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viernes, 5 de octubre de 2012

UNA MIRADA PSICOANALÍTICA SOBRE EROS Y TÁNATOS: LA PULSIÓN




José Eduardo Tappan Merino

La vida y la muerte son los aspectos más importantes para la humanidad, así pues para su tratamiento, es necesario contemplar muchas superficies, planos y densidades teóricas. ¿Cómo abordar algo tan complejo, tan sabidamente inabarcable, que se encuentra en el mismo lindero de lo imposible? El psicoanálisis propone: “seamos realistas, busquemos lo imposible”.

Freud intenta a partir de una influencia poderosa de la filosofía, articular las nociones de vida y muerte, para ello, se propone entender las dinámicas que se esconden e influyen en la constitución del psiquismo, y las maneras en que determinan la existencia de los seres humanos. Para ello, emplea primeramente la noción detrieb, que ha sido traducida como pulsión; su teoría de la pulsión de vida y pulsión de muerte, se va desarrollando progresivamente hasta que alcanza su expresión más clara en 1920, en su trabajo Más allá del principio del placer, sin embargo comenzaré por los antecedentes filosóficos, para después encontrar la fuerza que tiene la propuesta freudiana aún en nuestros días.

Es justamente a los presocráticos, a quienes debemos dirigir nuestra atención, ya que son ellos, los que primeramente se preguntan sobre la naturaleza del hombre. El pensamiento de Parménides es relevante puesto que muestra una actitud, una forma de pensar, que se ha repetido a lo largo de la historia, podríamos llamarla esencialista-estática. Que anima a las formas de conocimiento basadas en clasificaciones y nosologías. Dice “del Ente es ser; del Ente no es no ser [...]” (Parménides. 1984 p. 39). El ente es, por lo tanto, tiene un plano de existencia como ser y se separa de la especulación de aquello que no es, es decir, un no-ser, es un no-ente. Para Parménides no existe ni es pensable un no-ente, ni un no-ser. Diríamos que con Parménides, reflexionar sobre la no-existencia, el no-ser o el no-ente, serían puras figuraciones de una mente enferma. El ser es único e inmutable, en cuanto a que es por sí mismo, ya que si el ser fuese móvil o mutable, en cada movimiento o mutación se transformaría en otra cosa, por lo que el ser sólo tiene referencia a “sí mismo”, en que es “el sí mismo”. La mutabilidad o el cambio para Parménides consisten en dejar de ser algo para ser otro. Siguiendo su pensamiento tendríamos ahora que encontrar aquello esencial y característico de un fenómeno, para poder identificarlo como tal. Se trata de reconocer las esencias, las características que le otorgan identidad, que determinan su mismidad.

 Sin embargo, la propuesta de Parménides aunque posterior a la de Heráclito, no tiene la fuerza, ni el vigor de Heráclito, de hecho se ha señalado que el pensamiento de Parménides y de Heráclito mantienen una franca oposición, mientras el primero destaca el carácter inmutable del ser, el segundo elabora una filosofía del devenir del ser. Podríamos decir de manera preliminar, que Parménides mantiene una fuerte influencia en las maneras de pensar psicológicas y psiquiátricas, que buscan la etiología o la esencia en una causa necesaria. Mientras que la forma de abordar el ser por parte de Heráclito es propiamente la base del pensamiento psicoanalítico.

Para Heráclito, podríamos considerar que el aspecto central de su doctrina es el λóγος. El logos es a la vez, discurso, razón y condición de ser de las cosas. Se trata de una verdad única. Él mismo propone que el logoses también la ley universal del devenir, de la que derivan, o corresponderían derivar, todas las leyes humanas. Será Lacan quien reviva ésta perspectiva heraclitiana, al destacar la importancia del logos, comprendido ahora como significante en la constitución de la condición humana, y como el parámetro de los parámetros.

 Para Heráclito es fundamental la idea de que la esencia de las cosas, es un asunto de tránsito, de movimiento, de cambio constante. No hay un “algo” que defina, caracterice o represente a las cosas del mundo, no hay “un ser de la cosa”. Nada propiamente es, esta siendo transitivamente, toda pregunta a lo que soy obtendrá diferentes respuestas dependiendo de los momentos de mi historia en que se haga la pregunta.

“No hay manera de bañarse dos veces en la misma corriente; que las cosas se disipan y de nuevo se reúnen, van hacia el ser y se alejan de ser” (Heráclito. 1984 p. 247)
 Esta idea del movimiento constante como característica de la esencia de las cosas, y como condición necesaria para que ellas existan, rivaliza con las perspectivas que buscarán algún tipo de esencialidad, de materia prima, de alguna manera “fija”, que hace que las cosas sean lo que son, es decir, que garantizarían su condición de ser por su sustancia, con lo que es absurdo determinar límites y caracterizaciones tipológicas, como por ejemplo: los asesinos son personas con ciertas características particulares, bajo la perspectiva heraclitiana cualquiera puede ser un asesino, si es fuertemente empujado a ello. Windelband dice sobre este fluir:
“Heráclito [...] recalca que el intento de encontrar una materia cósmica permanente, es una faena sin perspectivas de éxito. No existe nada estable: ni en cosas en particular, ni en el universo en general. No solo las apariencias concretas; también el universo en su integridad está sometido a una incesante y eterna mudanza: todo fluye nada permanece. No se puede decir que las cosas sean, sólo devienen y sucumben en el juego eternamente cambiante del movimiento universal. De ahí que lo único invariable [...] no sea ninguna cosa, ninguna materia, sino el movimiento, el acontecer, el devenir mismo” (H. Windelband: 1960 p.37).
 Esta perspectiva del continuo devenir, ha sido llamada dialéctica heraclitiana, por lo que si bien, se trata de movimiento y de cambio permanente; se trata de un movimiento que es resultado de una lucha entre los opuestos, por lo tanto, del conflicto que busca el equilibrio, es ésta dinámica lo que caracterizaría el motor de la condición de ser de las cosas, podemos ver que ésta es también una de las características del aparato psíquico freudiano, el conflicto en el que se encuentra, y lo fecundo y necesario que resulta esta lucha, para desplegar nuestra existencia. Así encontramos en el filósofo:

“Lo distendido vuelve a equilibrio; de equilibrio en tensión se hace bellísimo coajuste, que todas las cosas se engendran de la discordia” (Heráclito. 1984 p. 240)

 Podemos desprender de lo anterior que el cambio, es un eterno retorno, una compulsión a la repetición a los estado previos, que es motivada por la dialéctica del choque de los opuestos, con lo que no es sólo importante que no nos bañamos en el mismo río, sino que si bien el río es uno, el río nunca será el mismo. Quizá ahora, ya no resulte extraño en nuestra comprensión de estas dinámicas, cuando el propio Heráclito nos dice: “Y uno son bien y mal.” (Heráclito. 1984 p. 244), ¿de qué “uno” estará hablando? Si no existiera más que claridad, no podríamos concebir la oscuridad, por lo que en realidad tampoco podríamos nombrar a la claridad, la claridad existe únicamente y en contraposición a que existe la oscuridad, lo mismo podríamos decir de la presencia, si una persona se encuentra siempre presente, no tenemos la distancia subjetiva para advertir su presencia, podemos saber de su presencia únicamente por la posibilidad de hacerse ausente, sería en la ausencia que podríamos reconocer la condición de existencia de la presencia. Con lo que no hay claridad sin oscuridad, presencia sin ausencia, bueno sin malo, arriba sin abajo, Eros sin Tánatos. Ese será precisamente el orden significante como lo llamara Lacan: significante, entendido como posibilitador de la diferencia. El “uno” que son bien y mal. El uno es la característica señalada por Heráclito: el λóγος.

El pensamiento de Heráclito jugó un papel decisivo en la época moderna, Hegel lo reivindicó como el antecedente más antiguo de su concepción dialéctica, también podemos encontrar sus influencias en el pensamiento de Marx y Freud. Nietzsche consideró a Heráclito como el más puro manifestante del pensamiento frente a la corrupción de la filosofía que es protagonizada por parte de Sócrates y Platón, “representantes de un pensamiento ficticio del ser”. De la misma manera Heidegger subrayó una cierta proximidad entre su propio pensamiento con el de Heráclito, ya que ambos proponen la importancia de la verdad que se produce como develamiento: alétheia. Pero dirijámonos sobre el tema mismo del presente artículo, en el que el dinamismo, el movimiento, fuerza y la transformación anidan en el concepto de pulsión, para la filosofía alemana. Se trata de unir en el concepto esencial es Freud, y al parecer lo fue también para Fichte.

Así disecciona el problema Etcheverry:
“intentaremos fundamentar nuestra opción terminológica (<<pulsión>>) mostrando que el término se aloja mejor dentro de la filosofía clásica alemana. Escogemos para ello Los principios de la doctrina de la ciencia (1794-95) de Fichte. El lector advertido <<oirá>> ciertos temas que Freud desarrolla en <<Pulsiones y destinos de pulsión>>” (Etcheverry, 1981, p.50).
Si bien diferimos de Etcheverry en cuanto a que es la filosofía clásica alemana el lugar en dónde se obligarían a comenzar nuestras pesquisas sobre la pulsión, ya que cual ha sido expuesto, esta problemática debe rastrearse hasta los presocráticos, testimoniando la importancia de la concepción dinámica sobre el ser, no se puede negar que en la filosofía alemana de ese periodo finales del XVIII, representa un escaparate ideal para comprender la importancia y complejidad de la pulsión. Le tocará a Freud transformar dicho concepto en una categoría, para después proponerlo como un principio que fundamenta la teoría y la práctica psicoanalítica.

En Los principios de la doctrina de la ciencia, Fichte desarrolla una compleja apuesta, al intentar abordar las preocupaciones de parménides desde una perspectiva heraclitiana, eso es un verdadero reto intelectual: juntar a los antagónicos, y el ejercicio más claro de la dialéctica, de la que puede denominársele padre moderno. Fue él, precisamente, quien continuando las tres categorás de Kant: afirmación, negación, limitación, “designó el proceso del espíritu como <<tesis>>, <<antítesis>> y síntesis” (Fischl 1994. p. 320). Lo primero que muestra es que la esencialidad de la cosas, sí puede ser considerada por la investigación filosófica, sin embargo, le parece claro que esta esencialidad es producida por fuerzas opuestas que buscan que algo sea por un lado y que no sea por el otro, a estas fuerzas opuestas a las que llamó pulsiones, vemos que para que algo “sea”, implica que su condición de “ser” es por la lucha entre las distintas tensiones, lo que permitan la existencia de ese ser particular. El ser es efecto de las luchas entre las posiciones opuestas que luchan unas contra otras, para que nosotros mismos seamos lo que somos. Se trata de una conflictiva entre el “yo” y el “no-yo”, en el que la negación aparece para Fichte, como suprema referencia de la negatividad, es en este diálogo y sólo por él, que aparece como posibilidad el “yo”. Citemos nuevamente a Etcheverry:
“En el parágrafo 8 de su obra, Fichte define trieb: la pulsión es una fuerza interna que determina ella misma la causalidad; un querer-alcanzar (Streben) [...] Mantenerse en su ser: ninguna cosa natural conservaría su forma determinada si no tuviera una fuera interna, centrípeta, que se define como inercia (Trägheit). [...] Pero esa inercia no es mera ausencia de movimiento, sino, por sí misma, una fuerza: actividad centrípeta. Mejor dicho: si a la cosa se le aplica una fuerza opuesta, su inercia se convertirá en actividad, a causa de esa relación suya con la actividad opuesta. ¿No estaremos sobre el rastro de la pulsión de muerte del último Freud?” (Etcheverry, 1981, p.50-51).

 Para Sigmund Freud, inscrito a la problemática del dinamismo del ser, existen dos pulsiones antagónicas que constituyen la subjetividad, sobre el que los hombres construyen su destino. La pulsión de vida y la pulsión de muerte. Con esta perspectiva de una lucha permanente y constitutiva entre Eros y Tánatos, es que los hombres forjamos la tragedia de nuestra existencia. Con esta perspectiva que hoy podría parecernos que no tiene mayor relevancia es que Freud se aleja de las corrientes psicologistas de corte rousseniano, en las que los seres humanos veníamos al mundo en una condición objetalizable de sanos-buenos. Eran las instituciones sociales: familia, religión, gobierno, educación etc. las que corrompían el alma, por lo que la verdadera naturaleza humana se encontraba al nacer en una condición de pureza. Lo que la podía enrarecerla, era el ambiente y las condiciones sociales. Los niños eran buenos al nacer, todo problema psicológico por lo tanto, debía rastrearse en la educación, en las relaciones familiares, pero para Rousseau existía una condición ontologizable se trataba de un absoluto, inamovible, para él los seres humanos somos buenos por naturaleza.

Lo que propone Freud, es que lo realmente constitutivo es el conflicto, de hecho de eso esta hecho el psiquismo. La condición humana es el efecto de la desnaturalización, del trastrocamiento del instinto en pulsión, además la sexualidad es efecto de otro de los avatares del camino de la hominización, con lo que la infancia es perversa polimorfa, lo masculino y lo femenino, luchan por la hegemonía en las identificaciones como en los objetos, lucha que inclinará en un sentido o en otro a las personas. Freud, a éstosrepresentantes y empujes, a éstas fuerzas que luchan las llama pulsiones, tomando la idea con mucha probabilidad de Fichte, y considera que dos son las protagónicas en la constitución del psiquismo y de lo que sería propiamente la condición humana: Eros y Tánatos. Vida y muerte se enfrentan tratando de atraer a la criatura a sus territorios. Se trata por lo tanto de un sistema de opuestos en los que uno depende del otro, no puede existir uno sin la presencia del otro, como lo dijo Heráclito son “uno” en la medida en que no puede existir el uno sin el otro. Una forma de representar a las pulsiones sería: la de la acción de crear, por un ladoversus la de destruir, por el otro, o bien siguiendo el ejemplo de la música podemos pensar en las pulsiones: toda la algarabía de los sonidos, tendría que ver con la pulsión del Eros, mientras que la pulsión tanáticatendría que ver con la destrucción de esa algarabía, con la aniquilación de las notas, es decir, con el silencio, la música como la existencia depende del las notas y los silencios, la una requiere de la otra, en la que los excesos de cualquiera de las dos pulsiones, llevan necesariamente al aniquilamiento de su contraparte: un puro y constante silencio o un puro y constante ruido, con ello la música como la existencia desaparecen. Además Freud, saca a la pulsión del “yo” que era el lugar donde la situaba Fichte para que tenga una nueva morada: el “ello”, de un “eso” más cercana a la noción de “ente” de la filosofía, pero lejana a “yo”. Siguiendo el hilo del razonamiento de Etcheverry:

“en la negación, de 1925, se lee que la afirmación en el juicio pertenece al Eros, en tanto la negación pertenece a la pulsión de destrucción. Ahora bien, el juicio como operación, las supone a ambas” (Etcheverry, 1981, p.55).

Freud comprendía a las pulsiones y las caracterizaba dinámicamente, de la pulsión erótica o de autoconservación engendraba muchas de las mociones de agresividad, y también de odio, como mecanismo de defensa, mientras que la destrucción caracteriza a la pulsión de muerte, las pulsiones mantienen en tensión al aparato psíquico, en la medida en que una pulsión depende de la opuesta, se trata por lo tanto de una interdependencia, de la misma manera que Kant, Freud no concibe la maldad o la destrucción como una mera ausencia de bienestar o del bien, sino como una acción decidida y permanente dirigida en contra de bien.

La existencia entonces no puede ser localizada en algún objeto, sustancia o fenómeno ontologizable a la manera de Parménides. El ser es efecto del movimiento, del conflicto psíquico, de la manera en que nos posicionamos subjetivamente en el mundo y que se va transformando en nuestra existencia. Se trata de arrebatarle un instante a la muerte, no pretender que somos inmortales porque siéndolo se posterga la propia vida, solo aquel que es conciente de su propia muerte, obtiene el regalo de la prisa, con lo que puede encontrar el significado de la vida, en cuanto a que sea vivida. El psicoanálisis nos enseña que vivir no es durar, ni morir es desaparecer. “En pulsiones y destinos de pulsión Freud explica que la pulsión no actúa como una fuerza (Kraft) de choque momentánea, sino como una fuerza constante” (Etcheverry, 1981, p.56).
Para Freud la diferencia que establece Aristóteles entre psique y soma, es artificial, ya que es precisamente a través del concepto de pulsión que se hace fronterizo lo somático respecto de lo anímico, es el gozne entre cuerpo y alma, es en la manera en que se expresa esa dialéctica representada por la pulsión, que mostrará su conflictiva proyectada en los síntomas ya sea psíquicos, somáticos o como trastornos psicosomáticos. Además de que comienza a comprender que las pulsiones se presentan fenomenológicamente como pulsiones parciales, es decir, localizables a partir de los objetos o características que son investidos. Dicho de otra manera, en la medida en que las pulsiones actúan inconscientemente, únicamente tenemos noticia de su existencia por sus efectos, por los objetos que ha investido, y de los que se sirve para obtener su meta (satisfacción y/o destrucción), con lo que las pulsiones de vida y muerte en tanto puras son inasequibles, o bien, lo son únicamente de forma en que las pulsiones parciales en forma de mezclas y desmezclas pulsionales. Freud es claro al sostener que una pulsión nunca puede pasar a ser objeto de la conciencia; sólo puede serlo la representación, que es su delegado. La pulsión es un esfuerzo, una fuerza, un empuje constante, por lo que de la pulsión tenemos noticia únicamente por el objeto empujado, la fuerza en sí, no es representable de ninguna manera.

 Podríamos resumir lo expuesto, al mostrar la dialéctica del Eros y de Tánatos en cuanto a su despliegue existencial y a la necesidad recíproca de ambas pulsiones en la constitución del psiquismo, como expresiones de fuerzas inconscientes y constantes, que se tejen y destejen, mostrándose en aquellos objetos o fenómenos que nos permiten deducir su presencia. Podemos avanzar a otros niveles de la dialéctica que establece el psicoanálisis con lo principios del Eros y el Tánatos.

 En el libro El erotismo, de George Bataille, propone que Eros en su batalla contra Tánatos , se expresa primeramente como una lucha, entre naturaleza y cultura, entre lo animal (instintivo) y lo humano (pulsional), entre la necesidad y el deseo, que lleva a constitución de interdicciones, entendidas como prohibiciones: el no, que hace posible el sí (el “uno” del que hablaba Heráclito); la negación como juicio que instituye límites y genera delimitaciones: placer-displacer, bueno-malo, permitido-prohibido, crudo-cocido, muerto-vivo. Esta expresión de la vida como fuerza cultural y humanizante, la llama el erotismo, el amor a la existencia. Por ejemplo, en el momento que surgió en un grupo la necesidad de dar sepultura o de quemar a sus muertos, implicó una nueva forma de ver el mundo; ahora el cadáver debe recibir un tratamiento ceremonial, y de preparación, ya no pueden los miembros del grupo dejar el cadáver a la intemperie como una excrescencia, o como si se tratara de una simple cáscara. Aparece un imperativo, “debe ser erogenizado”, es decir, pintado, preparado para que los miembros del grupo tramiten su dolor a través del duelo. Esa es la diferencia que les permite enfrentarse de forma diferente frente al cadáver, ahora con una pujante pérdida que debe ser tramitada afectivamente. El Eros de Bataille, combate directamente lo proporcionado espontáneamente por la naturaleza, no nos adaptamos al entorno, lo adaptamos lo transformamos, es la condición del orden humano, entendido el erotismo no solo como logos, sino también como pathos, es el vínculo entre el símbolo y el afecto. En una doble dialéctica que se inscribe entre: Eros, lo humano, frente al Tánatos, la naturaleza, y el Eros delimitado, frente a la porneia (entendida como abuso, como exceso); dialécticas paradojales ya que en última instancia, si nos situamos desde la perspectiva del Eros, se ve amenazado por la demasía tanto como por la carencia, la destrucción es la expresión de Tánatos, se dirigen a aniquilar los interdictos, que lo mantienen “en el reino de lo humano”. Erogenización del cuerpo humano, implica escribir en él (in-scribir) el logos y el pathos, desnaturalizarlo, haciendo que pierda su dimensión de organismo y se sujete al orden simbólico, transformado en un cuerpo erógeno.
 Por otro lado, en esta compleja dialéctica debemos diferenciar: Eros y anakhé. Freud se ve precisado a emplear en varios momentos el concepto de Platón de anankhé, para diferenciarlo de Eros al de anankhé, entendida como algo más que necesidad que surge de la pura sobreviviencia, concepto empleado primeramente en las conferencias de introducción al psicoanálisis y posteriormente en: El malestar en la cultura, de 1930. Anankhépara dar cuenta de ese principio vital, irreductible al orden simbólico, esa fuerza que busca la sobrevivencia y que se opone al Tánatos , entendido como retorno a lo inorgánico, como el envejecimiento que va acompañando día a día, a la vejez y a la destrucción propiamente orgánica. La anakhé rige la condición animal, desorganizada, carente de un telós o finalidad. Es una fuerza arcaica que busca perpetuarse y que debe ser vencida para organizar y ordenar el mundo bajo parámetros y condiciones humanas y transformarlo en un cosmos. Por eso encontramos en Freud esta afirmación: “Así, Eros y Anankhé pasaron a ser también los progenitores de la cultura humana” (Freud. 1979. p. 99). Se trata de fuerzas que en sus diálogos y confrontaciones gobiernan lo propiamente humano y de las que no podemos escapar.

Por otro lado, sumando mayor complejidad a la dialéctica y a las fuerzas que nos constituyen y determinan, aparece el filos, ya que de Eros se ha mostrado suficiente, sin embargo, no se ha presentado su relación con el amor en este ensayo. Han sido traducidos indistintamente Eros y filos por amor, sin embargo deben ser diferenciados: Eros es el amor con expresión de la forma humana, como deseo que se enfrentan a la simple necesidad, mientras que filos da cuenta del amor directamente dirigido a una persona, a un fenómeno, a un tema. Filos-sofía, que es el amor al conocimiento. Su opuesto es el fobos, que se puede entendido como miedo, odio o aborrecimiento, filos y fobos, dialogando y construyendo las características de nuestras relaciones con los prójimos y con el mundo. Un mundo en el que a partir de estas fuerzas somos sus arquitectos y no pasivos inquilinos.
 De la misma manera en que mostramos matices esenciales en la pulsión de vida entendidos como erotismo, la anankhé, y el filos, es necesario diferenciar los planos que se presentan al interior de la pulsión de muerte, de Tánatos. En una primera instancia sería necesario comprender las condiciones axiológicas de Tánatos, y nada mejor para hacerlo que comprender el concepto heideggeriano, de dasein, que podríamos comprender como: “el ente que es, siendo para la muerte”. Como puede verse el ser se traslada a la existencia, pero ésta se encuentra marcada por la conciencia de su finitud, de su muerte, sin ésta idea de nuestra condición mortal, podríamos creer que somos inmortales y posponer las cosas importantes de nuestra vida, aquellas que tememos que enfrentar, pero es el saber que moriremos lo que nos empuja a vivir. Fenómeno que ha sido advertido por infinidad de poetas. Jaime Sabines dice: “[...] Alguien me habló al oído despacio lentamente, me dijo: vive, vive, vive, era la muerte”.

Sin esta concepción de la muerte como fin y límite a la existencia no hay apremio de vida. Aquellos que huyen de aceptar su condición mortal, de hacerla jugar con su dramatismo y crudeza, no tiene otra posibilidad, que estar como seres automatizados, atrapados en las repeticiones, evitando las preguntas, es decir, aquello que cuestione y exponga los engaños que nos hacemos. Huir de la muerte conduce a confundir: que durar no es vivir, que lleva a pensar que la seguridad se encuentra en los automatismos, esta sería una muerte-viviente, como un zombi, transformarse autómata, esa es la dicotomía que sobre la muerte nos presenta, a “grosso modo” Heidegger: a) ser un muerto viviente ó b) vivir la muerte para caer en la cuenta de que somos únicamente en las cosas que revelan nuestra existencia, son esos encuentros con nuestro deseo, lo que nos hacen sentir que estamos vivos.

Otra muerte que debe ser comprendida es la pérdida del Eros en la existencia, tiene que ver con que no hay un lugar para nosotros en nuestra vida, y morir físicamente podría ser menos doloroso que llevar una “vida como muertos”, se trata de un sordo sufrimiento que nos amordaza, que se muestra como melancolía, como el penar doloroso de una existencia que se va desangrando de Eros, “me muero porque no me muero” (Santa Teresa de Ávila), es decir, la existencia como una insufrible condena, como una agonía.
 Podemos concluir que para el psicoanálisis, el despliegue del Eros y Tánatos, parten necesariamente de la nociones de: fuerzas, empujes, choques; de movimiento dialéctico, caracterizado por la oposición de una multiplicidad de pulsiones que Freud llama parciales, pero que pueden ser agrupadas sin mucha dificultad en dos grupos: pulsiones de vida y pulsiones de muerte, son fuerzas constantes que constituyen al aparato psíquico, como necesaria y permanentemente en conflicto. Sin embargo la complejidad de Eros y Tánatos va más allá al señalar otra clase de dinámicas mucho más complejas que han seguido de cerca la filosofía y la poesía, por lo que el psicoanálisis en sus descubrimientos y en sus investigaciones no camino solo, es mucho lo que podemos aprender ampliando los diálogos, siguiendo distintas propuestas disciplinarias y dirigirnos a responder las grandes preguntas de la humanidad.

Bibliografía citada.

Cortés Jordi, y Martínez Antoni. Diccionario de filosofía en CD-ROM. Editorial Herder. Barcelona.1996
Etcheverry José Luis. Sobre la versión castellana. En Obras completas es XXIV Volúmenes. Ed. Amorrortu. Buenos Aires 1981.
Fischl Joham. Manual de historia de la filosofía. Ed. Herder. Barcelona 1994.
Freud Sigmund. El malestar en la cultura. En Vol. XXI. Ed. Amorrortu. Buenos Aires 1979
Heindelband Windelband Historia de la filosofía. Ed. Ateneo. México 1960.
Jenófanes, Parménides, Empédocles Heráclito .... Los presocráticos. Col. Popular 177. Ed. FCE . México 4ª Edición. 1984.

APROXIMACIÓN PRELIMINAR AL CONCEPTO DE PULSIÓN DE MUERTE EN FREUD




A Preliminary Approach To Freud's Concept of Death Instinct
Paulina Corsi

The death instinct's has been and remains as one of the most controversial postulates of psychoanalysis. This paper attempts to review the basics of death instinct hoping to account for the meaning as well as the implications of it according to Freud. In the framework of the last theory of intincts the death instinct or Tanatos, as oppossed to the life instinct or Eros, represents a basic drive that impels all living organisms to go back to the inorganic state from where they emerged. Freud asserts Tanatos as a fundamental principle of fight and destruction which manifests itself fastening connections at every and all levels. Freud sees the life instinct as a force which enhances cohesion and integration that in turn provides living beings with a drive to counter attack destructiveness. The observation of the clinical phenomena of compulsive repetitions as well as negative therapeutical reaction led Freud to a reformulation of his conception of instinct dynamics. Freud´s evolution of instinct dynamics is reviewed to foster a better understanding of the meaning of the concept of death instinct and the need that justifies its introduction in a broader reform. The concept of death instinct pointed out to a turning point in psychoanalysis as it revolutionized the understanding of aggresive phenomena in mental functioning.
Key words: psychoanalysis, death instinct, Tanatos, Freud
Introducción
El concepto de pulsión de muerte ha sido y continúa siendo uno de los postulados más controvertidos del psicoanálisis. A partir de 1920 en su libro "Más allá del principio del placer" (1), Freud propone la noción depulsión de muerte introduciendo con esto un cambio fundamental en la teoría pulsional, que sostendrá permanentemente hasta el final de su obra. Este aporte teórico ha encontrado gran resistencia en el mundo psicoanalítico, suscitando oposiciones más o menos categóricas provenientes de distintas líneas de pensamiento dentro del psicoanálisis. Para algunos autores el concepto de pulsión de muerte ha permitido una comprensión más profunda de los fenómenos agresivos en la vida mental, incluida la autodestrucción y el sufrimiento del individuo, mientras que para otros resulta una visión meramente especulativa, cargada de contradicciones internas e innecesaria desde el punto de vista clínico.

El presente escrito tiene por objetivo revisar el postulado psicoanalítico de la pulsión de muerte, dando cuenta del sentido y las implicancias del concepto de acuerdo a Freud.
El primer aspecto necesario de abordar es la traducción al español del término alemán Trieb, no existiendo consenso entre los distintos autores.

Existe la tendencia mayoritaria a utilizar el término pulsión en lugar de instinto para traducir el vocablo alemánTrieb, dado que la primera expresión refleja con mayor fidelidad el sentido en que Freud usó el término Trieb, diferenciándolo claramente de la expresión alemana Instinkt. Para Freud Instinkt designa una conducta hereditaria, predeterminada genéticamente, cuyo objeto y fin están prefijados por naturaleza. A diferencia de lo anterior, Trieb implica un empuje que hace tender al organismo hacia un objeto y un fin que permitan la satisfacción pulsional, no estando éstos prefijados. Si bien la terminología recién descrita es la más aceptada, existen autores que no adhieren a ella. Esto puede deberse en parte a la traducción efectuada por Strachey de la obra de Freud del alemán al inglés en la Standard Edition, en la que emplea el término inglés instinct para traducir la palabra alemana Trieb.
Entre los autores franceses existe aceptación de la palabra pulsión como la mejor traducción para Trieb, aunque al referirse a los conceptos establecidos por Freud en su última teoría pulsional estos autores han preferido utilizar los términos instinto de muerte e instinto de vida con el fin de denotar que esta teoría se encuentra en un nivel distinto de abstracción respecto de las dos teorías pulsionales precedentes.

Desarrollo
En el marco de la última teoría freudiana de las pulsiones, la pulsión de muerte o Tánatos, en oposición a la pulsión de vida o Eros, representa la tendencia fundamental de todo ser viviente a regresar al estado inorgánico desde donde emergió, a través de la reducción completa de las tensiones. Freud entiende la pulsión de muertecomo una necesidad primaria que tiene lo viviente de retornar a lo inanimado, reconociendo en ella la marca de lo demoníaco donde impera la destrucción, la desintegración y la disolución de lo vivo.
Cuando Freud plantea el concepto de pulsión (2) lo hace basándose en la descripción de la sexualidad humana, definiendo a la pulsión como un impulso que se origina en una excitación corporal (fuente) y que moviliza al organismo para conseguir suprimir el estado de tensión en el que se encuentra a partir de esta excitación. El fin o meta de la pulsión es para Freud la reinstalación del equilibrio previo al inicio del estado de tensión. El objeto de la pulsión es el elemento que posibilita a la pulsión alcanzar el fin.
Laplanche y Pontalis (3) señalan que lo que Freud intenta designar con el término pulsión de muerte es lo más esencial del concepto de pulsión, el retorno a un estado anterior, en último término el retorno al reposo absoluto de lo inorgánico, destacando la concordancia del concepto de pulsión de muerte con el carácter regresivo básico de toda pulsión.
De acuerdo a Freud, la pulsión de muerte corresponde a un principio fundamental de lucha y desunión, que realiza su obra destructora atacando esencialmente los vínculos: "La meta del Eros es establecer unidades cada vez más grandes y, por lo tanto, conservar: se trata de la ligazón. La meta de la otra pulsión, por el contrario, es la disolución de las conexiones, destruyendo así las cosas" (4).
Por otra parte, Freud indica el accionar silencioso de la pulsión de muerte: "...estamos impulsados a concluir que los impulsos de muerte son, debido a su naturaleza, mudos y que la algarabía de la vida procede en gran parte de Eros" (5), destacando de este modo la dificultad de reconocer clínicamente los derivados de la pulsión de muerte (6). En la misma línea, señala: "No hay dificultad en encontrar un representante de Eros, pero debemos estar agradecidos de que podamos encontrar un representante del evasivo instinto de muerte en el instinto de destrucción, en el cual el odio nos señala el camino" (5).
En contraposición a esta tendencia primaria, Freud sitúa a la pulsión de vida como representante de la cohesión, integración y organización, cuya finalidad es construir y conservar unidades cada vez mayores y más complejas. Eros constituye una fuerza de motorización y dinamismo que provee al ser vivo del empuje necesario para contrarrestar lo destructivo, permitiendo así conservar la vida y sostener el desarrollo. Freud enfrenta, en el caso de la pulsión de vida, una dificultad mayor, dado que esta tendencia no cumple con la característica fundamental de toda pulsión, cual es el retorno a un estado anterior. Eros contraría esta regla al propugnar el establecimiento y mantención de formas cada vez más diferenciadas y complejas, favoreciendo la conservación de un nivel constante de tensiones e incluso aumentando las diferencias en el nivel energético entre el ser vivo y su medio.
La pulsión de vida tiene a su cargo la tarea de liberar al organismo de la acción destructora del Tánatos y lo consigue principalmente a través de fusionarse con él. La fusión pulsional resultante sigue dos diferentes destinos. Gran parte de esta unión es dirigida hacia el mundo exterior convertida en agresividad, mientras que una porción de la mezcla permanece en el interior del organismo. Sin embargo, Eros y Tánatos no deben concebirse como dos ingredientes simétricos participantes en la unión pulsional. Como ha sido señalado, Eros constituye para Freud un factor de ligazón, así como Tánatos representa, en sí mismo, un factor de desunión. Esto implica que, cuanto más predomine la primera, más se sostendrá la ligazón pulsional; y a la inversa, cuanto más prevalezca la segunda, más tenderá a disolverse la unión entre las pulsiones. Es así como, en relación al equilibrio relativo y dinámico entre estas dos tendencias, una proporción variable de pulsión de muerte permanece en el individuo como un residuo no ligado, que actúa de modo silencioso, llevando inevitablemente al ser vivo hacia la muerte. De acuerdo a esto Freud afirma: "todo ser vivo muere necesariamente por causas internas" (4).
La concepción de Freud acerca de los impulsos evolucionó progresivamente, sufriendo cambios significativos que culminaron en 1920 con la formulación de su teoría pulsional definitiva. El mejor modo de comprender el sentido del concepto de pulsión de muerte es conocer la evolución del pensamiento de su autor y los motivos que lo llevaron a reformular su comprensión de la vida pulsional.
Freud elabora su teoría pulsional en formulaciones sucesivas en las que es posible reconocer al menos tres etapas. Tal como señala Terecio Gioia (7), estos períodos no deben entenderse como etapas cronológicamente separadas sino como momentos en el pensamiento freudiano, donde con frecuencia los contenidos conceptuales son retomados y reelaborados posteriormente.
En su primera formulación, que se mantiene desde 1905 hasta 1914, Freud reconoce y contrapone las pulsiones sexuales a las pulsiones de autoconservación. En esta aproximación las primeras representan los intereses de la especie, mientras las segundas representan al conjunto de necesidades ligadas a las funciones corporales indispensables para la conservación de la vida, cuya función es resguardar los intereses del individuo. La energía propia de las pulsiones sexuales se denomina libido, mientras la energía de las pulsiones de autoconservación se designa como interés. La relación original entre estos dos grupos de pulsiones se establece a través del concepto de apuntalamiento. Tal como afirma Freud (2), las pulsiones sexuales, que sólo secundariamente se vuelven independientes, se apuntalan inicialmente en las funciones somáticas vitales que le indican la fuente, el objeto y el fin.
A partir de 1910 (8) Freud introduce la noción de pulsiones del Yo, igualándolas a las hasta entonces denominadas pulsiones de autoconservación. Las pulsiones yoicas adquieren la doble función de autoconservación del individuo y agente de la represión, cuya energía se sitúa al servicio del Yo en el conflicto defensivo. El Yo es entendido en este momento por Freud de dos modos diferentes. En la primera acepción es sinónimo de sujeto o persona total, mientras en la segunda representa a un conjunto poderoso de representaciones que, guiado por las pulsiones de autoconservación, adhiere al principio de realidad, oponiéndose al deseo. En contraposición a estas tendencias yoicas, las pulsiones sexuales representan en la primera teoría de las pulsiones a una fuerza disruptora sometida al principio del placer, difícilmente "educable", cuyo funcionamiento obedece las leyes del proceso primario, amenazando desde dentro el equilibrio del aparato psíquico al no considerar las exigencias de la realidad. La oposición entre estos dos grupos de pulsiones deriva de la oposición entre los fines de la pulsión sexual, cual es la obtención de placer sexual, y los fines de las pulsiones del Yo, consistentes en la autoconservación individual. En relación con esto Freud señala: "Todas las pulsiones orgánicas que funcionan en nuestro psiquismo pueden clasificarse, según el poeta, en hambre o en amor" (8).

Freud reconoció tempranamente la intervención de tendencias agresivas en el funcionamiento mental. En 1900 en su libro La interpretación de los sueños (9), bajo el título "Sueños de muerte de personas queridas", presenta por primera vez su teoría respecto al Complejo de Edipo, describiéndolo como una conjunción de deseos tanto amorosos como hostiles. Posteriormente, en el ámbito clínico, consideró la intervención de la agresividad en el proceso analítico al constatar resistencias con un matiz hostil y elementos agresivos en la transferencia. En 1905, en relación al caso Dora, Freud otorgó a la agresividad un rol fundamental en la evolución de la cura, enfatizando la necesidad de hacer conscientes todos los impulsos, incluidos los hostiles. Por otra parte, Freud asignó una importancia singular a las tendencias destructivas presentes en afecciones tales como la paranoia, la neurosis obsesiva y la melancolía.

A pesar de lo anterior, no existe en esta primera formulación dé la teoría pulsional un planteamiento que dé cuenta de los impulsos agresivos, concebidos de modo autónomo. En 1908 Alfred Adler introdujo el concepto depulsión agresiva, junto a la idea de un entrelazamiento pulsional. Sin embargo, Freud rehusó admitir la existencia de una pulsión agresiva específica en ese momento, por considerar que habría sido un error atribuir a una sola pulsión lo que, según él, caracterizaba esencialmente a toda pulsión. Es decir, el ser un impulso apremiante del que no es posible huir y que demanda del aparato psíquico un trabajo para su conducción. Freud concibe a la pulsión como un "fragmento de actividad", manteniendo así el punto de vista que "deja a cada una de las pulsiones su propio poder de devenir agresiva" (10).

Es así como en esta primera formulación teórica la agresividad es entendida como un componente parcial de toda pulsión.
En relación a la pulsión sexual, la agresividad representa al componente activo de esta pulsión, aquel que le otorga el carácter de masculino a la pulsión sexual, tanto en el hombre como en la mujer (2). Freud atribuye a la pulsión de dominio, considerada como una pulsión independiente que secundariamente puede unirse a la pulsión sexual, el único elemento presente en la crueldad infantil que no tendría inicialmente como fin el producir sufrimiento en el otro, sino que simplemente no lo tendría en cuenta. Ésta sería una fase previa tanto al sadismo como a la compasión.
En 1913 (11) Freud elabora el concepto de organización pregenital anal-sádica de la libido, señalando que en la fase anal se hace evidente la oposición activo-pasivo, característica de la vida pulsional en general. El componente activo, agresivo de la pulsión sexual, es atribuido a la pulsión de dominio, mencionando que: "La actividad es provista por la común pulsión de dominio, a la que llamamos sadismo cuando la encontramos al servicio de la pulsión sexual" (11). La agresividad sexual encontraría entonces un refuerzo en la pulsión de dominio, la que, haciendo uso de la musculatura, consigue dominar al objeto por la fuerza.

El sadismo surge como un componente parcial agresivo de la pulsión sexual, característico de la fase anal-sádica, que "se ha vuelto independiente y, por desplazamiento, ha usurpado la posición directriz" (2). En este enfoque el sadismo es siempre primario, mientras el masoquismo es entendido como un sadismo que secundariamente se vuelve contra el propio sujeto.

Es posible sostener que en esta primera etapa de la teoría pulsional la agresividad, al ser concebida como un elemento básico y fundamental de toda pulsión, ocupa un lugar secundario en el conflicto psíquico, siendo un coadyuvante común presente tanto en las pulsiones sexuales como en las pulsiones del Yo.
A partir de 1914, con la publicación de Introducción al narcisismo (12) se inicia la segunda etapa de la teoría pulsional. En este texto Freud plantea una subdivisión en las pulsiones sexuales en función de su objeto de elección distinguiendo, por un lado, la libido del Yo o libido narcisista si el objeto de destino de la libido es el propio Yo, y libido objetal si el destino de la misma es un objeto externo. La energía de las pulsiones del Yo conserva el nombre de interés del Yo o simplemente interés.
Sin embargo, Freud reconoce que sólo es posible distinguir las pulsiones yoicas de las libidinales cuando éstas invisten al objeto. Si la libido inviste al Yo, sus efectos resultan indiferenciables de las pulsiones del Yo o interés.
Freud postula, en este momento, que la tarea de autoconservación puede ser referida al amor a sí mismo, es decir, a la libido del Yo.
Desde el punto de vista dinámico, el conflicto psíquico se plantea en la oposición entre la libido narcisista aliada a las pulsiones del Yo y la libido objetal. El interés de la libido narcisista es proteger la integridad del Yo a través de reprimir las representaciones ligadas a la pulsión sexual objetal.
Esta formulación de la teoría pulsional permite comprender y distinguir las neurosis de transferencia de las neurosis narcisistas o psicosis. En las primeras la libido se introvierte y carga a objetos imaginarios, mientras en las segundas la pulsión sexual toma como objeto al Yo. El Yo conserva durante este período la doble concepción que lo caracterizaba en la primera teoría: como representante de la persona total y como conjunto de representaciones dominantes en el psiquismo, ligadas a la pulsión de autoconservación y a la libido narcisista.

En relación a la agresión aparecen cambios respecto a la teoría pulsional precedente. En 1915 (13) Freud postula que el odio es anterior al amor y que su origen radica en las pulsiones del Yo, en la medida en que éstas rechazan al mundo exterior al hacerlo coincidir con lo displacentero y lo odiado. Paralelamente mantiene la concepción anterior en la que reconoce otra fuente de agresión en la etapa anal-sádica del desarrollo psicosexual, que se suma a las pulsiones del Yo. Freud agrega en 1915 un capítulo a su obra Tres ensayos sobre una teoría sexual(2), en el que plantea la existencia de elementos agresivos ligados a la etapa oral del desarrollo psicosexual.
En síntesis, puede afirmarse que en esta segunda formulación de la vida pulsional el odio y la agresión, en cuanto se oponen a lo exterior displacentero y en tanto forman parte de la pulsión yoica, aliada e indistinguible de la libido narcisista, intervienen en uno de los polos del conflicto psíquico, oponiéndose a la libido objetal y favoreciendo su represión.
A pesar que la introducción del concepto de narcisismo no invalida inicialmente para Freud la oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones del Yo o de autoconservación, este planteamiento desestabiliza dicho antagonismo al postular una carga sexual en el Yo. Progresivamente el énfasis recae en la contraposición libido del Yo - libido objetal, antítesis en la que ambas tendencias son de naturaleza libidinal, restando interés a la oposición precedente.

Una de las exigencias constantes en el pensamiento freudiano es la presencia de tendencias básicas en oposición, a partir de las cuales se fundamenta el conflicto psíquico. Cuando en 1923 (14) Freud revisa la historia de su teoría pulsional, reconoce en esta segunda fase una aproximación a una concepción unívoca de la energía pulsional. Este reconocimiento surge cuando Freud ya había planteado su tercera y definitiva concepción de la vida pulsional. Laplanche y Pontalis (3) sugieren que uno de los elementos participantes en el cambio teórico de 1920 puede asociarse a la dificultad de Freud para comprender el origen de la agresividad dentro del monismo pulsional de esta fase.

Aun cuando, como propone este escrito, la elaboración del concepto de pulsión de muerte obedece a una necesidad teórica que Freud estimó ineludible, es preciso considerar los elementos biográficos, sociales y personales, que rodearon la vida del autor en este período. Como señala Emilio Rodrigué: "Es cierto que la vida no explica la obra, pero entre ambas existen vasos comunicantes" (15).
El gran despliegue de fuerzas destructivas entre los hombres y contra el patrimonio cultural acontecido durante la primera guerra mundial sirvió de telón de fondo al postulado freudiano de pulsión de muerte. Los duros años de la postguerra conmocionaron profundamente a Freud (16). En mayo de 1919 Freud escribe a Jones: "No recuerdo época de mi vida en que mi horizonte se mostrara tan negro, o en todo caso si lo hubo, yo era más joven y no me sentía oprimido por los achaques del comienzo de la vejez...Cuando nos encontremos, usted verá que me siento inconmovible aún y listo para cualquier emergencia, pero esto sólo en el plano del sentimiento, porque mi razonamiento se inclina más bien al pesimismo... Estamos pasando una mala época, pero la ciencia tiene el ingente de enderezarnos la nuca" (17). En lo personal, 1920 imprimió dos duros golpes a Freud. El primero fue la muerte de Anton von Freund, paciente y amigo de Freud, a quien sentía muy cercano. Freud lo acompañó en su agonía bajo un fuerte vínculo transferencial. De acuerdo a Jones, Freud encontró en este dolor un motivo para su envejecimiento. Apenas sepultado Von Freund, Freud recibió la terrible noticia de la grave enfermedad de su hija Sophie, quien, azotada por la gripe española, murió en enero de1920 a la edad de 26 años.
Freud se esforzó por desvincular sus pensamientos acerca de la pulsión de muerte del duelo por su hija Sophie, argumentando que "Más allá del principio del placer" (1)se encontraba prácticamente terminado ya en 1919, salvo por los aspectos referentes a la vida de los protozoarios. Entonces Sophie gozaba aún de buena salud. Freud intentó evitar la asociación entre la muerte de su hija y sus nuevos planteamientos, temiendo que esta relación quitara peso teórico a sus postulados. A pesar de sus esfuerzos, diversos autores han entendido sus elaboraciones en torno a este tema como una especulación azarosa, fruto de un pensamiento desasosegado por el dolor, sin considerar la evolución de sus concepciones ni los diecinueve años posteriores de trabajo intelectual en los que sostuvo permanentemente esta posición (18).
Retomando las ideas anteriores, en su tercera y definitiva concepción de la teoría pulsional, Freud contrapone la pulsión de muerte a la pulsión de vida, que en adelante comprenderá el conjunto de pulsiones descritas en sus formulaciones previas:
"La antítesis entre las pulsiones de autoconservación y las de conservación de la especie, así como la antítesis entre el amor al Yo y el amor a los objetos, quedan incluidos en Eros" (4). Esto implica conceptualizar la agresión como totalmente autónoma en su origen, opuesta tanto a la pulsión sexual como a las anteriormente llamadas "intereses del Yo". En lo sucesivo se reconocerá a las fuerzas destructivas el mismo poder que a la sexualidad.

Freud inicia Más allá del principio del placer (1) confirmando la definición hasta entonces aceptada del principio del placer como principio rector del funcionamiento mental:
"En la teoría psicoanalítica suponemos que el curso de los procesos mentales es automáticamente regulado por el principio del placer, o sea, sostenemos que dicho curso tiene su origen en una tensión desagradable y que toma una dirección tal que su resultado final coincide con una reducción de esa tensión, es decir, con la evitación del displacer o una producción de placer" (1). Con esto define la tendencia del aparato mental a buscar el placer a través de alcanzar un equilibrio energético.
Es preciso mencionar que Freud mantuvo a través de sus escritos la ambigüedad de considerar en algunos momentos el principio del placer como equivalente al principio de constancia, vale decir la tendencia a mantener las excitaciones al interior del aparato mental tan bajas o, al menos, tan constantes como sea posible (tal como se expresa en el párrafo anterior), mientras en otros instantes relaciona el principio del placer con la tendencia a reducir a cero toda excitación, equivalente al principio de nirvana.
A partir de los postulados propuestos en este texto Freud concluye que el predominio del principio del placer, entendido como principio de constancia, no está en la base de todo el funcionamiento mental. Tomando las palabras de Rodrigué, "...dicha ley claudica por primera vez. Freud propone en cambio la existencia en la mente de una fuerte tendencia al principio del placer, tendencia en lugar de dominio. El principio del placer impera en su territorio, pero existe un más allá" (15).
Ese más allá es territorio de la pulsión de muerte, donde impera el principio de nirvana, que tiende al cero absoluto, a la reducción completa de las tensiones, donde se anula la diferencia, la individualidad y donde lo vivo muere. La vida podrá subsistir entonces mientras Eros consiga someter al principio de nirvana y modificarlo en principio del placer (igual principio de constancia), el que será transformado en principio de realidad por obra de las exigencias de ésta:
"El principio de nirvana, que corresponde a la pulsión de muerte, sufrió en el ser vivo una modificación que lo transformó en principio del placer, no siendo difícil adivinar de qué poder proviene esta modificación. No puede tratarse más que de la pulsión de vida, la libido, la que de tal modo se ha conquistado un lugar al lado de la pulsión de muerte en la regulación de los procesos vitales" (19).
Freud fundamenta este más allá a partir de hechos clínicos regidos por la compulsión a la repetición, concebida como un proceso incoercible, de origen inconsciente en que el individuo tiende a reproducir experiencias antiguas de displacer y dolor, sin conciencia de estar repitiendo y más aún con la idea que se trata de una experiencia completamente motivada en lo actual.
Este autor había considerado anteriormente la repetición como parte de la definición del inconsciente y del retorno de lo reprimido. La acción de repetir obedecía a la presión de impulsos en busca de satisfacción. Desde esta perspectiva se entienden los síntomas, los sueños y la repetición en la transferencia, como una necesidad del conflicto reprimido de actualizarse. Tal como señala Freud en 1919: "...lo que ha permanecido incomprendido retorna; como alma en pena, no descansa hasta encontrar solución y liberación" (20). Hasta entonces, Freud consideraba la repetición como la forma básica del trabajo psíquico, como un modo de ligar las excitaciones a representaciones mentales para poder así mitigarlas y elaborarlas.
En 1914 (21) Freud considera que repetir es una forma de recordar y que las repeticiones que se muestran en la transferencia llevan luego al despertar de los recuerdos, en la medida en que el analista logre traducir la acción en palabras. La repetición estaría en ese caso subordinada al principio del placer al posibilitar la simbolización.
Sin embargo, la compulsión a la repetición que Freud busca mostrar en Más allá del principio del placer (1) se refiere a un residuo donde la repetición se sitúa en un primer plano. Freud entiende la compulsión a la repetición como una manifestación de la pulsión de muerte, caracterizada por una tendencia más elemental e independiente de la obtención de placer, que obedece a la necesidad de repetir compulsivamente lo displacentero, y donde no es posible encontrar el deseo de satisfacción, ni siquiera en forma de transacción o compromiso (2223). Esta compulsión ejerce su actividad en muy diversos registros, contradiciendo al principio del placer (2425). De acuerdo a Freud: "... la repetición trae consigo la producción de un placer de otro tipo, una producción más directa" (1). Aún más: "...la compulsión a la repetición nos aparece como más originaria, más elemental, más pulsional que el principio del placer que ella destrona" (1).
Otro fenómeno recogido desde la observación clínica es la reacción terapéutica negativa. Freud observó un tipo de resistencia al tratamiento psicoanalítico especialmente difícil de resolver consistente en un agravamiento de la sintomatología en el paciente cada vez que, a partir del progreso del análisis, cabría esperar una mejoría. De acuerdo a Freud, se trataría de una reacción "invertida", prefiriendo el paciente en cada etapa del análisis la persistencia del sufrimiento a la curación. En 1923 (5) Freud describe cabalmente este proceso, proponiendo la existencia de un sentimiento de culpabilidad inconsciente a la base de él. Tres años después (26) este autor relaciona la reacción terapéutica negativa con una forma de resistencia del Súper yo. En 1930 (27) Freud llegó a la conclusión que, en la profundidad, todo sentimiento de culpa surge del operar de la pulsión de muerte. Posteriormente (28) Freud plantea que la dificultad que presenta la reacción terapéutica negativa al análisis evidencia que su carácter paradójico e irreductible se fundamenta en la pulsión de muerte. De acuerdo a él, esta reacción, como manifestación de la necesidad de castigo, no podría comprenderse totalmente a partir del conflicto entre el Yo y el Súper yo: esto sería sólo"... la parte que, por así decirlo, está ligada psíquicamente por el Súper yo y de este modo se vuelve reconocible; otras cantidades de la misma fuerza (pulsión de muerte) pueden actuar, no se sabe dónde, en forma libre o ligada" (28).
Laplanche y Pontalis (3) sugieren que uno de los motivos que condujo a Freud a la hipótesis del masoquismo primario fue justamente la observación del fenómeno clínico de la reacción terapéutica negativa.
En lo que respecta a la comprensión del origen del sadismo y del masoquismo, las ideas de Freud evolucionaron paralelamente a los aportes en la teoría de las pulsiones. Tal como fue comentado anteriormente, en la primera teoría de las pulsiones, Freud señala que el sadismo es anterior al masoquismo y que este último puede entenderse como un sadismo vuelto contra el sujeto. En este momento, sadismo se toma en el sentido de agresión contra otro, sin que el sufrimiento de éste sea considerado y sin que esta agresión se acompañe de placer sexual alguno. Lo que Freud llama aquí sadismo corresponde al ejercicio de la pulsión de dominio. El masoquismo responde a una vuelta del sadismo en contra del sujeto y al mismo tiempo a una transformación de la actividad a la pasividad (2930).
Con la introducción de la pulsión de muerte Freud plantea la existencia de un masoquismo primario. De acuerdo a este autor, existiría una primera etapa, mítica, en la que toda la pulsión de muerte se concentra en el sujeto, sin corresponder aún a lo que denomina masoquismo primario. Este primer momento virtual no obedece más a una posición masoquista que a una posición sádica. En este instante la pulsión de vida o Eros sale al encuentro del Tánatos, fusionándose con él. Gran parte de esta fusión es derivada al exterior, dirigiéndose a los objetos externos en forma de pulsión destructiva. Una porción de esta mezcla dirigida al exterior se pone directamente al servicio de la función sexual; se trata del sadismo o sadismo propiamente dicho, expresión usada por Freud para designar la asociación de la sexualidad y de la violencia ejercida sobre otros. Este sadismo, a su vez, puede volverse contra el sujeto, convirtiéndose en ese caso en masoquismo secundario.
En la porción de la fusión pulsional, constituida por la unión de Eros y Tánatos, que no es derivada al exterior y que permanece en el interior del organismo, Freud reconoce al masoquismo primario, también denominado masoquismo originario erógeno.
Otro aspecto a considerar es la universalidad que otorga Freud a su concepción final de la vida pulsional. Este autor propone a las pulsiones de vida y de muerte como principios rectores fundamentales que trascienden el conflicto psíquico y al individuo humano, para abarcar a todos los organismos vivos.
Propone que la oposición entre las dos tendencias básicas se hallaría en relación con los procesos vitales de anabolismo y catabolismo e incluso "... en el par antitético que impera en el reino inorgánico: atracción y repulsión" (4). Lo anterior sitúa a la tercera teoría de las pulsiones en un nivel distinto de abstracción respecto a las dos teorías previas.
Freud subrayó en más de una oportunidad la dificultad de apreciar las dos tendencias fundamentales en estado puro: "Lo que encontramos siempre no es, por así decirlo, mociones pulsionales puras, sino asociaciones de dos pulsiones en proporciones variables" (26). En este sentido mencionó cómo la pulsión de muerte actúa de modo silencioso, mientras Eros resulta más ruidosa y evidente (5). De acuerdo a Freud, Tánatos "... se substrae a la percepción cuando no va teñido de erotismo" (27).
Probablemente lo anterior puede relacionarse con la dificultad que encuentra Freud en integrar los aportes de su última teoría pulsional a la teoría de la neurosis y al modelo del conflicto. Tal como señalan Laplanche y Pontalis (3), sorprende ver el poco lugar que Freud concede, a nivel dinámico, a la oposición entre los dos grandes tipos de pulsiones. Freud concluye en 1923 (5) que el conflicto entre las instancia Yo, Ello y Súper yo no es superponible al dualismo pulsional: pulsión de vida - pulsión de muerte. Y posteriormente, en 1926 (26) cuando Freud analiza en conjunto el problema del conflicto neurótico, no considera significativamente los conceptos descritos en su formulación definitiva de la vida pulsional.
De acuerdo a la tópica propuesta por Freud en 1923, el conflicto psíquico se traslada al conflicto entre instancias y aunque el autor se esfuerza por determinar el aporte de ambas pulsiones en la constitución de cada instancia, al momento de describir las modalidades del conflicto no se aprecia la intervención de la oposición entre las pulsiones básicas. Posteriormente en su artículo "Esquema del psicoanálisis" comenta: "No se trata de limitar una u otra de las pulsiones fundamentales a una determinada provincia psíquica. Es necesario poderlas encontrar en todas partes" (4).
Por otra parte, Laplanche y Pontalis (3) destacan las escasas modificaciones que se observan a partir de la introducción del postulado de la pulsión de muerte en la evolución de las fases pulsionales.
Para concluir con esta presentación de la pulsión de muerte en la teoría freudiana es necesario resaltar que este concepto marcó un punto de viraje en la concepción pulsional y en el psicoanálisis en general, que no estando exento de detractores y críticas, ha revolucionado la comprensión de los fenómenos agresivos en la vida mental. En la posteridad de Freud este concepto continúa plenamente vigente siendo fuente de debate permanente entre la distintas escuelas psicoanalíticas. Desde el punto de vista clínico se ha relacionado estrechamente al Narcisismo, especialmente a sus formas más malignas, con el predominio de lo tanático por sobre lo libidinal (31-34).

El constructo freudiano de pulsión de muerte constituye un aporte teórico complejo con alcances en muy diversos registros, lo que limita la posibilidad de abarcar en este escrito aspectos tan trascendentes como las implicancias biológicas, socioculturales y artísticas relacionadas con este planteamiento. De igual modo, queda pendiente para una futura presentación el análisis de las principales objeciones teóricas sustentadas por las corrientes contrarias al postulado psicoanalítico de la pulsión de muerte.

El concepto de "pulsión de muerte" ha sido y continúa siendo uno de los postulados más controvertidos del psicoanálisis. El objetivo del presente artículo es revisar este postulado intentando dar cuenta del sentido y las implicancias del concepto de acuerdo a Freud. En el marco de la última teoría de las pulsiones en el desarrollo freudiano, la pulsión de muerte o Tánatos, en oposición a la pulsión de vida o Eros, representa la tendencia básica, presente en todo ser vivo, a regresar al estado inorgánico desde donde emergió. Freud postula al Tánatos como un principio fundamental de lucha y destrucción, cuya acción se expresa esencialmente atacando los vínculos en todos los ámbitos. Freud sitúa a la pulsión de vida como una fuerza de cohesión e integración, que provee al ser vivo del empuje necesario para contrarrestar lo destructivo. La observación de los fenómenos clínicos de la compulsión a la repetición, así como la reacción terapéutica negativa condujeron a Freud a replantear su concepción de la dinámica pulsional. Se revisa la evolución de la teoría pulsional en Freud, lo que posibilita una mejor comprensión del sentido del concepto de pulsión de muerte y de la necesidad a la que obedece su introducción dentro de una reforma más general. El postulado de la pulsión de muerte marcó un punto de viraje en el psicoanálisis al revolucionar la comprensión de los fenómenos agresivos en la vida mental.

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Postítulo Instituto Chileno de Psicoterapia Psicoanalítica.
Recibido: enero de 2002 
Aceptado: septiembre de 2002
Dirección postal: 
Paulina Corsi 
Libertad 798, of. 802 
Viña del Mar