluso haciendo el amor. A pesar de que estas fantasías me causan dolor, sigo atormentándome. ¿Puede entenderlo? ¿Ha sentido usted alguna vez esta clase de celos?
La pregunta constituyó el momento culminante de la sesión. Al principio, Breuer había desnudado su identidad para servir de ejemplo a Nietzsche, con la esperanza de alentarlo a que hiciera lo mismo. Pero pronto se había sumergido en la confesión. Después de todo, no corría ningún riesgo: creyendo ser el confesor de Breuer, Nietzsche le había jurado absoluta reserva.
Era una nueva experiencia: nunca había compartido tanto de sí mismo con otra persona. Exceptuando a Max, pero ante Max había querido conservar su imagen y había escogido las palabras con cuidado. E incluso con Eva Berger siempre se había callado algo, le había ocultado su temor a envejecer, sus vacilaciones y dudas, en fin, todos los rasgos que podían hacer que un hombre pareciera débil a una mujer joven y atractiva.
Ahora bien, al empezar a describir los celos que le inspiraba la idea de que Bertha estuviese con el nuevo médico, Breuer había vuelto a invertir los papeles: de nuevo era el médico de Nietzsche. No mentía (de hecho, corrían rumores en torno a Bertha y otro médico, y él había sentido celos), pero sí había exagerado sus sentimientos, con la intención de orquestar la confesión de Nietzsche. Porque Nietzsche debía de haber sentido celos en la relación "pitagórica" en la que se había visto implicado con Lou Salomé y Paul Rée.
Sin embargo, aquella estrategia no había surtido efecto. Por lo menos, Nietzsche no había manifestado ningún interés particular por el tema. Se había limitado a asentir de forma vaga, a pasar las páginas del cuaderno y a echar un vistazo a sus anotaciones.
Los dos hombres guardaban silencio. Observaron el moribundo fuego. Breuer metió la mano en el bolsillo y buscó el macizo reloj de oro, regalo de su padre. En la tapa posterior se leía: "A Josef, mi hijo. Que lleve hacia el futuro el espíritu de mi espíritu". Miró a Nietzsche. Esos ojos fatigados, ¿reflejaban la esperanza de que la entrevista estuviera llegando a su fin? Era hora de irse.
–Profesor Nietzsche, me alivia hablar con usted. Pero también tengo una responsabilidad con respecto a usted y me doy cuenta de que, pese a que le he recetado descanso para evitar que aumente su migraña, al final, al obligarle a escucharme durante tanto rato, le he privado de ese reposo. Además, pienso en otra cosa: recuerdo que en una ocasión usted me describió un día típico en su vida, un día que contenía muy poco contacto con otras personas. ¿No será la de hoy una dosis excesiva?
No me refiero sólo al hecho de que en una sola sesión tal vez sean demasiado tiempo, demasiada conversación y excesiva obligación de escuchar, sino a que tal vez sea también demasiado sobre la vida íntima de otra persona.
–Nuestro acuerdo exige sinceridad, doctor Breuer, y no sería sincero discrepar con usted. Ha sido mucho por hoy y estoy agotado. –Se hundió en la silla–. Pero no, no creo que haya escuchado demasiado acerca de su vida íntima. Yo también aprendo de usted. Fui sincero cuando le dije que, en, lo que se refiere a aprender a relacionarme con otras personas, tengo que empezar por el principio. –Mientras Breuer se levantaba y cogía su abrigo, Nietzsche añadió–: Un último comentario. Usted ha hablado mucho acerca del segundo punto de nuestra lista: "asalto de pensamientos extraños". Puede que hoy hayamos agotado esta categoría, pues ahora comprendo cómo se apoderan de su mente estos pensamientos indignos. No obstante, son sus pensamientos y es su mente. Me pregunto qué beneficio obtiene usted al permitir que esto ocurra o (por decirlo con más fuerza) al hacer que ocurra.
Breuer, que ya había introducido un brazo en la manga del abrigo, se quedó helado.
–¿Al hacer que ocurra? No lo sé. Todo lo que puedo decir es que, por dentro, no se siente de ese modo. Yo siento que es algo que me sucede. Su afirmación de que hago que suceda..., ¿cómo se lo diría?..., no tiene ningún significado emocional para mí.
–Debemos encontrar una forma de darle significado.
–Y tras ponerse de pie, Nietzsche acompañó a Breuer hasta la puerta–. Realizaremos un experimento. Para la charla de mañana, considere, por favor, la siguiente pregunta si usted no tuviera estos pensamientos extraños, ¿en qué pensaría?

EXTRACTO DE LAS NOTAS DEL DOCTOR BREUER
SOBRE EL CASO DE ECKART MÜLLER, 5 DE DICIEMBRE DE 1882
¡Excelente comienzo! He logrado mucho. Él había preparado una lista de mis problemas y planes para tratarlos uno a uno. Bien. Que crea que esto es lo que estamos haciendo. Para estimularle a que confiese, hoy me he desnudado. El no ha hecho lo mismo, pero con el tiempo lo hará. Mi franqueza le ha impresionado de verdad y le ha dejado atónito. Tengo una idea táctica interesante. Describiré su situación como si se tratara de mí propia situación. A continuación, dejaré que me aconseje y al hacerlo, en realidad se estará aconsejando a sí mismo.. Así puedo ayudarle, por ejemplo, a resolver el problema de su triángulo –con Lou Salomé y Paul Rée–, si le pido que me ayude con el triángulo de Bertha, el nuevo médico y yo. Es tan reservado y misterioso que tal vez sea ésta la única manera de ayudarlo. Quizá nunca llegue a ser lo bastante sincero para pedir ayuda de forma directa. Su mente es muy original. No puedo predecir sus reacciones. Tal vez Lou Salomé esté en lo cierto: tal vez esté destinado a ser un gran filósofo. ¡Mientras evite el tema de las personas! Es asombroso hasta qué punto desconoce numerosos aspectos de las relaciones humanas. Y en cuanto al tema de las mujeres, es bárbaro, apenas parece humano. Sea cual fuere la mujer o la situación, su reacción es previsible: la mujer es depredadora e intrigante. Y su consejo en lo que a ellas se refiere es igualmente previsible: ¡culparlas y castigarías! Ah, y todavía aconseja algo más: ¡evitarlas!
Con respecto al deseo: ¿lo tiene? ¿Considera que las mujeres son demasiado peligrosas? Debe de tener deseos sexuales. Sin embargo, ¿qué le sucede? ¿Están encerrados en su interior, ejerciendo una presión que de alguna manera debe explotar? ¿No podría ser eso la causa de su migraña?

EXTRACTO DE LAS ANOTACIONES DE FRIEDRICH
NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER, 5 DE
DICIEMBRE DE 1882

La lista crece. A mi lista de seis puntos el doctor Breuer ha añadido cinco más.
7.La sensación de estar atrapado. por el matrimonio, por la vida.
8. Sensación de estar alejado de su esposa.
9. Pesar por no aceptar el "sacrificio" sexual de Eva.
10. Preocupación excesiva por las opiniones de otros médicos acerca de él.
11. Celos: Bertha y otro hombre.

¿Terminará alguna vez la lista? ¿Aflorarán cada día nuevos problemas? ¿ Cómo hacerle ver que sus problemas exigen atención y oscurecen lo que no quiere ver? Pensamientos mezquinos se infiltran en su mente como hongos. Terminarán contaminando su cuerpo. Cuando se marchaba, le he preguntado qué vería si no estuviera cegado por trivialidades. De esa manera, he señalado el camino. ¿Lo seguirá? Es una mezcla curiosa: inteligente pero ciego, sincero pero tortuoso. ¿Conoce su falta de sinceridad? Dice que le ayudo. Me elogia. ¿No sabe que detesto los regalos? ¿No sabe que los regalos me rasgan la piel y destruyen mí sueño? ¿No será de los que fingen dar sólo para que les den? Yo no le daré absolutamente nada. ¿Es de los que reverencian que se les reverencie? ¿No será que me busca a mi en vez de a sí mismo? ¡No debo darle nada! Cuando un amigo necesita un lugar donde descansar, lo mejor es ofrecerle un catre duro.
Es simpático, agradable. ¡Cuidado! Se ha convencido a sí mismo de que debe alcanzar ciertas cosas, pero no ha convencido a sus entrañas. Con respecto a las mujeres, es apenas humano. Una tragedia. ¡Regodearse en esa mugre! Yo conozco esa mugre: es bueno mirar abajo y ver lo que he conseguido. El árbol más grande busca mayor altura y echa las raíces más profundas, hacia la oscuridad, incluso hacia el mal. Pero él no trata de ascender ni de descender. La lujuria animal mina su fortaleza. Y su razón. Tres mujeres lo desgarran y él les está agradecido. Lame sus colmillos ensangrentados.
Una lo rocía con su almizcle y finge sacrificarse. Le ofrece el "regalo" de la esclavitud: la esclavitud con él.
La otra lo atormenta. Finge debilidad para apretarse contra su cuerpo al andar. Finge dormir para apoyar la cabeza en su miembro viril y, cuando se aburre de estas pequeñas torturas, lo humilla en público. Cuando termina el juego, sigue su camino y repite las estratagemas con la siguiente víctima. Y él está ciego ante todo esto. A pesar de todo, la ama. Haga ella lo que hiciere, se compadece de su paciente y la ama.
La tercera mujer lo tiene en cautiverio permanente. Pero a ésta la prefiero. ¡Por lo menos no esconde las garras!

CARTA DE FRIEDRICH NIETZSCHE A LOU SALOME, DICIEMBRE DE 1882
Mi querida Lou:
...¡Tienes en mí al mejor defensor, pero también al juez más despiadado! Exijo que te juzgues a ti misma y determines tu propio castigo... En Orta decidí revelarte toda mi filosofía. Ah, no tienes idea de la clase de decisión que fue: yo creía que no podía hacer a nadie mejor regalo que éste...
Entonces yo te consideraba una visión y manifestación de mi ideal terrenal. ¡Advierte, por favor, lo mal que veo!
Creo que nadie puede pensar mejor de ti, pero tampoco nadie puede pensar peor.
Si yo te hubiera creado, te habría dado mejor salud y mucho más de todo lo que es más valioso.., y quizá un poco más de amor por mí (aunque esto es lo menos importante) y habría sido lo mismo con el amigo Rée. Ni ante ti ni ante él puedo pronunciar una sola palabra acerca de los asuntos de mi corazón. Supongo que no tienes ni idea de lo que quiero. Pero este forzado silencio es casi sofocante porque os quiero a los dos.

QUINCE

Tras la primera sesión, Breuer sólo dedicaba unos minutos más de su tiempo oficial a Nietzsche; escribió una nota en la ficha de Eckarr Müller, informó a las enfermeras del estado de su migraña y más tarde, en su despacho, escribió un informe más personal en un cuaderno idéntico al de Nietzsche.
Sin embargo, durante las veinticuatro horas siguientes, Nietzsche exigió gran parte del tiempo extraoficial de Breuer, tiempo robado a otros pacientes, a Mathilde, a sus hijos y, sobre todo, al sueño. Breuer sólo consiguió dormir de forma irregular durante las primeras horas de la noche y tuvo sueños vívidos e inquietantes.
Soñó que él y Nietzsche hablaban en una estancia sin paredes: tal vez se tratara del escenario de un teatro. Los trabajadores que pasaban junto a ellos, llevando muebles, escuchaban su conversación. La estancia daba la impresión de ser temporal, como si pudiera plegarse y transportarse.
En otro sueño, él estaba sentado en una bañera y abría el grifo. De él salía un chorro de insectos, pedacitos de maquinaria, y grandes y desagradables burbujas de cieno colgaban de la boca del grifo. Las piezas de maquinaria le intrigaban. El cieno y los insectos le daban asco.
A las tres le despertó la pesadilla de siempre: temblaba el suelo, buscaba a Bertha y la tierra se licuaba bajo sus pies. Se hundía cuarenta pies hasta llegar a una losa blanca que tenía escrito un mensaje ilegible.
Breuer permaneció despierto, escuchando los latidos de su corazón. Trató de calmarse con tareas intelectuales. Primero, se preguntó por qué las cosas que parecen soleadas y benignas a mediodía se impregnan de horror a las tres de la madrugada. Al no obtener alivio, se entretuvo de otro modo, intentando recordar todo lo que le había revelado a Nietzsche aquel día. Pero cuanto más recordaba, más se agitaba. ¿No habría dicho demasiado? ¿Le habrían repelido sus revelaciones? ¿Qué se había apoderado de él para que revelara sus sentimientos secretos y vergonzosos acerca de Bertha? En aquel momento le había parecido bien, incluso expiatorio, compartirlo todo, pero ahora se encogía al pensar en la opinión que tendría Nietzsche de él. Si bien sabía que Nietzsche tenía sentimientos puritanos con respecto al sexo, le había obligado a escuchar su conversación sobre el tema sexual. Quizá lo había hecho a propósito. Quizá, escondiéndose tras el manto de ese papel de paciente, su intención había sido escandalizarlo y agraviarlo. Pero ¿por qué?
Pronto apareció ante sus ojos Bertha, la emperatriz de su mente, exigiendo toda su atención, por lo que ahuyentó otros pensamientos. La atracción sexual que ejercía en él aquella noche era muy poderosa: Bertha desabrochándose poco a poco y con descaro la bata de hospital; Bertha desnuda cayendo en trance; Bertha cogiéndose los pechos y haciéndole señas; la boca del hombre llena de pezón suave y protuberante; Bertha abriendo las piernas, susurrándole "Poséeme" y atrayéndolo hacia sí. Breuer vibraba de deseo; pensó en acercarse a Mathilde, en busca de alivio, pero no pudo soportar la duplicidad y la culpa de utilizarla una vez más mientras imaginaba a Bertha debajo de él. Se levantó temprano para hacer sus necesidades.
–Al parecer –dijo a Nietzsche aquella mañana, mientras observaba el informe del hospital–, Herr Müller ha dormido mucho mejor que el doctor Breuer. –A continuación, le relató la noche que había pasado: el dormir inquieto, el temor, los sueños, las obsesiones, su preocupación por haberle revelado demasiado.
Nietzsche asentía mientras Breuer hablaba y anotó los sueños en el cuaderno.
Como usted sabe, doctor Breuer, yo también he pasado noches como la que usted acaba de describir. Anoche con sólo un gramo de cloral, dormí cinco horas seguidas pero esto no es lo normal en mí. Al igual que usted, sueño y me asfixio con los temores nocturnos. Como usted, muchas veces me he preguntado por qué reina el terror en la noche. Después de estar veinte años preguntándome lo mismo, ahora creo que los temores no nacen de la oscuridad, sino que más bien son como las estrellas: siempre están ahí, sólo que oscurecidos por el resplandor del día. Los sueños –prosiguió Nietzsche, al mismo tiempo que se levantaba de la cama y se dirigía a una de las sillas que había junto a la chimenea para sentarse cerca de Breuer– son un glorioso misterio que implora ser entendido. Le envidio sus sueños. Rara vez recuerdo los míos. No estoy de acuerdo con el médico suizo que en una ocasión me dijo que no perdiera el tiempo pensando en los sueños, porque no eran más que material desechable y fortuito, excreciones nocturnas de la mente. Aquel médico sostenía que el cerebro se limpia cada veinticuatro horas defecando los pensamientos sobrantes del día a través de los sueños. –Nietzsche hizo una pausa para leer los apuntes que había tomado sobre los sueños de Breuer–. Su pesadilla es desconcertante, pero creo que sus otros dos sueños surgieron a raíz de nuestra conversación de ayer. Dice usted que le preocupa que tal vez ayer revelara demasiado de sí mismo y luego sueña con una estancia pública sin paredes. Y el otro sueño (el grifo, las babas y los insectos), ¿acaso no corrobora su temor a haber escupido demasiado de las partes oscuras y desagradables de su ser?
–Sí, no sé cómo, esa idea fue creciendo a medida que transcurría la noche. Me preocupaba haberle, quizá, ofendido, escandalizado o asqueado. Me preocupaba la opinión que hubiera podido formarse usted de mí.
–¿Acaso no se lo predije? –Nietzsche, sentado en la silla que estaba frente a la de Breuer, con las piernas cruzadas, dio unos golpecitos en el cuaderno con el lápiz para subrayar sus palabras . Lo que yo temía era esta preocupación acerca de mis sentimientos; por esta razón, precisamente, le insté a no revelar más de lo que resultara imprescindible para mi comprensión. Yo deseo ayudarle a expandirse y crecer, no a que se debilite confesando sus fallos.
–Pero, profesor Nietzsche, nos hallamos ante un campo importante de desacuerdo. De hecho, la semana pasada discutimos por la misma cuestión. Tratemos de llegar a una conclusión más amable esta vez. Recuerdo que usted dijo, y también lo he leído en sus libros, que todas las relaciones deben interpretarse en función del poder. Sin embargo, yo no creo que esto sea cierto. Yo no estoy compitiendo: no tengo interés en vencerle. Sólo quiero su ayuda para recuperar mi vida. El equilibrio de poder entre nosotros (quién gana, quién pierde) me parece trivial y carente de importancia.
–Entonces, ¿por qué, doctor Breuer, se avergüenza de haberme revelado sus debilidades?
–¡No porque haya perdido una batalla con usted! ¿A quién le importa eso? Me siento mal por una sola razón: valoro la opinión que tiene usted de mi y temo que, después de la sórdida confesión de ayer, usted no piense tan bien de mí. Consulte su lista. –Breuer señaló el cuaderno–. Recuerde el punto referente al odio a mí mismo, el número tres, creo. Mantengo escondido mi verdadero yo debido al gran número de facetas despreciables que hay en él. Luego me disgusto más aún conmigo mismo por sentirme separado de la gente. Si logro alguna vez romper este círculo vicioso, debo poder revelar mi verdadero yo ante los demás.
–Tal vez, pero fíjese –y Nietzsche señaló el punto número 10 de su lista–. Aquí usted dice que le preocupa sobremanera la opinión de sus colegas. He conocido a muchos que no se gustan a sí mismos y tratan de rectificar persuadiendo primero a los demás de que piensen bien de ellos. Una vez hecho esto, empiezan a pensar bien de sí mismos. Pero ésta es una solución falsa: es una sumisión a la autoridad de los otros. Su deber es aceptarse a usted mismo, no encontrar una forma de ganar mi sanción.
A Breuer le empezó a dar vueltas la cabeza. Tenía una inteligencia rápida y penetrante y no estaba acostumbrado a que le superaran mentalmente. Pero era obvio que el debate racional con Nietzsche no era aconsejable: nunca podría vencerlo ni persuadirlo de nada contrario a su posición. "Quizá me vaya mejor con un enfoque impulsivo e irracional", concluyó Breuer.
–¡No, no, no! Créame, profesor Nietzsche, aunque éso tenga sentido, conmigo no funcionaría. Yo sólo sé que necesito su aceptación. Usted tiene razón: el fin último es ser independiente de las opiniones de los demás, pero el camino que conduce a ese fin (y hablo por mí, no por usted) consiste en saber que me mantengo dentro de la esfera de la decencia. Necesito revelarlo todo acerca de mí a otra persona y saber que yo, también, soy... simplemente humano. –A modo de ocurrencia tardía, añadió–: Demasiado humano.
El título del libro arrancó una sonrisa a Nietzsche.
–Touché, doctor Breuer. ¿Quién podría estar en desacuerdo con esa frase feliz? Ahora comprendo sus sentimientos, pero todavía no veo con claridad cuáles son sus implicaciones con respecto a nuestro procedimiento.
Breuer escogió con cuidado las palabras en ese campo tan delicado.
–Yo tampoco Pero sí sé que debo bajar la guardia. A mí de nada me servirá sentir que debo tener cuidado con lo que le revelo a usted. Permítame que le relate un incidente reciente que viene al caso. Hace poco estuve hablando con Max, mi cuñado. Yo nunca había intimado con él porque lo consideraba psicológicamente insensible, pero mi matrimonio se ha deteriorado hasta tal extremo que necesitaba discutirlo con alguien. Así que traté de referirme a él en una conversación con Max, pero la vergüenza que me embargó fue tal que no pude seguir. Luego, de una manera que no esperaba, Max me correspondió, revelándome dificultades similares que él encontraba en su propia vida. De algún modo, su revelación me liberó y, por primera vez en mí vida, sostuvimos una conversación personal que me ayudó mucho.
–Cuando dice "me ayudó' –preguntó Nietzsche–, ¿quiere decir que disminuyó su desesperación? ¿Que mejoró su relación con su mujer? ¿Que tuvo una conversación expiatoria?
¡Uf! Nietzsche lo tenía acorralado. Si reconocía que la conversación con Max le había ayudado, Nietzsche le preguntaría que, en ese caso, para qué necesitaba la ayuda de Nietzsche. "Cuidado, cuidado."
–No sé qué quiero decir. Sólo sé que me sentí mejor. Esa noche no me quedé despierto, presa de la vergüenza. Y desde entonces me he sentido mejor preparado para llevar a cabo una investigación sobre mí mismo.
"Esto no va bien, Josef. Quizá seria mejor formular sin tapujos una petición."
–Estoy convencido, profesor Nietzsche, de que podría expresarme con mayor sinceridad si estuviera seguro de su aceptación. Al hablar de mi amor obsesivo, o de mis celos, me ayudaría saber que son sentimientos que usted también ha experimentado. Sospecho, por ejemplo, que usted encuentra desagradable el sexo y reprueba mi preocupación sexual. Esto, claro está, no contribuye a que yo revele estas facetas de mi personalidad.
Se sucedió una larga pausa. Nietzsche clavó la mirada en el techo. Breuer estaba a la expectativa, pues había aumentado la presión con habilidad. Esperaba que, por fin, Nietzsche dijera algo sobre si mismo.
–Tal vez –replicó Nietzsche– no haya aclarado bien mi posición. Dígame, ¿ha recibido ya los libros que encargó a mi editor?
–Todavía no. ¿Por qué lo pregunta? ¿Contienen pasajes que tengan algo que ver con esta discusión?
–Sí, sobre todo El gay saber. Allí sostengo que las relaciones sexuales no son diferentes de otras relaciones, pues también involucran una lucha por el poder. El deseo sexual, en el fondo, es deseo de dominar la mente y el cuerpo del otro.
–No creo que eso sea cierto. ¡No en el caso de mi deseo!
–¡Si, si! –insistió Nietzsche–. Obsérvelo con una mirada más penetrante y verá que la lujuria también es un deseo de dominar a todos los demás. El "amante" no es el que "ama", sino el que busca la posesión del ser amado. Desea excluir al mundo entero de su precioso bien. Es tan mezquino como el dragón que custodia su dorado tesoro. No ama el mundo. Por el contrario, las demás criaturas vivas le son totalmente indiferentes. ¿No lo dijo usted mismo? ¿No es por eso por lo que estaba tan contento con esa..., he olvidado su nombre.., esa lisiada?
–Bertha. Pero no es una lisia...
–¡Sí, sí, usted se puso muy contento cuando Bertha le dijo que siempre seria el único hombre de su vida!
–¡Pero usted coloca el sexo fuera del sexo! Yo siento el deseo sexual en los genitales, no en un área abstracta de poder.
–¡No –exclamó Nietzsche–, me limito a llamarlo por su nombre! No me opongo a que un hombre recurra al sexo cuando lo necesite. Pero detesto al hombre que suplica tenerlo, que abdica en la mujer que se le entrega, en la astuta mujer que convierte su propia debilidad y el poder masculino en poder propio.
–Pero ¿cómo puede negar lo erótico? ¡Usted ignora el impulso, el anhelo biológico que llevamos dentro y que permite que nos reproduzcamos! La sensualidad es una parte de la vida, de la naturaleza.
–¡Una parte, pero no la más elevada! En realidad, es el enemigo mortal de la parte más elevada. Permítame leerle una frase que he escrito esta mañana. –Se puso las gafas de cristales gruesos, buscó en el escritorio, cogió un cuaderno muy usado y hojeó las páginas cubiertas de garabatos ilegibles. Se detuvo en la última página y, acercándose el cuaderno hasta casi tocarlo con la nariz, leyó–: "La sensualidad es una perra que nos mordisquea los tobillos. Y una perra que sabe muy bien cómo suplicar un pedazo de espíritu cuando se le niega un pedazo de carne". –Cerró el cuaderno–. De modo que el problema no es que el sexo esté presente, sino que hace que desaparezca otra cosa: algo mucho más valioso, infinitamente más precioso. La lujuria, la excitación, la voluptuosidad: he aquí lo que esclaviza. La chusma se pasa la vida como cerdos que se alimentan en el dornajo de la lujuria.
–¡El dornajo de la lujuria! –repitió Breuer, azorado ante la vehemencia de Nietzsche–. Usted se apasiona por este tema. Hay más sentimiento en su voz ahora que en ningún otro momento.
–¡Se necesita pasión para derrotar a la pasión! Demasiados hombres han sido destrozados en el timón de las bajas pasiones.
–¿Y su propia experiencia en este campo? –Breuer iba tanteando a su interlocutor– .¿ Ha tenido experiencias desafortunadas que hayan influido en usted a la hora de formular sus conclusiones?
–En cuanto a lo que ha dicho antes sobre el objetivo fundamental de la reproducción... Permítame preguntarle lo siguiente. –Nietzsche perforó el aire con el dedo tres veces–. ¿No deberíamos crear (no deberíamos llegar a ser) antes de reproducirnos? Nuestra responsabilidad con respecto a la vida es crear lo superior, no reproducir lo inferior. Nada debe interferir en el desarrollo del héroe dentro de usted. Y si la lujuria se interpone, entonces también debe ser vencida.
"¡Acéptalo, Josef, se dijo Breuer. "No tienes ningún dominio sobre estas discusiones. Nietzsche no hace más que pasar por alto las preguntas que no quiere responder."
–Usted sabe, profesor Nietzsche, que, desde el punto de vista intelectual, estoy de acuerdo en muchas de las cosas que dice, pero nuestro nivel de discurso es demasiado abstracto. No es lo bastante personal para ayudarme. Quizá estoy demasiado familiarizado con lo práctico. Al fin y al cabo, toda mi vida profesional ha consistido en determinar enfermedades, elaborar diagnósticos y luego atacar el mal con un remedio específico. –Breuer se inclinó hacia delante, para mirar a Nietzsche de frente–. Sé que mi enfermedad es de un tipo que no puede tratarse de forma tan pragmática, pero en nuestras discusiones nos situamos en el extremo opuesto. Yo no puedo hacer nada con sus palabras. Usted me dice que debo vencer la lujuria, mis pasiones más bajas. Me dice que debo alimentar lo superior, pero no me dice cómo vencer o alimentar al héroe que hay dentro de mí. Son magníficas estructuras poéticas, pero en este momento, para mí, no son más que palabras insustanciales.
Al parecer indiferente al ruego de Breuer, Nietzsche respondió como un profesor a un alumno impaciente.
–A su debido tiempo le enseñaré a vencer. Usted quiere volar, pero no se puede empezar a volar Primero debo enseñarle a andar, y lo primero que hay hacer para aprender a andar es comprender que quien se obedece a sí mismo es gobernado por otros. Es más mucho más fácil, obedecer a otro que gobernarse a sí mismo. –Dicho esto, Nietzsche sacó un peine pequeño bolsillo y empezó a peinarse el bigote.
–¿Más fácil obedecer a otro que gobernarse a sí mismo? Vuelvo a preguntarle, profesor Nietzsche, ¿por qué no se dirige a mí de un modo más personal? Comprendo el sentido de sus palabras, pero, ¿por qué no me habla a mí? ¿Qué puedo hacer yo con eso? Perdóneme si le parezco muy terrenal, pero en este momento mis deseos son mundanos. Deseo cosas simples: dormir sin pesadillas después de las tres de la madrugada, conseguir que disminuya mi tensión precordial. Es aquí donde se asienta mi angustia, aquí. –Breuer se señaló con la mano el centro del esternón–. Lo que necesito ahora no es una declaración poética y abstracta, sino algo humano, directo. Necesito comprometerme de manera personal: ¿no puede compartir conmigo como han sido las cosas para usted? ¿Ha tenido usted una obsesión como la mía? ¿Cómo la superó? ¿Cuánto tardó?
–Hay algo más que he planeado discutir hoy con usted –dijo Nietzsche guardando el peine y haciendo caso omiso, una vez más, de la pregunta de Breuer–. ¿Tenemos tiempo?
Breuer se echó atrás en su silla, desalentado. Era obvio que Nietzsche seguiría pasando por alto sus preguntas. Se instó a sí mismo a ser paciente. Consultó su reloj y dijo que podía quedarse quince minutos más.
–Estaré aquí todos los días a las diez y me quedaré treinta o cuarenta minutos, aunque algún día, si se produce alguna emergencia, tendré que irme antes.
–¡Bien! Hay algo importante que quiero decirle. Le he oído quejarse de infelicidad muchas veces. En realidad –Nietzsche abrió el cuaderno para consultar la lista de los problemas de Breuer–, "infelicidad general" es el primer problema de su lista. Hoy, además, ha hablado de su angustia, su tensión cordial...
–Precordial: la región del corazón.
–Sí, gracias, nos enseñamos mutuamente. Su tensión precordial, sus terrores nocturnos, su insomnio, su desesperación. Usted habla mucho de estos males y describe su deseo "terrenal" como un alivio inmediato a sus molestias. Se lamenta de que, a diferencia de lo que le sucedió al hablar con Max, nuestra discusión no le produzca ningún alivio.
–Sí. Y...
–Y usted quiere que me refiera a su tensión de manera directa, quiere que le proporcione bienestar.
–Exacto. –Breuer asintió, alentando a Nietzsche a que siguiera.
–Hace dos días me resistía a su propuesta de convertirme en..., ¿cómo definirlo?..., su consejero, para ayudarle a tratar la desesperación. Disentí cuando usted dijo que yo era un experto mundial debido a que llevaba muchos años estudiando estos asuntos. Sin embargo, ahora que reflexiono sobre el asunto me doy cuenta de que usted tenía razón: soy un experto y tengo mucho que enseñarle. He dedicado gran parte de mi vida al estudio de la desesperación. Y puedo ser más preciso y decirle cuántos años he dedicado a ello. Hace unos meses mi hermana Elisabeth me enseñó una carta que le había escrito en 1865, cuando yo tenía veintiún años. Elizabeth nunca me devuelve las cartas: todo lo guarda y dice que algún día construirá un museo para guardar mis efectos y que cobrará la entrada. Conociendo a Elizabeth, no hay duda de que me tendrá disecado para exhibirme como atracción principal. En esa carta yo decía que había una división básica entre los hombres: los que aspiran a la paz espiritual, para quienes la felicidad reside en creer y abrazar la fe, y los que buscan la verdad, que dejan a un lado la paz mental y dedican la vida a la investigación. Eso lo sabía ya a los veintiún años, hace media vida. Es hora de que usted lo sepa: debe ser su punto de partida básico. ¡Debe elegir entre la comodidad y la investigación verdadera! Si elige la ciencia, si opta por librarse de las consoladoras ataduras de lo sobrenatural, si, como pretende, quiere dejar a un lado las creencias y abraza el ateísmo, entonces no puede, al mismo tiempo, anhelar los consuelos del creyente. Si mata a Dios, también debe dejar el refugio del templo.
Breuer permaneció tranquilo, contemplando desde la ventana de Nietzsche el jardín del sanatorio, donde una joven enfermera empujaba la silla de ruedas de un anciano. El anciano tenía los ojos cerrados. Las observaciones de Nietzsche eran contundentes y apremiantes. Resultaba difícil refutarías aduciendo que se trataba tan sólo de una forma etérea de filosofar. No obstante, intentó resistirse una vez más.
–Usted lo hace parecer un asunto de elección. Mi elección no fue deliberada ni tan profunda. Mi elección del ateísmo, más que un acto consciente, fue el resultado de no creer ya en los cuentos de hadas de la religión. Elegí la ciencia simplemente porque era el único modo posible de dominar los secretos del cuerpo.
–Entonces usted oculta su voluntad ante usted mismo. Ahora debe aprender a enfrentarse a su vida y tener el coraje de decir: "Así lo elegí". El espíritu de un hombre se construye en función de sus decisiones. –Breuer se revolvió en la silla. El tono predicador de Nietzsche le incomodaba. ¿Dónde lo habría aprendido? No de su padre, el predicador, pues había muerto cuando Nietzsche tenía cinco años. ¿Era posible que existiera una transmisión genética de las habilidades e inclinaciones? Nietzsche continuó el sermón–. Si opta por ser de los pocos que disfrutan del placer del desarrollo y del júbilo de la libertad sin Dios, debe prepararse para el mayor de los sufrimientos. Van juntos, no pueden experimentarse por separado. Si quiere menos sufrimiento, entonces debe empequeñecerse, como hicieron los estoicos, y privarse del placer superior.
–No estoy seguro, profesor Nietzsche, de que sea preciso aceptar una Weltanschauung tan morbosa. Eso recuerda a Schopenhauer, pero hay otros puntos de vista menos pesimistas.
–¿Pesimistas? Pregúntese, doctor Breuer, por qué son tan pesimistas los filósofos. Pregúntese: "¿Cuáles son los que infunden seguridad, los que imparten consuelo, los que siempre están alegres?". Yo le diré la respuesta: sólo los que tienen la visión embotada, la gente corriente y los niños.
–Usted dice, profesor Nietzsche, que el crecimiento es la recompensa del sufrimiento...
Nietzsche le interrumpió.
–No, no sólo el desarrollo. También está la fortaleza. Un árbol necesita tiempo tormentoso para alcanzar una altura de la que enorgullecerse. Y la creatividad y el descubrimiento son procreados con dolor. Permítame citar unos apuntes que escribí hace unos días. –De nuevo buscó en sus notas y leyó–: "Hay que tener caos y frenesí en el interior para dar a luz una estrella danzarina".
A Breuer le irritaba cada vez más que Nietzsche leyera. Su poesía caía como una barricada entre ellos. A decir verdad, Breuer estaba seguro de que las cosas irían mejor si pudiera hacer bajar a Nietzsche de las estrellas.
–Una vez más, lo que dice es demasiado abstracto. Por favor, no me interprete mal, profesor Nietzsche. Sus palabras son bellas y poderosas, pero cuando me las lee, ya no siento que nos estamos comunicando de un modo personal. Capto su significado intelectualmente: sí, hay recompensa para el dolor: el crecimiento, la fortaleza, la creatividad. Lo entiendo aquí –Breuer se señaló la cabeza con el dedo–, pero no me llega aquí. –Se tocó el abdomen con la mano–. Si esto va a ayudarme, tiene que llegarme hasta donde está arraigada mi experiencia. Aquí, en mis entrañas, yo no siento ningún desarrollo. Doy a luz estrellas que no bailan. Sólo tengo el frenesí y el caos.
Nietzsche sonrió y agitó el dedo en el aire.
–¡Exacto! ¡Ahora lo ha dicho! ¡Ese es el problema, precisamente! ¿Y por qué no hay crecimiento? ¿Por qué no hay pensamientos más consistentes? Ése fue el sentido de mi última pregunta de ayer, cuando le pregunté qué pensaría si no estuviera preocupado por esos pensamientos extraños. Por favor, échese hacia atrás, cierre los ojos e intente este experimento mental conmigo. Adoptemos una posición distante, la cumbre de una montaña, y observemos juntos. Allí, a lo lejos, vemos a un hombre, un hombre de mente inteligente y sensible a la vez. Observémoslo. Quizá alguna vez haya contemplado con mirada profunda e intensa el horror de su propia existencia. ¡Quizá haya visto demasiado! Tal vez haya tropezado con las fauces devoradoras del tiempo o con su propia insignificancia (él no es sino una mota de polvo) o con la transitoriedad y la contingencia de la vida. Su miedo ha sido terrible hasta el día que descubrió que la lujuria apaciguaba el miedo. Por lo tanto, dio la bienvenida a la lujuria y ésta, competidora despiadada, dominó todos sus pensamientos. Pero la lujuria no piensa: anhela, recuerda. Y este hombre empezó a recordar con lujuria a Bertha la lisiada. Entonces dejó de mirar a lo lejos para pasarse el tiempo recordando prodigios, cómo movía Bertha los dedos y la boca, cómo se desnudaba, hablaba y tartamudeaba, cómo andaba cojeando. Toda esta banalidad acabó consumiendo su ser. Las grandes avenidas de su mente, construidas para ideas nobles, se llenaron de basura. El recuerdo de los grandes pensamientos de antaño se fue apagando hasta desvanecerse. Y sus miedos también se desvanecieron. Sólo le quedó la inquietante y corrosiva sensación de que algo iba mal. Intrigado, buscó la fuente de tal ansiedad en el estercolero de su mente. Y así lo encontramos hoy, removiendo el estiércol, como sí en él se encontrara la respuesta. ¡Incluso me pide a mi que hurgue con él! –Nietzsche se detuvo, en espera de la respuesta de Breuer. Silencio–. Dígame –le instó Nietzsche–, ¿qué piensa de este hombre al que observamos? –Silencio–. Doctor Breuer, ¿qué piensa? –Breuer permaneció en silencio, con los ojos cerrados, como si las palabras de Nietzsche le hubieran hipnotizado–. ¡Josef! ¡Josef ¿Qué piensa usted? –Breuer abrió poco a poco los ojos y se volvió para mirar a Nietzsche. Pero no dijo nada–. ¿No se da cuenta, Josef, de que el problema no es que esté preocupado? ¿Qué importancia tiene la tensión o la opresión en el pecho? ¿Quién le prometió comodidad? De modo que duerme mal. ¿Y qué? ¿Quién le prometió que dormiría bien? No, el problema no es la preocupación. El problema es que usted está preocupado por el motivo que no corresponde. –Nietzsche miró el reloj–. Veo que le estoy entreteniendo. Terminemos con la misma sugerencia que le hice ayer. Medite, por favor: ¿en qué pensaría si Bertha no le obstruyera la mente? ¿De acuerdo?
Breuer asintió y se marchó.

EXTRACTO DE lAS NOTAS DEL DOCTOR BREUER SOBRE ECKART MÜLLER,
6 DE DICIEMBRE DE 1882
Han sucedido cosas extrañas en nuestra conversación de hoy. Y ninguna según lo que yo había planeado. No ha respondido a ninguna de mis preguntas, no ha revelado nada de sí mismo. Se toma su papel de consejero con tanta solemnidad que a veces me parece cómico. Y sin embargo, cuando lo examino desde su punto de vista, su comportamiento es intachable: cumple con nuestro contrato e intenta ayudarme de la mejor manera que puede. Lo respeto por ello.
Es fascinante observar su inteligencia luchando con el problema de servir de ayuda a una sola persona, a una criatura de carne y hueso: yo. Hasta el momento, no obstante, se comporta de un modo en absoluto imaginativo y depende sólo de la retórica. ¿De veras cree que la explicación racional o la mera exhortación solucionarán el problema?
En uno de sus libros, sostiene que la estructura ética de un filósofo dicta la filosofía que crea. Ahora creo que aplica el mismo principio en esta clase de asesoramiento: la personalidad del que aconseja dicta el enfoque del asesoramiento. Por eso, debido a sus temores sociales y a su misantropía, opta por un estilo impersonal y distante. Por supuesto, no se da cuenta: procede a desarrollar una teoría para racionalizar y legitimizar el enfoque de su asesoramiento. De esa manera, no ofrece apoyo personal, nunca tiende una mano consoladora, me sermonea desde el púlpito y se niega a admitir sus propios problemas y a establecer un contacto humano conmigo. ¡Pero ha habido un momento en que esto no ha sido así! Hoy, hacia el final de nuestra conversación –no recuerdo de qué hablábamos–, de repente me ha llamado "Josef”

Tal vez yo tenga más éxito del que creía a la hora de establecer comunicación.
Nos encontramos en medio de una lucha extraña. Para ver quién puede ayudar más al otro. Esta competición me preocupa: temo que le confirme su inane modelo de "poder" en las relaciones sociales. Quizá debería hacer lo que dice Max: dejar de competir y aprender de él lo que pueda. Es importante para él controlar la situación. Detecto muchos signos de que se siente victorioso: me dice lo mucho que tiene que enseñarme, me lee sus notas, mira la hora y como un caballero me despide con una tarea para la próxima reunión. ¡Todo esto es irritante! Pero luego me recuerdo a mí mismo que soy médico: no me reúno con él para mi placer personal. Después de todo, ¿qué placer personal hay en extirpar las amígdalas a un paciente?
Hoy ha habido un momento en que he experimentado una extraña ausencia. Casi me he sentido como si estuviera en trance. Tal vez, después de todo, sea yo sensible al magnetismo animal.

NOTAS DE FRIEDRICH NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER,
6 DE DICIEMBRE DE 1882
A veces, para un filósofo es peor ser entendido que no ser entendido. El trata de entenderme demasiado bien; por medio de artimañas, intenta conseguir que le dé direcciones especificas. Quiere descubrir mi camino y convertirlo en suyo para utilizarlo. Todavía no entiende que existe "mi camino" y "tu camino", pero que no existe un camino único, esto es, que no existe "el camino". Y no pide las cosas de manera directa, sino que emplea artimañas y finge lo contrario: trata de persuadirme de que mi revelación personal es esencial para nuestro propósito, de que le ayudará a hablar, de que nos hará más "humanos" a los dos, como si revolcarse juntas en el fango hiciera más humanas a las personas. Intento enseñarle que los que amamos la verdad no tememos el agua turbulenta ni sucia. ¡Lo que tememos es el agua poco profunda!
Si la práctica médica tiene que servir de guía en este propósito, ¿no debo, pues, emitir un "diagnóstico"? He aquí una nueva ciencia: el diagnóstico de la desesperación. Mi diagnóstico es que se trata de una persona que ansia ser un espíritu libre pero que no puede desprenderse de los grilletes de la fe. Sólo quiere el sí, la aceptación de la decisión, y nada del no, de la renuncia. Se engaña a sí mismo: toma decisiones pero se niega a ser el que elige. Sabe que sufre, pero no sabe que sufre por lo que no debe. Espera de mí alivio, consuelo y felicidad. Pero yo debo darle más sufrimiento. Debo trocar su sufrimiento trivial en el sufrimiento noble que una vez fue.
¿Cómo descolgar el sufrimiento trivial de su percha? ¿Cómo hacer que vuelva a ser sincero? He empleado su propia técnica: la técnica en tercera persona que empleó conmigo la semana pasada, cuando hizo la torpe tentativa de convencerme de que me pusiera en sus manos. Le he enseñado a contemplarse a sí mismo desde arriba. Pero ha sido demasiado: casi se ha desmayado. He tenido que hablarle como a un niño, llamarle “Josef”, reanimarlo.
Mi carga es pesada. Trabajo para su liberación. Y también para la mía propia. Pero yo no soy un Breuer: yo entiendo mi sufrimiento y lo acepto de buen grado. Y Lou Salomé no es una lisiada. ¡Pero sé lo que significa ser asediado por alguien a quien amo y odio!

DIECISÉIS

Breuer, profesional del arte de la medicina, solía empezar las visitas del hospital con una conversación sobre temas generales que desviaba con elegancia hacia los específicamente médicos. Pero a la mañana siguiente, al entrar en la habitación número 13 de la clínica Lauzon, lo hizo dispuesto a suprimir la conversación sobre temas generales. Nietzsche en seguida le anunció que se encontraba muy bien, cosa poco frecuente en él, razón por la cual no quería perder el precioso tiempo de que disponían hablando de síntomas no existentes. Así que sugirió que fueran al grano.
–Ya volverá mi hora, doctor Breuer; mi dolencia nunca se aleja de mí. Pero ahora que está de vacaciones, aprovechemos para seguir trabajando con su problema. ¿Qué adelanto ha hecho en el experimento que le propuse ayer? ¿En qué pensaría si no estuviera preocupado por las fantasías sobre Bertha?
–Profesor Nietzsche, permítame hablar primero de otra cosa. Ayer hubo un momento en que usted prescindió de mi título profesional y me llamó Josef. Me gustó. Me sentí más cerca de usted y me gustó. Aunque tenemos una relación profesional, la naturaleza de nuestras entrevistas exige que hablemos con intimidad. Así pues, ¿estaría dispuesto a que nos llamáramos por el nombre de pila?
Nietzsche, que había transformado su vida para evitar toda familiaridad, se quedó estupefacto. Se revolvió en el asiento y tartamudeó, pero (al parecer sin encontrar una manera elegante de negarse) acabó por asentir con desgano cuando, a continuación, Breuer le preguntó si debía llamarlo Friedrich o Fritz, Nietzsche se apresuró a responder:
–Friedrich, por favor. ¡Y ahora, a trabajar!
–¡Sí, a trabajar! Volvamos a su pregunta. ¿Qué hay de Bertha? Sé que hay una corriente de preocupaciones más oscuras y más profundas, que estoy convencido de se intensificaron hace unos meses, cuando cumplí años. Usted sabrá, Friedrich, que no es raro que se produzca una crisis al llegar a esa edad. Cuídese, sólo tiene dos años para prepararse.
Breuer sabía que esta familiaridad incomodaba a Nietzsche, pero también que una parte suya anhelaba un contacto humano más íntimo.
–Éso no me preocupa –contestó Nietzsche con indecisión–. Creo que tengo cuarenta años desde que cumplí los veinte.
¿Qué era aquello? ¡Un acercamiento! ¡Sin duda, un acercamiento! Breuer pensó en un gatito que su hijo Robert había encontrado en la calle hacía poco. "Dale leche", había dicho a su hijo, "y aléjate. Que beba con confianza y se acostumbre a tu presencia. Más tarde, cuando se sienta seguro, podrás acariciarlo". Breuer se alejó.
–¿Cómo puedo describir mis pensamientos de la mejor manera? Creo que son oscuros y morbosos. Muchas veces siento que mi vida ha llegado a su cima. –Breuer hizo una pausa, recordando la forma en que lo había expresado ante Freud–. He llegado a la cúspide y, cuando miro abajo para contemplar el resto, sólo veo deterioro: el descenso a la vejez, ser abuelo, las canas o –tocándose la calvicie incipiente– la pérdida de todo el pelo. Pero no, no es exactamente así. No es descender lo que me preocupa, sino no ascender.
–¿No ascender, doctor Breuer? ¿Por qué no puede seguir ascendiendo?
–Sé, Friedrich, que es difícil romper la costumbre, pero, por favor, llámeme Josef.
–Sea. Hábleme de no ascender.
–A veces imagino que todo el mundo tiene una frase secreta, un motivo profundo que se convierte en el mito de su vida. De niño, alguien me llamó una vez "niño de la promesa infinita". La expresión me gustó. Me la he canturreado miles de veces. A menudo me he imaginado como un tenor que la cantara con un timbre muy agudo, alargando cada sílaba. Me gustaba cantarla con lentitud y dramatismo, subrayando cada letra. ¡Incluso ahora son palabras que me emocionan!
–¿Y qué ha pasado con el niño de la promesa infinita? Ah, la pregunta! Me la planteo muchas veces. ¿Qué le ha sucedido? Sé ahora que ya no hay promesa: ¡se ha agotado!
–Dígame, ¿qué quiere decir con "promesa" exactamente?
–No estoy seguro. Antes creía saberlo. Significaba capacidad de ascender, de ir hacia arriba; significaba éxito, reconocimiento ajeno, descubrimientos científicos. Pero he probado el fruto de esas promesas. Soy un médico respetado, un ciudadano respetable. He hecho algunos descubrimientos científicos importantes: mientras existan las crónicas históricas, mi nombre será conocido como descubridor de la función del oído en la regulación del equilibrio. Además, he
participado en el descubrimiento de un importante proceso regulador de la respiración, conocido como reflejo de Herring–Breuer.
–Entonces, Josef, ¿no es usted afortunado? ¿No ha cumplido su promesa?
El tono de Nietzsche era intrigante. ¿Estaba realmente pidiendo información? ¿O se conducía como Sócrates ante Alcibíades? Breuer decidió contestar sin evasivas.
–He cumplido mi promesa, sí. Pero sin satisfacción, Friedrich. Al principio, el júbilo por cada nuevo éxito duraba meses. Pero poco a poco se ha vuelto más pasajero (semanas, luego días, incluso horas), de tal modo que ahora el sentimiento se evapora tan deprisa que ni siquiera penetra en mi piel. Ahora creo que mis objetivos eran impostores: nunca fueron el destino verdadero del niño de la promesa infinita. Con frecuencia me siento desorientado: los viejos objetivos ya no sirven y he perdido la capacidad para inventar otros nuevos. Cuando pienso en el curso de mi vida, me siento traicionado o engañado, como si hubiera sido objeto de una broma celestial, como si durante toda mi vida hubiera bailado al son de la melodía que no debía sonar.
–¿Una melodía que no debía sonar?
–La melodía del muchacho de la promesa infinita, la melodía que he canturreado toda la vida.
–¡Era la melodía indicada, Josef, pero el baile no!
¿La melodía indicada pero el baile no? ¿Qué quiere decir? –Nietzsche guardó silencio–. ¿Quiere decir que malinterpreté la palabra "promesa"?
–E "infinita" también, Josef.
–No lo entiendo. ¿Puede hablar con más claridad?
–Tal vez deba aprender a hablar con más claridad consigo mismo. Estos últimos días me he dado cuenta de que la cura filosófica consiste en aprender a escuchar la voz interior. ¿No dijo usted que Bertha se curó hablando de todos los aspectos de su mente? ¿Cuál es el término que usó para describirlo?
–“Deshollinación”. En realidad, fue ella quien inventó el término: "deshollinar" significaba abrirse y ventilar el cerebro, limpiar la mente de todos los pensamientos perturbadores.
–Es una buena metáfora –dijo Nietzsche–. Quizá deberíamos usar ese método en nuestras conversaciones. Quizá ahora mismo. Por ejemplo, ¿podría usted aplicar la "deshollinación" al muchacho de la promesa infinita?
Breuer apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
–Creo que ya lo he dicho todo. Ese muchacho envejecido ha llegado a un momento de la vida en que ya no sabe dónde reside su valor. Su razón de vivir, o sea, mi propósito, mis objetivos, las recompensas que me impulsaron en la vida, todo eso parece absurdo ahora. Cuando pienso que he perseguido cosas absurdas, que he desperdiciado la única vida que tengo, se apodera de mí un sentimiento de terrible desesperación.
–¿Qué es, pues, lo que debería haber perseguido?
Breuer se sintió animado por el tono de Nietzsche, más bondadoso ahora, más seguro, como si se hallara en un terreno más familiar.
–¡Eso es lo peor! La vida es un examen sin respuestas acertadas. Si tuviera que hacerlo todo de nuevo, creo que volvería a hacer lo mismo, a cometer los mismos errores. Hace unos días pensé en un buen argumento para una novela corta. ¡Si al menos fuera capaz de escribir! Imagine a un cuarentón que ha llevado una vida insatisfecha, a quien se le acerca un genio que le ofrece la oportunidad de volver a vivir su vida, la posibilidad de recordar su vida anterior. Por supuesto, acepta la oportunidad sin pensárselo dos veces. Pero, ante su sorpresa y su horror, descubre que vive exactamente igual que antes, que toma las mismas decisiones, que comete los mismos errores, que abraza los mismos fines, los mismos dioses falsos.
–Y estos fines que rigen su vida, ¿de dónde provienen? ¿Cómo los eligió?
–¿Cómo elegí mis fines? ¡Elegir, elegir es su palabra favorita! Los muchachos de cinco, diez o veinte años no eligen su vida. No sé cómo interpretar su pregunta.
–No la interprete. Limítese a "deshollinar".
–¿Fines? Los fines están en la cultura, en el ambiente. Son algo que se respira. Todos los muchachos con quienes crecí bebieron los mismos fines. Todos queríamos salir del entorno judío, triunfar en el mundo, éxito, riqueza, respeto. ¡Eso es lo que queríamos! Ninguno de nosotros se puso a elegir los fines de forma deliberada: estaban allí, eran la consecuencia natural de la época, de la familia, de la nación.
–Pero no han funcionado para usted, Josef. No eran bastante sólidos para sostener una vida. Ah, a lo mejor son sólidos para algunos, para los que tienen una visión pobre, o para los corredores lentos que persiguen objetivos materiales toda su vida, o para los que alcanzan el éxito pero tienen la habilidad de fijarse sin cesar nuevos fines que están fuera de su alcance. Pero usted, como yo, tiene buenos ojos. Se proyectó demasiado lejos en la vida. Ha comprendido que era inútil conquistar meras que no quería y proponerse otras que tampoco deseaba. Cero multiplicado por cero siempre es igual a cero.
Aquellas palabras dejaron a Breuer como en trance. Todo, las paredes, las ventanas, la chimenea, incluso Nietzsche se desvaneció. Había estado esperando aquel intercambio de opiniones toda su vida.
–Sí todo lo que usted dice es cierto, Friedrich, salvo su insistencia en que uno elige el plan de su vida de forma deliberada. El ser humano no establece los objetivos de su vida de modo consciente: constituyen un accidente de la historia, ¿no?
–No responsabilizarse de los propios objetivos vitales es dejar que la propia existencia sea un accidente.
–Pero protestó Breuer nadie tiene esa libertad. No es posible escapar de la perspectiva de nuestra época, nuestra cultura, nuestra familia...
–Una vez –lo interrumpió Nietzsche– cierto sabio judío aconsejó a sus discípulos que rompieran con sus padres y buscaran la perfección. ¡Ese podría ser un paso digno de un muchacho de promesa infinita! Ése podría haber sido el baile indicado para la melodía indicada.
¡El baile indicado para la melodía indicada! Breuer trató de concentrarse en el significado de aquellas palabras, pero de repente se desanimó.
–Friedrich, la conversación me apasiona, pero una voz en mi interior no cesa de preguntarme: "¿Vamos a alguna parte?". Nuestra discusión es demasiado etérea, demasiado distante del latir de mi pecho y la pesadez de mi cabeza.
–Paciencia, Josef. ¿Cuánto tiempo me ha dicho que estuvo deshollinando a la tal Anna O.?
–Si, duró algún tiempo. ¡Meses! Pero usted y yo no tenemos meses. Y había una diferencia: ella siempre se concentraba en su sufrimiento cuando deshollinaba. En cambio, me parece que nuestra charla abstracta acerca de fines y propósitos en la vida no tiene nada que ver con mi sufrimiento.
Nietzsche, impertérrito, prosiguió como si Breuer no hubiera hablado.
–Josef, ¿dice usted que todas estas preocupaciones en torno a la vida se intensificaron hace poco, cuando cumplió cuarenta años?
–¡Qué perseverancia Friedrich! Hace usted que sea más paciente conmigo mismo. Si tanto interés tiene por mis cuarenta años, entonces debo responderle con firmeza. Sí, los cuarenta años fueron el año de mi crisis, de mi segunda crisis. Ya había tenido una a los veintinueve, cuando Oppolzer, el hombre que más sabía de medicina en la universidad, murió en una epidemia de tifus. El 16 de abril de 1871, todavía recuerdo la fecha. Era mi maestro, mi defensor, mi segundo padre.
–Me interesan los segundos padres –dijo Nietzsche–. Continúe.
–Fue el gran maestro de mi vida. Todos sabían que me estaba preparando para ser su sucesor. Yo era el mejor candidato y tenía que ser seleccionado para ocupar su cátedra. Pero no sucedió. Quizá yo no contribuyese a que sucediera. Fue elegido otro de inferior preparación, por razones políticas y es posible que también religiosas. Ya no había lugar para mi, de modo que trasladé a mi casa el laboratorio, incluso las palomas que usaba para mis investigaciones, y empecé a ejercer la medicina privada, a la que me entregué por completo. Fue el fin de mi infinitamente prometedora profesión académica.
–Cuándo dice que usted no contribuyó a que sucediera, ¿a qué se refiere?
Breuer miró a Nietzsche con asombro.
–¡Qué transformación, de filósofo a clínico! Le han crecido orejas de médico. Nada se le escapa. He hecho ese comentario porque sé que debo ser sincero. Sin embargo, para mí sigue siendo un asunto doloroso. No quería hablar de ello y, ya ve, es justamente el punto que usted ha elegido.
–Como ve, Josef, cuando lo insto a que hable de algo contra su voluntad, ése es el momento que elige para recuperarse, tomar el poder y hacerme un cumplido. ¿Sigue sosteniendo ahora que la lucha por el poder no es una parre importante de nuestra relación?
Breuer volvió a hundirse en el asiento.
–Ah, eso otra vez. –Agitó la mano ante sí–. No reanudemos ese debate. Por favor, olvídelo. –Pero añadió–: ¡Espere! Tengo un último comentario: sí usted prohíbe la expresión de todos los sentimientos positivos, entonces da pie al mismo tipo de relación que predijo que descubriría in vivo. Es un mal procedimiento científico: está manipulando los datos.
–¿Un mal procedimiento científico? –Nietzsche se quedó pensativo durante un instante y luego asintió–. ~Tiene razón! Debate cerrado. Volvamos ahora a lo de la profesión universitaria y cuénteme por qué no contribuyó a su propio triunfo académico.
–Bien, es evidente. Me retrasé escribiendo y publicando artículos científicos. Me negué a dar los pasos preliminares necesarios para un nombramiento efectivo en la universidad. No ingresé en las mejores asociaciones médicas, ni participé en comisiones universitarias, ni establecí las conexiones políticas de rigor. No sé por qué. Tal vez tenga que ver con el poder. Puede que me aparte de la lucha competitiva. Es más fácil competir con el misterio del sistema de equilibrio de una paloma que con otro hombre. Creo que mi problema con la competencia me produce el mismo dolor que cuando imagino a Bertha con otro hombre.
–Quizá creyera usted que un muchacho de promesa infinita no debía abrirse camino por la fuerza.
–Sí, eso también. Pero fuera cual fuese la razón, significó el fin de mi carrera académica. Fue la primera herida moral, el primer asalto a mi mito de la promesa infinita.
–Eso fue a los veintiocho años. ¿Y a los cuarenta, la segunda crisis?
–Una herida más profunda. Cumplir los cuarenta ha hecho pedazos la idea de que todo era posible para mí. De repente, he entendido el hecho más obvio de la vida: que el tiempo es irreversible, que mi vida es finita. Por supuesto, lo sabía, pero saberlo a los cuarenta años es distinto. Ahora sé que el muchacho de la promesa infinita no era que un estandarte, que la promesa es una ilusión, que infinito carece de sentido y que me dirijo al mismo ritmo que todos los demás hacia la muerte.
Nietzsche sacudió la cabeza.
–¿Llama usted herida a una visión clara? Fíjese en lo que ha aprendido Josef: que el tiempo no puede ser conquistado, que la voluntad no puede retroceder. Sólo los afortunados llegan a comprender estas cosas.
–Los afortunados. ¡Extraña palabra! Me doy cuenta de que se aproxima la muerte, de que soy impotente e insignificante de que la vida no tiene valor o sentido real, y me llama afortunado.
–El hecho de que la voluntad no pueda retroceder no significa que la voluntad sea impotente. Gracias a Dios, Dios ha muerto, pero eso no significa que la existencia no tenga sentido. La muerte llega, pero eso no significa que la, vida no tenga valor. Estas cosas se las enseñaré en su debido momento. Pero ya hemos hecho bastante por hoy: quizá demasiado. Antes de mañana, repase por favor nuestra conversación de hoy. ¡Medite!
Sorprendido por el repentino final que Nietzsche daba a la sesión, Breuer miró el reloj y vio que aún tenía diez minutos. Sin embargo, no hizo ninguna objeción y salió del cuarto de Nietzsche sintiéndose como un niño a quien han dejado salir de la clase temprano.

EXTRACTO DE LAS NOTAS DEL DOCTOR BREUER SOBRE ECKART MÜLLER,
7 DE DICIEMBRE DE 1882
Paciencia, paciencia, paciencia. Por primera vez, aprendo el valor y el significado de esta palabra. No debo perder de vista mi objetivo de largo alcance. En esta etapa, todos los pasos atrevidos y prematuros fracasan. Hay que mover las piezas de forma lenta y sistemática. Construir un centro sólido. No mover más de una pieza cada vez. ¡No mover la reina demasiado pronto!
Y está dando resultado! El gran paso adelante de hoy ha sido la adopción de los nombres de pila. Casi se ha atragantado con mi propuesta. Apenas he podido contener la risa. ¡A pesar de ser un librepensador, en el fondo no es más que un vienés y ama sus títulos casi tanto como su impersonalidad! Después de llamarlo "Friedrich" repetidas veces, ha empezado a llamarme Josef.
Eso ha provocado un cambio en la atmósfera de la sesión. A los pocos minutos, ha abierto una estrecha rendija. Ha reconocido haber atravesado una serie de crisis y que tiene cuarenta años desde los veinte. De momento, lo he pasado por alto, pero debo volver a tocar este tema.
Tal vez, por ahora, sea mejor olvidar mi intento de ayudarle: es mejor que acepte sus esfuerzos por ayudarme a mí. Cuanto más auténtico sea yo, cuanto menos trate de manipularlo, mejor. Es como Sig: tiene ojos de halcón y se da cuenta de cualquier fingimiento.
Hoy hemos tenido una conversación estimulante, como en las antiguas clases de filosofía de Brentano. Por momentos me he sentido involucrado en ella. Pero ¿ha sido productiva? Le he repetido mi preocupación por la vejez, la mortalidad y la falta de propósito: todas mis morbosas obsesiones. Al parecer, le ha intrigado mi viejo refrán del muchacho de la promesa infinita. No estoy seguro de entender muy bien adónde quiere ir a parar con ello, ¡si es que quiere llegar a alguna parte!
Hoy su método me ha resultado más claro. Como cree que mi obsesión por Bertha me distrae de estas preocupaciones en torno a la Existenz, su intención es enfrentarme a ellas, provocarlas, quizá ponerme incómodo. Por lo tanto, me aguijonea y no me ofrece ningún apoyo. Dada su personalidad, eso, por supuesto, no le resulta difícil.
Al parecer, cree que un método de debate filosófico me afectará. Yo trato de demostrarle que no es así. Pero él, como yo, sigue experimentando e improvisando métodos a medida que avanza. Su otra innovación metodológica hoy ha consistido en emplear mi técnica de "deshollinación". Me resulta extraño ser yo quien deshollina, en lugar de ser quien supervisa: extraño, pero no desagradable.
Lo que si me resulta desagradable e irritante es su grandilocuencia que aflora una y otra vez. Hoy ha dicho que me enseñará cuál es el significado y el valor de la vida. ¡Sólo que todavía no! ¡Todavía no estoy preparado para esto!

NOTAS DE FRIEDRICH NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER
7 DE DICIEMBRE DE 1882
¡Por fin! Una charla merecedora de mi atención, una discusión que demuestra mucho de lo que yo había pensado. He aquí a un hombre tan agobiado por la gravedad –su cultura, su condición, su familia– que nunca ha llegado a conocer su propia voluntad. Está tan inmerso en el conformismo que se sorprende cuando hablo de decisiones, como si hablara en un idioma extranjero. Puede que el conformismo reprima más a los judíos: la persecución externa une tanto a un pueblo que el individuo es incapaz de emerger.
Cuando lo pongo ante el hecho de que ha permitido que su vida sea un accidente, niega la posibilidad de elección. Me dice que nadie que esté inmerso en una cultura es capaz de elegir. Cuando, con amabilidad, lo pongo ante el mandato de Jesús de romper con los padres y la cultura en busca de la perfección, sostiene que el método es demasiado etéreo y cambia de tema.
Es curioso: tenía el concepto a su alcance cuando era muy joven, pero nunca acabó de comprenderlo. Era "el muchacho de la promesa infinita" –como somos todos–, pero nunca entendió el carácter de esa promesa. Nunca entendió que su deber era perfeccionar la naturaleza, superarse a si mismo, vencer su cultura, a su familia, su lujuria, su brutal naturaleza animal, llegar a ser quien era y lo que era. Nunca creció, nunca mudó la primera piel: de forma equivocada, interpretó la promesa como la adquisición de objetivos materiales y profesionales. Y cuando alcanzó estos objetivos sin acallar la voz que le decía "llega a ser quien eres", cayó en la desesperación y vociferó contra la mala jugada hecha contra é. ¡Ni siquiera ahora lo entiende!
¿Hay esperanza para él? Por lo menos piensa en cuestiones fundamentales y no se refugia en engaños religiosos. Pero tiene demasiado miedo. ¿Cómo puedo enseñarle a endurecerse? En una ocasión me dijo que los baños fríos son buenos para endurecer la piel. ¿Existe una receta para fortalecer la capacidad de determinación? Ha alcanzado a descubrir la idea de que no estamos gobernados por el deseo de Dios, sino por el deseo del tiempo. Se da cuenta de que su voluntad es impotente ante el "así fue". ¿ Tendré la habilidad de enseñarle a transformar el "así fue" en "así lo quise"?
Insiste en llamarme por mi nombre de pila, aunque sabe que no me gusta. No es más que un pequeño tormento. Soy lo bastante fuerte como para permitirle esa pequeña victoria.

CARTA DE FRIEDRICH NIETZSCHE A LOU SALOMÉ
DICIEMBRE DE 1882
Lou:
Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú: ignorante pero con mucho ingenio capaz de aprovechar al máximo lo que conoce sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia sincera y justa en minucias, por tozudez en general En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: insincera  sin la menor sensibilidad para dar o recibir carente de espíritu e incapaz de amar en afectos, siempre enferma y al borde de la  locura sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores... en particular  nada fiable  de mal comportamiento grosera en cuestiones de honor... un cerebro con incipientes indicios de alma el carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles fuerte voluntad, pero no un gran objeto sin diligencia ni pureza sensualidad cruelmente desplazada egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual sin amor por las personas pero enamorada de Dios con necesidad de expansión astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina
Tuyo,
FN

DIECISIETE

Las enfermeras de la clínica Lauzon raras veces hablaban de Herr Müller, el paciente del doctor Breuer que ocupaba la habitación número 13. Poco tenían que decir de él. Para un personal atareado, con exceso de trabajo, Herr Müller era el paciente ideal. Durante la primera semana no tuvo ataques de hemicránea. Exigió poco y requirió poca atención, aparte de la inspección, seis veces al día, de sus constantes virales (pulso, temperatura, ritmo respiratorio y presión arterial). Las enfermeras –al igual que Frau Becker, la enfermera del doctor Breuer– lo consideraban un verdadero caballero.
Sin embargo, estaba claro que Nietzsche valoraba su soledad. Nunca iniciaba una conversación. Cuando un miembro del personal, u otro paciente, le dirigía la palabra, contestaba con amabilidad y laconismo. Prefería tomar las comidas en su habitación y después de la sesión matinal con el doctor Breuer (que, según suponían las enfermeras, consistía en masajes y tratamientos eléctricos), se pasaba la mayor parte del día solo, escribiendo en su cuarto o, si el tiempo lo permitía, tomando notas mientras paseaba por el jardín. Herr Müller rechazaba con cortesía todas las preguntas que se le hacían con respecto a lo que escribía. Lo único que se sabia era que estaba interesado por un antiguo profeta persa, un tal Zaratustra.
A Breuer le impresionaba la discrepancia entre la amabilidad y discreción con que Nietzsche se comportaba en la clínica y el tono estridente y combativo de sus libros. Cuando le preguntó sobre ello, Nietzsche sonrió.
–No es ningún misterio –respondió–. Si nadie quiere escuchar, es natural que se grite.
Parecía contento con su vida en la clínica. Dijo a Breuer que estaba pasando unos días agradables y sin dolor y que, además, las charlas que mantenían a diario eran productivas para su filosofía. Siempre había despreciado a filósofos como Kant y Hegel, que, en su opinión, escribían en un estilo académico destinado sólo a la comunidad académica. En cambio, su filosofía era sobre la vida y para la vida. Las mejores verdades, decía siempre, eran verdades sangrientas, arrancadas de la experiencia de la vida de uno mismo.
Antes de conocer a Breuer, Nietzsche no había intentado hacer un uso práctico de su filosofía. Sin pensarlo demasiado, había prescindido del problema de su aplicación, sosteniendo que quienes no le entendían eran personas con quienes no valía la pena perder el tiempo, mientras que los especimenes superiores encontrarían el camino hacia su sabiduría, si no ahora, dentro de cien años. Sin embargo, los encuentros diarios con Breuer le estaban obligando a tomarse el asunto más en serio.
De todos modos, aquellos despreocupados y productivos días en Lauzon no eran tan idílicos para Nietzsche como parecía a simple vista. Subterráneas corrientes turbulentas socavaban su fuerza. Casi cada día componía enfurecidas, anhelantes, desesperadas cartas a Lou Salomé. La imagen de la joven invadía su mente sin cesar y apartaba su energía de Breuer, de Zaratustra y de la simple alegría de disfrutar de días sin dolor.
Tanto en la superficie como en lo más hondo, la vida de Breuer durante la primera semana de hospitalización de Nietzsche fue agotadora y tortuosa. Las horas pasadas en Lauzon agobiaban todavía más un horario ya sobrecargado. Una regla invariable de la medicina vienesa era: cuanto peor el tiempo, más atareado el médico. Y hacía semanas que un invierno severo, con cielos grises constantes, ráfagas heladas de viento del norte y un aire húmedo y pesado mandaba a un paciente tras otro, en procesión interminable, a su consultorio.
Las enfermedades típicas de diciembre eran dominantes en su agenda de visitas: bronquitis, neumonía, sinusitis, amigdalitis, otitis, faringitis, enfisemas. Además, siempre había pacientes con enfermedades nerviosas. La primera semana de diciembre llegaron a su consulta dos nuevos pacientes que sufrían esclerosis múltiple. Breuer aborrecía aquel diagnóstico: no tenía ningún remedio para semejante estado y le aterraba el dilema de informar a sus pacientes acerca del destino que les esperaba: creciente incapacitación y episodios de debilidad, parálisis o ceguera en cualquier momento.
También esa primera semana aparecieron dos nuevas pacientes sin ninguna evidencia de patología orgánica y que padecían histeria: Breuer estaba seguro de ello. Una era una cuarentona que desde hacia dos años sufría ataques espasmódicos cada vez que se quedaba sola. La otra paciente, una joven de diecisiete años, sufría un desorden espasmódico en las piernas y sólo podía caminar con la ayuda de dos paraguas a guisa de bastones. A intervalos irregulares tenía momentos de conciencia en que pronunciaba frases extrañas como "¡Déjenme! ¡Váyanse! ¡No estoy aquí! ¡No soy yo!".
Breuer creía que ambas pacientes eran candidatas al remedio coloquial que había utilizado con Anna O. Pero por aquel tratamiento había tenido que pagar un elevado y gravoso precio, pues había afectado a su tiempo, a su reputación profesional, a su equilibrio mental y a su matrimonio. Si bien se juraba no volver a utilizarlo, le desmoralizaba recurrir al régimen terapéutico convencional e ineficaz: concienzudos masajes musculares y estímulos eléctricos, según los consejos, todavía no invalidados, que Wilhelm Erb prescribía en su difundido Manual de terapias eléctricas.
¡Si al menos pudiera remitir a aquellas dos pacientes a otro médico! ¿Pero a quién? Nadie quería ese tipo de casos. En diciembre de 1882, aparte de él, no había en Viena –ni en toda Europa– nadie que supiera tratar la histeria.
Pero Breuer estaba exhausto, no por las exigencias normales de su profesión, sino por el tormento psicológico que él mismo se había impuesto. Las sesiones cuarta, quinta y sexta con Nietzsche habían seguido el plan establecido en la tercera reunión: Nietzsche le presionaba para que afrontara las cuestiones existenciales de su vida, sobre todo las referidas a la carencia de propósito, a su conformismo y falta de libertad y a su temor al envejecimiento y a la muerte. "Si Nietzsche busca aumentar mi desasosiego", pensaba Breuer, "debe de estar satisfecho de los progresos".
Breuer se sentía verdaderamente mal. Se sentía todavía más distanciado de Mathilde. La angustia lo abrumaba. No podía librarse de la presión que sentía en el tórax. Era como si un torno gigantesco le oprimiera las costillas. Su respiración era agitada. Se obligaba sin cesar a respirar con fuerza, pero, por más que lo intentaba, no podía desprenderse de la tensión que lo constreñía. En los últimos tiempos, los cirujanos habían empezado a practicar la inserción de un tubo torácico con el fin de drenar el fluido pleural del paciente; a veces, Breuer se imaginaba insertándose tubos en el pecho y en las axilas para extraer su angustia. Tras varias noches de sueños espantosos y horas de insomnio, acababa tomándose una dosis de cloral mayor aún que la de Nietzsche. No sabía cuánto tiempo podría seguir así. ¿Valía la pena vivir de aquel modo? En varias ocasiones, pensó en tomar una sobredosis de veronal. Varios de sus pacientes habían soportado aquel sufrimiento durante años. Bien, ¡allá ellos! Ellos podían aferrarse a una vida de dolor, carente de significado. ¡Él, no!
Nietzsche, que se suponía que estaba allí para ayudarlo, le proporcionaba escaso consuelo. Cuando él describía su angustia, Nietzsche apenas si le concedía importancia como si de una bagatela se tratara.
–Claro que sufre: tal es el precio de la visión. Claro que tiene usted miedo: vivir significa estar en peligro. ¡Debe endurecerse! –le exhortaba–. Usted no es una vaca y yo no soy el apóstol de los rumiantes.
El lunes por la noche, una semana después del pacto Breuer sabia que el plan de Nietzsche había salido mal. Nietzsche había elaborado la teoría de que sus fantasías sobre Bertha eran una táctica mental de desviación, una especie de callejón trasero inventado por su mente para no hacer frente a los problemas, mucho más dolorosos, de la existencia, que exigían atención. "Haga frente a los problemas existenciales", insistía Nietzsche, "y la obsesión por Bertha desaparecerá".
¡Pero no era así! ¡Las fantasías relacionadas con Bertha minaban su resistencia con remozada ferocidad! Exigían más: más atención, más futuro. De nuevo Breuer se imaginaba a sí mismo cambiando de vida, buscando un modo de escapar de su prisión –la prisión conyugal, cultural y profesional– y huyendo de Viena con Bertha en sus brazos.
Una fantasía específica cobró fuerza: una noche, al regresar a casa, se encontraba en la calle con un grupo de vecinos y bomberos. ¡Su casa se incendiaba! El se cubría la cabeza con la chaqueta y, rechazando múltiples brazos que pugnaban por detenerlo, subía hasta su casa para salvar a su familia. Pero las llamas y el humo imposibilitaban el rescate. Perdía el conocimiento y era rescatado por los bomberos, que le decían que toda su familia había muerto en medio de las llamas: Mathilde, Robert, Bertha, Margarethe y Johannes. Todo el mundo elogiaba su valiente actitud; todo el mundo estaba apenado por la trágica pérdida. Él sufría profundamente, su dolor era inexpresable. ¡Pero era libre! Libre para estar con Bertha, libre para huir con ella, a Italia, a las Américas. Libre para volver a empezar.
Ahora bien, ¿daría resultado? ¿No era ella demasiado joven para él? ¿Coincidían, de veras, sus intereses? ¿Perduraría el amor? No bien surgían tales preguntas, la imagen volvía a aparecer: de nuevo se veía a si mismo en la calle, observando cómo las llamas consumían su casa.
La fantasía se defendía de las interrupciones: una vez que empezaba, tenía que terminar. A veces, incluso en el breve intervalo que mediaba entre un paciente y otro, Breuer se encontraba delante de la casa en llamas. Si en ese momento Frau Becker entraba en su despacho, él fingía hacer una anotación en la ficha de un paciente y con un ademán le indicaba que lo dejara solo unos instantes.
Cuando estaba en casa, no podía mirar a Mathilde sin sufrir exacerbados sentimientos de culpa por haberla situado en la casa en llamas. De modo que la miraba menos, pasaba más tiempo en el laboratorio haciendo experimentos con sus palomas y más tardes en el café; jugaba a las cartas con sus amigos dos veces por semana, aceptaba a más pacientes y regresaba a su casa muy, muy cansado.
¿Y el proyecto Nietzsche? Ya no luchaba activamente por ayudar a Nietzsche. Se había refugiado en una nueva idea: quizás ayudara mejor a Nietzsche dejando que Nietzsche lo ayudara a él. A Nietzsche parecía irle muy bien. No abusaba de los medicamentos, dormía profundamente con sólo medio gramo de cloral, su apetito era bueno, no tenía dolores gástricos y no había vuelto a tener migraña. Breuer reconocía ya su propia desesperación y su necesidad de ayuda. Había dejado de engañarse a sí mismo; de simular que hablaba con Nietzsche por el bien de Nietzsche; de fingir que las sesiones de medicina coloquial habían sido una estratagema, un ardid inteligente para inducirlo a hablar de su desesperación. Breuer se maravillaba de la seducción del tratamiento. Lo atraía: fingir que se estaba en tratamiento significaba estar en tratamiento. Era estimulante desahogarse, compartir sus peores secretos, acaparar toda la atención de alguien que, por lo general, le entendía, le aceptaba e incluso parecía perdonarle. Si bien algunas sesiones hacían que se sintiera peor, Breuer, de forma inexplicable, aguardaba deseoso la siguiente. Su confianza en la habilidad y en la sabiduría de Nietzsche aumentó. Su mente ya no albergaba dudas sobre que Nietzsche tuviera la facultad de curarlo. ¡Ojalá encontrase él el camino que conducía a ese poder!
¿Y Nietzsche como persona? "¿Sigue siendo nuestra relación", se preguntaba Breuer, "únicamente profesional? Lo cierto es que me conoce mejor (o, al menos, sabe más de mí) que nadie en el mundo. ¿Me cae bien? ¿Y yo a él? ¿Somos amigos?". Breuer no estaba seguro con respecto a ninguna de aquellas preguntas, y tampoco sabía si de veras le interesaba una persona tan distante como Nietzsche. "¿Podré ser leal? ¿O también yo lo traicionaré algún día?"
Entonces sucedió algo inesperado. Una mañana, después de la reunión con Nietzsche, Breuer llegó a su consultorio y Frau Becker, tras saludarle como de costumbre, le entregó una lista de doce pacientes en la que había señalado en rojo cuáles se encontraban ya en la consulta. Asimismo, le entregó un sobre azul en el que reconoció la letra de Lou Salomé. Al abrirlo, Breuer extrajo una tarjeta de bordes dorados:

11 de diciembre de 1882
Estimado doctor Breuer:
Espero verlo esta tarde.
Lou.
¡Lou! A ella no le importaba utilizar su nombre de pila, pensó Breuer, y entonces se percató de que Frau Becker le estaba hablando.
–La Fräulein rusa ha estado aquí hace una hora y ha preguntado por usted –explicó Frau Becker. Tenía el entrecejo fruncido, algo inusual en ella–. Me he tomado la libertad de decirle que usted tenía una mañana muy atareada, a lo que ella ha respondido diciendo que volvería a las cinco, pero yo le he explicado que por la tarde también estaría muy ocupado. Entonces me ha pedido la dirección del profesor Nietzsche en Viena, pero yo le he contestado que tendría que hablar con usted para conseguirla. ¿He hecho bien?
–Por supuesto, Frau Becker, como de costumbre. Pero parece usted preocupada.
Breuer sabia que Frau Becker no sólo tenía ojeriza a Lou Salomé desde su primera visita, sino que la culpaba de todo aquel fastidioso asunto de Nietzsche. La visita diaria a la clínica Lauzon causaba tanto desorden en el horario del consultorio que ahora Breuer apenas si tenía tiempo para prestar atención a la enfermera.
–Para serle sincera, doctor Breuer, me ha molestado que entrara en la consulta, atestada de pacientes, convencida de que usted, sin cita previa, la estaría esperando y la recibiría antes que a nadie. Y por si esto fuera poco, va y me pide la dirección del profesor. Eso no está bien: es actuar a sus espaldas y también a espaldas del profesor.
–Por eso creo que ha hecho usted bien –dijo Breuer en tono consolador–. Ha sido discreta, le ha dicho que me pidiera la dirección a mí y ha protegido la intimidad de nuestro paciente. Nadie podría haberlo hecho mejor. Ahora, haga pasar a Herr Wittner.
Alrededor de las cinco y cuarto, Frau Becker anunció la llegada de Fräulein Salomé y al mismo tiempo le recordó que aún había cinco pacientes esperando.
–¿A quién hago entrar a continuación? Frau Mayer hace casi dos horas que espera.
Breuer se sintió presionado. Sabía que Lou Salomé quería entrar enseguida.
–Haga pasar a Frau Mayer. Luego veré a Fräulein Salomé.
Veinte minutos después, cuando Breuer todavía estaba escribiendo observaciones sobre Frau Mayer, Frau Becker hizo pasar a Lou Salomé. Breuer se puso en pie de un salto y besó la mano que le tendió la recién llegada. Desde su último encuentro, la imagen de la rusa se había desvanecido. Ahora, una vez más, quedó impresionado por su belleza. De repente, el consultorio se llenó de luz.
–¡Ah, gnädiges Fräulein, es un placer! ¡Ya me había olvidado!
–¿Ya me había olvidado, doctor?
–No, no la había olvidado a usted, sino el placer de verla.
–Pues míreme con más atención esta vez. Le ofrezco este perfil –dijo Lou Salomé, volviendo la cabeza, con ademán coqueto, primero a la derecha, luego a la izquierda–, y ahora el otro. Me han dicho que éste es mi mejor perfil. ¿Qué opina usted? Pero ahora dígame, ¿ha leído mi nota? Y dígame la verdad, ¿no se ha sentido ofendido por ella?
–¿Ofendido? No, claro que no, aunque si mortificado por tener tan poco tiempo que ofrecerle; quizá sólo un cuarto de hora. –Le señaló un sillón y, mientras ella se acomodaba (con gracia, poco a poco, como si tuviera a su disposición todo el tiempo del mundo), Breuer ocupó el sillón contiguo–. Ya ha visto que la sala de espera está llena. Por desgracia, hoy no tengo un momento libre. –Lou Salomé parecía impertérrita. Si bien asintió con actitud comprensiva, siguió dando la impresión de que la sala de espera de Breuer era algo que no tenía nada que ver con ella–. Todavía –añadió él– debo visitar a varios pacientes a domicilio y esta noche tengo que asistir a una reunión de la sociedad médica.
–Ah, el precio del éxito, estimado profesor. Breuer no quería concluir ahí el asunto.
–Dígame, mi querida Fraülein, ¿por qué vive de manera tan peligrosa? ¿Por qué no me avisa con antelación para concederle más tiempo? Hay días que no tengo ni un momento; y hay otros que tengo que ausentarme de la ciudad a causa de una consulta. Su viaje a Viena podría haber resultado inútil. ¿Para qué correr ese riesgo?
–La gente siempre me ha advertido de tales riesgos. Y sin embargo, hasta la fecha, nadie me ha defraudado todavía. Ni una sola vez. Por ejemplo, fíjese en este momento. Aquí estoy, hablando con usted. Y puede que me quede en Viena unos días y volvamos a vernos mañana. Así que dígame, doctor, ¿por qué debo cambiar un comportamiento que funciona tan bien? Además, soy demasiado impetuosa. No suelo avisar de antemano por escrito porque no hago planes con antelación. Tomo decisiones y las llevo a cabo en el acto. Pero, en fin, querido doctor Breuer –prosiguió Lou con serenidad–, no era a esto a lo que me refería cuando le he preguntado si le había ofendido mi nota. Pensaba que podía haberle ofendido mi informalidad, ya que he firmado con el nombre de pila. Casi todos los vieneses se sienten amenazados o desnudos sin sus títulos formales, pero yo detesto las distancias innecesarias. Me gustaría que me llamara Lou.
"Dios mío, qué mujer tan formidable y provocativa", pensó Breuer. A pesar de su incomodidad, no supo cómo protestar sin aliarse con los estirados vieneses. De pronto, pudo apreciar la embarazosa situación en que había puesto a Nietzsche unos días antes. De todos modos, él y Nietzsche eran coetáneos, mientras que Lou tenía la mitad de su edad.
–Por supuesto, lo haré encantado. Nunca aprobaré las barreras entre nosotros.
–Bien, entonces llámeme Lou. Ahora, en cuanto a los pacientes que están esperando, permítame asegurarle que siento un gran respeto por su profesión. De hecho, mi amigo Paul Rée y yo con frecuencia hacemos planes para ingresar en la facultad de medicina. Así pues, dado que valoro su deber para con sus enfermos, iré al grano. Sin duda habrá adivinado que vengo con una información importante y preguntas sobre nuestro paciente. Es decir, si sigue viéndolo. Me entere a través del profesor Overbeck de que Nietzsche había salido de Basilea para visitarlo a usted, pero no sé nada más.
–Si, nos hemos visto. Pero dígame, Fräulein, ¿qué información trae?
–Cartas de Nietzsche, tan salvajes, tan enfurecidas y confusas que hay momentos en que parece haber perdido el juicio. Aquí están. –Le entregó unos papeles–. Mientras esperaba, le he copiado unos fragmentos.
Breuer miró la primera página, escrita con la pulcra caligrafía de Lou Salomé:
"Ay, melancolía..., ¿dónde habrá un océano donde uno pueda ahogarse de verdad?"
"He perdido lo poco que tenía: mi buen nombre, la confianza de unos cuantos, y perderé a mi amigo Rée. He perdido el año entero por culpa de las terribles torturas que se han apoderado de mi. ""Uno perdona a los amigos con mayor dificultad que a los enemigos."
Aunque había mucho más, Breuer interrumpió bruscamente la lectura. Por más fascinantes que fueran las palabras de Nietzsche, cada línea que leía era una traición a su amigo.
–Bien, doctor Breuer, ¿qué piensa de estas cartas?
–Dígame por qué cree que yo debería verlas.
–Bien, las recibí todas juntas. Paul las retuvo aunque no tenía derecho a hacerlo.
–Pero ¿por qué es urgente que yo las vea?
–¡Siga leyendo! ¡Fíjese en lo que dice Nietzsche! He pensado que un médico debía tener esta información. Menciona el suicidio. Además, muchas cartas son muy deshilachadas: quizá sus facultades racionales se estén deteriorando. Además, también soy humana y no puedo olvidarme con tanta facilidad de los amargos y dolorosos ataques que me dirige. Voy a ser sincera con usted: ¡necesito su ayuda!
–¿Qué clase de ayuda?
–Respeto su opinión: usted es un observador entrenado. ¿Cree usted que soy así? –Hojeó las cartas–. Escuche estas acusaciones: "Una mujer sin sensibilidad..., sin espíritu..., incapaz de amar..., nada fiable..., grosera en cuestiones de honor". O ésta: "Un depredador disfrazado de animal doméstico". O ésta: "Pensaba que eras la encarnación de la virtud y la honorabilidad, pero en realidad eres carne de horca".
Breuer cabeceo.
–No, desde luego, yo no creo que sea usted así. Sin embargo, dadas las escasas ocasiones, tan breves y formales, en que nos hemos visto, ¿qué valor puede tener mi opinión? ¿Es ésa la ayuda que espera de mí?
–Sé que mucho de lo que escribe Nietzsche es impulsivo y que lo hace para castigarme. Usted ha hablado con él. Y debe de haber hablado de mí, estoy segura. Necesito saber qué piensa, realmente, él de mí. Este es mi ruego. ¿Qué dice de mí? ¿Me odia de verdad? ¿Me considera un monstruo?
Breuer permaneció callado unos instantes, pensando en las implicaciones de las preguntas de Lou Salomé.
–Pero aquí estoy –prosiguió ella–, haciéndole más preguntas, cuando todavía no ha contestado a las anteriores ¿logró persuadirlo de que hablara con usted? ¿Lo sigue viendo? ¿Está haciendo algún progreso? ¿Se ha convertido ya en médico de la desesperación?
Hizo una pausa, mirando a Breuer a los ojos, en espera de una respuesta. Breuer percibió que aumentaba la presión por todos los frentes: el de ella, el de Nietzsche, el de Mathilde, el de los pacientes que esperaban, el de Frau Beckerr. Sintió ganas de gritar.
Respiró con fuerza y respondió.
–Gnädiges Fräulein, no sabe cuánto lamento decirle que la única respuesta que puedo darle es ninguna.
–¿Ninguna? –exclamó Salomé, sorprendida Doctor Breuer, no le entiendo.
–Considere mi posición. Si bien las preguntas que me hace son del todo razonables, no puedo contestar sin violar la intimidad de mi paciente.
–¿Eso significa, entonces, que es su paciente y que lo sigue viendo?
–Lo siento, pero ni siquiera puedo contestar a esa pregunta.
–Pero seguro que en mi caso es diferente –replicó indignada–. No soy una desconocida ni una recaudadora de impuestos.
–Los motivos de quien formula las preguntas carecen de importancia. Lo que tiene importancia es el derecho del paciente a proteger su intimidad.
–¡Pero éste no es un tipo normal y corriente de atención médica! ¡Todo el proyecto fue idea mía! La responsabilidad es mía por haber traído a Nietzsche con el fin de impedir que se suicidara. Sin duda merezco saber el resultado de mis esfuerzos.
–Si, como idear un experimento y querer saber el resultado.
–Exacto. No va a privarme de ello, ¿verdad?
–Pero ¿y si al decírselo pongo en peligro el experimento?
–¿Cómo podría ocurrir?
–Le ruego que confíe en mi criterio. Recuerde: usted acudió a mi porque me consideraba un experto. Por ello le pido que me trate como a un experto.
–Pero, doctor Breuer, no soy observadora desinteresada, un simple testigo en el lugar de los hechos, con curiosidad morbosa por la suerte de la víctima. Nietzsche era importante para mí y sigue siendo importante. Además, como le he dicho, creo que soy, en parte, responsable de su aflicción. –Su voz se volvió aguda–. Yo también estoy afligida. Tengo derecho a saber.
–Si, noto su aflicción. Pero como médico, mí preocupación primordial es mi paciente y me pongo de su lado. Quizá algún día, si sigue usted con sus planes y llega a ser médico, valore mi posición.
–¿Y mi aflicción? ¿No cuenta para nada?
–Me aflige su aflicción, pero no puedo hacer nada. Le sugiero que acuda a alguien para que la ayude.
–¿Me puede dar la dirección de Nietzsche? Sólo puedo ponerme en contacto con él a través de Overbeck, que a lo mejor no le da mis cartas.
La insistencia de Lou Salomé acabó irritando a Breuer. La posición que debía adoptar se volvió más clara.
–Está usted tocando cuestiones que tienen que ver con el deber del médico hacia sus pacientes. Me obliga a adoptar posturas sobre las que no he reflexionado. Pero ahora creo que en este momento no puedo decirle nada: ni dónde vive, ni siquiera si es mi paciente. Y, hablando de pacientes, Fräulein Salomé –dijo, poniéndose en pie–, debo ocuparme de los que están esperando.
Mientras Lou Salomé se levantaba, Breuer le devolvió las cartas que le había llevado.
–Tengo que devolvérselas. Le agradezco que las haya traído, pero si, como usted dice, su nombre es veneno para él, no hay forma de usarlas. Creo que he cometido un error al leerlas.
Salomé cogió las cartas a toda prisa, dio media vuelta y, sin pronunciar una sola palabra, salió hecha una furia del consultorio.
Breuer volvió a sentarse, secándose la frente. ¿Sería la última vez que vería a Lou Salomé? Lo dudaba. Frau Becker entró para preguntar si debía hacer pasar a Herr Pfefferman, a quien en aquel instante le acababa de dar un violento acceso de tos en la sala de espera. Breuer le rogó que aguardara unos minutos.
–Muy bien, doctor Breuer. Avíseme cuando quiera que le haga pasar. ¿Quiere que le prepare una taza de té?
Breuer negó con la cabeza. Cuando se quedó solo, cerró los ojos, con la esperanza de descansar un instante. Le asaltaron fantasías sobre Bertha.

DIECIOCHO

Cuanto más pensaba en la visita de Salomé, más se irritaba. No con ella –hacia ella más bien abrigaba temor–, sino con Nietzsche. Mientras le reprendía por preocuparse por Bertha, por "comer en el dornajo de la lujuria" o "hurgar en el estercolero de la mente", Nietzsche había estado haciendo exactamente lo mismo con Lou Salomé.
No, no debería haber leído aquellas cartas. Pero no había reaccionado a tiempo. ¿Y qué podía hacer ahora con lo que había leído? ¡Nada! No había nada que pudiera compartir con Nietzsche: ni las cartas ni la visita de Lou Salomé.
Era extraño que Nietzsche y él compartieran la misma mentira, que se ocultaran mutuamente a Lou Salomé. ¿Afectaría esta ocultación a Nietzsche de la misma manera que a él? ¿Se sentiría perverso? ¿Culpable? ¿Habría algún modo de utilizar esa culpa en beneficio de Nietzsche?
"Despacio", se dijo Breuer el sábado por la mañana, mientras subía por la ancha escalera de mármol hacia la habitación número 13. "¡No hagas movimientos bruscos! Algo importante está ocurriendo. ¡Mira lo mucho que hemos avanzado en una semana!"
–Friedrich –dijo Breuer en cuanto hubo efectuado un breve examen médico–, anoche soñé con usted y fue un sueño muy extraño. Me encontraba en la cocina de un restaurante. Los sucios cocineros habían derramado aceite por el suelo. Yo. resbalaba y se me caía una navaja de afeitar que se colaba por una grieta del suelo. Entonces entraba usted, aunque no se parecía a usted. Iba vestido con uniforme de general, pero yo sabia que era usted. Quería ayudarme a recuperar la navaja. Yo le decía que no, que se hundiría más. Pero usted, de todos modos, lo intentaba y en efecto, como yo suponía, la navaja se hundía más. Ahora estaba en el fondo de la grieta y cada vez que trataba de sacarla, me cortaba en los dedos. –Se detuvo y miró expectante a Nietzsche . ¿Qué piensa del sueño?
–¿Qué piensa usted, Josef.
–Casi todo el sueño, como ocurre en todos los sueños, es una tontería, salvo la parte que se refiere a usted, que debe de significar algo.
–¿Aún puede ver el sueño en su mente? Breuer asintió.
–Siga mirando y desholline.
Breuer vaciló, desalentado, e intentó concentrarse.
–Veamos. Dejo caer algo, la navaja de afeitar, llega usted...
–Con uniforme de general.
–Sí, llega usted vestido de general e intenta ayudarme, pero no me ayuda.
–De hecho, empeoro las cosas: entierro más la navaja.
–Bien, todo eso encaja con lo que he estado diciendo. Las cosas están empeorando: mi obsesión por Bertha, la fantasía de la casa que se incendia, el insomnio. ¡Tenemos que hacer algo diferente!
–¿Y yo voy vestido de general?
–Bien, esa parte es fácil. El uniforme debe de tener que ver con su modo altivo de ser, su lenguaje poético, sus proclamas. –Alentado por la nueva información obtenida de Lou Salomé, Breuer prosiguió–. Simboliza su reticencia a hablarme de una manera más simple. Por ejemplo, considere mi problema con Bertha. Por mi trabajo con los pacientes, sé lo frecuente que es tener problemas con el sexo opuesto. Nadie está libre del dolor de amar. Goethe lo sabía y por eso Werther tiene tanta fuerza: su mal de amores atañe a la verdad de todos los hombres. Sin duda le habrá pasado a usted. –Al no obtener respuesta Breuer insistió–. Estoy dispuesto a apostar una elevada suma de dinero a que usted ha tenido una experiencia similar. ¿Por qué no la comparte conmigo para que podamos hablar sinceramente, como iguales?
–Y no como general y soldado, no como poderoso e impotente. Ah, lo siento, Josef. Convine en no hablar del poder, aun cuando las cuestiones de poder son tan obvias que resultan inevitables. En cuanto al amor, no niego lo que usted dice. No niego que todos nosotros (y yo me incluyo) hayamos experimentado su dolor. Usted, menciona El joven Werther–prosiguió Nietzsche–, pero permítame recordarle las palabras de Goethe: "Sé hombre y no me sigas. ¡Síguete a ti mismo!". ¿Sabe que añadió esa frase en la segunda edición del libro porque numerosos jóvenes habían seguido el ejemplo de Werther y se habían suicidado? No, Josef, lo importante aquí no es que yo le hable de mi camino, sino ayudarle a que usted encuentre su camino para salir de la desesperación. Bien, ¿qué hay de la navaja del sueño?
Breuer vaciló. Que Nietzsche hubiera admitido que también él había experimentado el dolor de amar era una revelación importante. ¿Debía ahondar en ello? No, por ahora era suficiente. Permitió que su atención volviera a centrarse en él.
–No sé por qué hay una navaja de afeitar en el sueño.
–Recuerde nuestras reglas, Josef. No intente razonar. Limítese a deshollinar. Diga todo lo que se le ocurra. No omita nada.
Nietzsche se echó atrás y cerró los ojos, en espera de que Breuer contestara.
–Navaja, navaja. Anoche vi a un amigo, un oftalmólogo llamado Carl Koller, que va totalmente afeitado. Esta mañana he pensado en afeitarme la barba, si bien eso es algo en lo que a menudo pienso.
–¡Siga deshollinando!
–Navaja. Muñecas. Tengo un paciente un joven que está desesperado porque es homosexual y que hace un par de días se cortó las muñecas con una navaja. Lo veré hoy. A propósito, se llama Josef. Aunque no pienso cortarme las venas, sí pienso, como le he dicho, en el suicidio. Pero de manera ociosa, no lo planeo. La posibilidad de terminar con mi vida está muy lejos de mi intención, probablemente más que la de incendiar mi casa o llevarme a Bertha a América. Sin embargo, pienso en el suicidio cada vez más.
–Todos los que pensamos con seriedad contemplamos la posibilidad del suicidio –apuntó Nietzsche–. Es un consuelo que nos ayuda a pasar la noche. –Abrió los ojos y se volvió hacia Breuer–. Dice usted que debemos hacer algo más para ayudarle. ¿Qué otra cosa debemos hacer?
–¡Atacar mi obsesión de manera directa! Me está matando. Consume toda mi vida. No vivo el presente. Estoy viviendo en el pasado o en un futuro que jamás existirá.
–Pero tarde o temprano su obsesión cederá, Josef. Es obvio que mi modelo sirve. Está clarísimo que detrás de su obsesión yacen sus temores primordiales en torno a la Existencia. También está claro que, cuanto más explícitamente hablamos de tales temores, más fuerte se torna su obsesión. ¿No se da cuenta de que su obsesión intenta desviar su atención de estas cuestiones profundas de la vida? Es la única forma que usted conoce de aliviar sus temores.
–Pero, Friedrich, no estamos en desacuerdo. Su punto de vista me convence y ahora creo que su modelo es eficaz. Pero atacar mi obsesión directamente no es invalidar el modelo. Una vez usted describió mi obsesión como si fuera hongos o cizaña. Estoy de acuerdo, y también estoy de acuerdo en que, de haber empezado a cultivar la mente de otro modo hace mucho tiempo, esa obsesión nunca habría arraigado en mí. Pero ahora que está aquí, hay que erradicarla, arrancarla de cuajo. El procedimiento que usted sigue es demasiado lento.
Nietzsche se movió impaciente en la silla. Era evidente que la crítica de Breuer le había incomodado.
–¿Tiene usted alguna sugerencia concreta para erradicarla?
–Soy prisionero de la obsesión: nunca me dejará ver cómo escapar. Por eso le pregunto sobre su experiencia del dolor y los métodos a que recurrió para escapar de ella.
–Pero eso es exactamente lo que yo intentaba hacer la semana pasada cuando le pedí que se mirara de lejos –replicó Nietzsche–. Una perspectiva cómica siempre atenúa la tragedia. Si subimos lo suficiente, llegaremos a una altura desde la que la tragedia dejará de ser trágica.
–Sí, sí, sí. –Breuer se sentía cada vez más molesto–. Eso, en términos intelectuales, ya lo sé. Aun así, Friedrich, hablar de "una altura desde la que la tragedia deje de ser trágica" no me hace sentir mejor. Perdóneme si le parezco impaciente, pero hay un gran abismo entre saber algo intelectualmente y saberlo emocionalmente. Muchas veces, de noche, cuando estoy en la cama y el temor a morirme me impide conciliar el sueño, me recito sin cesar la máxima de Lucrecio: "Donde yo estoy, la muerte no está; donde está la muerte, no estoy yo". Se trata de algo por completo racional y de una verdad irrefutable. Pero cuando estoy asustado de verdad, nunca funciona, jamás atenúa mis temores. Aquí es donde la filosofía resulta insuficiente. Enseñar filosofía y utilizarla en la vida son dos tareas muy diferentes.
–El problema, Josef, es que cuando abandonamos la racionalidad y usamos facultades inferiores para influir sobre los hombres, acabamos obteniendo un hombre inferior y menos valioso. Cuando usted dice que quiere algo que funcione, usted se refiere a algo que influya en las emociones. Bien, ¡hay expertos en eso! ¿Quiénes? ¡Los curas! ¡Ellos conocen los secretos de la influencia! Ellos manipulan con inspirada música, nos empequeñecen con altísimas torres y naves góticas, alientan la voluptuosidad de la sumisión, ofrecen la guía sobrenatural, protección frente a la muerte, incluso inmortalidad. Pero fíjese en el precio que exigen: la esclavitud religiosa; reverencia a los débiles; inmovilismo; odio al cuerpo, a la alegría, al mundo. ¡No, no podemos usar estos antihumanos métodos tranquilizantes! Debemos hallar mejores formas de aguzar nuestro poder de razonar.
–El director escénico de mi mente –respondió Breuer–, el que decide enviarme imágenes de Bertha y de mí casa en llamas, no parece verse afectado por la razón.
–¡Pero –Nietzsche agitó los puños– usted tiene que darse cuenta de que ninguna de sus preocupaciones tiene realidad! Su forma de ver a Bertha, el halo de atracción y amor que la rodean, no existen. Estos pobres fantasmas no pertenecen al plano de lo real. Todo entendimiento es relativo, al igual que todo conocimiento. Inventamos lo que experimentamos. Y podemos destruir lo que hemos inventado. –Breuer abrió la boca para quejarse de que aquélla era, precisamente, la clase de exhortación que no tenía sentido, pero Nietzsche no le dejó hablar–. Permítame aclararlo, Josef. Tengo un amigo (bueno, lo tenía), Paul Rée, un filósofo. Los dos creemos que Dios ha muerto. Él dice que una vida sin Dios carece de sentido y es tan grande su aflicción que flirtea con el suicidio: por conveniencia, siempre lleva consigo un frasquito de veneno colgado del cuello. Para mí, en cambio, la ausencia de Dios es un motivo de alegría. Robustece mi libertad. Me digo a mí mismo: "¿Qué se podría crear si los dioses existieran?". ¿Se da cuenta de lo que quiero decir? La misma situación, los mismos datos sensoriales, si se quiere, ¡pero dos realidades!
Breuer se hundió, abatido, en su asiento. Estaba tan desanimado que ni siquiera aprovechó que Nietzsche hubiera mencionado a Paul Rée.
–Pero ya le he dicho que esos argumentos no me conmueven –protestó–. ¿De qué sirve tanto filosofar? Aunque inventemos la realidad, nuestras mentes están concebidas de tal manera que nos ocultan el proceso.
–Pero fíjese en su realidad –dijo Nietzsche–. Una mirada atenta bastaría para revelarle lo provisional y absurda que es. Fíjese en el objeto de su amor, esa lisiada, Bertha. ¿Qué hombre racional podría amarla? Usted me dice que a veces no oye, se pone bizca y dobla los brazos y los hombros hasta quedarse como un ovillo. No puede beber agua, no puede andar, no puede hablar en alemán por la mañana; unos días habla en inglés, otros en francés. ¿Cómo sabe en qué idioma hablarle? Debería poner un cartel, como en los restaurantes, anunciando la langue du jour. –En el rostro de Nietzsche, divertido por la propia gracia, apareció una amplia sonrisa.
Pero Breuer no sonreía. Su semblante se ensombreció.
–¿Por qué es tan ofensivo con ella? Nunca menciona su nombre sin añadir el calificativo de "lisiada".
–No hago más que repetir lo que usted me dijo.
–Es verdad que está enferma, pero ella es más que su enfermedad. Es una mujer muy hermosa. Si uno va con ella por la calle, todo el mundo se da la vuelta para mirarla. Es inteligente, tiene talento y es tremendamente creativa; es una escritora muy buena y una aguda crítica de arte; es una mujer amable, sensible y creo que cariñosa.
–Me parece que no es tan cariñosa y sensible como usted cree. Mire cómo le ama a usted. Intenta seducirle para que cometa adulterio.
Breuer sacudió la cabeza.
–No, eso no es...
Nietzsche le interrumpió.
–¡Ah, sí, sí! No puede negarlo. Seducción es la palabra. Se apoya en usted, fingiendo que no puede andar. Apoya la cabeza en su regazo y acerca la boca a su miembro. Trata de estropear su matrimonio. Le humilla públicamente simulando estar embarazada de usted. ¿Eso es amor? ¡Líbreme de esa clase de amor!
–Yo no juzgo ni ataco a mis pacientes, ni me río de sus males, Friedrich. Le aseguro que usted no conoce a esta mujer.
–¡A Dios gracias! He conocido a otras como ella. Créame, Josef, esta mujer no le ama, quiere destruirlo! –exclamó Nietzsche con vehemencia, golpeando el cuaderno para subrayar cada palabra.
–Usted la juzga por otras mujeres a las que ha conocido. Pero se equivoca: todos los que la conocen piensan como yo. ¿Qué gana ridiculizándola?
–En esto, como en tantas otras cosas, sus virtudes le ponen obstáculos. ¡También usted debe aprender a ridiculizar! Por este camino se va a la salud.
–Cuando se trata de mujeres, Friedrich, es usted demasiado duro.
–Y usted, Josef, demasiado blando. ¿Por qué tiene que seguir defendiéndola?
Demasiado agitado para permanecer sentado, Josef se puso en pie y se dirigió a la ventana. Contempló el jardín, donde un hombre con los ojos vendados andaba arrastrando los pies: con una mano se sujetaba a una enfermera; en la otra llevaba un bastón con el que tanteaba el camino.
–Dé rienda suelta a sus sentimientos, Josef. No se contenga.
Sin dejar de mirar por la ventana, Breuer habló por encima del hombro.
–Para usted es fácil atacarla. Si la viera, le aseguro que cambiaría de parecer. Se arrodillaría ante ella. Es una mujer deslumbrante, una Helena de Troya, la quintaesencia de la feminidad. Ya le he dicho que el médico que empezó a tratarla después de mi también se enamoró de ella.
–Se refiere usted a su siguiente víctima.
–Friedrich. –Breuer se giró para mirar de frente a Nietzsche . ¿Qué está haciendo? ¡Nunca le había visto así! ¿Por qué me presiona tanto?
–Estoy haciendo exactamente lo que me pidió: buscar otro modo de atacar su obsesión. Creo, Josef, que parte de su aflicción proviene de un resentimiento escondido. Hay algo en usted (miedo, timidez) que no le permite expresar su ira. En cambio, se enorgullece de su mansedumbre. Convierte la necesidad en virtud: entierra sus sentimientos en lo más hondo y entonces, al no experimentar ya resentimiento alguno, supone que es un santo. Ya no asume el papel de médico comprensivo: se ha convertido en el personaje que representa y cree que es demasiado bueno para sentir ira. Josef, un poco de venganza beneficia. ¡Tragarse el resentimiento lleva a la enfermedad!
Breuer sacudió la cabeza.
–No, Friedrich, entender es perdonar. Yo exploré las raíces de cada uno de los síntomas de Bertha. No hay maldad en ella. Por el contrario, hay demasiada bondad. Es una hija generosa y sacrificada que enfermó debido a la muerte de su padre.
–Todos los padres mueren: el suyo, el mío, el de todos. Esa no es una explicación para una enfermedad. Yo amo los actos, no las excusas. El tiempo de las excusas (para Bertha, para usted) ha pasado ya. –Nietzsche cerró el cuaderno. La sesión había concluido.
La reunión siguiente también empezó de forma tormentosa. Breuer había solicitado un ataque directo a su obsesión.
–Muy bien –dijo Nietzsche, que siempre había querido ser un guerrero––, si lo que quiere es guerra, ¡tendrá guerra!
Y durante los tres días siguientes lanzó una poderosa campaña psicológica, una de las más creativas (y de las más extravagantes) de la historia médica vienesa.
Nietzsche empezó arrancando a Breuer la promesa de que obedecería todas sus instrucciones sin preguntar, sin resistencia. A continuación, le pidió que hiciera una lista de diez insultos y que imaginara que los dirigía contra Bertha. Luego le instó a que imaginara que vivía con Bertha y a que visualizara una serie de escenas: que estaba sentado a la mesa del desayuno frente a ella y que la veía bizquear, con espasmos en piernas y brazos, muda, con tortícolis, presa de alucinaciones y tartamudeando. Acto seguido, Nietzsche le sugirió imágenes todavía más desagradables: Bertha vomitando, sentada en la taza del lavabo; Bertha con los dolores del falso parto. Pero ninguno de estos experimentos logró acabar con la magia de la imagen de Bertha.
En la reunión siguiente, Nietzsche intentó abordajes aún más directos.
–Cada vez que esté solo y empiece a pensar en Bertha, grite "¡No!" o "¡Basta!" tan fuerte como le sea posible. Si no está solo, pellízquese cada vez que ella entre en su mente.
Durante dos días, los ambientes que frecuentaba Breuer resonaron con sus gritos de "¡No!" y "¡Basta!", y su antebrazo pronto estuvo lleno de cardenales causados por los pellizcos. Una vez, yendo en coche, gritó con tanta fuerza que Fischmann tiró de las riendas y se detuvo a la espera de sus instrucciones. En otra ocasión, Frau Becker entró corriendo en el consultorio al oír un resonante "¡No!". Pero semejantes recursos no causaban más que efímeras resistencias y la obsesión de Breuer apenas disminuía.
Otro día, Nietzsche le enseñó a controlar el pensamiento: cada treinta minutos, Breuer tenía que anotar en el cuaderno cuántas veces pensaba en Bertha y, en cada ocasión, durante cuánto tiempo. Breuer se sorprendió al comprobar que raras veces pasaba una sola hora sin pensar en ella. Nietzsche calculó que pasaba alrededor de cien minutos al día con aquella obsesión: más de quinientas horas por año. Eso significaba, dijo, que en los siguientes veinte años Breuer dedicaría más de seiscientos preciosos días a aquellas mismas tediosas y poco imaginativas fantasías. Breuer gimió ante semejante perspectiva. Pero siguió con la obsesión.
Después, Nietzsche probó otra estrategia: ordenó a Breuer que dedicara ciertos períodos establecidos a pensar en Bertha, lo quisiera o no.
–¿Usted insiste en pensar en Bertha? Bueno, hágalo. Quiero que piense en ella durante quince minutos seis veces al día. Revisemos su horario y espaciemos los seis períodos a lo largo del día. Dígale a su enfermera que necesita ese tiempo, sin interrupciones, para escribir, para ordenar sus archivos. Si quiere pensar en Bertha en otro momento, muy bien: eso depende de usted. Pero durante estos seis momentos debe pensar en Bertha. Luego, a medida que se acostumbre a esta práctica, de forma gradual reduciremos el tiempo de meditación forzosa.
Breuer siguió el horario de Nietzsche, pero sus obsesiones no dejaron de seguir a Bertha. Más adelante, Nietzsche le sugirió que llevara consigo una bolsa y metiera en ella cinco Kreuzer cada vez que pensara en Bertha. Luego donaría aquel dinero a cualquier casa de beneficencia. Breuer vetó el plan. Sabia que no daría resultado porque a él le gustaba hacer obras de caridad, donar dinero. Entonces Nietzsche le sugirió que donara el dinero a la Asociación Antisemita Alemana de Georg von Schönerer. Ni siquiera esto funcionó.
Nada funcionaba.

EXTRACTO DE LAS NOTAS DEL DOCTOR BREUER SOBRE Err MÜLLER, 9–14 DE DICIEMBRE DE 1882
Ya no hay razón para seguir engañándome. Hay dos pacientes en nuestras sesiones y, de los dos, yo soy el caso más urgente. Es extraño, pero cuanto más lo reconozco ante mí mismo, con más armonía trabajamos Nietzsche y yo juntos. Quizá la información que recibí de Lou Salomé contribuyó a cambiar el modo en que trabajamos.
Por supuesto, no le he dicho nada de ella a Nietzsche. Tampoco le hablo de mi conversión en un verdadero paciente. Sin embargo, creo que él presiente todo ésto. Tal vez yo, de forma no verbal ni intencionada, se lo comunique. ¿Quién sabe? Quizá mediante la voz, el tono o los gestos. Es muy misterioso: debería hablar de esto con Sig, que está interesado en estos detalles sobre la comunicación.
Cuanto más me olvido de tratar de ayudarlo, más empieza él a abrirse a mí. Es importante que ayer me dijera que hubo un tiempo en que Paul Rée fue su amigo. Y que él, Nietzsche, también había tenido sus penas de amor. Que una vez conoció a una mujer como Bertha. ¡Puede que sea mejor para ambos que nos centremos en mi caso y que yo no intente que él se sincere!
Además, ahora alude a los métodos que usa para ayudarse a sí mismo: por ejemplo, su "cambio de perspectiva", en el que se contempla a sí mismo desde una perspectiva más cómica y distante. Tiene razón: si contemplamos nuestra situación trivial desde la gran maraña de nuestras vidas, desde la vida de toda la raza, desde la evolución de la conciencia, por supuesto que pierde importancia.
¿Pero cómo puedo cambiar mi perspectiva? Sus instrucciones y exhortaciones para que la cambie no funcionan; tampoco da resultado el que me imagine a mí mismo dando marcha atrás. No puedo apartarme, emocionalmente, del centro de mi situación. No puedo alejarme lo suficiente. Y a juzgar por las cartas que le escribió a Lou Salomé, creo que él tampoco puede hacerlo.
Nietzsche también pone mucho énfasis en la expresión de la ira. Hoy me ha hecho insultar a Bertha de diez maneras diferentes. Éste es un método que, por lo menos, puedo entender. Descargar la ira tiene sentido desde un punto de vista psicológico: hay que descargar el acopio de excitación cortical de forma periódica. De acuerdo con la descripción que hace Lou Salomé de sus canas, ése es su método favorito. Creo que Nietzsche encierra dentro de sí un gran depósito de ira. Me pregunto por qué. ¿Debido a su enfermedad? ¿O a su falta de reconocimiento profesional? ¿O a que nunca ha disfrutado del calor de una mujer?
Nietzsche es ingenioso para los insultos. Ojalá yo pudiera recordar sus improperios predilectos. Me ha encantado que calificara a Lou Salomé de "depredadora disfrazada de gata doméstica".
A él le resulta fácil, pero a mí no. Tiene mucha razón con respecto a mi dificultad para expresar la ira. Viene de familia. Lo veo en mi padre, en mis tíos. Para los judíos, reprimir la ira es un rasgo de supervivencia. Ni siquiera localizo la ira. Insiste en que siento ira hacia Bertha, pero estoy seguro de que la confunde con su propia ira hacia Lou Salomé.
¡Lástima que se haya indispuesto con ella! Ojalá pudiera darle mi comprensión. Este hombre casi no tiene experiencia con las mujeres. ¿Y a quién elige para adquirirla? A la mujer más fuerte que he conocido. ¡Y sólo tiene veintiún años! Que Dios nos ayude cuando tenga más. En cuanto a la otra mujer de su vida, su hermana Elisabeth, espero no llegar nunca a conocerla. Parece tan fuerte como Lou Salomé y probablemente sea todavía peor que ella.
Hoy me ha pedido que imaginara a Bertha como una niña con los pañales sucios, y también que le dijera lo hermosa que la encontraba mientras me la imaginaba bizca y con tortícolis.
Hoy me ha dicho que me introduzca un Kreuzer en el zapato por cada fantasía que tenga y que camine con las monedas en el calzado durante todo el día. ¿De dónde saca tales ideas? ¡Parece que tiene un pozo sin fondo lleno de ideas como éstas! ...que gritara "¡NO!" y me pellizcara, que anotara cada una de mis fantasías en un libro, que anduviera con monedas en los zapatos, que le diera dinero a Schonerer..., que me castigara por atormentarme. ¡Qué locura!
He oído decir que a los osos se les enseña a bailar sobre las patas traseras calentando los ladrillos del suelo sobre el que se encuentran. ¿Se diferencia eso de su técnica? El trata de adiestrar mi mente con estos ingeniosos métodos de castigo.
Pero yo no soy un oso y tengo una mente demasiado fértil para estas técnicas de amaestrar animales. Sus esfuerzos son ineficaces y además, insultantes.
Pero no le culpo. Le pedí que atacara mis síntomas directamente. Se limita a complacerme. No pone su corazón en estos esfuerzos. Insiste en que el crecimiento es más importante que la comodidad.
Tiene que existir otro camino.

EXTRACTO DE LAS NOTAS DE FRIEDRJCH NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER, 9–14 DE DICIEMBRE DE 1882
¡El encanto de un "sistema"! Hoy, por un momento, he sido presa de él. Pensaba que la represión de la ira de Josef se hallaba detrás de todas sus dificultades, y me he agotado tratando de provocarle. Puede que una prolongada contención de las pasiones acabe alterándolas y mitigándolas.
Se presenta a sí mismo como persona buena. No hace ningún daño, ¡salvo a sí mismo y a la naturaleza! Tengo que impedir que sea de los que se consideran buenos sólo porque no tienen garras.
Creo que antes de que yo pueda confiar en su generosidad, necesita aprender a maldecir. ¿ Tanto miedo tiene de que le hieran? ¿Es ésta la razón de que no se atreva a ser él mismo? ¿De que sólo anhele pequeñas gratificaciones? Y a esto le llama virtud. ¡Su verdadero nombre es cobardía!
Es civilizado, amable, tiene buenos modales. Ha domesticado su naturaleza salvaje, trocado el lobo en perro faldero. Y a ésto lo llama moderación. ¡Su verdadero nombre es mediocridad!
Ahora confía en mí y también cree en mí. Le he dado mi palabra de que me esforzaré por curarlo. Sin embargo, primero el médico, como el sabio, debe curarse a sí mismo. Sólo entonces el paciente podrá contemplar con sus propios ojos a un hombre que se cura a sí mismo. Y yo no me he curado a mí mismo. Es más, padezco los mismos males que acosan a Josef ¿Acaso con mi silencio hago lo que he jurado no hacer jamás, esto es, traicionar a un amigo?
¿Tendré que hablar de mi aflicción? Él, entonces, perderá su confianza en mí. ¿No le perjudicará eso? ¿No dirá que como no me he curado mí mismo, no puedo curarlo a él? ¿ O se interesará tanto por mi aflicción que abandonará la tarea de luchar contra la suya propia? ¿Le resultaré más útil si me callo? ¿O si reconozco que ambos padecemos el mismo mal y que debemos unir nuestras fuerzas para encontrar una solución?
...Hoy veo cuánto ha cambiado..., menos tortuoso... y ya no trata de engatusarme, ya no intenta fortalecerse demostrando mí debilidad.
...Este ataque frontal de sus síntomas, que él me ha pedido que lleve a cabo, es el peor revolcón en aguas poco profundas que he hecho jamás. ¡Tendría que elevarlo, no rebajarlo! Tratarlo como a un niño cuya mente debe ser abofeteada cuando se porta mal lo rebaja. ¡Y me rebaja a mí también! SI UN REMEDIO ENVILECE A QUIEN LO ADMINISTRA, ¿NO ES POSIBLE QUE ELEVE AL PACIENTE?
Tiene que haber un camino mejor.

CARTA DE FRIEDRICH NIETZSCHE A LOU SALOMÉ,
DICIEMBRE DE 1882
Mi querida Lou:
¡No me escribas cartas así! ¿Qué tengo yo que ver con esa desdicha? Desearía que te elevaras ante mí para no tener que despreciarte.
Pero, Lou, ¿qué clase de cartas estás escribiendo? Las colegialas vengativas y lujuriosas escriben de ese modo. ¿Qué tengo yo que ver con tanta lamentación? Compréndeme, quiero que te eleves, no que te reduzcas. ¿Cómo puedo perdonarte si no reconozco en ti ese ser para el que existe la posibilidad del perdón?
No, querida Lou, aún estamos muy lejos de perdonar. No me puedo sacar el perdón de la manga cuando la ofensa ha tenido cuatro meses para perforarme.
Adiós, mi querida Lou. No volveré a verte. Protege tu alma de acciones como ésta y haz a los demás, especialmente a mi amigo Rée, el bien que no me pudiste hacer a mi.
Yo no creé el mundo, aunque ojalá lo hubiera hecho: entonces podría soportar toda la culpa por el modo en que sucedieron las cosas entre nosotros.
Adiós, querida Lou. No he leído tu carta hasta el final porque ya había leído lo suficiente...

FIN.

DIECINUEVE

No vamos a ninguna parte, Friedrich. Me siento peor.
Nietzsche, que había estado tomando notas en el escritorio, no se había percatado de la entrada de Breuer. Al oír sus palabras, se volvió hacia él y abrió la boca para hablar, pero finalmente optó por permanecer callado.
–¿Le he asustado, Friedrich? ¡Debe de ser desconcertante que su médico entre quejándose de que está peor! Sobre todo, cuando va vestido de modo impecable y lleva el maletín negro con aplomo profesional. Pero le aseguro que mi apariencia externa es un engaño y que, debajo de ella, mi ropa está mojada y mi camisa pegada al cuerpo. Esta obsesión por Bertha es un torbellino. ¡Me absorbe hasta el último pensamiento decente! No le culpo a usted. –Breuer se sentó junto al escritorio––. Nuestra falta de progreso es culpa mía. Fui yo quien le instó a que atacara la obsesión directamente. Usted tiene razón: no profundizamos lo suficiente. No hacemos más que recortar las hojas, cuando deberíamos arrancar de raíz la maleza.
–Sí, no estamos arrancando ninguna raíz –replicó Nietzsche–. Es preciso que reconsideremos nuestro abordaje. Yo también me siento desalentado. Nuestras últimas sesiones han sido falsas y superficiales. Fíjese en lo que hemos intentado hacer: ¡disciplinar sus pensamientos, controlar su comportamiento! ¡Entrenamiento mental y elaboración del comportamiento! ¡Semejantes métodos no son para el reino humano! ¡Y no somos domadores de animales!
–¡Sí! ¡Sí! Después de la última sesión me sentí como un oso al que se le enseña a bailar sobre las patas traseras.
–¡Exacto! Un profesor debería elevar a los hombres. En cambio, durante estas últimas reuniones, le he rebajado y también me he rebajado yo. No podemos abordar las cuestiones humanas con métodos para animales.
Nietzsche se puso en pie y señaló las sillas que había junto a la chimenea.
–¿Nos sentamos? –Mientras ocupaba su asiento, a Breuer se le ocurrió que los futuros "médicos de la desesperación" quizá descartaran el instrumental médico tradicional (el estetoscopio, el otoscopio, el oftalmoscopio) y con el tiempo desarrollaran su propio equipo, empezando por dos cómodos sillones al lado del fuego.
–Entonces –empezó Breuer–, volvamos al punto donde nos encontrábamos antes de esta desaconsejable campaña directa contra mi obsesión. Usted había adelantado la teoría de que Bertha es una distracción, no una causa, y que el verdadero centro de mi angustia es mi temor a la muerte y a la ausencia de Dios. Puede que así sea. Creo que está en lo cierto. Es verdad que mi obsesión por Bertha me mantiene apegado a la superficie de las cosas, sin dejarme tiempo para pensamientos más profundos o más sombríos. A pesar de todo, Friedrich, su explicación no me satisface por completo. En primer lugar, todavía subsiste el enigma de "¿Por qué Bertha?". De todas las maneras posibles de defenderme de Bertha, ¿por qué escoger esta obsesión en especial, tan estúpida? ¿Por qué no otro método, otra fantasía? Luego, usted dice que Bertha es sólo un pretexto para distraerme de mi angustia esencial. Pero "pretexto" es un término pobre. No basta para explicar la fuerza de mi obsesión. Pensar en Bertha es irresistible; contiene un significado oculto y poderoso.
–¿Un significado? –Nietzsche golpeó el brazo de su asiento con la mano–. ¡Eso es! He estado pensando lo mismo desde que usted se fue ayer. Su última palabra, "significado", puede ser la clave. Quizá nuestro error desde el principio haya consistido en descuidar el significado de su obsesión. Usted dice que curó cada uno de los síntomas histéricos de Bertha al descubrir su origen. Y además, que este método del origen no era aplicable a su caso particular porque ya conocía el origen de su obsesión por Bertha: empezó cuando la conoció y se intensificó después que dejó de verla. Ahora bien, puede que haya estado usted utilizando un término inconveniente. Tal vez lo importante no sea el origen (es decir, la primera aparición de los síntomas), sino el significado del síntoma. Quizá estuviera usted equivocado. Quizá curase a Bertha al descubrir, no el origen, sino el significado de cada síntoma. Puede –y aquí Nietzsche casi susurró, como si estuviera trasmitiendo un secreto de enorme trascendencia–, puede que los síntomas no sean más que mensajeros de un significado y que desaparezcan sólo cuando se entienda el mensaje. Si es así, nuestro paso siguiente es obvio: si vamos a controlar los síntomas, ¡tenemos que determinar lo que significa para usted la obsesión por Bertha!
¿Qué sucederá a continuación?, se preguntó Breuer. ¿Cómo se podía descubrir el significado de una obsesión? La emoción de Nietzsche le había afectado y aguardaba instrucciones. Pero Nietzsche se había arrellanado en su asiento, había sacado el peine y se estaba arreglando el bigote. Breuer se puso tenso y malhumorado.
–¿Bien, Friedrich? ¡Estoy aguardando! –Se frotó el pecho mientras respiraba con fuerza–. Esta tensión en el pecho crece cada minuto que paso aquí. Pronto explotará. No puedo razonar con ella. ¡Dígame cómo empezar! ¿Cómo puedo descubrir un significado que yo mismo me he ocultado?
–¡No trate de descubrir ni de resolver nada! –respondió Nietzsche, sin dejar de arreglarse el bigote–. Ésta es mi tarea. La suya es deshollinar. Hábleme de lo que significa Bertha para usted.
–¿No he hablado ya demasiado sobre ella? ¿Vuelvo a revolcarme en mis pensamientos en torno a ella? Ya los ha oído todos: la toco, la desnudo, la acaricio, mi casa se incendia, todos mueren, nos fugamos a América. ¿De veras quiere volver a oír toda esa basura? –Breuer se puso en pie con un brusco movimiento y empezó a pasearse detrás de Nietzsche.
Nietzsche siguió hablando con voz tranquila y comedida.
–Es la tenacidad de su obsesión lo que me intriga. Como un percebe pegado a la roca. Josef, ¿no podemos, por un momento, apartarlo y mirar debajo de él? ¡Le digo que desholline! Hágalo con esta pregunta en la cabeza: ¿cómo sería la vida, su vida, sin Bertha? Limítese a hablar. No intente que sus palabras tengan sentido. Ni siquiera trate de completar sus frases. Diga lo primero que se le ocurra.
–No puedo. Estoy atascado, como un muelle oxidado.
–Deje de pasearse. Cierre los ojos e intente describir lo que ve detrás de los párpados. Deje que sus pensamientos fluyan: no los dirija.
Breuer se detuvo detrás de Nietzsche y se cogió al respaldo. Con los ojos cerrados, se balanceó adelante y atrás, tal y como hacia su padre cuando rezaba, y poco a poco empezó a mascullar:
–Una vida sin Bertha..., una vida como un dibujo sin colores..., compás..., balanza..., lápida..., todo decidido, ahora y para siempre... yo estaré aquí, me encontrará aquí, ¡siempre! Aquí, en este lugar, con este maletín médico, con la misma ropa, con esta cara que día tras día se volverá más sombría y más enjuta. –Tragó aire con fuerza y se sentó. Se sentía menos agitado–. ¡La vida sin Bertha! ¿Qué más? Soy un hombre de ciencia, pero la ciencia no tiene color. Uno sólo debería trabajar con la ciencia, no vivir con ella. Yo necesito magia... y pasión... No se puede vivir sin magia. Esto es lo que significa Bertha: pasión y magia. Una vida sin pasión... ¿Quién puede llevar una vida así? –Abrió los ojos–. ¿Puede usted? ¿Puede alguien?
–Haga el favor de deshollinar eso de la pasión y la vida –dijo Nietzsche.
–Una de mis pacientes es comadrona –prosiguió Breuer–. Es una mujer vieja y arrugada y está sola. Además, está mal del corazón. Pero todavía le queda la pasión de vivir. Una vez le pregunté cuál era la razón de su pasión. Me dijo que era el momento que transcurre entre izar a un silencioso recién nacido y darle el azote de la vida. Me dijo que se sentía rejuvenecida al sumergirse en ese instante de misterio, ese instante que separa la existencia de la inconsciencia.
–¿Y usted, Josef?
–¡Yo soy como esa partera! Quiero estar cerca del misterio. Mi pasión por Bertha no es natural (es sobrenatural, lo sé), pero necesito la magia. No puedo vivir en blanco y negro.
–Todos necesitamos pasión, Josef –dijo Nietzsche–. La pasión dionisíaca es la vida. ¿Pero es preciso que la pasión sea mágica y degradante? ¿No es posible hallar el camino para dominar la pasión? Permítame que le hable de un monje budista a quien conocí el año pasado en la Engadina. Lleva una vida austera. Medita la mitad del tiempo que está despierto y se pasa semanas enteras sin cambiar palabra con nadie. Su alimentación es frugal: una sola comida al día, cualquier cosa que encuentre, a veces tan sólo una manzana. Pero medita acerca de esa manzana hasta que la ve de un rojo vivo, suculenta y llena de frescura. Al finalizar el día, espera con pasión la comida. Ello quiere decir, Josef, que no tiene que renunciar a la pasión. Pero hay que cambiar las condiciones ante la pasión. –Breuer asintió–. Continúe–le instó Nietzsche–. Siga deshollinando con respecto a Bertha, a lo que ella significa para usted.
Breuer cerró los ojos.
–Me veo corriendo a su lado. Estamos escapando. Bertha significa escapar, ¡una huida peligrosa!
–¿En qué sentido?
–Bertha significa peligro. Antes de conocerla, yo vivía de acuerdo con las normas. Hoy coqueteo con los límites de esas normas. Quizá era ésto lo que la comadrona quería decir. Pienso en hacer estallar mi vida, en sacrificar mi carrera, en ser adúltero, en perder a mi familia, en emigrar, en empezar una nueva vida con Bertha. –Breuer se golpeó la cabeza con la mano–. ¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Sé que nunca lo haré!
–Pero ¿hay una atracción que lo empuja de modo peligroso hacia el borde?
–¿Una atracción? No lo sé. No puedo responder a eso. ¡No me gusta el peligro! Si hay atracción, no hay peligro.
Creo que lo que me atrae es la huida, no del peligro, sino de la seguridad. ¡Quizá haya vivido demasiado seguro!
–Puede que vivir de manera segura sea peligroso. Peligroso y mortal.
–Vivir de manera segura es peligroso. –Breuer masculló las palabras para sí mismo varias veces–Vivir de manera segura es peligroso. Vivir de manera segura es peligroso. Una idea fuerte y convincente, Friedrich. De modo que ése es el significado de Bertha: ¡escapar de la vida peligrosamente mortal! ¿Es Bertha mi deseo de libertad, mi huida de la trampa del tiempo?
–Quizá de la trampa de su tiempo, de su momento histórico. Pero ––dijo con solemnidad– no cometa el error de creer que ella podrá conducirlo fuera de su tiempo. No es posible romper con el tiempo: es nuestra carga mayor. Y nuestro mayor desafío es vivir a pesar de esa carga.
Por una vez, Breuer no protestó cuando Nietzsche adoptó el tono sentencioso. Aquel filosofar era diferente. No sabía qué hacer con las palabras de Nietzsche, pero sí sabia que le llegaban y le conmovían.
–Tenga por seguro –le dijo– que no tengo sueños de inmortalidad. La vida de la que quiero escapar es la de la burguesía médica vienesa de 1882. Sé que los demás envidian mi vida, pero a mí me aterra. Me aterra lo que tiene de monótono y previsible. Me aterra hasta tal punto que a veces pienso que mi vida es una condena a muerte. ¿Sabe lo que quiero decir, Friedrich?
Nietzsche asintió.
–¿Recuerda que me preguntó, creo que la primera vez que hablamos, si tener migraña tenía alguna ventaja? Fue una buena pregunta. Me ayudó a pensar en mi vida de modo diferente. ¿Y recuerda que le respondí que la migraña me había obligado a renunciar a la universidad? Todos (mi familia, mis amigos, incluso mis colegas) lamentaron mi desgracia y estoy seguro de que la historia dirá que la enfermedad de Nietzsche terminó con su carrera de una forma trágica. ¡Pero no es así! ¡Lo contrario es verdad! La cátedra en la universidad de Basilea era mi condena a muerte. Me condenaba a la vida vacía de la academia y a pasar el resto de mis días trabajando para poder mantener a mi madre y mi hermana. Estaba fatalmente atrapado.
–¡Y luego, Friedrich, la migraña (la gran liberadora) descendió sobre usted!
–¿A que no es tan distinto de esta obsesión que desciende sobre usted, Josef. ¡Tal vez nos parezcamos más de lo que pensamos!
Breuer cerró los ojos. ¡Le gustaba sentirse cerca de Nietzsche! Se le llenaron los ojos de lágrimas. Fingió un ataque de tos para poder girar la cabeza.
–Prosigamos –dijo Nietzsche, impávido–. Estamos adelantando. Comprendemos que Bertha significa pasión, misterio, una huida peligrosa. ¿Qué más, Josef? ¿Qué otros significados encierra?
–¡Belleza! La belleza de Bertha es una parte importante de su misterio. Mire, le he traído esto para que lo compruebe.
Abrió el maletín y le tendió una fotografía. Poniéndose sus gruesas gafas, Nietzsche caminó hasta la ventana para inspeccionarla con mejor luz. Iba vestida de negro de la cabeza a los pies, con ropa de montar. La chaqueta le ceñía el tórax: la doble columna de botones, que iban desde la diminuta cintura hasta la barbilla, pugnaban por contener el poderoso busto. Su mano izquierda apretaba una fusta de montar y al mismo tiempo sujetaba la falda. De la otra mano colgaba un par de guantes. La nariz era fuerte, el corto pelo, abundante. Llevaba una gorra negra con aire despreocupado. Sus ojos eran grandes y oscuros. No se molestaba en mirar a la cámara, sino que había clavado los ojos en la distancia.
–Formidable mujer, Josef –dijo Nietzsche, devolviéndole la foto y volviéndose a sentar–. Sí, es realmente hermosa. Pero no me gustan las mujeres con látigo.
–La belleza –dijo Breuer– es una parte importante del significado de Bertha. La belleza me cautiva con facilidad. Con más facilidad que a la mayoría de los hombres, creo. La belleza es un misterio. Casi no sé cómo hablar de ella, pero una mujer con una combinación especial de carne, pechos, orejas, grandes ojos oscuros, nariz, labios (sobre todo, labios), causa un gran impacto en mí. Sé que parece una estupidez, pero... ¡casi creo que mujeres como ésta tienen poderes sobrehumanos!
–¿Para hacer qué?
¡Es ridículo! –Breuer escondió el rostro entre las manos.
–Desholline, Josef. ¡Suspenda el juicio y hable! Tiene mi palabra de que no lo juzgaré.
–No sé expresarlo con palabras.
–Trate de terminar la frase: ante la belleza de Bertha siento...
–Ante la belleza de Bertha siento... siento... ¿qué siento? Siento que estoy en las entrañas de la tierra, en el centro de la existencia. Donde debo estar. Estoy en un lugar donde no hay preguntas sobre la vida o su propósito..., en el centro, en el lugar seguro. Su belleza ofrece una seguridad infinita. –Levantó la cabeza–. ¿Lo ve? ¡Lo que digo no tiene sentido!
–Continúe –dijo Nietzsche, imperturbable.
–Para que me cautive una mujer, debe tener un aspecto especial. Un aspecto adorable. Ahora lo veo en mí mente: ojos muy abiertos y brillantes, labios que esbozan una semisonrisa afectuosa. Parece decir... ah, no sé...
–¡Siga, Josef, por favor! ¡Siga evocando la sonrisa! ¿Puede verla todavía?
Breuer cerró los ojos y asintió.
–¿Qué le dice?
–Me dice: "Eres adorable. Cualquier cosa que hagas está bien. Ay, querido, no te dominas, pero eso es previsible en un niño". Ahora veo que se vuelve hacia las otras mujeres y les dice: "¿No es maravilloso? ¿No es un tesoro? Voy a cogerlo en brazos para tranquilizarle".
–¿No puede decir nada más sobre la sonrisa?
–Me dice que puedo jugar, hacer cualquier cosa. Aunque me meta en líos, ella siempre estará encantada conmigo, siempre me encontrará adorable.
–Esa sonrisa, ¿tiene una historia personal para usted, Josef?
–¿Qué quiere decir?
–Retroceda. ¿Contiene su memoria esa sonrisa?
Breuer negó con la cabeza.
–No, la memoria no.
–¡Contesta demasiado deprisa! Ha empezado a negar con la cabeza antes de que yo terminara la pregunta. ¡Busque! Mantenga esa sonrisa en su mente y vea qué pasa.
Breuer cerró los ojos y observó el papel continuo de la memoria.
–He visto esa sonrisa en Mathilde, cuando mira a nuestro hijo Johannes. Además, cuando yo tenía diez u once años, me enamoré de una joven llamada Mary Gomperz, ¡y ella me miraba así! ¡Exactamente la misma sonrisa! Recibí un golpe terrible cuando tuve que mudarme con mi familia. Hace treinta años que no la veo, pero sigo soñando con Mary.
–¿Quién más? ¿Se ha olvidado de la sonrisa de su madre?
¿No se lo he dicho? Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Ella no tenía más que veintiocho y murió al dar a luz a mi hermano menor. Dicen que era hermosa, pero no tengo recuerdo alguno de ella, en absoluto.
–¿Y su esposa? Mathilde, ¿tiene esa sonrisa mágica?
–No. De eso estoy seguro. Mathilde es hermosa, pero su sonrisa no tiene fuerza. Sé que es estúpido pensar que Mary, a los diez años, tuviera fuerza y que Mathilde carezca de ella. Sin embargo, es así como lo siento. En nuestro matrimonio, soy yo quien tiene poder sobre ella y es ella quien desea mi protección. No, Mathilde no tiene magia. No sé por qué.
–La magia requiere oscuridad y misterio –dijo Nietzsche–. Tal vez la familiaridad de catorce años de matrimonio haya aniquilado el misterio. ¿La conoce usted demasiado bien? Quizá no pueda usted soportar la verdad de una relación con una mujer hermosa.
–Empiezo a creer que necesito otra palabra que no sea belleza. Mathilde posee todos los componentes de la belleza. Posee el componente estético, aunque no la fuerza de la belleza. Tal vez tenga usted razón, puede que me resulte demasiado familiar. Veo con excesiva frecuencia la carne y el hueso bajo la piel. Otro factor es que no hay competencia: no ha habido otros hombres en la vida de Mathilde. Fue un casamiento de conveniencia.
–No comprendo esa necesidad de competencia, Josef. Hace unos días dijo que le asustaba.
–Necesito competencia y no la necesito. Recuerde que usted mismo ha dicho que no es preciso que lo que diga tenga sentido. Estoy expresando palabras que vienen a mí mente. Veamos..., deje que aclare mis pensamientos. Sí, una mujer hermosa tiene más poder si es deseada por otros hombres. Pero una mujer así es peligrosa: puede quemarme. Tal vez Bertha sea la solución perfecta: ¡aún no está formada del todo! Es una belleza en estado embrionario, todavía incompleta.
–Entonces preguntó Nietzsche–, ¿es más segura porque no hay otros hombres compitiendo por ella?
–Eso no es del todo cierto. Es más segura porque yo tengo su trayectoria interior. Cualquier hombre podría desearla, pero yo puedo vencer sin esfuerzo a los competidores. Ella depende (o dependía) por completo de mí. Durante semanas se negaba a comer si yo en persona no la alimentaba. Por supuesto, yo, como médico, lamentaba la regresión de mi paciente. "¡Qué lástima!", me decía chascando la lengua con aire turbado, y contaba mi preocupación personal a su familia. Pero en secreto, como hombre (nunca se lo confesaré a nadie más que a usted) estaba encantado de mi conquista. Cuando me dijo un día que había soñado conmigo, me quedé paralizado. ¡Qué victoria entrar en su recinto más intimo, un lugar al que ningún otro hombre había tenido acceso! Y como las imágenes oníricas no mueren, era un lugar en el que yo podía habitar para siempre.
–Ah, Josef, ¡gana usted la competición sin tener que competir!
–Si, ése es otro de los significados de Bertha: prueba segura, indudable victoria. Ahora bien, una mujer hermosa que no ofrezca seguridad, eso es diferente. –Breuer guardó silencio.
–Continúe, Josef. ¿Adónde se dirigen ahora sus pensamientos?
–Estaba pensando en una mujer que no ofrece seguridad, una belleza plenamente formada, más o menos de la edad de Bertha, que fue a verme a mi consultorio hace un par de semanas; se trata de una mujer a cuyos pies han caído rendidos muchos hombres. Me dejó fascinado, ¡y aterrorizado! Me sentí tan incapaz de oponerme a su capricho que, haciéndola pasar antes que a mis otros pacientes, la recibí sin que tuviera cita concertada. Sólo cuando me hizo una pertición profesional inadmisible pude oponerme a sus deseos.
–Ah, conozco el dilema –dijo Nietzsche–. La mujer más deseable es la que más amedrenta. Y desde luego, no por lo que es, sino por lo que imaginamos que es. ¡Qué triste!
–¿Triste, Friedrich?
–Triste para la mujer a quien nunca se llega a conocer y triste, también, para el hombre. Conozco esa tristeza.
–¿También usted ha conocido a una Bertha?
–No, pero he conocido a una mujer como la otra paciente a quien describe, esa a la que no es posible oponerse.
Lou Salomé, pensó Breuer. ¡Lou Salomé, sin duda! ¡Por fin hablaba de ella! Aunque no deseaba apartar el foco de atención de sí mismo, Breuer insistió.
–¿Qué pasó con esa mujer a la que no pudo resistirse, Friedrich?
Nietzsche vaciló, luego sacó su reloj.
–Hoy hemos tocado una veta rica, quizá una veta rica para ambos. Pero se nos acaba el tiempo y estoy seguro de que usted todavía tiene mucho que decir. Siga diciéndome, por favor, lo que significa Bertha para usted.
Breuer sabía que Nietzsche estaba más cerca que nunca de revelar sus propios problemas. Quizá en aquel momento sólo habría bastado una pregunta cortés. Sin embargo, cuando Nietzsche volvió a acicatearlo, se alegró de poder continuar con su situación.
–Lamento la complejidad de la doble vida, de la vida secreta. Sin embargo, me atrae. La superficial vida burguesa es mortal; es demasiado visible, se puede ver sin esfuerzo el final, así como todos los actos que conducen al final. Parece un disparate, lo sé, pero la doble vida es una vida adicional. Sustenta la promesa de toda una vida.
Nietzsche asintió.
–¿Siente usted que el tiempo devora las posibilidades de la vida superficial, mientras que la vida secreta es inextinguible?
–Sí, no es éso exactamente lo que he dicho, pero es lo que quería decir. Otra cosa, quizá la más importante, es la sensación inefable que tenía cuando estaba con Bertha, o que tengo ahora cuando pienso en ella. ¡La dicha'. Ésa es la palabra que mejor encaja.
–Siempre he creído, Josef, que estamos más enamorados del deseo que de lo que deseamos.
–¡Más enamorados del deseo que de lo que deseamos! –repitió Breuer–. Deme un papel, por favor. Quiero recordarlo.
Nietzsche arrancó una hoja del cuaderno y esperó mientras Breuer escribía la frase, doblaba el papel y se lo guardaba en un bolsillo de la chaqueta.
–Y otra cosa –siguió diciendo Breuer–. Bertha alivia mi soledad. Desde que tengo conciencia, me he sentido asustado por los espacios vacíos de mi interior. Y mi soledad no tiene nada que ver con la presencia, o la ausencia, de otras personas. ¿Sabe a qué me refiero?
–Ay, ¿quién podría entenderlo mejor? A veces pienso que soy el hombre más solitario que existe. Y, como en su caso, eso no tiene nada que ver con la presencia de otras personas. De hecho, detesto a los que me privan de la soledad y que, sin embargo, no me hacen compañía!
–¿Qué quiere decir, Friedrich con eso de que no le hacen compañía?
–¡Pues que no valoran lo que yo valoro! A veces contemplo la esencia de la vida de una manera tan profunda que de repente miro a mi alrededor y veo que nadie me acompaña, que mi único compañero es el tiempo.
–No estoy seguro de que mi soledad sea como la suya. Tal vez no me haya atrevido nunca a ahondar en ella tanto como usted.
–Quizá –sugirió Nietzsche– se lo impida Bertha.
–No creo que yo quiera ahondar más en ella. De hecho, doy las gracias a Bertha por aliviar mi soledad. Ésta es otra de las cosas que ella significa para mí. En los dos últimos años nunca he estado solo: Bertha siempre estaba esperándome, en su casa o en el hospital. Y ahora sigue dentro de mí, todavía esperándome.
–Usted atribuye a Bertha algo que ha logrado usted mismo.
–¿Qué quiere decir?
–Que sigue tan solo como antes, tan solo como toda persona está condenada a estar. Usted ha fabricado su propio icono y se siente arropado por su compañía. Tal vez sea usted más religioso de lo que cree.
–Pero –replicó Breuer– en cierto sentido ella siempre está ahí. O ha estado ahí durante un año y medio. Pese a que fue una mala época, al mismo tiempo fue la más vital de mi vida. Me pasaba el día pensando en ella, soñaba con ella por las noches.
–Me ha hablado de una ocasión en que ella no estaba: en ese sueño que se repite. ¿Qué hace en él? ¿Buscarla?
–Empieza con algo espantoso que sucede. El suelo empieza a licuarse bajo mis pies y yo busco a Bertha y no puedo encontrarla...
–Sí, estoy convencido de que hay una pista importante en ese sueño. Si algo espantoso sucede, ¿qué es? ¿El suelo, que empieza a abrirse? –Breuer asintió––. ¿Por qué busca a Bertha en ese momento, Josef? ¿Para protegerla? ¿O para que ella le proteja?
Se produjo un largo silencio. Breuer echó atrás la cabeza varias veces con energía, como para llamarse al orden.
–No puedo ir más allá. Es sorprendente, pero la mente ya no me funciona. Nunca me había sentido tan fatigado. Sólo es media mañana, pero es como sí hubiera estado días trabajando sin parar.
–Yo también me siento así. Hoy hemos trabajado mucho.
–Pero hemos trabajado bien, creo. Ahora debo irme. Hasta mañana, Friedrich.

EXTRACTO DE LAS NOTAS DEL DOCTOR BREUER SOBRE ECKART MÜLLER, 15 DE DICIEMBRE DE 1882
¿Es posible que hace sólo unos días pidiera a Nietzsche que se desnudara ante mí? Hoy, por fin, estaba preparado, dispuesto. Quería contarme que se sentía enjaulado por la profesión académica, que se resentía de tener que mantener a su madre y a su hermana, que se sentía solo y que sufría a causa de una mujer hermosa.
Sí, por fin quería desnudarse ante mí. Y sin embargo –y de veras que asombroso––, yo no le he estimulado a que lo hiciera. No porque no me apeteciera escuchar. ¡No, peor que eso! ¡Me molestaba que hablase! ¡Me molestaba que utilizara mi tiempo!
Y fue hace sólo dos semanas cuando intenté manipularlo para que me revelara una parte diminuta de sí mismo, cuando me quejé ante Max y Frau Becker de su reserva, cuando acerqué el oído a sus labios, le oí decir "¡Ayúdeme, ayúdeme!" y prometí hacerlo.
¿Por qué, entonces, no le he prestado atención hoy? ¿Me he vuelto avaricioso? Cuanto más dura esta serie de entrevistas, menos lo entiendo. Sin embargo, es apremiante. Pienso cada vez más en mis charlas con Nietzsche; en ocasiones, incluso interrumpen mis fantasías con Bertha. Estas sesiones son ahora el centro de mi vida. Atesoro mi tiempo con voracidad y a menudo estoy tan impaciente que apenas puedo esperar a que llegue el próximo encuentro.
En el futuro –quién sabe cuándo, quizá dentro de cincuenta años– este tratamiento coloquial puede llegar a ser algo normal y corriente. Los "médicos de la angustia" se habrán convertido en una especialidad. Y estudiarán en facultades de medicina o en departamentos de filosofía.
¿Qué asignaturas deberían contener los estudios del futuro "médico de la angustia? En este momento, estoy seguro de un curso esencial. "relaciones". Es en ellas donde surge la complejidad. Del mismo modo que los cirujanos empiezan por aprender anatomía, el futuro médico deberá entender primero la relación entre el que asesora y el que es asesorado. Tengo que aprender a observar esta relación con la misma objetividad con que observo el cerebro de una paloma.
Observar una relación no es fácil cuando uno mismo forma parte de ella. Aun así, noto varias tendencias destacables.
Yo tenía una actitud crítica hacia Nietzsche, pero ya no la tengo. Por el contrario, ahora atesoro cada palabra que dice y, días tras día, me convenzo más de que puede ayudarme.
Antes pensaba que era yo quien podía ayudarlo a él. Ahora ya no lo creo. Tengo poco que ofrecerle. Es él quien lo tiene todo para ofrecérmelo a mí.
Antes competía con él, ideaba trampas de ajedrez para él. Ahora ya no lo hago. Su perspicacia es extraordinaria. Su intelecto alcanza alturas insospechadas. Lo miro como un polluelo mira a un halcón. ¿Lo reverencio demasiado? ¿ Quiero que se eleve sobre mí? Quizá por eso no quiero oírle hablar. Quizá lo que no quiero es conocer su dolor, su falibilidad.
Antes pensaba en idear formas de "manejarlo". ¡Pero ya no es así! A menudo siento arrebatos de cariño hacia él. Eso es un cambio. Con frecuencia comparo nuestra situación con la de Robert amaestrando a su gatito: "Apártate, dejale beber la leche. Más adelante podrás tocarlo". Hoy, a mitad de nuestra charla, otra imagen fugaz ha pasado por mi mente: dos gatitos atigrados, con las cabezas juntas, bebiendo leche del mismo cuenco.
Otra cosa extraña. ¿Por qué he dicho que "una belleza plenamente formada" me había visitado en el consultorio? ¿Quiero que se entere de mis encuentros con Lou Salomé? ¿Estaré coqueteando con el peligro? ¿Provocándole en silencio? ¿Tratando deponer una cuña entre él y yo?
¿Y por qué ha dicho Nietzsche que no le gustan las mujeres con látigo? Debe de haberse estado refiriendo a la foto de Lou Salomé que no sabe que he visto. Debe de darse cuenta de que sus sentimientos hacia ella no son tan diferentes de los míos por Bertha. Entonces, ¿me estaba provocando en silencio él a mí? ¿Una broma? He aquí a dos hombres que tratan de ser sinceros el uno con el otro y que, sin embargo, están aguijoneados por el diablillo de la duplicidad.
¡Otra percepción más! Nietzsche es para mi lo que yo era para Bertha. Ella magnificaba mi sabiduría, reverenciaba cada palabra que yo decía, atesoraba nuestras reuniones, esperaba consumida por la impaciencia que llegara la próxima. En realidad, me obligaba a que nos viéramos dos veces al día.
Y por más evidente que fuera que me idealizaba, yo la imbuí de mayor poder aún. Era el calmante de mi angustia. Su mera mirada curaba mi soledad. Proporcionaba sentido y significado a mi vida. Con tan sólo una sonrisa me ungía como un ser deseado, me otorgaba la absolución de todo impulso bestial. Un amor extraño: ¡cada uno disfrutando del resplandor mágico del otro!
Sin embargo, crecen mis esperanzas. Hay poder en mi diálogo con Nietzsche y estoy convencido de que este poder no es ilusorio.
Es extraño que, sólo unas horas después, haya olvidado gran parte de nuestra discusión. Un extraño olvido, no parecido a la evaporación de una charla común de café ¿Puede existir el olvido activo: olvidar algo no porque no sea importante sino porque lo es? He escrito una frase que me ha impactado: "Estamos más enamorados del deseo que de lo que deseamos".
Y he aquí otra: "Vivir con seguridad es peligroso". Nietzsche dice que he vivido peligrosamente toda mi vida bürgerlich. Creo que quiere decir que estoy en peligro de perder mi verdadero yo, o de no llegar a ser quien soy. Pero ¿quién soy?

NOTAS DE FRIEDRICH NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER, 15 DE DICIEMBRE DE 1882
Por fin, una incursión digna de nosotros. Aguas profundas, zambullidas rápidas. Agua fría, agua refrescante. ¡Amo la filosofía viva! amo la filosofía extraída de la experiencia pura. Su coraje crece. Su voluntad y su ordalía llevan la delantera. Pero, ¿no es hora ya de que yo también comparta los riesgos?
El momento de la filosofía aplicada no está maduro todavía. ¿Cuándo? ¿Dentro de cincuenta, de cien años? Llegará el momento en que los hombres dejarán de temer el conocimiento, en que dejarán de disfrazar la debilidad de "ley moral", en que hallarán valor para rebelarse contra la obligación de los mandamientos. Entonces los hombres ansiarán mi sabiduría viva. Entonces los hombres necesitarán el camino hacia una vida sincera, una vida de escepticismo y descubrimientos. Una vida de superación. De voluptuosidad superada. ¿ Y existe mayor voluptuosidad que someterse?
Tengo otras canciones que deben ser cantadas. Tengo la mente repleta de melodías y Zaratustra me llama con voz cada vez más fuerte. Mi oficio no es el del técnico. No obstante, tengo que poner manos a la obra y vislumbrar todos los callejones sin salida y todas las sendas prometedoras.
Hoy ha cambiado toda la dirección de nuestro trabajo. ¿Y cuál ha sido la clave? ¡La idea de "significado" en lugar de "origen"!
Hace dos semanas, Josef me dijo que curó cada uno de los síntomas de Bertha al descubrir su causa original. Por ejemplo, curó su temor a beber agua ayudándola a recordar que en una ocasión había visto que su doncella permitía al perro beber de su vaso. Al principio, fui escéptico, y ahora lo soy todavía más. Ver a un perro bebiendo agua del propio vaso, ¿es desagradable? ¡Para algunos, sí! ¿Catastrófico? ¡Difícilmente! ¿Causa de histeria? ¡Imposible!
No, ésa no era la causa, sino la manifestación de una angustia profunda y persistente. De ahí que la cura de Josef fuera evanescente.
Tenemos que buscar el significado. El síntoma no es más que un mensajero que trae la noticia de que la angustia está entrando en erupción en su reino mas profundo. Las preocupaciones fundamentales, referidas a la finitud, la muerte de Dios, la soledad, la finalidad, la libertad.., las preocupaciones fundamentales que hemos tenido bajo llave durante toda la vida, ahora rompen sus cadenas y golpean las puertas y ventanas de la mente. Claman por ser oídas. Y no sólo oídas, sino vividas.
Ese extraño libro ruso sobre el Hombre del Subsuelo sigue obsesionándome. Dostoievsky dice que hay cosas que no deben decirse, excepto a los amigos; hay otras que no deben decirse ni siquiera a los amigos; por último, hay cosas que uno ni siquiera debe decirse a sí mismo. Seguramente son las cosas que Josef nunca se había dicho a sí mismo las que están entrando en erupción ahora.
Consideremos lo que significa Bertha para Josef Ella es la huida, una huida peligrosa, la huida del peligro de una vida segura. Y también es pasión, misterio y magia. Es la gran liberadora que le lleva el indulto tras haber sido condenado a muerte. Tiene poderes sobrehumanos; es la cuna de la vida, la gran madre confesora: perdona todo lo que hay en él de salvaje y bestial. Le garantiza la victoria sobre todos sus competidores, le brinda amor eterno, compañía permanente y existencia eterna en sus sueños. Es un escudo contra los colmillos del tiempo, se ofrece a rescatarlo del abismo interior y le da seguridad ante el abismo que se abre a sus pies.
Bertha es una cornucopia de misterio, protección y salvación. Josef Breuer llama a esto amor. Pero su verdadero nombre es plegaria.
Los clérigos como mi padre siempre han protegido a sus feligreses de Satanás y enseñan que Satanás es el enemigo de la fe; que, para socavar la fe, Satanás adopta cualquier aspecto y que ninguno es más peligroso e insidioso que el manto del escepticismo y la duda.
Sin embargo, ¿quién nos protegerá a nosotros los santos escépticos? ¿Quién nos advertirá de los peligros que acechan al amor a la sabiduría y al odio a la esclavitud? ¿Será ésta mi vocación? Nosotros los escépticos también tenemos enemigos, tenemos a un Satanás que socava nuestras dudas y planta la semilla de la fe en los resquicios más taimados. De ese modo, matamos a los dioses, pero santificamos a quienes los reemplazan: profesores, artistas, mujeres hermosas. Y Josef Breuer, prestigioso hombre de ciencia, beatifica, durante cuarenta años, la adorable sonrisa de una niña llamada Mary.
Nosotros los que dudamos debemos estar alerta. Y ser fuertes. El impulso religioso es feroz. He aquí, si no, a Josef Breuer, un ateo que quiere reincidir, que se le observe para siempre, que se le perdone, que se le adore y se le proteja. ¿Será mi vocación ser sacerdote que duda? ¿Tendré que agotarme detectando y destruyendo los deseos religiosos, sean cuales fueren sus disfraces? El enemigo es formidable; el temor a la muerte, al olvido y a la falta de sentido alimenta de forma inagotable la llama dela fe.
¿Adónde nos conducirá el significado? Si descubro el significado de la obsesión, ¿qué ocurrirá entonces? ¿Cederán los síntomas de Josef? ¿Y los míos? ¿Será suficiente una rápida zambullida en la "comprensión"? ¿O tendrá que ser una inmersión prolongada?
¿ Y qué significado? Parece que un mismo síntoma posee múltiples significados y Josef ni siquiera ha empezado a agotar los significados de su obsesión por Bertha.
Tal vez debamos deshojar los significados de uno en uno hasta que Bertha no signifique nada más que ella misma. Una vez despojada de significados superfluos, la verá como al ser atemorizado, desnudo, humano, demasiado humano, que ella y en realidad todos somos.

VEINTE

A la mañana siguiente Breuer entró en la habitación de Nietzsche con el abrigo forrado de piel todavía puesto y un sombrero de copa negro en la mano.
–Friedrich, mire por la ventana. ¿Reconoce ese tímido globo anaranjado que hay sobre el horizonte? Nuestro sol vienés ha decidido aparecer por fin. ¿Lo celebramos dando un paseo? Los dos pensamos mejor andando.
Nietzsche saltó de la silla como si tuviera muelles en los pies. Breuer nunca lo había visto moverse deprisa.
–Es una excelente idea. Hace tres días que las enfermeras no me dejan salir. ¿Por dónde pasearemos? ¿Tenemos suficiente tiempo para huir de los adoquines?
–Mi plan es el siguiente: un sábado de cada mes voy a visitar la tumba de mis padres; acompáñeme hoy. El cementerio está a menos de una hora de camino. Me detendré un momento, sólo para depositar unas flores, y luego seguiremos hasta Simmeringer Haide y pasearemos una hora por el bosque y el prado. Volveremos a la hora de comer. Los sábados no tengo citas hasta la tarde.
Breuer esperó a que Nietzsche se vistiera. Siempre decía que, si bien le gustaba el frío, el frío no le quería a él. Así que, para protegerse de la migraña se puso dos gruesos jerséis y se rodeó el cuello varias veces con una larga bufanda de lana antes de ponerse, no sin dificultad, el abrigo. Se puso una visera verde para protegerse los ojos de la luz y por último se caló un sombrero bávaro de fieltro verde.
Durante el viaje, Nietzsche le preguntó por qué tenía desparramados por los asientos del coche aquel montón de gráficas, revistas y manuales de medicina. Breuer contesto que el coche era su segundo despacho.
–Algunos días me paso más tiempo viajando que en mi consultorio de la Bäckerstrasse. Hace algún tiempo, un joven estudiante de medicina, Sigmund Freud, deseoso de conocer de cerca la vida cotidiana de un médico, me pidió que le dejara acompañarme durante un día entero. Se quedó atónito al comprobar el número de horas que me pasaba en este coche y decidió no dedicarse a la práctica médica, sino a la investigación.
Rodearon la parte sur de la ciudad por la Ringstrasse, cruzaron el río Wien por el puente Schwarzenberg, pasaron frente al palacio de verano y, primero por Renweg y luego por la Simmering Hauptstrasse, llegaron al Cementerio Central del Municipio de Viena. Tras cruzar la tercera verja y entrar en el sector judío del cementerio, Fischmann, que hacía diez años que llevaba a Breuer a visitar la tumba de sus padres, condujo el coche por un laberinto de senderos estrechos, en los que apenas cabía el simón, y se detuvo ante el gran mausoleo de la familia Rothschild. Cuando Breuer y Nietszche descendieron, Fischmann entregó a Breuer un gran ramo de flores que llevaba debajo del asiento. Los dos hombres caminaron en silencio por un sendero de tierra entre filas de monumentos. En algunos sólo había un nombre y la fecha de fallecimiento o una breve inscripción; otros llevaban una estrella de David o las manos esculpidas con los dedos extendidos que aludía al fallecimiento de los Cohen, la tribu más sagrada.
Breuer señaló los ramos de flores recién cortadas que había delante de muchas tumbas.
–En esta tierra de los muertos, éstos son los muertos y aquellos –señaló un viejo sector abandonado del cementerio– son los muertos de verdad. Ahora nadie cuida sus tumbas porque no hay nadie vivo que los haya conocido. Ellos sí saben lo que significa estar muerto.
Al llegar a su destino, Breuer se detuvo ante una parcela familiar rodeada por una estrecha barandilla de piedra tallada. Dentro había dos lápidas: una pequeña, vertical, con la inscripción "Adolf Breuer 1844–1874", y otra grande, de mármol gris, en la que había dos inscripciones:

LEOPOLD BREUER 1791–1872
Amado maestro y padre
Tus hijos no te olvidan

BERTHA BREUER 18 18–1845
Amada madre y esposa
Falleció en la flor de la vida y la belleza

Breuer levantó un pequeño jarrón de piedra que había sobre la lápida, tiró las flores secas del mes anterior y con delicadeza puso las que acababa de llevar, abriéndolas en toda su plenitud. Después de poner un pequeño guijarro liso en la lápida de sus padres y en la de su hermano, permaneció en silencio con la cabeza gacha.
Respetando la necesidad de soledad de Breuer, Nietzsche echó a andar por un sendero bordeado de lápidas de granito y mármol. No tardó en entrar en la sección de los judíos ricos (los Goldschmidt, los Gomperz, los Altmann, los Wertheimer), que, tanto en la vida como en la muerte, querían integrarse en la sociedad cristiana de Viena. Los grandes mausoleos donde estaban enterradas familias enteras, de entrada protegida por pesadas verjas de hierro forjado y adornadas con enredaderas de hierro, estaban custodiados por suntuosas estatuas funerarias. Más allá había lápidas macizas con ángeles aptos cualquier religión, cuyos extendidos brazos de piedra imaginó Nietzsche que solicitaban atención y recuerdo.
Diez minutos más tarde, Breuer se reunió con él.
–Ha sido fácil encontrarle, Friedrich. Le he oído canturrear.
–Me divierto componiendo estrofas sentimentales mientras paseo. Escuche la última:
Aunque las piedras no oyen ni pueden ver
todas sollozan: "Recuérdame. Recuérdame".
Luego, sin esperar respuesta de Breuer, le preguntó:
–¿Quién era Adolf, el tercer Breuer que está enterrado junto a sus padres?
–Mi único hermano. Murió hace ocho años. Me dijeron que mi madre murió al darle a luz: Mi abuela se vino a vivir con nosotros para criarnos. Murió hace mucho. Todos han muerto y yo soy el siguiente.
–¿Y los guijarros? Veo muchas lápidas con guijarros.
–Una costumbre judía muy antigua, para honrar a los muertos. Simboliza el recuerdo.
–¿Para quién? Perdóneme, Josef, si traspaso el límite de la educación.
Breuer se desabrochó el cuello del abrigo.
–No, no pasa nada. En realidad hace usted las mismas preguntas iconoclastas que yo. Resulta extraño incomodarse cuando se está acostumbrado a poner incómodos a los demás. Pero no tengo respuesta. Yo no dejo los guijarros para nadie. Tampoco porque sea una norma social, para que lo vean los demás. No tengo familia y soy el único que visita la tumba. Tampoco lo hago por miedo o por superstición. Y desde luego, tampoco por la esperanza de una recompensa en el más allá: siempre, desde que era niño, he creído que la vida es una chispa entre dos vacíos idénticos, la oscuridad antes del nacimiento y la oscuridad después de la muerte.
–La vida, una chispa entre dos vacíos. Es una bella imagen, Josef. ¿Y no es extraño que estemos tan preocupados por el segundo vacío y que, en cambio, nunca pensemos en el primero?
Breuer asintió y al cabo de unos instantes dijo:
–Los guijarros. Usted me pregunta para quién los dejo. Puede que la apuesta de Pascal tiente a mi mano. Después de todo, ¿qué puedo perder? Es un guijarro pequeño, un esfuerzo pequeño.
–Y una pregunta pequeña también, Josef. Se la he hecho sólo para ganar tiempo y poder pensar en una pregunta mayor.
–¿Cuál'
–¿Por qué no me había dicho que su madre se llamaba Bertha?
Breuer no esperaba aquella pregunta. Se volvió para mirar a Nietzsche.
–¿Por qué iba a hacerlo? Nunca había pensado en ello. Tampoco le he dicho que el nombre de mi hija mayor también es Bertha. No es importante. Como le dije, mí madre murió cuando yo tenía tres años y no guardo recuerdos de ella.
–No tiene recuerdos conscientes ––dijo Nietzsche, corrigiéndolo–. Pero casi todos nuestros recuerdos existen en el subconsciente. Sin duda habrá leído La filosofía de lo inconsciente, de Harrmann. Se vende en todas las librerías.
Breuer asintió.
–La conozco muy bien. En el café donde tenemos la tertulia, nos hemos pasado muchas horas hablando sobre ella.
–Hay un genio detrás de ese libro, pero es el editor, no el autor. Hartmann es, a lo sumo, un filósofo viajero que no ha hecho más que apropiarse del pensamiento de Goethe, de Schopenhauer y de Shelling. Pero ante el editor, Duncker, yo digo chapeau! –Nietzsche se quitó el sombrero e hizo un ringorrango en el aire–. Ése sí sabe poner un libro delante de las narices de todos los lectores de Europa. ¡Ya va por la novena edición! Según me ha dicho Overbeck, se han vendido más de cien mil ejemplares. ¿Se imagina? ¡Y yo me deshago en agradecimientos cuando consigo vender doscientos ejemplares de uno de mis libros! –Suspiró y se volvió a poner el sombrero–. Pero volviendo a Hartmann, analiza dos docenas de aspectos de lo inconsciente y no le cabe la menor duda de que la mayor parte de nuestra memoria y de los procesos mentales se encuentran fuera del plano consciente. Estoy de acuerdo, pero pienso que no va lo bastante lejos: es difícil, creo, sobrestimas el grado en que el inconsciente vive la vida (la vida real). Lo consciente no es más que la piel translúcida que cubre la existencia: el ojo adiestrado puede atravesarlo hasta llegar a las fuerzas primitivas, los instintos, hasta la maquinaria misma de la voluntad de poder. De hecho, Josef, aludió usted ayer a lo inconsciente cuando imaginó que entraba en los sueños de Bertha. ¿Cómo lo expresó? Dijo que había logrado entrar en su recinto interior, en ese santuario donde nada se corrompe. Si su imagen permanece eternamente en la mente de ella , ¿dónde se encuentra durante esos momentos en que ella está pensando en otra cosa? Es obvio que tiene que haber un amplio depósito de recuerdos inconscientes.
En aquel instante se encontraron con un pequeño grupo de personas reunidas junto a un toldo extendido sobre una tumba abierta. Cuatro fornidos enterradores, con ayuda de gruesas sogas, habían bajado el ataúd. Los asistentes al entierro, incluso los más frágiles y ancianos, se pusieron en hilera para echar un puñado de tierra en la tumba. Breuer y Nietzsche caminaron en silencio unos minutos, aspirando el olor húmedo y agridulce de la tierra recién excavada. Llegaron a una bifurcación. Breuer tocó a Nietzsche en el brazo para indicarle que debían seguir por la derecha.
–Con respecto a los recuerdos inconscientes –dijo Breuer cuando ya no se oían los puñados de tierra que caían sobre el ataúd–, coincido del todo con usted. De hecho, las sesiones magnéticas con Bertha proporcionaron pruebas de su existencia. Pero ¿qué sugiere usted? No estará insinuando que amo a Bertha porque ella y mi madre tienen el mismo nombre,¿verdad?
–¿No le parece curioso, Josef, que, a pesar de haber hablado durante muchas horas de su paciente Bertha, no me haya dicho hasta esta mañana que ése era el nombre de su madre?
–No se lo he ocultado. Simplemente, nunca había relacionado a mi madre con Bertha. Incluso ahora me parece forzado y rebuscado. Para mí, Bertha es Bertha Pappenheim. Nunca pienso en mi madre. No guardo ninguna imagen de ella en la cabeza.
–Aun así, usted siempre deposita flores en su tumba.
–En la tumba de toda mi familia!
Breuer sabía que se estaba mostrando obstinado, pero, de todos modos, estaba decidido a seguir diciendo con franqueza todo cuanto pasaba por su mente. Sintió un arrebato de admiración ante el aguante de Nietzsche, que, impávido y sin quejarse, persistía en su investigación psicológica.
–Ayer nos referimos a todos los significados posibles de Bertha. La "deshollinación" despertó muchos recuerdos. ¿Cómo es posible que el nombre de su madre no acudiera a su mente ni una sola vez?
–¿Cómo quiere que lo sepa? Los recuerdos no conscientes están más allá de mi dominio consciente. No sé dónde están. Tienen vida propia. Sólo puedo hablar de aquello de lo que tengo vivencias, de lo que es real. Y Bertha, en tanto que Bertha, es lo más real de mi vida.
–Pero, Josef, de eso precisamente se trata. ¿Qué aprendimos ayer? Que su relación con Bertha es irreal, una ilusión tejida con imágenes y anhelos que nada tienen que ver con la Bertha real. Ayer aprendimos que su fantasía sobre Bertha lo protege del futuro, de los terrores de la vejez, de la muerte, del olvido. Hoy me doy cuenta de que su concepto de Bertha también está contaminado por fantasmas del pasado. Josef, sólo el instante es real. En última instancia, tenemos una experiencia de nosotros mismos sólo en el momento presente. Bertha no es real. Es sólo un fantasma que llega tanto del futuro como del pasado. –Breuer nunca había visto a Nietzsche tan seguro de sí, de cada una de sus palabras–. Permítame expresarlo de otra manera –prosiguió–. Cree que Bertha y usted son una pareja íntima, la relación más íntima y privada que nadie pueda imaginar, ¿no es así? –Breuer asintió–. Sin embargo –dijo Nietzsche con énfasis–, estoy convencido de que Bertha y usted no tienen, en absoluto, ninguna relación privada. Creo que su obsesión se resolverá cuando pueda responder a una pregunta fundamental: "¿Cuántas personas hay en esta relación?".
El coche estaba esperándolos a escasa distancia. Subieron y Breuer dijo a Fischmann que los llevara a Simmeringer Haide. Una vez instalados, Breuer volvió a la pregunta de Nietzsche.
–Reanudemos su argumentación Friedrich.
–Seguramente se dará cuenta de que usted y Bertha no tienen ningún tête–a– tête privado. Usted y ella nunca están solos. Su fantasía está atestada de personas: mujeres hermosas con facultades redentoras y protectoras; hombres sin rostro a quien usted vence por los favores de Bertha; Bertha Breuer, su madre, y una niña de diez años cuya sonrisa es adorable. Si hemos aprendido algo, Josef, es que su obsesión por Bertha no se refiere a Bertha.
Breuer asintió y permaneció pensativo. Nietzsche también guardó silencio y miró por la ventanilla durante el resto del viaje. Cuando bajaron, Breuer ordenó a Fischmann que los recogiera al cabo de una hora.
El sol había desaparecido tras una monstruosa nube de color gris pizarra y los dos hombres se enfrentaron a un viento helado que el día anterior había azotado las estepas rusas. Se abotonaron los abrigos hasta el cuello y echaron a andar con paso rápido. Nietzsche fue el primero en romper el silencio.
–Es extraño, Josef, pero un cementerio siempre me tranquiliza. Le conté que mi padre era un ministro luterano. ¿Le conté también que la parte trasera de mi casa, donde yo jugaba, era el cementerio de la aldea? ¿Conoce, por casualidad, el ensayo de Montaigne sobre la muerte, el ensayo donde aconseja vivir en una habitación con una ventana que dé al cementerio? Montaigne sostiene que aclara el pensamiento y mantiene a la vista las prioridades de la vida. ¿Reacciona usted así ante los cementerios?
Breuer asintió.
–¡Me gusta ese ensayo! Hubo un tiempo en que las visitas al cementerio me resultaban reconfortantes. Hace años, abatido por el final de mi profesión universitaria, busqué solaz entre los muertos. Las tumbas, de algún modo, me tranquilizaban, me permitían trivializar lo trivial de la vida. ¡Pero luego, de pronto, todo cambió!
–¿En qué sentido?
–No sé por qué, pero, de alguna forma, el efecto sedante y esclarecedor que el cementerio me proporcionaba desapareció. Perdí el respeto y empecé a fijarme en los ángeles funerarios y en los epitafios que hablan de dormir en brazos de Dios; epitafios estúpidos, incluso patéticos. Hace un par de años experimenté otro cambio. Todo lo que hay en un cementerio (las lápidas, las estatuas, los panteones familiares) empezó a asustarme. Creía, igual que un niño, que los cementerios estaban habitados por fantasmas y, cuando me dirigía a la tumba de mis padres, no hacia más que girarme para mirar atrás. Empecé a buscar excusas para aplazar las visitas y a personas que me acompañaran. En la actualidad, mis visitas son cada vez más cortas. Me aterra la tumba de mis padres y a veces, cuando estoy ante ella, temo que la tierra se hunda y me devore.
–Como esa pesadilla en la que el suelo se vuelve líquido a sus pies.
–¡Qué extraño que hable de eso, Friedrich! Hace unos minutos me ha pasado ese sueño por la cabeza.
–Tal vez sea un sueño sobre cementerios. Si mal no recuerdo, usted se caía desde una altura de cuarenta pies y aterrizaba sobre una losa.
–¡Una losa de mármol! ¡Una lápida! –replicó Breuer–. Con una inscripción que no puedo leer. Y hay algo más que creo que no le he contado. Este joven amigo, Sigmund Freud, de quien antes le he hablado, el que me acompañó un día en el coche...
–¿Sí?
–Bien, los sueños son su pasatiempo favorito. Siempre pregunta a sus amigos acerca de sus sueños. Le interesan mucho los números y las expresiones que aparecen en los sueños y cuando le describí mi pesadilla, propuso una hipótesis referente a los cuarenta pies. Como soñé esto por primera vez al cumplir cuarenta años, sugirió que los cuarenta pies representaban, en realidad, los cuarenta años.
–¡Ingenioso! –Nietzsche aflojó el paso y juntó las manos–. ¡No pies, sino años! El enigma del sueño ya empieza a ceder. Al llegar a los cuarenta años, usted imagina que cae sobre una lápida de mármol. Pero ¿la lápida es el fin? ¿Es la muerte? ¿O significa, de alguna manera, una interrupción de la caída, un rescate? Y todavía hay otra pregunta: la Bertha que usted busca cuando el suelo empieza a licuarse, ¿qué Bertha es? ¿La joven Bertha que ofrece protección ilusoria? ¿La madre que antaño ofreció verdadera seguridad y cuyo nombre está escrito en la lápida? ¿O una fusión de las dos? Después de todo, en cuanto a la edad están bastante próximas, ya que su madre, al morir, no era mucho mayor que Bertha.
–¿Qué Bertha? –Breuer sacudió la cabeza– .¿Cómo puedo contestar a eso? ¡Y pensar que hace unos meses creía que el tratamiento coloquial podía llegar a convertirse, con el tiempo, en una ciencia exacta! ¿Cómo es posible ser exacto con estas preguntas? Tal vez el poder sea la medida de la exactitud: sus palabras parecen poderosas, me conmueven, parecen ser ciertas. De todos modos, ¿se puede confiar en los sentimientos? Los fanáticos religiosos sienten una presencia divina. ¿Acaso tengo derecho a considerar que sus sentimientos son menos fiables que los míos?
–Me pregunto –dijo Nietzsche con expresión pensativa– si nuestros sueños se aproximan a lo que de verdad somos más que la razón o los sentimientos.
–Su interés por los sueños me sorprende, Friedrich. Apenas menciona el tema en sus dos libros. Sólo recuerdo su especulación en torno a la posibilidad de que la vida mental del hombre primitivo siga operando en sueños.
–Creo que toda nuestra prehistoria puede encontrarse en el texto de nuestros sueños. Pero los sueños me fascinan sólo desde cierta distancia: por desgracia, recuerdo muy poco de mis sueños, aunque, de todos modos, hace poco tuve uno muy claro. –Los dos hombres caminaron sin hablar, haciendo crujir las ramitas y las hojas bajo sus pies. ¿Describiría Nietzsche su sueño? Breuer ya había aprendido que, cuanto menos preguntaba él, más daba Nietzsche de sí. El silencio era lo mejor. Varios minutos después, prosiguió Nietzsche–. Es corto y, como el suyo, tiene que ver con las mujeres y la muerte. Soñé que estaba en la cama con una mujer y que había una pelea. Puede que los dos diésemos tirones a las sábanas. Como fuese, un par de minutos después me encontré prietamente envuelto en las sábanas, tanto que no podía moverme y empezaba a ahogarme. Me desperté cubierto de sudor, respirando con dificultad y gritando: "¡Vive! ¡Vive!".
Breuer trató de ayudarle para que recordara algo más del sueño, pero fue inútil. La única asociación que hacía Nietzsche era que estar envuelto en las sábanas era como el embalsamamiento al estilo egipcio. Se había convertido en momia.
–Me sorprende –dijo Breuer– que nuestros sueños sean diametralmente opuestos. Yo sueño con una mujer que me rescata de la muerte, mientras que en su sueño la mujer es el instrumento de la muerte.
–Sí, eso es lo que dice mi sueño. ¡Y eso es lo que creo! Amar a la mujer es odiar la vida!
–No lo entiendo, Friedrich. Vuelve usted a hablar de manera críptica.
–Quiero decir que no es posible amar a una mujer sin enceguecer ante la fealdad oculta bajo su bella piel: sangre, venas, mucosas, heces. Todos los horrores fisiológicos. El enamorado debe sacarse los ojos, debe abandonar la verdad. Y para mí, una vida sin verdad es la muerte en vida.
–Entonces, ¿no hay en su vida un lugar para el amor?
–Breuer lanzó un profundo suspiro–. Aunque el amor está destrozando mi vida, sus palabras hacen que me sienta triste por usted, amigo.
–Sueño con un amor que sea más que dos personas que anhelan poseerse. Una vez, no hace mucho, creí encontrarlo. Pero estaba equivocado.
–¿Qué sucedió?
Pensando que Nietzsche había hecho un leve movimiento de cabeza, Breuer no lo presionó. Siguieron andando hasta que Nietzsche volvió a hablar.
–Sueño con un amor en el que las dos personas compartan la pasión por la búsqueda de una verdad superior. Quizá no debería llamarlo amor. Tal vez su nombre verdadero sea amistad.
¡Qué diferente era la conversación aquella mañana! Breuer se sentía muy cerca de Nietzsche, incluso quería cogerlo del brazo para caminar juntos. Pero también se sentía decepcionado. Sabía que aquel día no lograría la ayuda que necesitaba. En aquella conversación mantenida a lo largo de un paseo no había suficiente intensidad comprimida.
Era demasiado fácil, en un momento de incomodidad, sumirse en el silencio y fijar la atención en el crujido de las ramas desnudas que el viento hacía temblar.
En un momento dado, Breuer se quedó atrás. Entonces Nietzsche se giró y se sorprendió al ver a su compañero, sombrero en mano, haciendo reverencias a una planta de aspecto vulgar.
–Digital –dijo Breuer–. Tengo por lo menos cuarenta pacientes con problemas cardíacos cuya vida depende de la generosidad de esta planta tan plebeya.
La visita al cementerio les había abierto viejas heridas de la infancia y, a medida que caminaban, recordaban. Nietzsche contó un sueño que recordaba haber tenido a los seis años, un año después de la muerte de su padre.
–Hoy todavía es tan vívido que es como si lo hubiera soñado anoche. Se abre una tumba y mi padre, envuelto en la mortaja, se levanta, entra en una iglesia y regresa al poco rato con un niño en brazos. Vuelve a la tumba con el niño. La tierra se cierra encima de ellos y la lápida los cubre. Lo que resulta horrible de verdad es que poco después de tener ese sueño, mi hermano menor se puso enfermo y murió.
–¡Es espantoso! –dijo Breuer–. ¡Es muy extraño que tuviera ese sueño premonitorio! ¿Cómo lo explica?
–No puedo. Durante mucho tiempo me aterró lo sobrenatural y rezaba las oraciones con gran devoción. Sin embargo, estos últimos años he empezado a sospechar que el sueño no estaba relacionado con mi hermano, que mi padre venía a buscarme a mí y que el sueño expresaba mi temor a la muerte.
Con una naturalidad que no habían sentido hasta entonces, siguieron recordando. Breuer se refirió a un sueño que había tenido en su antigua casa: su padre rezando y meciéndose, envuelto en el taled azul y blanco. Y Nietzsche describió una pesadilla en la que, al entrar en su dormitorio, veía, acostado en la cama, a un anciano con los estertores de la muerte.
–Los dos nos enfrentamos a la muerte a edad temprana –dijo Breuer, pensativo– y los dos sufrimos una pérdida cuando niños. Yo creo que nunca lo he superado
¿Y usted? ¿Cómo se sintió sin un padre que lo protegiera?
–¿Que me protegiera o que me oprimiera? ¿Fue una pérdida? No estoy tan seguro. O puede haber sido una pérdida para el niño, pero no para el hombre.
–¿Qué quiere decir con eso?
–Que nunca sentí el agobio de llevar a un padre a cuestas, que nunca me sentí sofocado por el peso de su juicio, que nunca se me enseñó que el objetivo de la vida era llevar a cabo las ambiciones frustradas del padre. Su muerte bien puede haber sido una bendición, una liberación. Sus caprichos nunca fueron mi ley. Me dejaron solo para que descubriera solo mi propio sendero, un sendero que nadie había hollado antes. ¡Piense en ello! ¿Podría yo, el anticristo, haber exorcizado falsas creencias y buscado nuevas verdades con un padre párroco que se retorciera de dolor ante cada triunfo mío, con un padre que habría considerado mis campañas contra la mentira como un ataque personal contra él?
–Pero –replicó Breuer– si usted hubiera contado con su protección cuando la necesitaba, ¿habría tenido que ser el anticristo?
Nietzsche no dijo nada y Breuer no insistió. Estaba aprendiendo a adaptarse al ritmo de Nietzsche: todas las preguntas en busca de la verdad estaban permitidas, incluso eran bien recibidas; pero rechazaba la insistencia forzada. Breuer sacó el reloj, el que le había regalado su padre. Era hora de volver al coche, donde les aguardaba Fischmann. Con el viento a sus espaldas, el regreso fue más fácil.
–Puede que usted sea más sincero que yo –especuló Breuer–. Tal vez los juicios de mi padre me hayan agobiado más de lo que creía. Pero la mayor parte del tiempo, le echo de menos.
–¿Qué echa de menos?
Breuer pensó en su padre y consideró uno por uno los recuerdos que pasaban ante sus ojos. El anciano, con el solideo en la cabeza, entonando una bendición antes de tomarse las patatas hervidas y el arenque de la cena. Su sonrisa, cuando se sentaba en la sinagoga y observaba cómo los dedos de su hijo jugaban con las borlas de su taled. Su resistencia a que el hijo rectificara una jugada después de haber movido una pieza: "Josef, no puedo permitir que aprendas malos hábitos". Su voz profunda de barítono, que llenaba la casa mientras cantaba pasajes a los jóvenes educandos a quienes preparaba para la bar mitsvá.
–Sobre todo, creo que echo de menos su atención. Siempre fue mi público principal, incluso al final de su vida, cuando tenía la mente confusa y se olvidaba de las cosas. Yo siempre le hablaba de mis éxitos, de mis aciertos en el diagnóstico, de mis descubrimientos en la investigación, incluso de mis obras de caridad. Incluso después de muerto siguió siendo mi público. Durante años lo imaginé mirando por encima de mi hombro, observando y aplaudiendo mis éxitos. Cuanto más se esfuma su imagen, más lucho con la sensación de que mis actividades y triunfos son evanescentes, de que no tienen un significado verdadero.
–¿Está diciendo, Josef, que, si sus éxitos estuvieran registrados en la mente efímera de su padre, tendrían significado?
–Sé que es irracional. Es como lo del ruido del árbol que cae en un bosque vacío. ¿Tiene significado una actividad cuando no es observada?
–La diferencia es que el árbol no tiene oídos, mientras que es usted, usted, quien da significados.
–Friedrich, usted es más independiente que yo, la persona más independiente que he conocido. Recuerdo que la primera vez que nos vimos, me maravilló su capacidad para progresar sin el reconocimiento de sus colegas.
–Hace mucho que aprendí que es más fácil enfrentarse a la mala reputación que a la mala conciencia. Además, no soy ambicioso: no escribo para la multitud. Y sé ser paciente. Puede que mis alumnos no hayan nacido aún. Sólo el pasado mañana me pertenece. ¡Algunos filósofos nacen después de la muerte!
–Pero, Friedrich, aunque usted crea que nacerá después de la muerte, ¿es eso tan diferente de mi ardiente deseo de conservar la atención de mi padre? Podrá esperar, incluso a pasado mañana, pero usted también anhela un público.
Una larga pausa. Por fin, Nietzsche asintió.
–Es posible. Es posible que tenga grandes cantidades de vanidad que todavía tengo que extirpar.
Breuer se limitó a asentir. No se le escapó que era la primera vez que Nietzsche aceptaba una observación suya. ¿Seria un momento crucial en sus relaciones? ¡No, todavía no! Un instante después, añadió Nietzsche–: Aun así, existe una diferencia entre desear la sanción de un padre y tratar de elevar a quienes vendrán en el futuro.
Breuer no respondió, aunque para él era obvio que los motivos de Nietzsche no eran de mera trascendencia personal y que su amigo también tenía sus recursos de trastienda para conquistar el recuerdo de la posteridad. Breuer tenía aquel día la sensación de que todos los motivos, los suyos y los de Nietzsche, surgían de una misma fuente: el impulso de escapar del olvido de la muerte. ¿Se estaba poniendo morboso? Quizá fuera el efecto del cementerio. Quizá incluso una visita mensual fuese excesiva.
Pero ni siquiera la morbosidad podía destruir el espíritu del paseo. Pensó en la definición de la amistad que había formulado Nietzsche: dos personas que se unían en la búsqueda de una verdad superior. ¿No era eso lo que habían hecho él y Nietzsche aquel día? Sí: eran amigos. Era un pensamiento tranquilizador aunque aquella relación en trance de intensificarse y sus vehementes conversaciones no aliviaban el dolor de Breuer. En honor de la amistad, trató de olvidar tan perturbadora idea.
Sin embargo, como amigo, Nietzsche debió de leerle la mente.
–Me ha gustado mucho el paseo, Josef, pero no debemos olvidar la razón de ser de nuestros encuentros: su estado psicológico.
Mientras descendían una loma, Breuer resbaló y se sujetó a un árbol.
–Cuidado, Friedrich, este suelo es muy resbaladizo. –Nietzsche le dio la mano y continuaron el descenso.
–He estado pensando –siguió diciendo Nietzsche– que, aunque nuestras charlas parezcan difusas, nos estamos acercando a una solución. Es cierto que nuestros ataques directos a la obsesión por Bertha han sido inútiles. Sin embargo, en los dos últimos días hemos descubierto por qué: porque la obsesión no implica a Bertha, o no sólo a ella, sino a una serie de significados que convergen en ella. ¿Coincidimos en esto? –Breuer asintió. Deseaba sugerir con educación que la ayuda no llegaría por medio de tales formulaciones intelectuales. Pero Nietzsche siguió hablando–. Ahora está claro que nuestro primer error ha sido considerar a Bertha el objetivo. No hemos elegido al enemigo indicado.
–¿Y de quién se trata...?
–¡Usted lo sabe, Josef'! ¿Por qué me obliga a decirlo? El enemigo indicado es el significado que subyace en su obsesión. Piense en la charla de hoy. Una y otra vez hemos vuelto a su temor al vacío, al olvido, a la muerte. Está en su pesadilla, en el suelo que se torna líquido, en su caída sobre la lápida de mármol. Está en su miedo al cementerio, en su preocupación por la falta de significado, en su deseo de ser observado y recordado. La paradoja, su paradoja, es que usted se dedica a la búsqueda de la verdad, pero no puede soportar la contemplación de lo que descubre.
–Pero también usted debe de tener miedo a la muerte y a la inexistencia de dioses. Desde el primer momento me he preguntado cómo puede soportarlo. ¿Cómo ha logrado vivir con tales horrores?
–Quizá haya llegado el momento de decírselo –contestó Nietzsche. Su actitud se había vuelto grandilocuente–. Hasta ahora no creía que estuviera preparado para oírme. Por una vez, Breuer, deseoso de oír el mensaje de Nietzsche, prefirió no poner objeciones a su tono profético–. Yo no enseño que se deba "soportar" la muerte ni "llegar a aceptarla". Todo eso es una traición a la vida. He aquí la lección que guardo para usted: ¡Morir en el momento oportuno!
–Morir en el momento oportuno! La frase sacudió a Breuer. El agradable paseo de la tarde se había tornado serio–. ¿Morir en el momento oportuno? ¿Qué quiere decir? Por favor, Friedrich, le repito que no soporto que diga algo importante de manera enigmática. ¿Por qué lo hace?
–Hace usted dos preguntas. ¿A cuál contesto?
–Hábleme de morir en el momento oportuno.
–¡Viva cuando vive! La muerte pierde su cualidad aterradora si uno muere cuando ha consumado su vida. Si uno no vive cuando debe hacerlo, no puede morir en el momento justo.
–¿Qué significa eso? volvió a preguntar Breuer, Sintiéndose todavía más frustrado.
–Pregúntese a sí mismo si ha consumado usted su vida.
–¿Contesta a las preguntas con preguntas, Friedrich?
–Usted hace preguntas cuyas respuestas conoce, Josef –contraatacó Nietzsche.
–Si yo conociera la respuesta, ¿por qué había de preguntársela?
– Para no conocer su propia respuesta!
Breuer hizo una pausa. Sabía que Nietzsche tenía razón. Dejó de oponer resistencia y centró su atención en sí mismo.
–¿He consumado mi vida? He logrado mucho, mucho más de lo que se podría haber esperado de mí. Éxito material, logros científicos, una familia, hijos. Pero ya hemos hablado de todo esto.
–Aun así, Josef, sigue eludiendo mi pregunta. ¿Ha vivido su vida o ha sido vivido por ella? ¿La ha elegido o ella lo eligió a usted? ¿Ama a su vida o se arrepiente de ella? Ésto es lo que quiero decir cuando le pregunto si ha consumado la vida. ¿La ha agotado? ¿Recuerda ese sueño en que su padre permanecía a su lado, rezando inútilmente mientras alguna calamidad le sucedía a su familia? ¿No es usted igual? ¿No se hace a un lado y se lamenta por una vida que nunca ha vivido?
Breuer se sintió presionado. Las preguntas de Nietzsche lo atravesaban y estaba indefenso ante ellas. Apenas podía respirar. Notaba el pecho a punto de estallar. Por un momento dejó de andar y respiró tres veces antes de responder.
–¡Usted conoce la respuesta! ¡No, no he elegido nada! ¡No he vivido la vida que quería! He vivido la vida que me fue asignada. He tenido encerrado mi verdadero yo.
–Creo que ésa es la verdadera causa de su angustia, Josef. Estoy convencido. La presión precordial se debe a que su pecho rebosa vida no vivida. Y su corazón siente que el tiempo pasa. Y el tiempo lo codicia todo. El tiempo devora y devora, y no devuelve nada. ¡Es terrible oírle decir que ha vivido la vida que le fue asignada! ¡Y es terrible enfrentarse a la muerte sin haber pedido jamás la libertad, a pesar de todo el peligro que entraña!
Nietzsche se había subido a su púlpito y su voz profética era atronadora. Breuer sintió una oleada de desilusión: sabía que no había esperanza para él.
–Friedrich ––dijo–. Son frases grandiosas las suyas. Las admiro. Me llegan al alma. Pero están muy lejos de mi vida. ¿Qué significa pedir libertad para mi situación cotidiana? ¿Cómo puedo ser libre? Mi caso no es como el de usted, un joven soltero que renuncia a una asfixiante profesión universitaria. ¡Para mí es demasiado tarde! Tengo una familia, empleados, pacientes, discípulos. ¡Es demasiado tarde! Podemos hablar hasta el fin del tiempo, pero yo no puedo cambiar mi vida: está demasiado complicada con otras vidas. –Se hizo un largo silencio, que Breuer interrumpió con voz cansada–. Pero no puedo dormir y ahora no puedo soportar la opresión en el pecho. –El viento helado traspasaba su abrigo. Se estremeció y se envolvió el cuello con la bufanda.
Nietzsche lo cogió del brazo.
–Amigo mío –susurró–, yo no puedo decirle cómo vivir de manera diferente porque, si lo hiciera, usted seguiría viviendo según el designio de otro. Pero hay algo que si puedo hacer, Josef. Puedo hacerle un obsequio, el obsequio de mi pensamiento más poderoso, la esencia de mi pensamiento. Tal vez ya le resulte familiar, pues lo esbocé en Humano, demasiado humano. Este pensamiento será la fuerza rectora de mi siguiente libro, quizá de todos mis libros futuros. –Hablaba en voz baja, en un tono solemne y majestuoso, como dando a entender que se trataba de la culminación de todo lo dicho hasta entonces. Los dos hombres siguieron caminando, cogidos del brazo. Breuer miraba hacia delante, esperando las palabras de Nietzsche– Josef, trate de aclarar su mente. ¡Imagine este experimento mental! ¿Y si un demonio le dijera que tiene que vivir de nuevo esta vida (la que vive ahora y la que ha vivido siempre) y, además, un número interminable de veces; y que no habrá nada nuevo en ella, sino que volverá a experimentar todos los dolores y alegrías y todas las cosas grandes y pequeñas, todo en la misma sucesión, en la misma secuencia, incluso este viento, y estos árboles, y este esquisto resbaladizo, incluso este cementerio y el espanto, incluso este dulce momento en que usted y yo, cogidos del brazo, murmuramos estas palabras? –Como Breuer permaneciera en silencio, Nietzsche prosiguió––. Imagine que el inmenso reloj de arena de la existencia da vueltas continuamente. Y los dos giramos cada vez como los granos de arena que somos.
Breuer hizo un esfuerzo por entenderle.
–¿Cómo es esta... esta fantasía?
–Es más que una fantasía –insistió Nietzsche–, es más aún que un experimento mental. ¡Escuche mis palabras! ¡Expulse todo lo demás! Piense en el infinito. Mire hacia atrás: imagínese mirando hacia atrás. El tiempo se extiende hacia atrás durante toda la eternidad. Y si el tiempo se extiende hacia atrás, ¿no es posible que lo que pueda pasar haya pasado ya? ¿No es posible que todo lo que ocurre ahora haya sucedido antes? Quienes recorren este sendero, ¿no pueden haberlo recorrido antes? Y si todo ha sucedido antes en el infinito del tiempo, ¿qué piensa usted entonces de este momento, de esta conversación bajo la bóveda de los árboles? ¿No puede esto haber sucedido antes? Y el tiempo que se extiende infinitamente hacia atrás, ¿acaso no puede también extenderse infinitamente hacia delante? ¿No podemos nosotros, en este momento, en todos los momentos, retornar eternamente?
Nietzsche guardó silencio con el fin de dar tiempo a Breuer para que asimilara su mensaje. Era mediodía, pero el cielo se había oscurecido. Y una nieve ligera empezaba a caer. El coche y Fishchmann surgieron ante sus ojos.
En el viaje de regreso a la clínica, los dos hombres reanudaron la charla. Nietzsche sostuvo que, aunque lo denominaba un experimento mental, su teoría del eterno retorno podía ser científicamente demostrada. Breuer se mostró escéptico con respecto a la prueba que aducía Nietzsche, que estaba basada en dos principios metafísicos: que el tiempo es infinito y que la fuerza (materia básica del universo) es finita. Dado un número finito de estados potenciales del mundo y una cantidad infinita de tiempo transcurrido, se deduce, según Nietzsche, que todos los estados posibles ya deben de haber ocurrido, y que el estado actual debe de ser una repetición. De igual manera, el estado que le dio origen y el que surge de éste, etc., etc., hacia atrás en el pasado y hacia delante en el futuro.
La perplejidad de Breuer aumentó.
–¿Quiere decir que por una simple ocurrencia del azar este momento preciso puede haber ocurrido antes?
Piense en el tiempo que siempre ha sido, en el tiempo que se extiende hacia atrás hacia la eternidad. En este tiempo infinito, ¿no pueden haberse repetido un número infinito de veces las distintas combinaciones de todos los acontecimientos que constituyen el mundo?
–¿Como un gran juego de dados?
–¡Exacto! ¡Los dados de la existencia! –Breuer siguió cuestionando la prueba cosmológica del eterno retorno de Nietzsche. Si bien éste contestó a todas sus preguntas, por fin se impacientó y levantó las manos–. Una y otra vez, Josef, me ha pedido una ayuda concreta. ¿Cuántas veces me ha pedido que no teorizara, que le ofreciera algo capaz de cambiarle? Ahora le estoy dando lo que me pide y usted no me escucha porque se fija en detalles. Escúcheme, amigo mío, escuche mis palabras. Ésto es lo más importante que he de decirle: ¡deje que este pensamiento se apodere de usted y le prometo que le cambiará para siempre!
Breuer no se inmutó.
–Pero ¿cómo puedo creer sin una prueba? No puedo invocar la fe. ¿Es que he renunciado a una religión sólo para abrazar otra?
–La prueba es en extremo compleja. Todavía está sin terminar y requerirá años de trabajo. Y ahora, como resultado de nuestra charla, no estoy seguro de que deba molestarme siquiera en invertir mi tiempo trabajando para obtener la prueba cosmológica. Puede que otros la usen como distracción. Quizá ellos, como usted, escarben en lo intrincado de la prueba y hagan caso omiso de lo esencial: las consecuencias psicológicas del eterno retorno. –Breuer no dijo nada. Miró por la ventanilla del coche y sacudió levemente la cabeza–. Permítame expresarlo de otra manera –prosiguió Nietzsche–. ¿No puede admitir que el eterno retorno es probable? No, espere, ni siquiera necesito eso. Digamos simplemente que es posible o que es simplemente posible. Eso me basta. ¡En realidad, es más posible y más probable que el cuento de hadas de la condenación eterna! ¿Qué puede perder por considerarlo una posibilidad? ¿No puede verlo como "la apuesta de Nietzsche"? –Breuer asintió–. ¡Le pido entonces que considere las implicaciones del eterno retorno para su vida, no de forma abstracta, sino ahora, hoy, en el sentido más concreto posible!
–¿Sugiere usted ––dijo Breuer– que experimentaré hasta el infinito cada uno de mis actos, cada uno de mis dolores?
–Sí, el eterno retorno significa que cada vez que usted opta por algo, lo hace para toda la eternidad. Y lo mismo sucede con cada acto no realizado, con cada pensamiento abortado, cada elección no tomada. Y toda la vida no vivida permanece dentro de usted, no vivida por toda la eternidad. Y la voz desoída de su conciencia le hablará siempre.
Breuer se sentía mareado: era difícil escuchar. Trató de concentrarse en el inmenso bigote de Nietzsche, que se movía con cada palabra. Como su boca y sus labios quedaban en la oscuridad, no había señales que advirtieran de las próximas palabras. De vez en cuando, su mirada captaba la de Nietzsche, pero era tan penetrante que la desviaba hacia su nariz carnosa pero poderosa, o hacia sus salientes cejas, que semejaban bigotes oculares.
Por fin, Breuer se atrevió a hacer una pregunta.
–Entonces, si lo he entendido bien ,¿el eterno retorno promete una forma de inmortalidad?
–¡No! –exclamó Nietzsche con vehemencia–. Yo enseño que no debe vivirse ni desperdiciarse la vida con la promesa de otra vida futura. Lo inmortal es esta vida, este momento. No hay otra vida, no hay un norte para esta vida, no hay un tribunal apocalíptico donde se nos juzgue. Este momento existe para siempre y usted, sólo usted, es su único público. –Breuer se estremeció. A medida que las implicaciones espeluznantes de la propuesta de Nietzsche se aclaraban, dejó de resistirse y se sumió en un estado de extraña concentración–. Insisto, Josef, en que permita que este pensamiento se apodere de usted. Tengo una pregunta que hacerle: ¿qué le parece la idea? ¿Le resulta abominable? ¿O le gusta?
–¡Me parece abominable! ––exclamó Breuer, casi gritando––. Vivir para siempre con la sensación de que no he vivido, de que no he conocido la libertad, es una idea que me llena de espanto.
–Entonces –lo exhortó Nietzsche–, viva de manera que le permita aceptar la idea con placer.
–Lo que acepto con placer en este momento, Friedrich, es pensar que he cumplido con mi deber hacia los demás.
–¿Su deber? ¿Acaso el deber puede ser superior a su amor por usted mismo y a su búsqueda de la libertad incondicional? Si no ha llegado a ser usted mismo, el deber del que habla no es más que un eufemismo: el uso que ha hecho de los demás para su propio beneficio.
Breuer se armó de energía para otra refutación.
–Existe el deber hacia los demás y yo he sido fiel a ese deber. En esto, al menos, tengo el coraje de mis convicciones.
–Mejor, mucho mejor, Josef, sería tener el coraje de cambiar sus convicciones. El deber y la fidelidad son falsedades, cortinajes tras los que ocultarse. La autoliberación implica un no sagrado, incluso ante el deber. –Breuer, asustado, clavó la mirada en los ojos de Nietzsche–. Usted quiere llegar a ser usted mismo –siguió diciendo Nietzsche–. ¿Cuántas veces se lo he oído decir? ¿Cuántas veces se ha lamentado de no haber conocido la libertad? Su bondad, su deber, su fidelidad, son los barrotes de su prisión. Estas pequeñas virtudes ocasionarán su muerte. Debe aprender a conocer su propia maldad. No puede ser parcialmente libre: sus instintos también ansían la libertad. Esos perros salvajes ocultos en el sótano, ellos también ladran reclamando ser libres. Escuche ,¿no los oye?
–Pero no puedo ser libre –dijo Breuer, implorante–. He hecho promesas matrimoniales sagradas. Tengo obligaciones con respecto a mis hijos, mis discípulos, mis pacientes.
–Para formar hijos primero debe formarse a si mismo. De lo contrario, recurrirá a ellos cuando tenga una necesidad animal, o se sienta solo, o necesite tapar los agujeros de sus remiendos. Su tarea como padre no es presentar otro yo, otro Josef, sino algo superior. Su deber es producir un creador. –Tras un instante de silencio, Nietzsche siguió hablando, inexorable–. ¿Y su esposa? ¿Acaso no está encarcelada por este matrimonio? El matrimonio no debería ser una prisión, sino un jardín en el que se cultive algo superior. Puede que la única manera de salvar su matrimonio sea renunciar a él.
–He hecho promesas sagradas.
–El matrimonio es algo grande. Es algo grande ser siempre dos personas, permanecer siempre enamorados. Sí, el matrimonio es sagrado. Y sin embargo... –La voz de Nietzsche se desvaneció.
¿Y sin embargo? –preguntó Breuer.
–El matrimonio es sagrado. Sin embargo –dijo Nietzsche con aspereza–, ¡es mejor romper con el matrimonio que ser roto por él!
Breuer cerró los ojos y se hundió en sus pensamientos. Ninguno de los dos habló durante el resto del viaje.

NOTAS DE FRIEDRICH NIETZSCHE SOBRE EL DOCTOR BREUER,
16 DE DICIEMBRE DE 1882
Un paseo que ha empezado bajo la luz del sol y ha terminado en la sombra. Quizá nos hemos adentrado demasiado en el cementerio. ¿No deberíamos haber regresado antes? ¿Le he proporcionado algo demasiado fuerte en que pensar? El eterno retorno es un martillo poderoso. Romperá a quienes no estén preparados para aceptarlo.
¡No! Un psicólogo, un escrutador de almas, necesita la dureza más que nadie. De lo contrario, se llenará de piedad Y sus discípulos se ahogarán en un charco.
Sin embargo, al final de nuestro paseo, Josef parecía agobiado y apenas podía hablar. Hay personas que no nacen endurecidas. Un psicólogo verdadero, como un artista, debe amar su paleta. Quizá se necesitaba más benevolencia, más paciencia. ¿Desnudo a la gente antes de enseñarle a tejer la nueva indumentaria?¿Le habré enseñado a ser libre "de" sin enseñarle a ser libre "para"?
No, un guía tiene que ser una barandilla junto al torrente, pero no tiene que convertirse en una muleta. El guía debe enseñar el sendero que se abre ante su discípulo. Pero no debe escoger el sendero.
"Sea mi maestro", me pide. “Ayúdeme a conquistar la desesperación.” ¿Tengo que esconder mi sabiduría? ¿Y la responsabilidad del estudiante? Tiene que endurecerse ante el frío, tiene que aferrarse a la barandilla con sus propios dedos, tiene que perderse varias veces por senderos equivocados antes de hallar el correcto.
Solo, en la montaña, voy por el camino más corto: de cumbre en cumbre. Pero mis discípulos se pierden cuando me adelanto demasiado. Tengo que aprender a disminuir el paso. Hoy quizá hemos andado demasiado deprisa. He desentrañado un sueño, he separado a una Bertha de otra, he vuelto a enterrar a los muertos y he enseñado cómo morir en el momento oportuno. Y todo esto no ha sido sino la obertura para el gran tema del eterno retorno.
¿Lo habré impulsado en exceso hacia el dolor? Muchas veces parecía demasiado trastornado para oírme. ¿Pero qué he desafiado? ¿Qué he destruido? Sólo valores vacíos y creencias tambaleantes. ¡Hay que ejercer presión contra lo que se tambalea!
Hoy he aprendido que el mejor maestro es el que aprende de su alumno. Tal vez tenga razón. ¡Qué distinta sería mi vida de no haber perdido a mi padre! ¿Será verdad que martilleo con tanta fuerza porque lo odio por haber muerto? ¿Y será verdad que hago tanto ruido al martillar porque ansío que me escuchen?
Me preocupa su silencio al final del paseo. Tenía los ojos abiertos, pero no parecía ver. Apenas respiraba. Sin embargo, sé que el rocío cae con más fuerza cuando la noche es casi silenciosa.

VEINTIUNO

Liberar las palomas fue casi tan difícil como despedirse de su familia. Breuer lloró al llevar las jaulas a la ventana y al abrir las puertas de tela metálica. Al principio, las palomas parecían no entender. Levantaban los ojos del plato de comida y lo miraban sin comprender. Breuer gesticuló con los brazos, alentándolas a volar en busca de libertad.
Cuando sacudió y golpeó las jaulas, las palomas cruzaron la puerta abierta de la jaula y, sin girarse para mirar por última vez al carcelero, volaron hacia el cielo temprano de la mañana, veteado de sangre. Breuer contempló con dolor su vuelo: cada movimiento de sus alas de color azul plateado significaba el fin de su investigación científica.
Mucho después de que las palomas hubieran desaparecido, seguía contemplando el cielo a través de la ventana. Había sido el día más doloroso de su vida y todavía no se había recuperado de la disputa que había tenido con Mathilde aquella mañana. Una y otra vez, la escena se repetía en su mente y pensaba si habría podido comunicarle su decisión de marcharse de una forma más grata y menos dolorosa.
–Mathilde –había dicho aquella mañana–, no hay manera de decir esto, excepto sin rodeos, tal como es: quiero libertad. Me siento atrapado, no por tí, sino por mi destino. Por un destino que no he elegido. –Atónita y atemorizada, Mathilde se había limitado a mirarlo fijamente.
Breuer prosiguió–. De repente me siento viejo. Me siento como un anciano, enterrado en vida por una profesión, una familia, una cultura. Todo me ha sido asignado. Yo no he elegido nada. ¡Tengo que concederme una oportunidad! Tengo que concederme la oportunidad de encontrarme a mí mismo.
–¿Una oportunidad? –replicó Mathilde–. ¿Para encontrarte a tí mismo? Josef, ¿qué estás diciendo? No te entiendo. ¿Qué es lo que estás pidiendo?
–¡No te pido nada a ti! Me pido algo a mí mismo. Tengo que cambiar mi vida. De lo contrario, me enfrentaré a la muerte sin la sensación de haber vivido.
–¡Josef, esto es una locura! –exclamó Mathilde. El miedo le dilató los ojos–. ¿Qué te ha pasado? ¿Desde cuándo existen tu vida y mi vida? Compartimos la misma vida. Hicimos un pacto para compartir nuestras vidas.
–Pero ¿cómo pude dar nada antes de que fuera mío?
–Ya no te entiendo. "Libertad", "encontrarme a mí mismo", "no haber vivido"... Esas palabras carecen de sentido para mí. ¿Qué te está pasando, Josef? ¿Qué nos está pasando? –Mathilde no pudo seguir hablando. Se metió los puños en la boca, dio media vuelta y empezó a sollozar.
Josef había visto cómo se convulsionaba. Se acercó a ella. Mathilde se esforzaba por respirar, la cabeza apoyada sobre el brazo del sillón. Las lágrimas le caían en la falda, los sollozos agitaban sus pechos. Deseando consolarla, le puso la mano sobre el hombro, pero notó que ella se apartaba. Fue entonces, en ese momento, cuando se dio cuenta de que el curso de su vida había llegado a una encrucijada. Se había apartado de la multitud. Ya había consumado la ruptura. El hombro de su mujer, su espalda, sus pechos, ya no le pertenecían: había perdido el derecho a tocarla y ahora tendría que enfrentarse al mundo sin el refugio de su carne.
–Es mejor que me marche enseguida, Mathilde. No puedo decirte adónde voy. Es mejor que ni yo mismo lo sepa. Le daré instrucciones a Max para que se ocupe de todos los asuntos económicos. Te lo dejo todo; no me llevaré nada, salvo la ropa que llevo puesta, una maleta pequeña y dinero suficiente para comer. –Mathilde siguió llorando. Parecía incapaz de responder. ¿Habría oído sus palabras?– Cuando tenga una dirección, me pondré en contacto contigo. –No recibió respuesta–. Tengo que irme. Tengo que hacer un cambio y asumir el control de mi vida. Creo que ambos estaremos mejor cuando sea capaz de elegir mi destino. Tal vez escoja esta misma vida, pero tiene que ser una elección, mi propia elección.
Ni siquiera después de tales palabras había recibido una respuesta de Mathilde, que seguía sollozando. Aturdido, Breuer había salido de la habitación.
Toda la conversación había sido un error cruel, pensó mientras cerraba las jaulas de las palomas y las volvía a poner en los estantes del laboratorio. En una jaula quedaban cuatro palomas que no podían volar porque los experimentos quirúrgicos habían alterado su equilibrio. Breuer sabia que tenía que sacrificarlas antes de irse, pero, deseoso de no sentir responsabilidad por nada ni por nadie, se limitó a llenar sus platos de agua y comida y a abandonarlas a su suerte.
"No, no tendría que haberle hablado de libertad, de elección, de sentirme atrapado, de destino, de encontrarme a mí mismo. ¡No era posible que me entendiera! Apenas me entiendo yo. Cuando Friedrich me habló por primera vez en ese lenguaje, yo no pude comprenderlo. Habría sido mejor decírselo con otras palabras: quizá "unas breves vacaciones", "el agotamiento profesional", o "una estancia prolongada en un balneario del Norte de África". Palabras que ella hubiera podido entender. Y con las que hubiera podido dar una explicación a su familia y los demás.
"¡Dios mío!, ¿qué dirá a la gente? ¿En qué situación va a quedar ella? ¡No, basta! ¡Eso es responsabilidad suya, no mía! Asumir las responsabilidades de los otros: ésta es la trampa en que estamos atrapados, yo y los demás."
Un rumor de pasos interrumpió las meditaciones de Breuer. Mathilde abrió la puerta con tal ímpetu que la lanzó contra la pared. Estaba muy pálida y tenía el pelo despeinado y los ojos hinchados.
–He dejado de llorar, Josef. Y ahora te contestaré. Hay un error, algo maligno, en lo que acabas de decirme. Y además absurdo. ¡Libertad! ¡Libertad! Hablas de libertad. ¡Una broma cruel para mí! Ojalá yo hubiera podido tener tu libertad: la libertad de un hombre de estudiar, de elegir una profesión. Nunca hasta ahora he deseado con tantas ganas tener una educación. ¡Ojalá tuviera el vocabulario apropiado, la lógica necesaria, para demostrarte lo ridículas que suenan tus palabras! –Mathilde se detuvo y retiró una silla del escritorio. Rechazando la ayuda de Breuer, se sentó y guardó silencio un momento para recobrar el aliento–. ¿Quieres irte? ¿Quieres elegir una vida nueva? ¿Has olvidado la elección que ya has tomado? Elegiste casarte conmigo. ¿Y de veras no entiendes que elegiste un compromiso contigo mismo, conmigo, con nosotros? ¿Qué es una elección, si te niegas a respetarla? No sé qué es. Quizá un capricho, o un impulso, pero no una elección.
Asustaba ver a Mathilde así. Pero Breuer sabía que debía mantenerse firme.
–Yo tendría que haber sido "yo" antes de que hubiera un "nosotros". Hice una elección antes de estar formado para poder tomar decisiones y elegir.
–Entonces, eso también es una elección –respondió Mathilde de inmediato––. ¿Quién es ese "yo" que no ha sido "yo"? Dentro de un año dirás que el "yo" de este momento aún no estaba formado y que las decisiones que tomas hoy no cuentan. Ésto es un engaño, una trampa que te tiendes a ti mismo, una manera de librarte de toda responsabilidad por tus propias elecciones. En nuestra boda, cuando dijimos sí ante el rabino, dijimos no a las otras opciones. Podría haberme casado con otro. ¡Sin problema Tenía muchos pretendientes. ¿No eras tú quien decía que era la mujer más hermosa de Viena?
–Lo sigo diciendo.
Mathilde vaciló tin instante. Luego, prescindiendo la respuesta de él, siguió hablando.
–¿No comprendes que no puedes contraer un compromiso conmigo y luego, de pronto, decir: "No, me retracto; después de todo, no estoy seguro"? Eso es inmoral. Perverso. –Breuer no contestó. Contuvo el aliento e imaginó que podía agachar las orejas, como el gato de Robert.
Sabía que Mathilde tenía razón. Y sabía que Mathilde estaba equivocada–. Quieres tener la posibilidad de elegir y, al mismo tiempo, mantener todas las elecciones posibles. Me pediste que te entregara mi libertad, la poca que tenía, por lo menos mi libertad para elegir marido, pero tú quieres tener tu libertad a tu disposición: a tu disposición para satisfacer tu lujuria con una paciente de veintiún años.
Josef se sonrojó.
–¿De modo que eso es lo que piensas? No, ésto no tiene nada que ver con Bertha ni con ninguna otra mujer.
–Tus palabras dicen una cosa, tu rostro otra. Yo no fui a la universidad, Josef, y no por propia elección. ¡Pero no soy estúpida!
–Mathilde, no menosprecies mi lucha. Estoy intentando hallar el significado de toda mi vida. Un hombre tiene un deber con los demás, pero tiene un deber superior hacia sí mismo. El...
–¿Y una mujer? ¿Qué hay del significado de su vida, de su libertad?
–No me refiero a los hombres, sino a las personas, a todas. Cada uno de nosotros tiene que elegir.
–Yo no soy como tú. Yo no puedo elegir la libertad cuando mi elección esclaviza a los demás. ¿Has pensado en lo que significa tu libertad para mí? ¿Qué elecciones puede hacer una viuda, o una mujer abandonada?
–Eres libre, igual que yo. Eres joven, rica, atractiva, saludable.
–¿Libre? ¿Dónde tienes la cabeza hoy, Josef? ¡Piensa en lo que dices! ¿Dónde está la libertad de una mujer? A mí no se me permitió estudiar. Salí de la casa de mi padre para entrar en la tuya. Tuve que pelearme con mi madre y con mi abuela incluso para elegir libremente mis propias alfombras, mis propios muebles.
–¡Mathilde, no es la realidad lo que te aprisiona, sino tu actitud hacia tu cultura! Hace un par de semanas vi a una joven rusa en mi consultorio. Las rusas no tienen más independencia que las vienesas y, sin embargo, esta joven rusa exigió su libertad: desafía a su familia, exige una educación, ejerce su derecho a elegir la vida que quiere. Y tú puedes hacer lo mismo. Eres libre de hacer lo que se te antoje. ¡Eres rica! ¡Puedes cambiar de nombre y vivir en Italia!
–¡Palabras, palabras, palabras! ¡Una judía de treinta y seis años, libre y viajando sola! ¡Josef, hablas como un necio! ¡Despierta! ¡Vive la realidad! ¿Y los niños? ¡Cambiar de nombre! ¿También ellos tendrán que elegir un nombre nuevo?
–Recuerda, Mathilde, que tú, en cuanto nos casamos, no quisiste otra cosa que tener hijos. Hijos y más hijos. Te pedí que esperáramos. –Mathilde contuvo la rabia y volvió la cabeza–. Yo no puedo decirte cómo ser libre, Mathilde. Yo no puedo enseñarte tu camino porque ya no seria el tuyo. Pero si tienes valor, sé que puedes encontrarlo.
Mathilde se puso en pie y se dirigió a la puerta, donde se dio la vuelta.
–Escúchame, Josef. ¿Quieres encontrar la libertad de elegir? Entonces tienes que saber que este momento es una elección. Dices que necesitas elegir tu vida, y que, con el tiempo, tal vez quieras reanudar tu vida aquí. Pero es que yo también elijo mi vida, Josef. Y elijo decirte que no hay regreso. Jamás podrás reanudar tu vida conmigo porque cuando hoy salgas de esta casa, dejaré de ser tu mujer. ¡No podrás optar por volver a esta casa porque ya no será tuya!
Josef cerró los ojos y agachó la cabeza. Lo siguiente que oyó fue el portazo que dio Mathilde y sus pasos al descender la escalera. Se sentía tambaleante por los golpes que acababa de recibir, pero también extrañamente regocijado. Las palabras de Mathilde eran terribles. Pero tenía razón. Aquella decisión tenía que ser irreversible.
"Ahora ya lo he hecho. Por fin me ocurre algo, algo real, no sólo pensamientos sino algo en el mundo real. He imaginado esta escena una y otra vez. ¡Ahora la siento! Ahora sé lo que es responsabilizarme de mi destino. Es terrible y es maravilloso."
Terminó de hacer el equipaje, besó a sus hijos, que dormían, y en voz baja se despidió de ellos. Sólo Robert se movió y murmuró: "¿Adónde vas, padre?". Pero al instante volvió a quedarse dormido. Era extraño, pero nada le causó dolor. Breuer se maravilló por la forma en que había aletargado sus sentimientos para protegerse. Levantó la maleta y descendió la escalera hasta su despacho, donde se pasó el resto de la mañana escribiendo largas notas en las que daba instrucciones a Frau Becker y rogaba a tres médicos que se hicieran cargo de sus pacientes.
¿Tenía que escribir a sus amigos para darles una explicación? Vaciló. ¿No era el momento de romper los lazos con su vida anterior? Nietzsche le había dicho que un nuevo ser tiene que ser construido a partir de las cenizas de su vida anterior. Pero luego recordó que el mismo Nietzsche seguía escribiéndose con sus viejos amigos. Si ni siquiera Nietzsche podía soportar un aislamiento total ,¿cómo iba él a exigirse más a sí mismo?
Así pues, escribió cartas de despedida a sus amigos más cercanos: a Freud, a Ernst Fleishí y a Franz Brentano. A cada uno le explicó los motivos de su decisión, a pesar de que sabía que, resumidos en una breve carta, podían resultar insuficientes o incomprensibles. "Te aseguro", explicaba a todos por igual, "que no se trata de un acto frívolo. Tengo razones importantes que te confesaré más adelante". En especial, Breuer se sentía culpable en el caso de su amigo Fleishl, el patólogo que había contraído una infección mientras realizaba la disección de un cadáver: durante años le había dado apoyo médico y psicológico, y ahora se lo quitaba. También se sentía culpable con respecto a Freud, que dependía de él, no sólo por amistad y consejo profesional, sino también en términos económicos. Aunque Sig quería mucho a Mathilde, Breuer esperaba que, con el tiempo, llegara a comprenderle y que perdonara su decisión. Breuer añadió a su carta una nota aparte en la que cancelaba oficialmente todas las deudas de Freud con los Breuer.
Lloró al descender la escalera del número 7 de la Bäckersrtrasse por última vez. Mientras esperaba a que el Dientsmann del distrito localizase a Fischmann, meditó acerca de la placa de bronce clavada junto a la puerta de la calle: "Doctor Josef Breuer, medicina general. Primer piso". La placa ya no estaría allí cuando fuera de visita a Viena en el futuro. Tampoco su consultorio. Ah, el granito y los ladrillos del primer piso seguirían allí, pero ya no serían suyos; el despacho pronto perdería el olor de su existencia. Experimentó el mismo sentimiento que cuando visitaba el hogar de su infancia, aquella casa pequeña que destilaba al mismo tiempo una intensa familiaridad y una dolorosísima indiferencia y que ahora alojaba a otra combativa familia, quizá a un joven prometedor que en el futuro podía llegar a ser médico.
Pero él, Josef, no era necesario: el mundo se olvidaría de él, el tiempo y la existencia de otros devorarían su lugar. Moriría en los próximos diez o veinte años. Y moriría solo. "A pesar de la compañía siempre se muere solo", pensó.
Consiguió infundirse ánimos al pensar que, si el hombre estaba solo y la necesidad era una ilusión, entonces era libre. Sin embargo, en cuanto subió a su coche, esos ánimos se convirtieron en opresión. Contempló los otros edificios de la calle. ¿Le estaba espiando alguien? ¿Le estaban observando los vecinos desde sus ventanas? ¡Sin duda, tenían que saber que estaba ocurriendo algo trascendental! ¿Se enterarían al día siguiente? ¿Tiraría Mathilde, con la ayuda de su madre y sus hermanas, su ropa a la calle? Había oído hablar de esposas furiosas que habían actuado de aquel modo.
Su primera parada fue la casa de Max. Max le estaba esperando porque el día anterior, inmediatamente después de su visita al cementerio con Nietzsche, Breuer le había confiado su decisión de irse de Viena y le había pedido que se hiciera cargo de los asuntos económicos de Mathilde.
Una vez más, Max intentó disuadirlo y le dijo que consideraba su modo de proceder impetuoso y equivocado. Fue inútil: Breuer estaba decidido. Al final, Max se cansó y pareció resignarse y aceptar la decisión de su cuñado. Los dos hombres se pasaron una hora examinando los asuntos financieros de la familia. Sin embargo, cuando Breuer se disponía a marcharse, Max se puso en pie de repente y bloqueó la puerta con su enorme cuerpo. Por un momento, sobre todo cuando Max extendió los brazos, Breuer temió que intentara detenerlo por la fuerza. Pero Max sólo quería abrazarlo. Se le quebró la voz.
–¿Así que esta noche no hay ajedrez? Mi vida no volverá a ser igual, Josef. Te echaré mucho de menos. Eres el mejor amigo que he tenido.
Demasiado emocionado para responder con palabras, Breuer abrazó a Max y se fue en seguida de la casa. En el coche, dio instrucciones a Fischmann para que lo llevara a la estación y, poco antes de llegar, le dijo que iba a hacer un viaje muy largo. Le dio el sueldo de dos meses y le prometió ponerse en contacto con él cuando regresara a Viena.
Mientras esperaba para subir al tren, Breuer se reprendió a sí mismo por no haber dicho a Fischmann que nunca regresaría. "¿Cómo he podido tratarlo con tanta indiferencia? ¡Después de diez años juntos!" Luego, se perdonó. Había un límite para lo que podía soportar en un solo día.
Se dirigía a la pequeña ciudad suiza de Kreuzlingen, donde desde hacía unos meses estaba hospitalizada Bertha, en la clínica Bellevue. Se sentía intrigado por su aturdimiento. ¿Cuándo y dónde había tomado la decisión de visitar a Bertha? Cuando el tren se puso en marcha, apoyó la cabeza en el respaldo acolchado de su asiento, cerró los ojos y meditó acerca de los acontecimientos del día.
"Friedrich tenía razón: todo este tiempo, mi libertad ha estado a mi entera disposición. Hace años que podría haberla tenido. Viena sigue en pie. La vida continuará sin mí. Mi ausencia se habría producido, de todos modos, dentro de diez o veinte años. Desde una perspectiva cósmica, ¿cuál es la diferencia? Ya tengo cuarenta años: hace ocho que murió mi hermano menor, diez que murió mi padre, treinta y seis que murió mi madre. Ahora, mientras todavía puedo ver y caminar, cogeré una pequeña fracción de mi vida para mí: ¿es demasiado pedir? Estoy tan cansado de servir, de cuidar a los demás... Si, Friedrich tenía razón. ¿Estaré para siempre atado al yugo del deber? Durante toda la eternidad, ¿viviré una vida de pesar y arrepentimiento?"
Trató de dormir, pero cada vez que estaba a punto de hacerlo, visiones de sus hijos le invadían la mente. Hizo una mueca de dolor al pensar en ellos sin un padre. "Friedrich tiene razón", pensó, "cuando dice: "No hay que procrear a menos que se esté preparado para ser creador y padre de creadores". Está mal tener hijos por necesidad, mal utilizar a un hijo para aliviar la soledad, mal darle un propósito a la vida reproduciendo otra versión de uno mismo. Está mal también buscar la inmortalidad arrojando el germen de uno mismo hacia el futuro, como si el esperma contuviera nuestra mente. Pero ¿y los niños? Fue un error, se me obligó a tenerlos, a procrearlos antes de ser consciente de mi elección. Sin embargo, ahí están, existen. Nietzsche no dice nada sobre ellos. Y Mathilde me ha advertido que tal vez no los vuelva a ver".
Breuer estuvo a punto de sumirse en la desesperación, pero pronto reaccionó. "¡No! ¡Hay que desechar estos pensamientos! Friedrich tiene razón: el deber, las convenciones, la fidelidad, el desinterés, la bondad, son drogas que nos sumen en un letargo tan profundo que, si llegamos a despertar, a despertar del todo, lo hacemos al final de la vida. Y sólo para darnos cuenta de que no hemos vivido de verdad.
"Sólo tengo una vida, una vida que puede repetirse para siempre. No quiero pasarme toda la eternidad lamentando haberme perdido mientras cumplía con mi deber hacia mis hijos.
"Ésta es mi oportunidad de construir un nuevo ser sobre las cenizas de mi vieja vida! Luego, cuando lo haya hecho, encontraré la manera de regresar con mis hijos. Entonces no me tiranizarán las ideas de Mathilde sobre lo que está socialmente permitido. ¿Quién puede obstaculizar el camino de un padre hacia sus hijos? Seré como un hacha. Me abriré camino cortando las ramas hasta ellos. En cuanto al día de hoy, que Dios los ayude. Yo no puedo hacer nada. Me estoy ahogando y primero tengo que salvarme.
“¿Y Mathilde? ¡Friedrich dice que la única forma de salvar un matrimonio consiste en romperlo! Y que es mejor quebrantarlo que dejarse quebrantar por él. Quizá el matrimonio también haya destrozado a Mathilde. Tal vez ella esté mejor sin mí. Tal vez esté tan aprisionada como yo. Lou Salomé diría eso. ¿Cómo lo expresó: que nunca se dejaría esclavizar por las debilidades de los demás? ¡Puede que mi ausencia libere a Mathilde!"
Aquella misma noche el tren llegó a Constanza. Breuer descendió y pasó la noche en un hotel modesto de la estación. Tenía que ir acostumbrándose, se dijo, a alojarse en hoteles de segunda y tercera clase. Por la mañana alquiló un coche hasta la clínica Bellevue, en Kreuzlingen. Al llegar, dijo al director, Robert Binswanger, que una inesperada consulta lo había llevado a Ginebra y que, como estaba cerca de la clínica, había decidido hacer una visita a su ex paciente, Fräulein Pappenheim.
No había nada extraño en su petición: en Bellevue, todo el mundo estaba al corriente de la amistad de Breuer con Ludwig Binswanger, el anterior director (y padre del actual), que acababa de fallecer. El doctor Binswanger respondió que mandaría de inmediato a buscar a Fräulein Pappenheim.
–Está dando un paseo y discutiendo su estado con su nuevo médico, el doctor Durkin. Binswanger se puso en pie y se dirigió a la ventana. Allí están, en el jardín, puede verlos desde aquí.
–No, no, doctor Binswanger, no los interrumpa. Estoy convencido de que nada tiene prioridad sobre las sesiones entre médico y paciente. Además, hace un día espléndido. Últimamente, en Viena hemos visto el sol muy poco. Si no le importa, la esperaré en el jardín. Por otra parte, me gustaría observar a Fräulein Pappenheim, sobre todo su manera de andar, desde una posición discreta.
En una terraza de los extensos jardines de Bellevue, Breuer vio a Bertha y a su médico paseando por un sendero bordeado de altas plantas de boj perfectamente recortadas. Escogió su puesto de observación con cuidado: un banco blanco que había en la terraza superior, casi oculto por las ramas desnudas de un emparrado. Desde allí, mirando hacia abajo, podía ver a Bertha con toda claridad y quizá, cuando ella pasara cerca, podría incluso oír sus palabras.
Bertha y Durkin acababan de pasar bajo su banco y se iban alejando por el sendero. Le llegó el olor a espliego de la muchacha. Aspiró con voracidad y sintió que el dolor del largo anhelo le recorría el cuerpo. ¡Qué frágil parecía Bertha! De pronto, la joven se detuvo. Se le había agarrotado la pierna derecha. Breuer recordó que le había ocurrido a menudo durante sus paseos. Bertha se agarró a Durkin en busca de apoyo. Lo abrazaba estrechamente, como antes se había abrazado a él. ¡Con los dos brazos, y se apretaba contra él! Breuer recordó que con él había hecho lo mismo. ¡Ay, cuánto amaba el tacto de sus pechos! Al igual que la princesa que notaba el guisante debajo de muchos colchones, podía sentir aquellos pechos aterciopelados a través de todos los obstáculos: la capa de astracán de la joven y su abrigo de piel sólo habían sido barreras de telaraña que se habían interpuesto a su placer.
¡Bertha tenía un calambre en la pierna! La joven se cogió el muslo. Breuer sabía lo que sucedería a continuación. Durkin la levantó de inmediato, la llevó hasta el banco más próximo y la tendió en él. Ahora vendría el masaje. Si, Durkin se quitó los guantes metió con cuidado las manos debajo del abrigo y le empezó a masajear el muslo. ¿Gemiría ahora Bertha de dolor? ¡Sí, con suavidad! ¡Breuer podía oírla! "¿No cerrará ahora los ojos, como si estuviera en trance, extenderá los brazos sobre la cabeza, arqueará la espalda y adelantará el pecho? ¡Sí, sí, lo está haciendo! Ahora se abrirá el abrigo." Si, Breuer vio que Bertha hundía con discreción la mano en su abrigo y empezaba a desabrochárselo. Sabía que se le subiría el vestido: pasaba siempre. "¡Ahí está! Está doblando las rodillas (Breuer nunca la había visto hacer aquello) y se le está subiendo el vestido, casi hasta la cintura. Durkin permanece inmóvil, contemplando las bragas de Bertha y el débil esbozo de un triángulo oscuro."
Desde su distante puesto de observación, Breuer fijó la mirada por encima del hombro de Durkin y, como él, se quedó paralizado. "¡Cúbrela, estúpido!" Durkin trataba de bajarle el vestido y de cerrarle el abrigo. Las manos de Bertha se interponían. Tenía los ojos cerrados. ¿Habría caído en trance? "Durkin parece agitado y lo cierto es que tiene motivos para estarlo", pensó Breuer. "Además, mira, nervioso a su alrededor. ¡No hay nadie, gracias a Dios!" El calambre de la pierna había disminuido. Durkin ayudó a Bertha a incorporarse. La joven intentó andar.
Breuer se sentía aturdido, como si hubiera salido de su cuerpo. Había algo irreal en la escena que se estaba produciendo ante sus ojos, como si estuviera observando una obra de teatro desde la última fila del gallinero de un teatro enorme. ¿Qué sentía? ¿Tal vez celos de Durkin? Durkin era joven, apuesto y soltero, y Bertha se agarraba a él más de lo que lo hacía con Breuer. ¡Pero, no! Breuer no sentía celos, ni animosidad. Nada en absoluto. Por el contrario, sentía simpatía y afecto por Durkin. Bertha no los separaba: los unía en una hermandad agitada.
La joven pareja continuó su paseo. Breuer sonrió al ver que ahora era el médico, y no la paciente, quien andaba con un paso torpe, como arrastrando los pies. Sintió simpatía por su sucesor: ¿cuántas veces había él tenido que andar junto a Bertha con una molesta y palpitante erección? "Tiene suerte, doctor Durkin, de que sea invierno", se dijo Breuer. "Es mucho peor en verano, sin abrigo para esconderse. Entonces, hay que esconderla bajo el cinturón."
La pareja llegó al final del sendero, dio media vuelta y empezó a caminar en dirección hacia él. Bertha se llevó la mano a la mejilla. Breuer alcanzó a ver que estaba sufriendo un espasmo de los músculos orbitales y que le dolía mucho. Ese padecimiento facial, el tic douloureux, ocurría cada día y era tan fuerte que sólo se aliviaba con morfina. Bertha se detuvo. Breuer sabia perfectamente lo que ocurriría a continuación. Era algo extraño. Una vez más, se sintió como en un teatro: él era el director, o el apuntador que indicaba a los actores cuál era la línea siguiente. "Ponle las manos en la cara, las palmas sobre las mejillas, los pulgares sobre el puente de la nariz. Así es. Ahora aprieta un poco y acaríciale las cejas, una y otra vez. ¡Muy bien!" Pudo ver que a Bertha se le relajaba la cara. Bertha se irguió, cogió a Durkin por las muñecas y se llevó las manos del médico a los labios. En ese instante Breuer sí sintió una puñalada. Ella le había besado las manos de aquella manera sólo en una ocasión: había sido el momento de mayor contacto entre los dos. Entonces, ella se acercó más adonde él estaba y Breuer pudo oír lo que decía a Durlcin: "Papaíto, mi querido papaíto". Breuer sintió una punzada: así acostumbraba llamarlo a él.
Eso fue todo cuanto oyó. Fue suficiente. Se puso en pie y, sin dirigir ni una palabra a las intrigadas enfermeras, salió de Bellevue y subió al coche que lo esperaba. Aturdido, regresó a Constanza, donde de algún modo logró subir al tren. El sonido del silbato de la locomotora le hizo reaccionar. Con el corazón latiéndole con fuerza, apoyó la cabeza en el respaldo y se puso a pensar en lo que acababa de ver.
"Esa placa de bronce, mí consultorio en Viena, el hogar de mi infancia y ahora también Bertha siguen siendo lo que son: nada me necesita a mí para su existencia. Yo soy algo incidental, intercambiable. No soy necesario para el drama de Bertha. Nadie es necesario, ni siquiera los protagonistas del drama. Ni yo, ni Durkin, ni los que vendrán después de él."
Se sintió abrumado: quizá necesitaba más tiempo para absorber todo aquello. Estaba cansado; se recostó, cerró los ojos y buscó refugio en un ensueño con Bertha. ¡Pero no pasó nada! Había dado todos los pasos de costumbre: se había concentrado mentalmente, había dispuesto la escena inicial del ensueño, listo para lo que ocurriría (cosa que siempre decidía Bertha, no él), y se había preparado para que empezara la acción. Pero no había acción. Nada se movía. El escenario de la mente permanecía inmóvil, aguardando sus órdenes.
Breuer se dio cuenta de que ahora podía evocar la imagen de Bertha o borrarla a voluntad. Cuando la llamaba, ella siempre acudía en la forma o postura que él deseaba. Pero ella ya no tenía autonomía: su imagen quedaba congelada hasta que él quería que se moviera. El vínculo que él sentía hacia ella, la atracción que ella ejercía sobre él, ahora se habían aflojado.
Breuer se quedó maravillado ante aquella transformación. Nunca antes había pensado en Bertha con tanta indiferencia. No, no era indiferencia, sino calma, seguridad en sí mismo. Ya no había una gran pasión ni un anhelo, ni tampoco rencor. Por primera vez, comprendió que Bertha y él eran compañeros de sufrimiento. Ella estaba tan atrapada como él lo había estado antes. Ella tampoco había logrado ser quien en realidad era. No había elegido su vida, sino que, por el contrario, era testigo de las mismas escenas que se representaban sin cesar.
De hecho, al pensar en ello, Breuer se percató de la terrible tragedia que era la vida de Bertha. Quizá ella no sabía esas cosas. Quizá había renunciado, no sólo a la elección, sino a tomar conciencia de ello. ¡Se quedaba con tanta frecuencia en trance, "ausente", sin experimentar siquiera su vida! Breuer sabia que Nietzsche se había equivocado en eso. El no era víctima de Bertha. Ambos eran victimas.
¡Cuánto había aprendido! ¡Si pudiera empezar otra vez a tratarla! Ese día en Bellevue le había demostrado cuán evanescentes habían sido los efectos de su tratamiento. Qué tontería haberse pasado mes tras otro atacando los síntomas (las escaramuzas superficiales) mientras descuidaba la verdadera batalla, la mortal lucha interior.
El tren salió de un largo túnel con un rugido. La ráfaga brillante de luz solar hizo que Breuer volviera a centrar la atención en su presente. Regresaba a Viena a ver a Eva Berger, su anterior enfermera. Miró, aturdido, a su alrededor. "Lo he vuelto a hacer. Aquí estoy, sentado en este compartimiento del tren, corriendo hacia Eva, pero confundido acerca de cuándo y cómo he tomado la decisión de verla."
Al llegar a Viena, cogió un coche para ir a casa de Eva y se acercó a su puerta.
Eran las cuatro de la tarde, por lo que estuvo a punto de no llamar, convencido (casi deseando) de que Eva no estaría en su casa, sino trabajando. Sin embargo, Eva estaba en casa. Pareció sorprenderse al verle y se quedó mirándolo fijamente, sin decir palabra. Cuando Breuer le preguntó si podía entrar, ella le indicó que pasara después de dirigir una mirada inquieta a las puertas de sus vecinos. Él se sintió enseguida reconfortado por su presencia. Habían pasado seis meses desde la última vez que la había visto, pero le resultó tan fácil como siempre desahogarse con ella. Le contó todo lo que le había ocurrido desde que la había despedido: su relación con Nietzsche, su transformación gradual, su decisión de exigir su libertad y dejar a Mathilde y a sus hijos, su silencioso encuentro final con Bertha.
–Y ahora, Eva, soy libre. Por primera vez en la vida, puedo hacer cualquier cosa, ir a donde quiera. Pronto, probablemente después de nuestra conversación, iré a la estación a elegir un destino. Aun ahora, no sé adónde iré, quizá al sur, hacia el sol..., quizá a Italia.
Eva, por lo general una mujer efusiva que solía responder a cada intervención de él, ahora permanecía callada, sumida en un extraño silencio.
–Por supuesto –prosiguió Breuer–, me sentiré solo. Usted sabe cómo soy. Pero, seré libre de conocer a quien quiera.
Eva seguía sin dar ninguna respuesta.
–O de invitar a una vieja amiga a que venga conmigo a Italia.
Breuer no podía creer sus propias palabras. De pronto, imaginó que todas sus palomas entraban volando por la ventana de su laboratorio y regresaban a sus jaulas de alambre.
Para su consternación, aunque también para su alivio, Eva no reaccionó ante sus insinuaciones. En cambio, empezó a hacerle preguntas.
–¿A qué clase de libertad se refiere? ¿Qué quiere decir con eso de "vida no vivida"? –Meneó la cabeza, incrédula–. Josef, nada de esto tiene sentido para mi. Yo siempre he deseado tener su libertad. ¿Qué clase de libertad he tenido yo? Cuando hay que preocuparse por el alquiler y la cuenta del carnicero, una no se preocupa mucho por la libertad. ¿Quiere escapar de su profesión? ¡Fíjese en la mía! Cuando usted me despidió, tuve que aceptar el único empleo que encontré y en este momento la única libertad que quiero es desembarazarme del turno de noche en el Hospital General de Viena.
"¡El turno de noche! Por eso la he encontrado en casa a las cuatro de la tarde", pensó Breuer.
–Yo me ofrecí a ayudarla a encontrar otro empleo. Usted no contestó a mis mensajes.
Estaba aturdida –respondió Eva–. Aprendí una dura lección: que sólo se puede contar con una misma.
–Ahora, por primera vez, Eva levantó la mirada y lo miró a los ojos.
Breuer, sonrojado por no haberla protegido., empezó a pedirle perdón, pero Eva siguió hablando, refiriéndose a su nuevo empleo, a la boda de su hermana, a la salud de su madre y, por último, a su relación con Gerhardt, el joven abogado a quien había conocido cuando había sido paciente del hospital.
Breuer sabía que la estaba comprometiendo con su presencia y se puso en pie para marcharse. Cuando se acercaba a la puerta buscó con torpeza su mano y se dispuso a hacerle una pregunta, pero vaciló. ¿Tenía derecho todavía a decirle algo de carácter íntimo? Decidió arriesgarse. A pesar de que era obvio que el lazo entre ellos ya no era el de antes, quince años de amistad no se borraban con tanta facilidad.
–Eva, ahora tengo que irme. Pero quiero hacerle una última pregunta.
–Diga, Josef.
–No puedo olvidar la época en que nos sentíamos tan unidos. ¿Recuerda cuando, una noche, nos quedamos hablando en el consultorio durante una hora? Le conté que sentía una atracción desesperada e irresistible hacia Bertha. Usted me dijo que estaba preocupada por mí, que era mi amiga y que no quería que yo echara mi vida a perder. Luego, me cogió la mano, como yo ahora cojo la suya, y me dijo que, para salvarme, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que yo quisiera. Eva, no puedo decirle cuántas veces, quizá cientos de veces, he vuelto a vivir aquella conversación, cuánto ha significado para mí, cómo he lamentado que mi enorme obsesión por Bertha no me permitiera ser más sensible a su bondad. Y mi pregunta es: ¿era usted sincera?
Eva retiró la mano, la puso con delicadeza sobre el hombro de él y habló con voz vacilante.
–Josef, no sé qué decirle. Seré sincera. Siento responder a su pregunta de esta manera, pero por nuestra vieja amistad debo ser franca. ¡Josef, no recuerdo esa conversación!
Dos horas después, Breuer viajaba rumbo a Italia, hundido en el asiento de un vagón de segunda.
Pensando en Eva, se dio cuenta de lo importante que, aquel último año, había sido para él considerarla una especie de seguro. Breuer había confiado por completo en ella. Siempre había tenido la certeza de que Eva estaría a su lado cuando él la necesitara. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
"Pero, Josef, ¿qué esperabas?", se preguntó. "¿Que se metiera en un armario, a la espera de que abrieras la puerta para reanimarla? Tienes cuarenta años, edad suficiente para entender que las mujeres tienen una vida aparte, propia. Crecen, siguen su vida, establecen nuevas relaciones. Sólo los muertos no cambian. Tan sólo Bertha, tu madre, sigue suspendida en el tiempo, esperándote."
De pronto, le asaltó la idea terrible de que no sólo la vida de Bertha y la de Eva seguirían su curso, sino también la de Mathilde: existiría sin él, y llegaría el día en que querría a otro. Mathilde, su Mathilde, con otro hombre: era un dolor difícil de soportar. En ese momento se le saltaron las lágrimas. Miró su maleta, en el maletero. Allí estaba, muy cerca: el asa de bronce parecía extenderse, ansiosa, hacia él. Sí, sabía con exactitud lo que haría: cogería el asa, levantaría la maleta, la bajaría, se apearía en la próxima parada, fuera cual fuese, cogería el primer tren de regreso a Viena y se arrojaría a los pies de Mathilde. No era demasiado tarde: seguro que lo acogía de nuevo.
Pero vio la poderosa presencia de Nietzsche interponiéndose.
–Friedrich, ¿cómo he podido renunciar a todo? He sido un necio al seguir su consejo.
–Ya había renunciado a todo lo importante antes de conocerme, Josef. Por eso estaba desesperado. ¿Recuerda cuánto lamentaba la pérdida del niño de la promesa infinita?
–Pero ahora no tengo nada.
–¡Nada es todo! Para fortalecerse, primero debe hundirse en la nada absoluta y aprender a enfrentarse a su soledad total.
–¡Mi mujer, mi familia! Los amo. ¿Cómo he podido abandonarlos? Me bajaré en la próxima parada.
–Sólo huye de usted mismo. Recuerde que cada momento retorna eternamente. Piense en ello: piense que huye de su libertad para toda la eternidad!
–Tengo un deber para con...
–Sólo el deber de ser quien es. Sea fuerte: de lo contrario, siempre utilizará a los demás para su propio engrandecimiento.
–Pero Mathilde. Mis votos. Mi deber...
–¡Su deber, su deber! Morirá acuciado por esas mezquinas virtudes. Aprenda a ser malvado. Construya un nuevo ser sobre las cenizas de su vieja vida.
Todo el camino a Italia le persiguieron las palabras de Nietzsche.
–Eterno retorno.
–El eterno reloj de arena de la existencia gira sin parar.
–Deje que esta idea se apodere de usted y le prometo que le cambiará para siempre.
–¿Le gusta la idea o la odia?
–Viva de manera que llegue a amar la idea.
–La apuesta de Nietzsche.
–Consume su vida.
–Muera en el momento oportuno.
–¡El valor de cambiar sus convicciones!
–Esta vida es su vida eterna.
Todo había empezado dos meses antes, en Venecia. Ahora regresaba a la ciudad de las góndolas. Mientras el tren cruzaba la frontera suizo–italiana y conversaciones en italiano llegaban a sus oídos, sus pensamientos pasaron de ser la posibilidad eterna a ser la realidad del mañana.
¿Adónde iría cuando bajara del tren en Venecia? ¿Dónde dormiría aquella noche? ¿Qué haría mañana? ¿Y pasado mañana? ¿Qué haría con su tiempo? ¿Qué hacía Nietzsche? Cuando no estaba enfermo, andaba, pensaba y escribía. Pero ése era su modo de vida. ¿Cómo...?
Primero debía ganarse la vida. El dinero que llevaba en el cinturón podía durarle unas semanas: después, su banco, siguiendo las instrucciones de Max, le enviaría sólo una modesta suma cada mes. Podía seguir ejerciendo la medicina, por supuesto. Por lo menos, tres de sus ex discípulos practicaban la medicina en Venecia. No tendría ninguna dificultad en hacerlo él también. El idioma tampoco seria un obstáculo: tenía buen oído y conocimientos de inglés, francés y español. Podía aprender el italiano con facilidad. Sin embargo, ¿había sacrificado tanto sólo para reproducir en Venecia la vida que había llevado en Viena? ¡No, aquella vida había quedado atrás!
Quizá podría trabajar en un restaurante. Debido a la muerte de su madre y a la salud endeble de su abuela, Breuer había aprendido a cocinar y muchas veces ayudaba a preparar la comida en su casa. Aunque Mathilde se burlaba de él y lo echaba de la cocina, cuando ella no estaba él entraba para supervisar y dar instrucciones a la cocinera. Sí, cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que debía trabajar en un restaurante. No sólo en la administración, o en la caja: quería tocar la comida, prepararla, servirla.
Llegó tarde a Venecia y otra vez pasó la noche en un hotel cercano a la estación. Por la mañana, fue en góndola al centro de la ciudad y anduvo durante horas, meditabundo. Muchos venecianos se volvían para mirarlo. Comprendió la razón cuando vio el reflejo de su imagen en un cristal: barba larga, sombrero, abrigo, corbata, todo de un negro imponente. Tenía aspecto de extranjero, ¡precisamente el de un avejentado médico judío de Viena! La noche anterior, en la estación de tren, había visto a un grupo de prostitutas italianas ofreciendo sus servicios. Ninguna se le había acercado, ¡y no le sorprendía! Aquella barba y aquella ropa fúnebre tenían que desaparecer.
Poco a poco su plan fue tomando forma: primero una visita a la barbería y a una tienda de ropa. Luego empezaría un curso intensivo de italiano. Quizá después de dos o tres semanas empezaría a explorar el negocio del restaurante: Venecia podría necesitar un buen restaurante vienés, incluso un restaurante de comida judía austríaca; durante el paseo había visto varias sinagogas.
La poco afilada navaja del barbero impulsó su cabeza hacia atrás al atacar la barba, que hacia veintiún años que llevaba. De vez en cuando, afeitaba con pulcritud partes enteras de la barba, pero por lo general arrancaba pedazos del duro pelo castaño. El barbero era hombre intransigente. Lo cual era comprensible, pensó Breuer. Sesenta liras era muy poco para el tamaño de aquella barba. Indicándole por señas que no fuera tan deprisa, se metió la mano en el bolsillo y le ofreció doscientas por un afeitado más suave.
Veinte minutos después, al mirarse en el viejo espejo del barbero, sintió una oleada de compasión por su propio rostro. Durante las décadas transcurridas desde que lo viera por última vez, había librado una batalla con el tiempo bajo la oscuridad de la barba. Su rostro, ahora lampiño, era un rostro cansado y estropeado. Sólo la frente y las cejas se habían mantenido firmes y seguían soportando con decisión las capas sueltas y vencidas de carne facial. Una grieta enorme se extendía desde cada una de sus fosas nasales, separando las mejillas de los labios. Arrugas más pequeñas se esparcían desde los ojos. Pliegues propios de un gaznate de pavo colgaban del mentón. ¡Y qué mentón! Había olvidado que su barba ocultaba la vergüenza de aquella barbilla diminuta que ahora, al parecer más débil aún, se ocultaba lo mejor que podía debajo del húmedo y colgante labio inferior.
De camino a la tienda, Breuer se fijó en la ropa de la gente y decidió comprarse un abrigo corto y pesado, botas resistentes y un grueso jersey rayado. Pero todos los hombres con quienes se cruzaba eran más jóvenes que él. ¿Qué usarían los hombres mayores? Además, ¿dónde estaban? Todos parecían tan jóvenes... ¿Cómo podría hacer amigos? ¿Cómo podría conocer mujeres? Quizá la camarera de un restaurante, o una maestra italiana. Pero pensó: “¡No quiero a otra mujer! Nunca encontraré a una mujer como Mathilde. La amo. Esto es un disparate. ¿Por qué la he abandonado? Soy demasiado viejo para volver a empezar. Soy el más viejo de la calle: quizá esa vieja del bastón tenga más años que yo, o aquel hombre cargado de espaldas que vende verduras”
De pronto, se sintió mareado. Apenas podía mantenerse en pie. Oyó una voz a su espalda.
–¡Josef, Josef!
"¿De quién es esa voz? ¡La conozco!"
–¡Doctor Breuer! ¡Josef Breuer!
"¿Quién sabe dónde estoy?"
–¡Josef, escúchame! Voy a contar hacia atrás, desde diez. Cuando llegue a cinco, abrirás los ojos. Cuando llegue a uno, estarás despierto del todo. Diez, nueve, ocho, siete...
"¡Conozco esa voz!"
–Siete, seis, cinco...
Abrió los ojos. Vio la cara sonriente de Freud.
–¡Cuatro, tres, dos, uno! ¡Estás despierto del todo! ¡Ahora!
Breuer se alarmó.
–¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy, Sig?
–Todo va bien, Josef. ¡Despierta! –La voz de Freud era firme pero tranquilizadora.
–¿Qué ha pasado?
–Espera un par de minutos, Josef. Ya lo recordarás todo.
Vio que estaba en el sofá de su biblioteca. Se incorporó. Volvió a preguntar:
–¿Qué ha pasado?
–Eres tú quien debe decirme lo que ha pasado, Josef. Yo he hecho exactamente lo que me has indicado.
Como Breuer seguía aturdido, Freud le explicó.
–¿No lo recuerdas? Fuiste a verme anoche y me pediste que viniera aquí esta mañana a las once para ayudarte con un experimento psicológico. Al llegar, me has pedido que te hipnotizara, utilizando tu reloj como péndulo.
Breuer buscó su reloj en el bolsillo.
–Está ahí, Josef, sobre la mesa de café. Luego me has pedido que te indicara que tenías que dormir y visualizar una serie de experiencias. Me has dicho que la primera parte del experimento tenía que centrarse en tu despedida: de tu familia, de tus amigos, incluso de tus pacientes, y que yo, de ser necesario, tenía que hacerte sugerencias, como "dí adiós", o "no puedes volver a tu casa". La parte siguiete tenía que consistir en establecer una nueva vida, y yo tenía que darte instrucciones como "sigue", o "¿qué quieres hacer a continuación?".
–Sí, sí. Me estoy despertando. Ya empiezo a recordarlo todo. ¿Qué hora es?
–La una de la tarde del domingo. Has estado ausente dos horas, tal como habíamos planeado. Pronto llegarán todos para la comida.
–Dime qué ha pasado, exactamente. ¿Qué has observado?
–Has entrado enseguida en trance, Josef, y has permanecido hipnotizado la mayor parte del tiempo. Me he dado cuenta de que se estaba produciendo un drama activo, aunque silencioso, en tu propio teatro interior. En dos o tres ocasiones, ha parecido que salías del trance, pero yo te he mantenido en él sugiriéndote que estabas viajando y sintiendo el movimiento del tren, y diciéndote que apoyaras la cabeza sobre el respaldo del asiento y siguieras durmiendo. Cada vez ha dado resultado. Más no puedo decirte. Parecía que sufrías; has llorado un par de veces y en otro momento te has asustado. Te he preguntado si querías parar, pero has sacudido la cabeza, de modo que he seguido alentándote.
–¿He hablado en voz alta? –Breuer se restregó los ojos, todavía tratando de despertarse del todo.
–Apenas lo has hecho. Movías los labios, de modo que he supuesto que imaginabas una conversación. He entendido algunas palabras. Varias veces has llamado a Matilde y también he oído el nombre de Bertha. ¿Hablabas de tu hija?
Breuer vaciló. ¿Qué tenía que contestarle? Se sintió tentado de contárselo todo, pero su intuición le aconsejó que no lo hiciera. Al fin y al cabo, Sig sólo tenía veintiséis años y lo consideraba un padre o un hermano mayor. Estaban acostumbrados a aquella relación y Breuer no estaba preparado para la incomodidad que se produciría en caso de alterarla.
Además, Breuer sabía que su amigo era inexperto y poco tolerante en cuestiones relacionadas con el amor o la carnalidad. ¡Recordaba lo incómodo que Sig se había sentido, hacia poco tiempo, cuando él le había dicho que todas las neurosis se originaban en el lecho conyugal! Y pocos días atrás, Freud había condenado con indignación al joven Schnitzler por sus relaciones eróticas. Así que, ¿cómo podía esperar que Sig comprendiera a un marido de cuarenta años enamorado de una paciente de veintiuno? Sobre todo, si tenía en cuenta que Sig adoraba a Mathilde. No, confiar en él sería un error. ¡Mejor hablar con Max o con Friedrich!
–¿Mi hija? No estoy seguro, Sig. No me acuerdo. Pero mi madre también se llamaba Bertha. ¿Lo sabías?
–¡Ah, sí! ¡No me acordaba! Pero murió cuando eras un niño, Josef. ¿Por qué te ibas a despedir de ella ahora?
–Quizá nunca hasta ahora la había dejado marchar. Creo que las figuras de algunos adultos penetran en la mente de un niño y no quieren irse. Tal vez uno tenga que obligarlas a que se vayan antes de poder ser dueño de sus propios pensamientos.
–Mmm. Es interesante. Veamos, ¿qué más has dicho? Has dicho algo referente a dejar de practicar la medicina y luego, justo antes de que te despertara, has dicho: "Demasiado viejo para volver a empezar". Josef, me muero de curiosidad. ¿Qué significa todo esto?
Breuer escogió sus palabras con cuidado.
–Puedo decirte ésto, Sig: todo está relacionado con el profesor Müller. Él me obligó a pensar acerca de mi vida y entonces me di cuenta de que había llegado a un punto en el que la mayor parte de mis elecciones había quedado atrás. Ello me llevó a preguntarme cómo habría sido todo si yo hubiera elegido de otra manera: si hubiera vivido una vida sin medicina, sin familia, sin la cultura vienesa. Entonces pensé en un experimento mental que me permitiera liberarme de todas estas construcciones arbitrarias, enfrentarme a lo sin forma, incluso entrar en una vida alternativa.
–¿Y qué has aprendido?
–Todavía estoy aturdido. Necesito tiempo para aclararme. Si algo tengo claro es que no se debe permitir que la vida le imponga a uno su forma. De lo contrario, a los cuarenta tienes la sensación de no haber vivido en realidad. ¿Qué he aprendido? Quizá que tengo que vivir ahora para, al llegar a los cincuenta, no tener que recordar los cuarenta con pesar. Para tí también es importante. Todos los que te conocemos bien, Sig, nos damos cuenta de que eres dueño de un talento extraordinario. Tienes una carga: cuanto más fecunda es la simiente, más imperdonable es no cultivarla bien.
–Se te ve diferente, Josef. Puede que el trance te haya cambiado. Nunca me habías hablado así antes. Gracias, tu fe me inspira, aunque tal vez también me agobie.
–Y también he aprendido ––dijo Breuer–, aunque quizá sea lo mismo, no estoy seguro, que debemos vivir como si fuéramos libres. Aunque no podemos escapar al destino, debemos darnos de cabeza contra él: debemos poner en juego nuestra voluntad. Amar nuestro destino. Es como si...
Llamaron a la puerta.
–¿Seguís ahí? –preguntó Mathilde–. ¿ Puedo entrar?
Breuer se apresuró a abrir la puerta y Mathilde entró con un plato de salchichas calientes envueltas en una delgada masa.
–Lo que tanto te gusta, Josef. Esta mañana me he dado cuenta de que llevaba mucho tiempo sin hacerlas. La comida está lista. Max y Rachel ya han llegado y los demás están en camino. Tú te quedas, Sigi. Ya te he puesto plato. Tus pacientes aguardarán una hora más.
Breuer rogó a Freud mediante señas que saliera de la estancia. Al quedarse a solas con Mathilde, la abrazó.
–¿Sabes, querida? Es extraño que, al llamar, hayas preguntado si seguíamos en la habitación. Más tarde te contaré de qué hemos hablado, pero ha sido como hacer un largo viaje. Siento que he estado ausente mucho tiempo. Y que ahora he vuelto.
–Eso es bueno, Josef. –Mathilde le puso la mano sobre la mejilla y le acarició la barba con afecto–. Me alegra darte la bienvenida. Te he echado de menos.
Comparada con otras ocasiones, aquella reunión resultó pequeña, con sólo nueve adultos en la mesa: los padres de Mathilde; una de sus hermanas, Ruth, con Meyer, su marido; Rachel y Max; y Freud. Los ocho niños estaban sentados a otra mesa, en el vestíbulo.
–¿Por qué me miras? –le preguntó Mathilde en un susurro mientras colocaba sobre la mesa una gran sopera con sopa de patatas y zanahorias–. Me estás poniendo nerviosa, Josef –le dijo luego, al colocar una gran fuente de lengua de ternera cocida a fuego lento, servida con salsa de uvas pasas–. ¡Basta, Josef! ¡Deja ya de mirarme! –le volvió a decir, cuando ayudaba a retirar los platos antes del postre.
Pero Josef no dejó de mirarla. Como si fuera la primera vez, se puso a examinar su rostro. Le resultaba doloroso ver que ella también era una combatiente en la batalla contra el tiempo. Sus mejillas no tenían surcos (ella no lo había consentido), pero no podía defender todos los frentes y finísimas arrugas se abrían desde las comisuras de los ojos y de la boca. En su pelo brillante, que llevaba peinado hacia atrás y recogido en un moño, se habían infiltrado vetas de cabello gris. ¿Cuándo había sucedido eso? ¿Había ocurrido, en parte, por su culpa? Unidos, él y ella podrían haber sufrido menos.
–¿Por qué tengo que dejar de hacerlo? –Josef pasó el brazo alrededor de su cintura cuando ella se acercó para retirarle el plato. Luego la siguió hasta la cocina . ¿Por qué no puedo mirarte? ¡Pero, Mathilde, estás llorando!
–Por una buena razón, Josef. Pero triste también, cuando pienso cuánto ha pasado. Hoy es un día extraño. ¿De qué habéis hablado Sigi y tú? ¿Sabes lo que me ha dicho durante la comida? ¡Que a su primera hija le pondrá mi nombre. ¡Dice que quiere tener dos Mathildes en su vida!
–Siempre hemos sospechado que Sig era inteligente y ahora estamos seguros de ello. Es un día extraño. Pero importante. He decidido casarme contigo.
Mathilde dejó la bandeja con las tazas de café, le cogió la cabeza con las manos, lo atrajo hacia sí y le besó en la frente–. ¿Has bebido ginebra, Josef? Estás diciendo tonterías. –Volvió a levantar la bandeja–. Pero me gusta. –Antes de abrir la puerta para pasar al comedor, se volvió hacia él–. Creía que habías decidido casarte conmigo hace catorce años.
–Lo importante es que decido hacerlo hoy, Mathilde. Y todos los días.
Después del café y la Linzertorte de Mathilde, Freud se fue a toda prisa al hospital. Breuer y Max se dirigieron con una copa de slivovitz a la biblioteca y se dispusieron a iniciar su partida de ajedrez. Tras un juego breve (Max en seguida demolió una defensa francesa con un ataque lateral de la reina), Breuer detuvo a Max cuando éste empezaba a colocar las piezas para la segunda partida.
–Necesito hablar –le dijo a su cuñado. Max se repuso de su desencanto, guardó las piezas, encendió otro cigarro, lanzó una larga bocanada de humo y aguardó a que su cuñado hablara.
Desde aquella conversación, quince días atrás, en que Breuer le había hablado de Nietzsche por primera vez, los dos hombres se sentían más amigos. Max, que ahora escuchaba con más paciencia y comprensión, había seguido con interés los relatos referidos a las reuniones de Breuer con Eckart Müller. Cuando Breuer procedió a describirle con todo detalle la conversación del día anterior en el cementerio y la extraordinaria sesión hipnótica de aquella mañana con Freud, se quedó atónito.
–¿Así que, cuando estabas en trance, has pensado al principio que yo obstaculizaría tu salida para impedir que te marcharas? Es probable que lo hubiera hecho. ¿A quién más podría vencer al ajedrez? Pero en serio, Josef, se te ve diferente.
–¿Estás seguro de que te has sacado Bertha de la mente?
–Es sorprendente, Max. Ahora pienso en ella como en cualquier otra persona. Es como si mediante un procedimiento quirúrgico me hubieran separado la imagen de Bertha de la emoción que sentía antes. Y estoy convencido de que esta operación ha ocurrido en el momento en que la he observado en el jardín con su nuevo médico.
–No lo entiendo. –Max meneó la cabeza– O es mejor no entenderlo?
–Debemos intentarlo. Tal vez sea un error decir que mi enamoramiento ha terminado en el instante en que la he observado con el doctor Durkin. Me refiero a mi fantasía con ella y el doctor Durkin, que ha sido tan vívida que la considero un hecho real. Estoy seguro de que Müller ya había debilitado mi enamoramiento, sobre todo cuando me hizo entender que yo le había concedido un poder enorme. La fantasía hipnótica de Bertha y el doctor Durkin se ha producido en el momento oportuno y ha acabado separándola del todo. Todo su poder ha desaparecido cuando la he visto repitiendo esas escenas intimas con él, de forma rutinaria. De pronto, me he dado cuenta de que ella no tenía ningún poder. Ni siquiera puede controlar sus propios actos; de hecho, es tan impotente como yo. Cada uno de nosotros no era más que un actor en el drama obsesivo del otro, Max. –Breuer sonrió–. Pero, ¿sabes?, me está sucediendo algo todavía más importante: mis sentimientos hacia Mathilde han cambiado. Lo he notado un poco durante el trance, pero ahora es mucho más fuerte. Durante toda la comida no he hecho otra cosa que mirarla con gran ternura.
–Sí –dijo Max, sonriente–, lo he notado. Ha sido divertido ver lo nerviosa que se ponía. Como en los viejos tiempos. Tal vez se trate de algo muy simple: la aprecias ahora porque has tenido la experiencia de lo que sería perderla.
–Si, así es, en parte, pero hay algo más. Como ya sabes, durante años he tenido la sensación de que Mathilde me había puesto un bocado, como a los caballos. Me sentía prisionero y anhelaba mi libertad para tener experiencias con otras mujeres, para vivir una vida diferente. Pero al hacer lo que me pidió Müller que hiciera, al coger mi libertad, me he asustado. Al entrar en trance he tratado de perder la libertad. Primero con Bertha, luego con Eva. He abierto la boca y he dicho: "Por favor, por favor, ponedme las riendas. Ponedme el bozal en la boca. No quiero ser libre". La verdad es que me he sentido aterrado por la libertad. –Max asintió con gravedad y Breuer siguió hablando–. ¿Recuerdas lo que te he contado sobre mi visita a Venecia mientras estaba en trance, mi experiencia en la barbería, cuando he descubierto mi rostro avejentado? ¿La calle de las tiendas, donde era el más viejo de todos? En este momento me acuerdo de algo que me dijo Müller: Elija al enemigo indicado. ¡Creo que la clave está en ésto! Todos estos años he estado luchando contra el enemigo que no correspondía. Mi verdadero enemigo no era Mathilde, sino el destino. Mi verdadero enemigo era el envejecimiento, la muerte y mi terror a la libertad. ¡Culpaba a Mathilde por no permitirme enfrentarme a lo que yo mismo no quería enfrentarme! Me pregunto cuántos otros hombres le harán lo mismo a sus mujeres.
–Supongo que yo soy uno de ellos –dijo Max–. ¿Sabes?, muchas veces sueño con nuestra infancia juntos, con nuestros días en la universidad. "¡Ah, qué desperdicio!", me digo, "¿cómo dejé que pasara esa época?". Y entonces, en secreto, le echo la culpa a Rachel, como si fuera culpa suya que la infancia termine y que yo envejezca.
–Sí. Müller dijo que el verdadero enemigo son "los colmillos devoradores del tiempo". Pero ahora, en cierto modo, no me siento tan desvalido frente a ellos. Hoy, quizá por primera vez, siento que tengo poder sobre mi vida. Acepto la vida que he elegido. En este momento, Max, no deseo haber hecho nada distinto.
–Por más inteligente que sea tu profesor, Josef, me parece que al idear este trance hipnótico tú lo has superado. Has hallado el camino para experimentar una decisión irreversible sin hacerla irreversible. Pero hay algo que todavía no entiendo. ¿Dónde estaba la parte de tu ser que ideó el experimento durante el trance? Mientras tú estabas en trance, una parte de tí debe de haber sido consciente de lo que estaba ocurriendo en realidad.
–Tienes razón, Max. ¿Dónde estaba el testigo, el "yo" que estaba engañando al resto de "mi yo"? Me siento mareado al pensarlo. Algún día, alguien más inteligente que yo aparecerá para adivinar este acertijo. Pero, no, no creo haber superado a Müller. De hecho, siento algo muy distinto: siento que le he decepcionado. Me he negado a seguir sus recomendaciones. O quizá, simplemente he reconocido mis limitaciones. Él dice a menudo: "Cada persona tiene que decidir cuánta verdad puede soportar". Supongo que yo lo he decidido. Y, Max, también le he decepcionado como médico. No le he dado nada. De hecho, ya ni siquiera pienso en ayudarle.
–No te tortures, Josef. Siempre eres muy duro contigo mismo. Tú eres diferente, no eres como él .¿Recuerdas ese curso sobre los pensadores religiosos que los dos hicimos con el profesor Jodl? El los llamaba "visionarios". Eso es tu Müller: ¡un visionario! Ya hace tiempo que no sé quién de vosotros dos es el médico y quién el paciente, pero, si tú fueras su médico, y aun en el caso de que pudieras cambiarle (cosa que no es posible), ¿querrías hacerlo? ¿Has oído hablar de un visionario casado, o domesticado? No, eso acabaría con él. Creo que su destino es ser un visionario solitario. ¿Sabes qué pienso? –Max abrió la caja de las piezas de ajedrez–. Pienso que el tratamiento ha sido largo. Tal vez haya terminado. ¡Quizá prolongarlo un poco más acabaría con el paciente y con el médico!

VEINTIDÓS

Max tenía razón. Había llegado la hora de dar por finalizado el tratamiento. Aun así, Josef se sorprendió a sí mismo cuando aquel lunes por la mañana entró en la habitación número 13 y declaró que estaba curado.
Nietzsche, que, sentado en la cama, estaba arreglándose el bigote, pareció sorprenderse todavía más.
–¿Curado? –exclamó, dejando caer el peine sobre la cama–.¿ Lo dice en serio? ¿Cómo es posible? Parecía muy afligido cuando nos separamos el sábado. Me dejó preocupado. Pensé que quizá me había mostrado demasiado duro con usted, demasiado desafiante. Llegué a pensar que a lo mejor interrumpía nuestro plan de tratamiento. Pensé muchas cosas, ¡pero jamás pensé que me diría que ya estaba curado!
–Sí, Friedrich, yo también estoy sorprendido. Ha sucedido de repente, y ha sido el resultado directo de nuestra sesión de ayer.
–¿Ayer? Pero si ayer fue domingo. No tuvimos sesión.
–Tuvimos sesión, Friedrich. Sólo que usted no estuvo allí. Es una larga historia.
–Cuénteme esa historia, Josef. ¡Cada detalle de esa historia! Quiero saberlo todo sobre su curación. –Y de pronto, Nietzsche se puso en pie.
–Bien, sentémonos donde lo hacemos siempre para conversar –dijo Breuer, ocupando su sitio acostumbrado–. Hay tanto que contar...

–Empiece a partir del sábado por la tarde –dijo Nietzsche–, después de nuestro paseo por Simmeringer Haide.
–¡Sí, aquel salvaje paseo al viento! Fue maravilloso. ¡Y terrible! Usted tenía razón. Cuando regresamos al coche, yo estaba desesperado. Me sentía como un yunque: sus palabras eran como martillazos. Mucho después seguían martillando en mi mente, sobre todo una frase.
–¿Cuál?
–Que la única manera de salvar mi matrimonio era renunciar a él. Una de sus afirmaciones más confusas: ¡cuanto más pensaba en ello, peor me sentía!
–En ese caso, yo tendría que haber sido más claro, Josef. Lo que quería decir es que una relación matrimonial ideal sólo existe cuando no es necesaria para la supervivencia de los cónyuges.
Al no ver ningún signo de comprensión en el rostro de Breuer, Nietzsche añadió:
–Quería decir que, para poder tener una relación con otra persona, uno debe tener una relación consigo mismo. Si no somos capaces de abrazar nuestra propia soledad, utilizaremos al otro como escudo contra nuestra soledad. Sólo cuando es posible vivir como el águila, sin público, se puede amar a otra persona; sólo entonces puede importarle a uno que la otra persona crezca. Por consiguiente, si uno no puede renunciar a un matrimonio, ese matrimonio está perdido.
–¿Quiere decir, entonces, que el único modo de salvar un matrimonio es poder renunciar a él? Ahora está más claro. ––Breuer pensó un momento–. Este axioma puede enseñar mucho a un soltero, pero es un dilema para el casado. ¿De qué puede servirme a mí? Es como reconstruir un barco en medio del mar. El sábado me sentí atormentado por la paradoja de tener que renunciar a mi matrimonio para poder salvarlo. Luego, de repente, tuve una inspiración.
Nietzsche, cuya curiosidad se había avivado, se quitó las gafas y adelantó cuanto pudo su cuerpo. "Un par de pulgadas más y se caerá de la silla", pensó Breuer.
–¿Sabe algo del magnetismo animal?
–¿El mesmerismo? Muy poco –respondió Nietzsche–. Sé que Mesmer era un sinvergüenza, pero hace poco leí que varios médicos franceses de prestigio están utilizando el magnetismo para tratar distintos males. Y usted lo empleó en su tratamiento con Bertha. Sólo sé que es de un estado hipnótico en que el sujeto se vuelve muy sugestionable.
–Es más que eso, Friedrich. Es un estado en el que uno es capaz de experimentar fenómenos alucinatorios de intensa viveza. Mi inspiración fue que en un trance hipnótico yo pudiera aproximarme a la experiencia de renunciar a mi matrimonio, conservándolo en la vida real. –Breuer procedió a contarle a Nietzsche todo lo que le había ocurrido. Casi todo. Empezó describiendo la escena en la que había observado a Bertha y al doctor Durkin en el jardín de Bellevue, aunque de pronto decidió mantener esa parte en secreto. En cambio, le contó el viaje a la clínica Bellevue y su repentina marcha. Nietzsche escuchaba, asintiendo con la cabeza cada vez más deprisa, la mirada atenta y concentrada. Cuando Breuer terminó su relato, permaneció en silencio, como si estuviera decepcionado–. Friedrich, ¿le faltan las palabras? Es la primera vez. Yo también estoy confundido, aunque hoy me siento bien. Me siento vivo. ¡Mejor de lo que me he sentido durante años! Me siento presente, aquí, con usted, en lugar de fingir que estoy aquí y, en realidad, estar pensando en Bertha. –Nietzsche seguía escuchando en silencio, sin decir nada. Breuer continuó hablando–. Friedrich, yo también me siento triste. No me gusta pensar que nuestras charlas hayan terminado. Usted sabe de mí más que nadie en el mundo y valoro la relación que nos une. Y también siento vergüenza. A pesar de mi mejoría, me siento avergonzado. Siento que, al utilizar la hipnosis, le he engañado. ¡He corrido un riesgo libre de todo riesgo! Le debo de haber decepcionado.
Nietzsche negó con un vigoroso movimiento de cabeza.
–No. De ninguna manera.
–Conozco sus valores –protestó Breuer–. Sin duda piensa que no he ido bastante lejos. Más de una vez le he oído preguntar: "¿Cuánta verdad puede resistir?". Sé que es así como usted mide a una persona. Temo que mi respuesta sea: "No mucha". Ni siquiera mientras estuve en trance llegué lejos. Imaginé que le seguía hasta Italia, que llegaba tan lejos como usted, tan lejos como usted quería que yo llegara, pero me faltó valor.
Sin dejar de sacudir la cabeza, Nietzsche se inclinó hacía delante, apoyó una mano en el brazo del sillón de Breuer y dijo:
–No, Josef, ha llegado lejos, más lejos que la mayoría.
–Quizá hasta los límites de mi limitada capacidad –respondió Breuer–. Usted siempre ha dicho que yo tenía que encontrar mi propio camino, y no buscar el camino ni su camino. Quizá el trabajo, la sociedad y la familia son mí camino hacia una vida plena. Aun así, creo que no he llegado todo lo lejos que debería, que he optado por la comodidad, que no puedo mirar de frente al sol de la verdad igual que usted.
–Yo, a veces, querría encontrar la sombra.
La voz de Nietzsche era triste y meditabunda. Sus profundos suspiros recordaron a Breuer que eran dos pacientes los involucrados en un pacto terapéutico y que sólo uno había recibido ayuda. "Tal vez no sea demasiado tarde", pensó Breuer.
–Aunque yo ya esté curado, Friedrich, no quiero dejar de verle.
Nietzsche sacudió la cabeza con un ademán lento y decidido.
–No. El tratamiento ha seguido su curso hasta el final. Ha llegado la hora.
–Sería egoísta terminar aquí –dijo Breuer–. He recibido mucho y le he dado muy poco a cambio. Aunque apenas he tenido oportunidad de ayudarle. No ha cooperado usted ni siquiera con una migraña.
–El mejor regalo sería que me ayudara a entender su recuperación.
–Creo –respondió Breuer– que el factor más poderoso ha sido la identificación del enemigo apropiado. Sólo cuando he comprendido que tenía que luchar contra el verdadero enemigo (o sea, el tiempo, el envejecimiento, la muerte), he llegado a entender que Mathilde no es ni una adversaria ni una salvadora, sino sólo una compañera de viaje que recorre el ciclo de la vida. De alguna manera, este paso sencillo ha hecho que aflorara todo el amor aprisionado que sentía por ella. Hoy, Friedrich, me gusta la idea de repetir mi vida eternamente. Por último, siento que puedo decir: "Sí, he elegido mi vida. Y he elegido bien".
–Sí, sí –dijo Nietzsche, animando a Breuer a que continuara–. Veo que ha cambiado. Pero quiero conocer el mecanismo, cómo ha ocurrido.
–Sólo puedo decir que durante estos dos últimos años me ha dado mucho miedo envejecer. Me daba mucho miedo el "apetito del tiempo", como usted lo llama. Me defendía, pero a ciegas. Atacaba a mi mujer, en lugar de atacar al verdadero enemigo y, por último, desesperado, busqué refugio en los brazos de alguien que no podía ayudarme.
Breuer hizo una pausa y se rascó la cabeza antes de proseguir.
–No sé qué más puedo decir, excepto que, gracias a usted, sé que el secreto para vivir bien consiste, en primer lugar, en desear lo que es necesario y, después, en amar lo que se desea.
Las palabras de Breuer afectaron a Nietzsche.
–Amor fati: ama tu destino. ¡Es extraño, Josef, pero pensamos lo mismo! Yo planeaba recurrir al amor fati en mi última sesión con usted. Le iba a enseñar a sobreponerse a la desesperación transformando el "ha sido así" en "así lo he querido". Pero usted se me ha adelantado. Se ha fortalecido, tal vez haya madurado, pero... –hizo una pausa y mostró una súbita agitación– esta Bertha que invadió y poseyó su mente, que no le daba paz.. No me ha dicho cómo ha conseguido erradicarla.
–No es importante, Friedrich. Más importante para mí es dejar de lamentar el pasado y...
–Usted ha dicho que quería darme algo, ¿no es así? –exclamó, en un tono desesperado que alarmó a Breuer–. Pues, entonces, deme algo concreto. ¡Dígame cómo la ha desterrado de su mente! ¡Quiero saberlo todo, hasta el último detalle!
Breuer recordó que tan sólo dos semanas antes era él quien pedía a Nietzsche que le explicara qué pasos debían seguir y que Nietzsche le había respondido que no existía un camino único, que cada persona tenía que encontrar su propia verdad. El sufrimiento de Nietzsche debía de ser terrible para que negara su propia enseñanza y esperara encontrar en la recuperación de Breuer el camino preciso para su propia curación. "Un ruego que no tengo que satisfacer", pensó Breuer.
–Es mi deseo, de veras, Friedrich –dijo––, darle algo, pero lo que quiero es darle algo consistente. Detecto urgencia en su voz, pero oculta usted sus auténticos deseos. ¡Confíe en mí, por una vez! Dígame exactamente qué es lo que quiere. Si está en mi poder dárselo, se lo daré.
Nietzsche se puso en pie de un brinco y estuvo caminando de un lado a otro de la estancia durante unos minutos. Luego se dirigió a la ventana y se quedó mirando a través del cristal, dándole la espalda a Breuer.
–Un hombre profundo necesita amigos –empezó diciendo, como si hablara consigo mismo y no con Breuer–. Si todo lo demás falla, aún tiene sus dioses. Pero yo no tengo nada: ni amigos ni dioses. Igual que usted, yo también tengo anhelos, y el mayor de todos es el de encontrar la amistad perfecta, una amistad inter pares. Palabras que embriagan: inter pares. Palabras que contienen tanto consuelo y esperanza para alguien como yo, que siempre ha estado solo, que siempre ha buscado, sin resultado, a una persona que le perteneciera. A veces me he desahogado en cartas que he escrito a mi hermana, a mis amigos. Pero cuando me encuentro con alguien cara a cara, me siento avergonzado y huyo.
–¿Como está haciendo ahora conmigo?
–Sí.
–¿Quiere desahogar algo, Friedrich?
Nietzsche, que seguía mirando por la ventana, negó con la cabeza.
–En las raras ocasiones en que he aliviado mi soledad y he tenido estallidos públicos de dolor, he acabado odiándome una hora después y me he vuelto un extraño para mí mismo, como si me hubiera apartado de mi verdadero ser. Tampoco he permitido que otras personas se desahogaran conmigo. Me negaba a caer en una deuda recíproca. Evitaba todo esto, hasta el día –se volvió para mirar de frente a Breuer– que le estreché la mano y acepté nuestro extraño pacto. Usted es la primera persona con quien he llegado a desviarme de mi curso. Incluso con usted, al principio pensaba en la traición.
–¿Y luego?
–Al principio me sentía avergonzado por usted. Nunca había escuchado revelaciones tan cándidas. Después me impacienté y adopté una actitud crítica. Por último, volví a cambiar: terminé admirando su valor y su sinceridad. Me emocionaba la confianza que usted depositaba en mí. Y hoy, ahora, siento una gran tristeza al pensar que vamos a separarnos. Anoche soñé con usted. Fue un sueño triste.
–¿Qué soñó, Friedrich?
Nietzsche se apartó de la ventana, se sentó y miró a Breuer de frente.
–En el sueño, me despierto aquí, en la clínica. Está oscuro y hace frío. Todos se han ido. Quiero encontrarle. Enciendo una lámpara y busco en todas las habitaciones, pero todas están vacías. Luego bajo a la sala, donde veo algo extraño: no hay fuego en la chimenea, sino troncos que arden en el centro de la estancia; alrededor del fuego hay ocho piedras altas, como si se estuvieran calentando. De repente, siento una tristeza tremenda y me echo a llorar. Entonces, me despierto.
–Un sueño extraño –dijo Breuer–. ¿Se le ocurre alguna idea?
–Sólo tengo una gran tristeza, un anhelo profundo. Nunca había llorado en un sueño. ¿Puede ayudarme?
Breuer repitió en silencio la pregunta de Nietzsche:
"¿Puede ayudarme?". Era la pregunta que desde hacia tanto tiempo deseaba oír. Tres semanas antes, ¿habría podido imaginar que Nietzsche le pediría algo semejante? Ahora no podía desperdiciar aquella oportunidad.
–Ocho piedras calentándose alrededor del fuego –replicó–. Una imagen curiosa. Permítame decirle lo que se me ocurre. Recordará, por supuesto, aquella terrible migraña que sufrió en el Gasthaus de Herr Schlegel.
Nietzsche asintió.
–Recuerdo la mayor parte de lo que ocurrió. El resto del tiempo no estuve presente.
–Hay algo que nunca le he dicho. Cuando usted estaba en coma, pronunció unas frases tristes. Una de ellas fue algo así como: "No hay abertura".
Nietzsche permaneció inexpresivo.
–"¿No hay abertura?" ¿Qué querría decir con eso?
–Yo creo que quería decir que no había lugar para usted en ninguna amistad ni en ninguna sociedad. Creo, Friedrich, que usted quiere echar raíces pero tiene miedo de desearlo. Éste debe de ser un momento del año muy solitario para usted. Por estas fechas, muchos pacientes de este lugar vuelven a su casa para pasar la Navidad en familia. Quizá por eso las habitaciones están vacías en su sueño. Buscándome a mí, encuentra un fuego que calienta ocho piedras. Creo que sé lo que eso significa: alrededor de mi chimenea hay siete personas: mis cinco hijos, mi mujer y yo. ¿No podría ser usted la octava persona? Puede que el sueño sea un deseo de conquistar mi amistad y mi casa. Si es así, lo recibo con los brazos abiertos. –Breuer se inclinó para apretar el brazo de Nietzsche–. Venga conmigo a casa, Friedrich. Aunque mi desesperación se haya aliviado, no es necesario que nos separemos. Sea mi huésped durante la Navidad. Mejor aún, quédese todo el invierno. Será un placer.
Por un instante, Nietzsche puso la mano en la de Breuer. Sólo por un instante. Luego se levantó y se dirigió otra vez a la ventana. La lluvia, barrida por el viento del noreste, azotaba el cristal con violencia. Dio media vuelta.
–Gracias, amigo mío, por invitarme. Sin embargo, no puedo aceptar.
–¿Pero por qué? Estoy convencido de que le beneficiaría, Friedrich, y a mí también. Tengo una habitación vacía tan grande como ésta. Y una biblioteca en la que podía escribir.
Nietzsche negó con la cabeza con suavidad pero también con energía.
–Hace unos minutos, cuando usted ha dicho que había llegado a los limites de su capacidad, se refería al hecho de enfrentarse a la soledad. Yo también me enfrento a mis límites, los límites de mi capacidad de relacionarme. Aquí, con usted, incluso ahora, mientras hablamos frente a frente, alma con alma, choco con estos límites.
–Los límites pueden ampliarse, Friedrich. Probémoslo.
Nietzsche se paseó por la habitación.
–En cuanto digo "ya no puedo soportar la soledad", mi autoestima cae en picado, pues he traicionado lo mejor que hay en mí. El camino que me he trazado me exige resistir a los peligros que pueden apartarme de él.
–Pero, Friedrich, estar en compañía de otra persona no es lo mismo que traicionarse a sí mismo. En una ocasión, me dijo usted que tenía mucho que aprender sobre las relaciones con los demás. ¡Pues permítame que le enseñe! Hay momentos en que es preciso estar atento y sospechar, pero hay otros en que uno tiene que bajar la guardia y permitir el contacto de otra persona. –Breuer extendió el brazo hacia él–. Venga, Friedrich, siéntese.
Obediente, Nietzsche regresó a su asiento y, cerrando los ojos, respiró con fuerza varias veces. Luego los abrió y reanudó la conversación.
–El problema, Josef, no es que usted pueda traicionarme, sino que yo le he estado traicionando, que no he sido honrado con usted. Y ahora que usted me invita a su casa y crece nuestra intimidad, mi engaño me corroe. ¡Ha llegado la hora de acabar con esto! ¡Se han acabado los engaños entre nosotros! Deje que me desahogue. Escuche mi confesión, amigo mío. –Volviendo la cabeza, Nietzsche fijó la mirada en un pequeño motivo floral de la alfombra persa y empezó a hablar con voz temblorosa–. Hace varios meses inicié una relación profunda con una joven rusa llamada Lou Salomé. Hasta entonces, nunca me había permitido amar a una mujer. Tal vez porque toda la vida me habían abrumado las mujeres. Desde la muerte de mi padre, había vivido rodeado de mujeres frías y distantes: mí madre, mi hermana, mi abuela y mis tías. Ello debió de establecer en mí actitudes profundamente nocivas, pues desde entonces me ha horrorizado la mera posibilidad de relacionarme con una mujer. La sensualidad (la carne femenina) me parece el colmo de la distracción, una barrera que se interpone entre la misión de mi vida y yo. Pero Lou Salomé era diferente, o eso creía yo. Aunque era hermosa, parecía ser un alma gemela, el doble de mi mente. Me entendía, me señalaba nuevas direcciones, me impulsaba hacia alturas vertiginosas que nunca había tenido el valor de explorar. Creía que ella sería mi discípula, mi protegida. Pero luego, la catástrofe. Afloró mi lujuria. Ella la utilizó para indisponerme con Paul Rée, mi íntimo amigo, que nos había presentado. Ella me hizo creer que yo era el hombre a quien ella estaba destinada, pero cuando me ofrecí, me despreció. Todos me traicionaron: ella, Rée y mi hermana, que trató de destruir nuestra relación. Ahora todo se ha convertido en cenizas y vivo apartado de todos aquellos a quienes amaba.
–Cuando usted y yo hablamos por primera vez –interpuso Breuer–, usted aludió a tres traiciones.
–La primera fue la de Richard Wagner, que me traicionó hace mucho tiempo. Ese aguijón ya ha perdido su fuerza. Las otras dos fueron la de Lou Salomé y la de Paul Rée. Sí, aludí a ellas. Pero fingía haber resuelto la crisis. Ése fue mi engaño. La verdad es que todavía no la he resuelto. Esta mujer, Lou Salomé, invadió mi alma y se instaló en ella. Todavía no puedo erradicarla. No pasa un día, ni siquiera una hora, en que no piense en ella. La mayor parte del tiempo la odio. Pienso en castigarla, en humillarla en público. Quiero verla arrastrándose, suplicándome que la acepte. Otras veces sucede lo contrario: la deseo, imagino que nos cogemos de la mano, que navegamos por el lago Orta, que juntos saludamos el amanecer a orillas del Adriático...
–¡Ella es su Bertha!
–¡Sí, ella es mi Bertha! Cada vez que usted describía su obsesión, cada vez que trataba de arrancársela de la mente, cada vez que intentaba entender su significado, usted hablaba también por mí. Estaba haciendo un trabajo doble: el mío y el suyo. Yo me ocultaba (como una mujer) y, cuando usted ya se había ido, salía de mi escondrijo, hacia coincidir mis pasos con las huellas de usted y trataba de recorrer el mismo sendero que usted. Como cobarde que soy, me agazapaba detrás de usted y permitía que usted solo hiciera frente a los peligros y humillaciones del camino. Por las mejillas de Nietzsche corrían lágrimas que secaba con el pañuelo. En aquel momento levantó la cabeza y miró a Breuer de frente–. Esta es mi confesión y mi vergüenza. Ahora comprenderá usted mi enorme interés por su liberación. Su liberación puede ser la mía. Ahora sabrá por qué es importante para mi saber exactamente cómo desterró a Bertha de su mente. ¿Me lo dirá, ahora?
Pero Breuer sacudió la cabeza.
–La experiencia que tuve durante mi trance se ha vuelto confusa. Pero aun cuando pudiera recordar los detalles precisos, ¿qué valor tendrían para usted, Friedrich? Usted mismo me ha dicho que no existe un camino único, que la única gran verdad es la verdad que descubrimos solos.
Nietzsche bajó la cabeza.
–Sí, sí, tiene razón –dijo.
Breuer se aclaró la garganta.
–No puedo decirle lo que quiere oír, pero... –Hizo una pausa. El corazón le latía con fuerza y rapidez. Ahora le tocaba a él sincerarse–. Hay algo que tengo que decirle. Yo tampoco he sido honrado con usted y ha llegado la hora de que yo también confiese.
Breuer tuvo la repentina y horrenda premonición de que, pese a lo que pudiera decir o hacer, Nietzsche interpretaría su actitud como la cuarta traición que sufría en la vida. Sin embargo, era demasiado tarde para volverse atrás.
–Temo, Friedrich, que esta confesión pueda costarme nuestra amistad. Ruego porque no sea así. Créame, por favor, que confieso impelido por la devoción, porque no puedo soportar la idea de que se entere a través de otra persona de lo que voy a contarle, no puedo soportar la idea de que se sienta traicionado por cuarta vez en su vida. –El rostro de Nietzsche adoptó la gélida inmovilidad de una máscara mortuoria. Contuvo el aliento mientras Breuer iniciaba la confesión–. En octubre, unas cuantas semanas antes de conocernos, pasé unas breves vacaciones con Mathilde en Venecia y un día encontré una extraña nota en el hotel.
Metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta, Breuer entregó a Nietzsche la nota de Lou Salomé. Observó cómo se dilataban, incrédulos, los ojos de Nietzsche, a medida que leía.

21 de octubre de 1882
Doctor Breuer:
Quisiera verle por un asunto muy urgente. El futuro de la filosofía alemana depende de ello. Le espero mañana a las nueve de la mañana en el café Sorrento.
Lou Salomé
Sosteniendo la nota en su mano temblorosa, Nietzsche dijo, tartamudeando:
–No entiendo. ¿Qué... qué...?
–Póngase cómodo, Friedrich, pues es una historia larga y tengo que contársela desde el principio.
Durante los veinte minutos siguientes, Breuer refirió toda la historia: las veces que había visto a Lou Salomé, el hecho de que ésta estuviera enterada del tratamiento de Anna O. a través de su hermano Jenia; la petición de que ayudara a Nietzsche; y la aceptación de Breuer.
–Se estará preguntando, Friedrich, si un médico habrá aceptado alguna vez una consulta tan extraña. De hecho, cuando recuerdo mi conversación con Lou Salomé, me resulta difícil creer que pudiera aceptar. ¡Imagínese! Me estaba pidiendo que inventara un tratamiento para un mal sin precedentes clínicos y que lo aplicara de manera subrepticia a un paciente que no lo pedía. Pero, no sé cómo, me persuadió. De hecho, se consideraba socia en la empresa y, en nuestro último encuentro, me exigió un informe sobre el progreso de "nuestro" paciente.
–¿Cómo? –exclamó Nietzsche–. ¿La ha visto hace poco?
–Apareció en mi consultorio, sin pedir hora, hace unos días, insistiendo en que le suministrara información acerca del progreso del tratamiento. Por supuesto, no le informé de nada y se fue muy enfadada.
Breuer continuó el relato, revelando todo lo que había percibido durante las conversaciones entre médico y filósofo: sus frustrados intentos de ayudar a Nietzsche, el hecho de saber que el segundo ocultaba su desesperación por la pérdida de Lou Salomé. Le contó también su plan básico: fingiendo que buscaba tratamiento para su propia desesperación, podía retener a Nietzsche en Viena.
Nietzsche saltó ante aquella revelación.
–¿De modo que todo ésto ha sido una farsa?
–Al principio lo fue –reconoció Breuer–. Mi plan era "manipularle", hacerme pasar por un paciente que cooperaba mientras, poco a poco, invertía los papeles y lo convertía a usted en paciente. Pero la verdadera ironía ocurrió cuando me convertí en mi personaje, cuando mi impostura (fingirme paciente) se hizo realidad.
¿Qué más quedaba por decir? Breuer buscó otros detalles en su mente, pero no encontró ninguno. Lo había confesado todo.
Con los ojos cerrados, Nietzsche inclinó la cabeza y se la cogió con ambas manos.
–Friedrich ,¿se encuentra bien? –le preguntó Breuer, afligido.
–¡La cabeza! Veo destellos. ¡En los dos ojos! Breuer recuperó la profesionalidad en el acto.
–Se está produciendo una migraña. En esta etapa, podemos detenerla. Lo mejor es cafeína y ergotamina. ¡No se mueva! Volveré enseguida.
Saliendo a toda prisa de la estancia, corrió escaleras abajo hasta el mostrador central de las enfermeras y de allí a la cocina. Regresó a los pocos minutos con una taza, una cafetera llena, agua y unas pastillas.
–Primero, tómese estas píldoras: ergotamina y sales de magnesio para proteger el estómago. Luego, quiero que se beba todo el café.
Una vez Nietzsche se hubo tomado las píldoras, Breuer le preguntó:
–¿Quiere acostarse?
–¡No, no, tenemos que acabar esto!
–Apoye la cabeza en el respaldo. Dejaré la habitación a oscuras. Cuantos menos estímulos visuales reciba, mejor.
–Breuer bajó las persianas de las tres ventanas y luego preparó una compresa de agua fría, que puso sobre los ojos de Nietzsche. Permanecieron callados en la penumbra durante unos minutos. Luego Nietzsche habló en voz muy baja.
–Todo ésto es muy artificial, Josef, esta relación nuestra es muy artificial, muy insincera, doblemente insincera.
–¿Qué otra cosa podía hacer yo? –Breuer hablaba con voz suave y lenta, para no estimular la migraña–. Quizá, en el primer momento, tendría que haberme negado a aceptar. ¿Debería habérselo confesado antes? ¡Pero usted se habría marchado para siempre! –No hubo respuesta–. ¿No es así?
–Sí, habría cogido el primer tren que saliera de Viena. Pero usted me mintió. Me hizo promesas...
–Y he cumplido todas mis promesas, Friedrich. Prometí ocultar su nombre y lo he hecho. Y cuando Lou Salomé me preguntó por usted (en realidad, sería más exacto decir que me exigió información), me negué a hablar. Ni siquiera le dije si le seguía viendo. Y también cumplí otra promesa, Friedrich. ¿Recuerda que le dije que, cuando estaba en coma, usted pronunció unas frases? –Nietzsche asintió–. La otra frase que usted dijo fue: "¡Ayúdeme!". La repitió una y otra vez.
–"¡Ayúdeme!" ¿Yo dije eso?
–Una y otra vez. Siga tomando café, Friedrich.
Nietzsche había vaciado la raza. Breuer se la volvió a llenar.
–No recuerdo nada. Ni "Ayúdeme" ni esa otra frase, "No hay abertura". No era yo quien hablaba.
–Pero era su voz, Friedrich. Una parte de usted me hablaba y yo le prometí que le ayudaría. Y nunca he faltado a esa promesa. Beba más café. Cuatro tazas. –Mientras Nietzsche se tomaba el café, Breuer acondicionaba la compresa sobre su frente–. ¿Cómo está su cabeza? ¿Ve destellos? ¿Quiere que dejemos de hablar y así podrá descansar?
–Estoy mejor, mucho mejor –dijo Nietzsche con voz débil–. No, no quiero que nos detengamos. Me causaría más agitación que hablar. Estoy acostumbrado a trabajar cuando me siento así. Pero antes déjeme relajar los músculos de las sienes y el cuero cabelludo. –Durante tres o cuatro minutos su respiración fue lenta y profunda; al mismo tiempo, iba contando en voz baja. Luego, Nietzsche volvió a hablar–. Así está mejor. A menudo cuento la respiración e imagino que mis músculos se relajan con cada número. A veces, sólo me concentro en la respiración. ¿Se ha fijado en que el aire que se inhala siempre es más fresco que el que se exhala?
Breuer lo observó y esperó. "¡Menos mal que ha empezado a tener migraña!", pensó. "Eso, al menos, le obliga, aunque sea por poco tiempo, a quedarse donde está." La compresa ocultaba el rostro de Nietzsche de modo que sólo su boca quedaba al descubierto. Le tembló un instante el bigote, como si estuviera a punto de decir algo, y luego, al parecer, lo pensó mejor.
Nietzsche sonrió.
–Usted pensaba en manipularme y yo, por mi parte, creía que lo estaba manipulando a usted.
–Pero, Friedrich, lo que empezó siendo una manipulación ha acabado convirtiéndose en sinceridad.
–Y detrás de todo estaba Lou Salomé, en su pose predilecta: empuñando las riendas, látigo en mano, y controlándonos a los dos. Usted me ha dicho muchas cosas, Josef, pero ha omitido algo.
Breuer extendió las manos, las palmas hacia arriba.
–Se lo he contado todo, no tengo nada más que ocultar.
–¡Sus motivos! Sus motivos para hacer é: esta intriga, esta tortuosidad, el tiempo consumido, la energía. Usted es un médico muy ocupado. ¿Por qué ha hecho todo esto? ¿Por qué aceptó involucrarse en algo semejante?
–Es una pregunta que me he hecho muchas veces –dijo Breuer–. No sé la respuesta, salvo que lo hice para complacer a Lou Salomé. De alguna manera, me hechizó. No pude negarme.
–Sin embargo, se negó a proporcionarle información sobre mí la última vez que apareció en su consultorio.
–Sí, pero entonces ya le había conocido a usted, le había hecho promesas. Créame, Friedrich, no le gustó.
–Le felicito por haber sido capaz de no ceder. Hizo algo que yo nunca he podido hacer. Pero dígame. Al principio, en Venecia, ¿cómo le hechizó?
–No estoy seguro de poder responderle. Sólo sé que, media hora después de encontrarme con ella, me sentía incapaz de negarle nada.
–Sí, ese mismo efecto tenía sobre mí.
–Tendría que haber visto con qué decisión se dirigió a mi mesa en el café.
–Conozco esa forma de andar –dijo Nietzsche–. Su marcha imperial romana. No se molesta en comprobar si hay obstáculos, como si nada pudiera interponerse en su camino.
–Sí, ¡y qué aires de indiscutible seguridad! Además, se caracteriza por la libertad: en sus ropas, su pelo, su vestido. Libre por completo de todo convencionalismo.
Nietzsche asintió.
–Sí, su libertad es increíble, admirable. Es algo que podríamos aprender de ella. –Movió la cabeza con lentitud y pareció satisfecho al notar que no sentía dolor–. Muchas veces he pensado en Lou Salomé como en una especie de mutación, sobre todo si se tiene en cuenta que su libertad floreció en medio de un denso bosquecillo burgués. Su padre era un general ruso, ¿sabe? –Miró de repente a Breuer–. Imagino que enseguida adoptó un talante muy personal con usted, ¿no es cierto? ¡Seguro que le sugirió que la llamara por su nombre de pila!
–Así es. Y me miraba a los ojos y me tocaba la mano mientras hablábamos.
–Ah, sí, eso me resulta muy familiar. La primera vez que nos vimos, Josef, me desarmó del todo al cogerme del brazo cuando yo ya me iba y ofrecerse a acompañarme al hotel.
–¡Conmigo hizo lo mismo!
Nietzsche se puso rígido, pero siguió hablando.
–Me dijo que no quería dejarme tan pronto, que tenía que pasar más tiempo conmigo.
–A mí me dijo lo mismo, Friedrich. Y luego le molestó que le dijera que a mi mujer podría no gustarle verme caminando con una joven.
Nietzsche rió entre dientes.
–Sé cómo debió de reaccionar ante eso. Ella no ve con buenos ojos el matrimonio convencional: considera que es un eufemismo que designa la esclavitud femenina.
–¡Las mismas palabras que utilizó conmigo!
Nietzsche se hundió en su asiento.
–Se burla de todos los convencionalismos, excepto de uno: cuando de hombres y sexo se trata, es tan casta como una carmelita.
Breuer asintió.
–Sí, pero creo que quizá no interpretamos bien los mensajes que envía. Es una muchacha, una niña, inconsciente del impacto que su belleza causa en los hombres.
–En eso no estoy de acuerdo con usted, Josef. Tiene plena conciencia de su belleza. La emplea para dominar a un hombre, para apoderarse de él, y luego pasa al siguiente.
Breuer continuó.
–Además, se burla de los convencionalismos de forma tan encantadora que uno no puede por menos de ser su cómplice. Me sorprendí a mí mismo aceptando leer una carta que Wagner le había escrito a usted, pese a que yo sospechaba que ella no tenía derecho a poseerla.
–¿Qué? ¡Una carta de Wagner! Nunca me he dado cuenta de que me faltara ninguna. Debió de cogerla durante su visita a Tautenberg. ¡Es capaz de cualquier cosa!
–Incluso me enseñó algunas de sus cartas, Friedrich. Enseguida me convirtió en su confidente. –Breuer supo que al decir esto encaraba el mayor riesgo de todos.
Nietzsche se levantó de un brinco. La compresa fría cayó de sus ojos.
–¿Le enseñó mis cartas? ¡Qué arpía!
–Por favor, Friedrich, va a acabar provocando la migraña. Tome, bébase esta última taza de café y luego apoye la cabeza en el respaldo, para que pueda colocarle de nuevo la compresa.
–Muy bien, doctor, en estos asuntos sigo su consejo. Pero creo que el peligro ha pasado: ya no tengo destellos. Su droga debe de haber surtido efecto.
Nietzsche bebió de un trago el café tibio que quedaba–. Ya está, ya me lo he acabado. Basta de café. ¡Hoy he bebido más café que en seis meses! –Inclinando la cabeza, le entregó la compresa a Breuer–. Ya no la necesito. El ataque ha desaparecido. ¡Sorprendente! Sin su ayuda, hubiera progresado y me habría infligido varios días de tormento. Es una pena –añadió, mirando a Breuer de reojo– que no pueda llevármelo conmigo. –Breuer asintió–. Pero ¿cómo se atrevió Lou a enseñarle mis cartas, Josef? ¿Y cómo pudo usted leerlas? –Breuer abrió la boca, pero Nietzsche levantó la mano para indicarle que permaneciera en silencio–. No es necesario que conteste. Entiendo su posición, incluso que se sintiera halagado por el hecho de que ella le hubiera elegido como su confidente. Yo tuve una reacción idéntica cuando ella me enseñó las cartas de amor de Rée y de Gillot, uno de sus maestros en Rusia, que también se enamoró de ella.
–Aun así –dijo Breuer–, a usted debe de resultarle doloroso. Yo me sentiría desolado si me enterara de que Bertha ha compartido nuestros momentos más íntimos con otro hombre.
–Es doloroso. Sin embargo, resulta un buen remedio. Cuénteme todo lo demás de su reunión con Lou. ¡No me esconda nada!
Breuer entendió entonces por qué no había contado a Nietzsche la fantasía que había tenido al caer en trance y en la que había visto a Bertha paseando con el doctor Durkin. Aquella fuerte experiencia emocional le había liberado de ella. Y eso era precisamente lo que necesitaba Nietzsche: no la descripción de la experiencia de otro, ni una comprensión intelectual, sino su propia experiencia, lo bastante fuerte para arrancar de un tirón los significados ilusorios que había atribuido a aquella rusa de veintiún años.
¿Y qué experiencia más poderosa para Nietzsche que el que otro hombre contara que Lou Salomé le había hechizado con los mismos artificios que había utilizado para seducirlo a él? Para ello, Breuer había buscado en su memoria hasta el detalle más ínfimo relacionado con ella. Había empezado reproduciendo ante Nietzsche las palabras de Lou Salomé: su afán de convertirse en su discípula y protegida, sus zalamerías y su deseo de incluir a Breuer en su colección de cerebros privilegiados. Había descrito sus actos: sus pavoneos; su forma de girar la cabeza primero hacia un lado, luego hacia el otro; su sonrisa; su adorable aspecto; el movimiento de su lengua al humedecerse los labios; el roce de su mano al ponerla sobre la de él.
A Nietzsche, que había escuchado a su interlocutor con la leonina cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados, le embargaba ahora la emoción.
–Friedrich, ¿qué ha sentido mientras le he estado contando todo esto?
–Muchísimas cosas, Josef.
–Descríbamelas.
–Es que son tantas que no les encuentro sentido.
–No trate de buscárselo. Limítese a deshollinar.
Nietzsche abrió los ojos y miró a Breuer, como para asegurarse de que no habría más engaños ni falsedades.
–Hágalo –lo instó Breuer–. Considérelo una orden de su médico. Conozco muy bien a alguien que padecía un mal parecido al suyo y que asegura que este método funcionó.
Con vacilación, Nietzsche empezó a hablar.
–Mientras usted hablaba de Lou, he recordado mis propias experiencias con ella, mis propias impresiones, idénticas, extrañamente idénticas. Se comportó con usted igual que conmigo. Creo que ya no poseo esos momentos desgarradores, esos recuerdos sagrados. –Abrió los ojos–. Me cuesta dejar que hablen los pensamientos. ¡Me incomoda!
–Créame, yo en persona he comprobado que esta incomodidad que usted siente ahora rara vez va mal. ¡Continúe! ¡Endurézcase siendo tierno!
–Confío en usted. Sé que habla por experiencia. Siento... –Nietzsche se detuvo, ruborizado.
Breuer le dio ánimos para seguir.
–Vuelva a cerrar los ojos, Friedrich. Tal vez le resulte más fácil si habla sin mirarme. O estírese en la cama.
–No, me quedaré aquí. Lo que quería decir era que me alegro de que conociera usted a Lou, pues ahora me conoce a mí. Y siento que hay un lazo que me une a usted. Pero, al mismo tiempo, siento ira y me siento ultrajado. –Nietzsche abrió los ojos como para asegurarse de que no había ofendido a Breuer y luego, con voz suave, prosiguió–. Me siento ultrajado por su profanación. Usted ha pisoteado mi amor, lo ha triturado y lo ha convertido en polvo. Me duele aquí. –Se llevó el puño al pecho.
–Sé de qué dolor está hablando, Friedrich. Yo también lo he sentido. ¿Se acuerda de lo mucho que me molestaba que llamara inválida a Bertha? ¿Se acuerda...?
–Hoy soy el yunque –le interrumpió Nietzsche– y sus palabras son los martillazos que destruyen la ciudadela de mi amor.
–Siga, Friedrich.
–Eso es lo que siento, además de tristeza. Y una intensa sensación de pérdida.
–¿Qué ha perdido hoy?
–Todos esos dulces momentos íntimos con Lou se han evaporado. ¿Dónde está ahora el amor que ella y yo compartimos? ¡Se ha perdido! Todo se ha convertido en polvo. Ahora sé que la he perdido para siempre.
–Pero, Friedrich, la posesión debe preceder a la pérdida.
–Una vez, cerca del lago de Orta –el tono de Nietzsche se volvió más dulce aún, como si con ello quisiera impedir que sus palabras pisotearan sus delicados pensamientos–, ella y yo subimos hasta la cima del monte Sacro para observar una dorada puesta de sol. Pasaron dos nubes luminosas, del color del coral, que parecían dos rostros fundiéndose en uno. Nos tocamos con dulzura. Nos besamos. Compartimos un momento sagrado, el único momento sagrado que he conocido.
–¿Volvieron a hablar de ese momento?
–¡Ella sabía que había existido ese momento! A menudo, desde lejos, le escribía cartas refiriéndome al crepúsculo de Orta, a la brisa de Orta, a las nubes de Orta.
Pero –insistió Breuer ¿habló ella alguna vez de Orta? ¿Para ella también fue un momento sagrado?
–¡Sabía lo que era Orta!
–Convencida de que yo tenía que saberlo todo sobre la relación que había mantenido con usted, Lou Salomé se esforzó por describirme cada uno de sus encuentros con todo lujo de detalles. No omitió nada, según dijo. Se explayó hablando de Lucerna, de Leipzig, de Roma, de Tautenberg. Ahora bien, Orta, ¡se lo juro!, sólo lo mencionó de paso. No le causó ninguna impresión especial. Es más, Friedrich: intentó recordar si alguna vez le había besado, pero me dijo que no recordaba haberlo hecho. –Nietzsche guardó silencio. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Tenía la cabeza gacha. Breuer sabía que se comportaba con crueldad. Pero también sabía que no serlo ahora habría significado ser más cruel todavía. Aquélla era una oportunidad única y no se repetiría–. Perdone la dureza de mis palabras, Friedrich, pero estoy siguiendo el consejo de un gran maestro que me dijo: "Ofrezca al amigo que sufre un lugar de descanso, pero que sea una cama dura o un catre de campaña".
–Ha entendido bien a su maestro –replicó Nietzsche–. Y la cama es dura. Permítame decirle hasta qué punto lo es. No sé si podré hacerle comprender lo mucho que he perdido. Durante quince años, usted ha compartido el lecho con Mathilde. Usted es el centro de su vida. Ella le cuida, le toca, sabe qué le gusta comer, se preocupa por usted si llega tarde. Cuando yo destierre a Lou Salomé de mi mente (y me doy cuenta de que eso es lo que me está ocurriendo ahora), ¿sabe qué me quedará?
Los ojos de Nietzsche, clavados en los de Breuer, parecían perforar el interior de su interlocutor; como sí estuvieran leyendo un escrito que Breuer llevara dentro de sí.
–¿Sabe que ninguna otra mujer me ha tocado? ¿Sabe qué es no haber sido nunca amado ni tocado? ¿Vivir una vida en la que nadie se fija lo más mínimo? ¿Sabe lo que es éso? Me paso días y días sin decir ni una sola palabra a nadie, excepto, quizá, "Guten Morgen" y "Guten Abend" al dueño de mi Gasthaus. Sí, Josef, usted ha hecho una interpretación correcta de la falta de abertura. No pertenezco a ninguna parte. No tengo casa, ni un circulo de amigos con quienes hablar a diario, ni un armario lleno de pertenencias, ni un hogar familiar. Ni siquiera tengo patria, porque he renunciado a la ciudadanía alemana y nunca me quedo el tiempo suficiente en un lugar de Suiza para conseguir un pasaporte. –Nietzsche dirigió a Breuer una mirada escrutadora, como si quisiera que lo interrumpiera. Pero Breuer permaneció callado–. Ah, Josef, sé cómo disimular y cómo soportar en secreto la soledad e incluso glorificarla. Digo que tengo que permanecer apartado de los demás para pensar de forma independiente. Digo que las grandes mentes del pasado me acompañan, que se arrastran desde sus escondites para florecer bajo la luz de mi sol. Desprecio el temor a la soledad. Declaro que los grandes hombres tienen que soportar grandes dolores y que he volado tan lejos hacia el futuro que ya nadie puede acompañarme. Proclamo que, si me interpretan mal, me temen o me rechazan, entonces mucho mejor, pues ello quiere decir que se me tiene en consideración. Digo que mi valor para soportar la soledad, lejos del rebaño, sin la ilusión de un proveedor divino, demuestra mi grandeza. Pero una y otra vez me asalta el miedo... –Vaciló un instante, pero siguió hablando–. A pesar de mis bravatas, a pesar de mí convicción de que soy el filósofo póstumo, de que el mañana me pertenece, aun a pesar del eterno retorno, me acosa el pensamiento de morir solo. ¿Sabe lo que es saber que, cuando muera, pueden pasar días o semanas sin que se descubra mi cuerpo, antes de que el olor fétido atraiga a algún extraño? Intento consolarme. A veces, cuando me siento más solo, hablo conmigo mismo. No en voz demasiado alta, porque temo mi propio eco vacío. La única persona, en toda mi vida, que llegó a llenar este vacío fue Lou Salomé. –A Breuer no le salía la voz para expresar su tristeza y su gratitud por el hecho de que Nietzsche le hubiera elegido para confiarle aquellos grandes secretos, por lo que se limitó a escuchar en silencio. Dentro de él crecía le esperanza de poder llegar a ser el médico de la desesperación de Nietzsche–. Y ahora, gracias a usted –decía Nietzsche–, sé que Lou fue sólo una ilusión. –Cabeceó y miró por la ventana–. Es una medicina muy amarga, doctor.
–Pero, Friedrich, para llegar a la verdad, los hombres de ciencia tenemos que renunciar a todas las ilusiones, ¿no es así?
–A la VERDAD, con mayúsculas! –exclamó Nietzsche–. Olvidaba, Josef, que a los hombres de ciencia nos falta aprender que la VERDAD también es una ilusión, aunque una ilusión sin la que no podemos sobrevivir. De modo que renunciaré a Lou Salomé por otra ilusión, todavía desconocida. Es duro saber que se ha ido, que no queda nada.
–¿No queda nada de Lou Salomé?
–Nada bueno. –La expresión de Nietzsche era de indignación.
–Piense en ella –le instó Breuer–. Deje que aparezcan las imágenes. ¿Qué ve?
–Un ave de presa. Un águila de garras ensangrentadas. Una manada de lobos, con Lou a la cabeza, acompañada por mi hermana y mi madre.
–¿Garras ensangrentadas? Sin embargo, ella intentó ayudarlo. Piense, Friedrich, en todo el esfuerzo que ella hizo: un viaje a Venecia, otro a Viena.
–¡No lo hizo por mi! –replicó Nietzsche–. Quizá lo hizo por ella misma, para expiar su culpa.
–A mi no me parece una persona agobiada por la culpa.
–Entonces, quizá por el bien del arte. Ella valora el arte y valoraba mi obra, tanto la que ya he hecho como mi obra futura. Tiene buen ojo. He de reconocerlo. Es extraño. La conocí en abril, hace casi nueve meses, y ahora siento que se está gestando una gran obra. Mi hijo, Zaratustra, se mueve, se agita esperando nacer. Quizá nueve meses antes sembrara ella la semilla de Zaratustra en los surcos de mi cerebro. Puede que ése sea su destino: fecundar las mentes fértiles para que produzcan grandes libros.
–Entonces –aventuró Breuer–, puesto que se dirigió a mí con el fin de ayudarle a usted, tal vez Lou Salomé no sea una enemiga.
–¡No! –Nietzsche golpeó el brazo de su asiento–. Éso lo dice usted, no yo. ¡Se equivoca, Josef. Nunca aceptaré que estuviera preocupada por mí. Se dirigió a usted pensando en sí misma, para cumplir su destino. Nunca pensó en mi. Me utilizó. Lo que me ha contado usted lo confirma.
–¿Cómo? –preguntó Breuer, aunque sabía la respuesta.
–¿Cómo? Es obvio. Usted mismo me lo ha dicho: Lou es como Bertha, un autómata que desempeña su papel, siempre el mismo, conmigo, con usted, con un hombre después de otro. No importa de qué hombre se trata. Nos sedujo a usted y a mí de la misma manera, con la misma tortuosidad, la misma astucia, los mismos ademanes, las mismas promesas.
–Y sin embargo este autómata le gobierna. Domina su mente: a usted le preocupa su opinión y su roce le hace languidecer.
–No. Ya no languidezco. Lo que siento ahora es rabia.
–¿Hacia Lou Salomé?
–¡No! ¡Ella es indigna de mi ira! Me odio a mí mismo, me enfado conmigo mismo por la lujuria que me llevó a desear a una mujer así.
"Este resentimiento", se preguntó Breuer, "¿es mejor que la obsesión o la soledad? Erradicar a Lou Salomé de la mente de Nietzsche sólo es parte del procedimiento. También necesito cauterizar la herida abierta que ha quedado en su lugar".
–¿Por qué tanta furia hacia usted mismo? –preguntó–. Recuerdo que una vez dijo que todos tenemos perros salvajes ladrando en el sótano. ¡No sabe cuánto me gustaría que fuera usted más amable, más generoso con su propia humanidad!
–¿Recuerda mi primera frase de granito? Se la repetí muchas veces, Josef: "Llegue a ser quien es". Éso significa no sólo que debe perfeccionarse sino también que no debe ser presa de los designios que otra persona tiene con respecto a usted. Pero caer luchando en poder de otro es preferible a ser presa de la mujer autómata que ni siquiera te ve. Éso es imperdonable.
–Pero, en realidad, Friedrich, ¿vio usted alguna vez a Lou Salomé?
Nietzsche sacudió la cabeza.
–¿Qué quiere decir? –preguntó.
–Ella tal vez desempeñara su papel pero, ¿qué papel desempeñó usted? ¿Fuimos usted y yo tan diferentes de ella? ¿La vio o, por el contrario, sólo vio una presa, o sea, a una discípula, a una sucesora, un terreno abonado para sus pensamientos? Puede que, al igual que yo, usted viera en ella la belleza, la juventud, una almohada de raso, un recipiente en el que verter su lujuria. ¿Y acaso no significaba también un trofeo en su competición con Paul Rée? La vio usted a ella o en realidad vio a Paul Rée cuando, después de verla por primera vez, le pidió a él que le propusiera matrimonio en su nombre? Yo creo que usted no deseaba a Lou Salomé, sino a una persona como ella. –Nietzsche se quedó callado. Breuer siguió hablando–. Nunca olvidaré nuestro paseo por Simmeringer Haide. Aquel paseo cambió mi vida en muchos sentidos. De todo lo que aprendí aquel día, quizá lo más importante fue que yo no había entablado una relación directa con Bertha, sino con los significados privados que yo le asignaba, significados que no tenían nada que ver con ella. Usted hizo que me diera cuenta de que nunca la vi como era en realidad: que ninguno de los dos vio al otro nunca. Friedrich, ¿no le ocurre a usted lo mismo? Tal vez nadie tenga la culpa de nada. Tal vez Lou Salomé haya sido tan utilizada como usted. Puede que todos seamos compañeros de sufrimiento, incapaces de ver al otro tal como es.
–No pretendo entender lo que desean las mujeres. –El tono de voz de Nietzsche era cortante y susceptible a la vez–. Lo que pretendo es evitarlas. Las mujeres corrompen y estropean. Tal vez lo mejor sea decir que no estoy hecho para ellas y dejarlo así. Con el tiempo, seré yo quien pierda. De vez en cuando, el hombre necesita a una mujer, lo mismo que necesita comida casera.
La implacable respuesta de Nietzsche sumió a Breuer en sus propios pensamientos. Pensó en el placer que le proporcionaban Mathilde y su familia, incluso en la satisfacción que obtenía de su nueva forma de percibir a Bertha. Era triste pensar que su amigo se privaría para siempre de tales experiencias. Sin embargo, no se le ocurría ningún modo de alterar la visión distorsionada que tenía Nietzsche de las mujeres. Quizá era esperar demasiado. Quizá Nietzsche tuviera razón cuando decía que su actitud hacia las mujeres se había formado en los primeros años de su vida. Quizá esas actitudes estaban tan enquistadas en su interior que nunca estarían al alcance de un tratamiento de conversación. Entonces, Breuer se percató de que ya no le quedaban ideas. Por otra parte, quedaba poco tiempo. Nietzsche no permanecería tan comunicativo mucho más.
De pronto. Nietzsche se quitó las gafas. hundió la cara en su pañuelo y empezó a llorar.
Breuer se quedó atónito. Tenía que decir algo.
–Yo también lloré cuando supe que tenía que renunciar a Bertha. Resultaba tan difícil renunciar a esa visión, a esa magia... ¿Está llorando por Lou Salomé? –Con la cara oculta en el pañuelo, Nietzsche se sonó la nariz y negó con la cabeza–. ¿ Por su soledad, entonces? –Nietzsche volvió a negar con la cabeza–. ¿Sabe por qué llora, Friedrich?
–No estoy muy seguro –fue la respuesta de Nietzsche.
A Breuer se le ocurrió una idea extravagante.
–Friedrich, hagamos un experimento. ¿Puede imaginar que sus lágrimas tienen voz?
Bajando el pañuelo, Nietzsche lo miró, intrigado. Tenía los ojos enrojecidos.
–Inténtelo durante un minuto o dos –le instó Breuer con suavidad–. Preste voz a sus lágrimas. ¿Qué dirían?
–Me siento muy estúpido.
–Yo también me sentía estúpido cuando hacia todos los experimentos que usted sugería. Se lo pido por favor. Inténtelo.
Sin mirarlo, Nietzsche empezó a hablar.
–Si una de mis lágrimas tuviera voz diría... –hablaba en un susurro silbante– diría: "¡Por fin libre! ¡Tantos años encerrada! Este hombre, tan seco y mezquino, nunca me ha permitido fluir". ¿Es ésto lo que quiere? –preguntó, adoptando su voz normal.
–Sí, bien, muy bien. Continúe. ¿Qué más?
–¿Qué más? Las lágrimas dirían –otra vez el susurro silbante–: "¡Es fantástico ser libres! Cuarenta años en una laguna estancada. Por fin, por fin se hace limpieza general. ¡Ah, cuántas ganas tenía de escapar! Pero no había salida, hasta que este médico vienés abrió la oxidada compuerta" –Nietzsche se detuvo y se llevó el pañuelo a los ojos.
–Gracias –dijo Breuer–. Soy quien abre las oxidadas compuertas. Considero que es un gran cumplido. Ahora, con su propia voz, dígame algo más de esa tristeza que se oculta tras sus lágrimas.
–¡No, no es tristeza! Al contrario, hace unos minutos, cuando he hablado de morir solo, me he sentido aliviado. No se trata tanto de lo que he dicho cuanto de que lo haya dicho, de que por fin haya comunicado a otro lo que sentía.
–Siga hablándome de ese sentimiento.
–Ha sido algo poderoso. Conmovedor. ¡Ha sido un momento sagrado! Por eso he llorado. Por eso estoy llorando ahora. Nunca me había pasado. ¡Míreme! No puedo contener las lágrimas.
–Está muy bien, Friedrich. Las lágrimas purifican.
Con el rostro entre las manos, Nietzsche asintió.
–Es extraño, pero en el mismo momento en que, por primera vez en mi vida, revelo mi soledad en toda su profundidad, en toda su desesperación, en ese preciso momento, ¡la soledad se esfuma! El momento en que le he dicho que nunca nadie me había tocado ha sido el momento en que por primera vez he permitido que alguien me tocara. Un momento extraordinario, como sí un enorme témpano de hielo interior se hubiera roto, de pronto, en mil pedazos.
–¡Una paradoja! –dijo Breuer–. La soledad sólo existe en soledad. Cuando se comparte, se evapora.
Nietzsche levantó la cabeza y con un movimiento lento de la mano se secó las lágrimas que todavía había en su rostro. Se pasó el peine por el bigote cinco o seis veces y volvió a ponerse las gruesas gafas. Tras una breve pausa, habló.
–Y me queda otra confesión. Quizá –miró el reloj– la última. Cuando hoy ha entrado en mi habitación y me ha comunicado que se había curado, Josef, me he sentido muy abatido. Me sentía tan miserable, tan decepcionado porque ya no había razón alguna que explicara el que yo estuviera con usted, que su buena noticia no me ha hecho ilusión. Ese egoísmo es imperdonable.
–Imperdonable no –replicó Breuer–. Usted mismo me enseñó que estamos compuestos de muchas partes y que cada una de ellas busca expresarse. Sólo somos responsables del compromiso final, no de los descarriados impulsos de cada parte. Su presunto egoísmo es perdonable, precisamente, porque yo le importo y ha decidido compartirlo conmigo. Mi último deseo, antes de despedirnos, mí querido amigo, es que destierre de su léxico la palabra "imperdonable".
Los ojos de Nietzsche volvieron a llenarse de lágrimas y de nuevo buscó el pañuelo.
–¿Por qué vuelve a llorar, Friedrich?
–Por la forma en que ha dicho "mi querido amigo". Yo he usado la palabra "amigo" muchas veces, pero hasta este momento nunca ha sido sólo mía. Siempre he soñado con una amistad en la que dos personas se unen en la búsqueda de un ideal superior. ¡Y he aquí que ahora, en este momento, esa amistad ha llegado! Usted y yo nos hemos unido con este propósito. Cada uno ha participado en el proceso de autosuperación del otro. Yo soy su amigo. Usted es mi amigo. Somos amigos. Somos... amigos. –Por un instante, Nietzsche pareció casi alegre–. Me gusta el sonido de esta frase, Josef. Quiero pronunciarla una y otra vez.
–Entonces, Friedrich, acepte mi invitación y venga a mi casa. Recuerde el sueño: su abertura está en mi chimenea.
Al oír la invitación de Breuer, Nietzsche su puso rígido. Permaneció callado, sacudiendo la cabeza, antes de contestar.
–Ese sueño me atormenta y me atrae a la vez. Soy como usted. Quiero calentarme alrededor del fuego de la chimenea, pero me atemoriza ceder ante la comodidad. Eso significaría abandonarme a mí mismo y abandonar mi misión. Para mí, sería una especie de muerte. Tal vez eso explique el símbolo de la piedra inerte calentándose sola. –Se puso en pie, anduvo unos pasos y se detuvo detrás de su silla . No, amigo mío, mi destino es buscar la verdad en el lado de la soledad. Mi hijo, Zaratustra, rebosará sabiduría, pero su única compañera será un águila. Será el hombre más solitario del mundo. –Nietzsche volvió a consultar su reloj–. Conozco muy bien su horario, Josef, y me doy cuenta de que sus otros pacientes le están aguardando. No puedo retenerlo por más tiempo. Cada uno de nosotros debe seguir su camino.
Breuer sacudió la cabeza.
–Me abruma que tengamos que separarnos. ¡Es injusto! Usted ha hecho tanto por mí y ha recibido tan poco a cambio... Tal vez la imagen de Lou haya perdido su poder sobre usted. Tal vez no. El tiempo lo dirá. ¡Pero me parece que podríamos hacer muchas cosas más!
–No subestime lo que me ha dado, Josef. No subestime el valor de la amistad, el valor que tiene el hecho de que ahora yo sepa que no soy un monstruo, el hecho de que sepa que soy capaz de tocar y aceptar que me toquen. Antes, abrazaba sólo a medias mi concepto del amor fati. Me había adiestrado, mejor dicho, me había resignado a amar mi destino. Pero ahora, gracias a usted, gracias a su casa abierta, me doy cuenta de que tengo elección. Siempre estaré solo, pero qué diferencia, qué diferencia maravillosa, poder elegirlo. Amor fatí: elegir nuestro destino, amar nuestro destino.
Breuer se puso en pie y echó a andar hacia Nietzsche, sorteando la silla que había entre ambos. Durante un momento, Nietzsche pareció asustarse. Pero al acercarse Breuer con los brazos extendidos, también él abrió los brazos.

El 18 de diciembre de 1882, al mediodía, Josef Breuer regresó a su consultorio, con Frau Becker y los pacientes que le esperaban. Más tarde, comió con su mujer, sus hijos, sus padres políticos, el joven Freud, Max y la familia de éste. Después de comer, durmió la siesta y soñó con el ajedrez y la reina se comía un peón. Continuó el cómodo ejercicio de la medicina durante treinta años, pero nunca volvió a recurrir al tratamiento coloquial.
Aquella misma tarde del 18 de diciembre de 1882, el paciente de la habitación número 13 de la clínica Lauzon, Eckart Müller, se desplazó en coche a la estación, donde cogió un tren que lo condujo, solo, al sur, a Italia, al sol cálido, al aire inmóvil, y a una cita, una cita sincera con un profeta persa llamado Zaratustra.

NOTA DEL AUTOR

Friedrich Nietzsche y Josef Breuer no se conocieron. Y por supuesto, la psicoterapia no fue inventada como resultado de un encuentro inexistente. Sin embargo, las circunstancias de la vida de los personajes principales está basada en hechos reales y los componentes esenciales de esta novela –la angustia de Breuer, la desesperación de Nietzsche, Anna O., Lou Salomé, la relación de Freud con Breuer, el palpitante embrión de la psicoterapia– corresponden al momento histórico de 1882.
Friedrich Nietzsche fue presentado a la joven Lou Salomé por Paul Rée en la primavera de 1882 y, durante los meses siguientes, mantuvieron una relación amorosa breve, intensa y casta. Salomé tenía por delante un brillante porvenir como escritora y psicoanalista. También seria conocida por su íntima amistad con Freud y sus historias románticas, sobre todo con el poeta Rainer Maria Rilke.
La relación de Nietzsche con Lou Salomé, complicada por la presencia de Paul Rée y saboteada por Elisabeth, la hermana del primero, tuvo un final desastroso para éste. Durante años se sintió angustiado por aquel amor perdido y por la creencia de que había sido traicionado. En los últimos meses de 1882 –momento en que se sitúa la trama de este libro– Nietzsche se sumió en una honda depresión de tendencia suicida. Sus desesperadas cartas a Salomé, citadas en este libro, son auténticas, aunque no se sabe con certeza cuáles fueron sólo borradores y cuáles se enviaron. La carta de Wagner a Nietzsche, del capitulo 1, también es auténtica.
El tratamiento de Bertha Pappenheim, conocida como Anna O., llevado a cabo por Josef Breuer, ocupó gran parte de su atención en 1882. En noviembre de aquel año, Breuer empezó a discutir el caso con su joven protegido, Sigmund Freud, que, como se describe en la novela, era un visitante asiduo de la casa de los Breuer. Doce años después, Anna O. fue el primer caso descrito en Estudios sobre la histeria, el libro de Freud y Breuer que originó la revolución psicoanalítica.
Al igual que Salomé, Pappenheim fue una mujer notable. Años después de su tratamiento con Breuer, destacó como asistente social hasta el punto de que en 1954 fue homenajeada en Alemania a título póstumo, dedicándosele un sello postal. Que se trataba de Anna O. no fue de dominio público hasta que Ernesto Dones lo reveló en su Vida y obra de Sigmund Freud(1953).
¿Sintió el histórico Josef Breuer una obsesión erótica por Bertha Pappenheim? Poco se sabe de la vida íntima de Breuer, pero las investigaciones serias no excluyen esa posibilidad. Las dispares versiones históricas concuerdan sólo en que el tratamiento de Bertha Pappenheim provocó sentimientos complejos y poderosos tanto en ella como en Breuer. Breuer estaba tan preocupado por su joven paciente y pasaba tanto tiempo con ella, que Mathilde, su esposa, llegó a sentirse celosa y enfadada. Freud habló de forma explícita a Ernest Jones de la relación emocional de Breuer con su paciente y, en una carta a su prometida, Martha Bernays, escrita en aquella época, le aseguró que a él no le sucedería nada parecido. El psicoanalista George Pollock ha insinuado que la fuerte reacción de Breuer pudo haber tenido origen en la pérdida temprana de la madre, también llamada Bertha.
El falso embarazo de Anna O., así como el pánico de Breuer y el precipitado final de la terapia forman parte de la historia psicoanalítica. Freud describió el incidente en una carta que en 1932 mandó al novelista Stefan Zweig y Ernest Jones lo repitió en su biografía de Freud. El hecho no ha sido cuestionado hasta fecha reciente, y la biografía de Breuer que Albrecht Hirschmüller publicó en 1990 sugiere que el incidente fue un mito inventado por Freud. Breuer nunca aclaró si fue cierto o no y en el trabajo que escribió en 1895 no hizo más que aumentar la confusión en torno al caso de Anna O., exagerando de modo desmesurado la eficacia de su tratamiento.
Si se tiene en cuenta su vasta influencia en el desarrollo de la psicoterapia, es curioso que Breuer se interesase por la psicología tan sólo durante un breve período de su trayectoria profesional. La medicina recuerda a Josef Breuer no sólo como importante investigador de la fisiología de la respiración y el equilibrio, sino como médico de brillantes diagnósticos y como médico de toda una generación de grandes figuras de la Viena de fin de siglo.
Nietzsche tuvo problemas de salud durante casi toda la vida. Si bien en 1890 tuvo un colapso y se sumergió de manera irrevocable en la severa demencia conocida como paresis (forma de sífilis terciaria, de la que murió en 1900), nadie duda que durante la mayor parte de su vida padeció otra enfermedad. Al parecer, Nietzsche (cuyo cuadro clínico he descrito siguiendo el vivido bosquejo biográfico de Stefan Zweig, de 1939) sufría migrañas fortísimas. Con el fin de acabar con ellas, visitó a muchos médicos de toda Europa, por lo que es muy posible que alguien le convenciese de que visitara al eminente Josef Breuer.
No es probable que Lou Salomé se dirigiese toda afligida a Breuer para que ayudara a Nietzsche. Según sus biógrafos, no era propensa a sentirse culpable; se sabe que concluyó muchas relaciones amorosas, al parecer, sin demasiados remordimientos. En la mayor parte de sus asuntos era reservada y, según he podido comprobar, no mencionaba en público su relación personal con Nietzsche. Las cartas que mandó a éste no han sobrevivido. Es muy probable que las destruyera Elisabeth, la hermana de aquél, cuya enemistad con Lou Salomé duró toda la vida. Salomé, en efecto, tuvo un hermano, Jenia, que en 1882 estaba estudiando medicina en Viena. Sin embargo, es muy improbable que Breuer presentara el caso de Anna O. aquel año en una conferencia pronunciada ante un grupo de estudiantes. La carta de Nietzsche a Peter Gast, su amigo y editor (final del capitulo 12), así como la de Elisabeth a su hermano (final del capitulo 7) son ficticias, al igual que la clínica Lauzon y los personajes Fischmann y Max, el cuñado de Breuer. (Aunque Breuer era un ávido jugador de ajedrez.) Todos los sueños descritos son ficticios, excepto dos de Nietzsche: su padre levantándose de la tumba y los estertores del anciano.
En 1882, la psicoterapia todavía no había nacido. Nietzsche, por supuesto, nunca centró su atención en ella. Sin embargo, al leer a Nietzsche he percibido una preocupación profunda y significativa por la autocomprensión y el cambio personal. En aras de la coherencia cronológica, me he limitado a citar las obras de Nietzsche anteriores a 1882, sobre todo Humano, demasiado humano, Consideraciones intempestivas, Aurora y El gay saber. No obstante, he dado por sentado que los grandes pensamientos de Así habló Zaratustra (la mayor parte de los cuales escribió unos meses después de la fecha en que finaliza la historia del presente libro) ya se filtraban en su mente.
Estoy en deuda con Van Harvey, profesor de Estudios Religiosos de la Universidad de Stanford, por haberme permitido asistir a su soberbio curso sobre Nietzsche, por las numerosas horas de discusión académica y por haber leído mi manuscrito con un enfoque crítico. Mi gratitud a mis colegas del Departamento de Filosofía, en especial a Eckart Förster y Dagfinn Follesdal, por permitirme asistir a cursos sobre fenomenología y filosofía alemana. Muchas personas me han brindado sugerencias para este manuscrito: Morton Rose, Herbert Kotz, David Spiegel, Gertrud y George Blau, Kurt Steiner, Isabel Davis, Ben Yalom, Joseph Frank, miembros del Seminario de Biografía de Stanford bajo la dirección de Bárbara Babcock y Diane Middlebrook; a todos ellos les doy las gracias. Asimismo, la ayuda de Betty Vadeboncoeur, de la biblioteca de historia de la medicina de Stanford, fue muy valiosa para mis investigaciones. Timothy K. Donahue–Bombosch tradujo las cartas de Nietzsche y Lou Salomé que reproduzco. Muchas personas me han aconsejado y me han prestado ayuda: Alan Rinzler, Sara Blackburn, Richard Elman y Leslie Becker. El personal de Basic Books, en especial Jo Ann Miller, me ha dado un gran apoyo; Phoebe Hoss, tanto en éste como en libros anteriores, ha sido una correctora autorizada. Mi mujer, Marilyn, que siempre ha sido mi primera crítica, y también la más puntillosa y despiadada, en este libro se ha superado a si misma, pues no sólo realizó una crítica permanente, desde el primer borrador hasta el último, sino que, además, sugirió el título del libro.





1 comentario:

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